Entre las sábanas, la talóntar se revolvía incapaz de perturbar a aquel que dormía junto a ella. Clavaba su heterocromada mirada en el hombre al que amaba, incapaz de contener una leve sonrisa y efímera sonrisa. Recorría sus cicatrices, sus marcas, sabiendo que aquella era la visión que deseaba para el resto de su vida —sin embargo, también sabía lo que debía arriesgar. Sabía, que para el bienestar de ambos, debía cumplir. Sabía, que tras su exilio en Bodhi, aquellas criaturas a las que algún día planteó como herramientas eran ahora mucho más que eso. Recíprocamente, se habían convertido en sus seres queridos. En los de ambos.
Aquella no era la primera ni la última vez que aquel vástago conocido como Agaros colaboraba con Elvira. Su extraña relación había comenzado más de un año atrás, a parte de cualquier otro vínculo a la Necrópolis o contacto. Un encuentro fortuito en las alcantarillas había llevado, de un modo u otro, a la sacerdotisa a aceptar comprar el favor del vástago con la confección de un atavío. «Sorprendedme», demandaba la letal criatura. «Así se hará», afirmó en aquel entonces la talóntar, entregándole dekhanas después un hermoso vestido azul de la talla del hombre. Su larga falda y las delicadas tiras de seda que decoraban cada curva encandilaron al inmortal, centelleando sus rojizos írises en una misteriosa satisfacción. Desde aquel día, quizás ambos, supieron que eventualmente llegarían al punto en el que antes de la Cruzada se encontraban. «Pedid por esa boca, ya que os habéis ganado que os tenga paciencia», dijo entonces. «Hay que traerla de vuelta», demandaba tensando sus facciones ante su desaparición.
Bajo diferentes máscaras, durante mucho tiempo, de tanto en tanto ambos se reunían. Como un juego serpenteante, mortal e inmortal medían sus palabras —velaban sus intenciones en una constante cautela de la sacerdotisa que se veía escoltada por el divertimento de la sádica criatura. No obstante, compartían una visión; un sueño. Sus objetivos y sus métodos de alcanzarlos eran idénticos, y por ello, a pesar de lo que les separaba poco a poco se habían convertido en los compañeros perfectos. Aquella gélida noche en Bodhi, Agaros detuvo a la talóntar para elevar una plegaria en la más absoluta confianza. Aquella impía noche en las Criptas, las máscaras de ambos caían por fín para elaborar un intercambio que lo cambiaría todo. «Necesito que me ayudéis, Susurro, que nos ayudéis», enunció el vástago con énfasis, sin abandonar la calma que tantas veces acostumbraba a mostrar; aún así, su mirada se clavaba fija en la mortal, casi como si ansiara sondear sus pensamientos. «Tenemos un trato», no tardó ella en aceptar.
«Puede que alguna vez seáis digna de superar esta carcasa mortal que sin duda oprime vuestro talento», murmuraba en su oído, tentador. «Me halagáis, Agaros», respondía ella, consciente de la responsabilidad y compromiso que supondría un gesto como aquel por parte del inmortal. «Sé que no son unas palabras con las que honréis a demasiados mortales, los vuestros», enfatizó. Correspondiendo con un voto de sinceridad y valoración, la mortal sonrió con levedad antes de matizar su respuesta. «En estos asuntos, la Madre siempre tendrá la última palabra, pues le debo la más absoluta devoción. Pero tampoco podría deciros que no me he planteado lo ideal que podría resultar dedicar la Eternidad a honrar su palabra, a ser su herramienta.» En un murmuro, ante la predisposición de la joven a marchar con presteza a completar una vez más un encargo para el vástago, le concedía un último gesto cordial en aquella velada. «Lo sé, os he escuchado, sé cuánto la adoráis y sé que una Eternidad a su servicio sería para vuestra existencia un regalo. No lo he olvidado», aseguraba.
En escaso tiempo, la sacerdotisa regresó. Regresó y marchó cuantas veces consideró necesarias, asegurándose de perfeccionar un trabajo ya impecable —no ante el deseo de adquirir un pago mayor, sino quizás ante el creciente apego que sentía por aquellas criaturas. Por aquel vástago. Por aquellos que tanto la habían ayudado, ya no cuando André decidió poner fin a su trágica existencia, sino cuando Murann casi le había arrebatado lo único que verdaderamente ansiaba; lo único que, ahora, movía pasión e ira por igual en su interior. No olvidaba jamás una ofensa, pero no olvidaba tampoco a aquellos que cuidan de lo que considera suyo; a aquellos dispuestos a colaborar en las ambiciones del hombre junto al que quería pasar el resto de sus días. «No os decepcionaré», le había prometido a Agaros. «Sé que no lo haréis», había correspondido sincero, esbozando una afilada sonrisa antes de desvanecerse en una bandada de murciélagos únicamente para perderse en el abismo de la noche.
«Recuerdo el miedo que me transmitía vuestro cuerpo el día que nos conocimos, lo recuerdo tan bien, que cuando os veo ahora no puedo sino darme cuenta de que habéis cambiado para mejor», confesaba el inmortal, enmarcado sus afilados colmillos en una ténue sonrisa.
«Ha pasado mucho tiempo desde aquel entonces, hay situaciones que ya no me son tan ajenas y convicciones que han ganado prioridad en mi mente. Me halaga, que os hayáis percatado», respondía sincera, sentándose en la piedra mientras descansaba los antebrazos sobre las rodillas.
«Sois menos una patética pieza que exuda dudas, y más la representación de cómo la carne no es óbice para trascender», concedía el vástago.
«Me agrada, ser más considerada como una más que como una mera sierva. Mis inicios en la Ciudad fueron indignos, pero confío en que nuestro mútuo entendimiento llevará a que algún día podáis mirarme con los mismos ojos que a cualquier otro ciudadano.»
«¡Vos me halagáis con vuestro servicio! Impidiendo que pierda mi tiempo», enunciaba en un tono excéntrico, complacido, antes de orientarse hacia la sacerdotisa para observar plentamente su máscara. «Oh, querida, oh... Podría miraros de muchas maneras. Podría miraros como el cuchillo del cordero, como los ojos del lobo, como, incluso, una semilla con un glorioso futuro entre nosotros.»
«Confío en que la Cruzada sea la antesala de dicho futuro», respondía, afilando su sonrisa con un matiz ácido, consciente de sus propias aspiraciones al respecto —de aquella búsqueda de venganza e imposición que, de no ser por su semblante inestable, haría que los más necios sospecharan de un cariño hacia el mismísimo Hoar.
«Jamás he menospreciado la carne del cordero, pues de ella provengo. No, eso sería indigno, sabiendo que de su putridez existe el principio de la Inmortalidad», comentaba, meditativo, deteniéndose a divagar como nunca antes con la talóntar.
«Más bien desprecio a las bestias, a las criaturas que atadas a una falsa pureza luchan por vivir sin ambición. Odio lo corrompida que está la superficie.»
«Son débiles de mente y espíritu. La sencillez tiene su encanto, pero no debe ser lo único sobre lo que posen su mirada. Aún así, creo que su mayor pecado es encomendarse a falsas promesas. A juzgar, sin saber, considerando todo como blanco y negro», compartía Elvira, sonriendo con levedad ante la atenta mirada de Agaros.
«No conocen de matices, no se percatan de que aquello que deben amar y temer no es la Vida o la Muerte; sino la tensión entre ambos conceptos. Pero yo me aseguraré de que aprendan, les abriré los ojos, aunque jamás me reconozcan como su salvadora», continuaba la mortal, creando una atmósfera en la que ambos se situaban a un mismo nivel de respeto e interés.
«Las falsas promesas son al menos cuencos vacíos, que de ser revelada su naturaleza, quedan inservibles. Pero aquellos que reniegan de su hambre y ponen su fé en la salvación de los demás, bajo necios pretextos, son insalvables», respondía él, tomando con ligereza uno de los últimos informes de la mujer; consciente, aún sin leerlo, de que su trabajo sería excepcional.
«Entonces su sangre será derramada para vuestro Padre y sus entrañas reclamadas por las garras de la Madre.»
«Son ganado ¿y los débiles? También. Pero, ¿sabéis? Hasta el ganado es más digno porque conoce su lugar en este mundo. Existe para ser usado, y de eso ha de enorgullecerse», compartía, transparente, tensando sus comisuras en una mortecina sonrisa.
«Si por sí mismos no son capaces de entregarse la humildad en la que deberían arroparse, siempre se les puede dar una lección. Y el contexto que nos atañe ahora, más que nunca, es quizás el perfecto para ello», aseguraba la talóntar. «Aún así, hay mucho que debo entrenar. De cara a la Cruzada, y a convertirme verdaderamente en la vasija perfecta para las mudas insinuaciones de la Madre»
«Una vasija perfecta que, con suficiente poder, tendría la posibilidad de convertirse en la mayor sierva de su fé», comentaba en un delicado murmuro, tratando de embaucar a aquella mortal cuyas negociaciones decidía convertir en un asunto a largo plazo.
«¿No es maravilloso pensar en superar a cualquiera que obra sin la suficiente fuerza en nombre de tu Señora? ¿No es delicioso imaginar su vientre herido y burbujeante, con el sonido de la piedad no concedida?», fantaseaba el inmortal, tornándose sus ojos cada vez más centelleantes sobre la talóntar.
«Espero algún día ganarme el derecho a trascender. Sé que muchos desean mi inmortalidad más que yo misma», concedía, consciente del reparo que despertaba en su querida Amon la posibilidad de perderla; así como de la categórica negación de su amado Noric ante la idea de continuar sin ella. «Pero es algo que relego plenamente en mi Diosa.»
«Ansío su aprobación, que me libere Ella de las cadenas de la Enfermedad cuando me lo gane. Entonces, y sólo entonces, sabré que Ella me dá su beneplácito. Y de obtenerlo...», continuaba, antes de reír por lo bajo, descendiendo su barbilla para negar con delicadeza antes de asecender la mirada a la infinidad de la Infraoscuridad.
«Habrá quienes se opongan a tus decisiones tras el poder de tu madre, y vos tendréis que arrancarles la cabeza y ser mejor. Ser más hábil, más capaz, más perfecta.»
«No podrán conmigo. Ni si quiera he tenido cenizas desde las que trabajar en esto, en el culto que Ella merece. Y nadie me arrabatará mi posición, mi visión. Ni en mil vidas lo lograrán, de un modo u otro me aseguraré de que así sea», aseguraba, tornando su semblante gélido bajo la máscara, descendiendo la mirada hacia sus corruptas manos. «Siempre ha estado junto a mí, en mis entrañas. Desde que nací. Pocos pueden afirmar algo así, y aún menos pueden sentir su llamada tan cerca como yo lo hago.»
«Nunca olvidéis que la fé no es sólo servir a tu señor, sino también ayudarle a eliminar a aquellos que le traicionan. Y no siempre una traición viene de la mano del prejuicio que es buscado, no... a veces es acabar con quien malgasta sus dones», exponía el vástago, en confianza, desde la sabiduría que su posición como Segador le otorgaba.
«Herejes... ¿sabéis? Hay otros cultos en los que he tenido el privilegio de observar cómo actúan. Y hasta en ellos me desagradan. No sé cómo actuaré el día que encuentre a uno bajo mi manto», confesaba, con un matiz melancólico.
«Cuando eso ocurra, recordad que la fé de uno empieza y acaba en la fuente de su poder, los demás sólo son una parte del Milagro. No el Milagro», aconsejaba, ambicioso, asintiendo conciliador a la mujer y acercándose más a ella con cómplice camaradería.
«Hay mucha gente que deseo ver reducida a un amasijo de pústulas y lepra», rememoraba, consciente de que aquel inmortal conocía de sus deseos de acabar con aquella que tanto mal le había causado a Noric Blake. Recordando, en aquel instante, cómo había lagrimeando entre temblores ante el vástago —expresando su deseo del perecer de Amaris con un resentimiento difícil de esperar, de un cuerpo tan pequeño y quebradizo como lo es el suyo. «Y mucho me temo que no todos ellos pertenecen a cleros necesariamente opuestos a la Madre. Pero Ella es sabia, y nos enseña que las ofensas han de ser pagadas con verdadero sufrimiento», continuaba, denotando su acidez con absoluta transparencia ante aquel que se había convertido en su amigo. «No me gusta que mancillen lo que es mío, aunque pocos sepan qué es lo que considero mío. No me importa que no sepan, me importan los actos», sentenciaba, siendo correspondida por un ápice de ternura que no tardaría en ilustrar aquella criatura. «Así es. Nuestro es ese deber.»
«Estaré cerca de vos, más de lo que os imaginaríais», se despediría Agaros, estallando en una nube de murciélagos para retirarse una vez finalizada la charla. Satisfecho ya entonces con su contacto, el inmortal no olvidaba tampoco quién cuida de los suyos. No obstante, su cercanía no sería suficiente así como su sabiduría no alcanzaría a vislumbrar lo que dekhanas después acontecería —la trágica situación que amenazaba con desplomarse sobre ambos. Aquel acontecimiento que llevaría a la sacerdotisa Amon al borde de la desesperación, que desgarraría la garganta del Adalid Oscuro en desesperados intentos por paliar el más puro de los sufrimientos. Aquel suceso que haría que incluso los Segadores llevaran las garras a sus testas, inquietos, tratando de trazar un plan cuya ejecución amenazaba con tornarse imposible ante el paso del tiempo. Era demasiado sencillo situar la mirada en la línea enemiga, sin considerar que, quizás, el puñal más letal se deslizaría desde sus espaldas.
Asegurándose de no hacer ruído, la mujer se levantaba, dejando en la cama a su amado únicamente para escabullirse en la noche. Colocando el disfraz sobre su propio pijama, la talóntar descendía hacia las calles para reunirse con en altar de su amada Madre. Lagrimeaba, pues hasta en aquel momento se hallaba temerosa de allí hacia donde debían marchar. Lagrimeaba, y entre temblores redactaba una pequeña carta, una despedida que entregaría en el momento preciso —antes de partir hacia Mínsor.