Presente IX - Xunag Sangreardiente
En las afueras de Púrskul, cerca del puente dirección a Imnescar, cuatro personas tan diferentes y únicas charlaban de manera distendida sobre su siguiente tarea: La Humilde Compañía Itinerante por Amn había terminado y la caravana debía de ser dejada en la capital. Allí, Fery junto a Calendil, Lana y Briz, se habían reunido para terminar con el último viaje que iba a vivir aquel escenario ambulante.
—De hecho, a Lana no la he vishto actuar todavía —dijo Calendil mirando a la hin cornuda.
—Me contó que lo suyo son los bailes —comentó Fery a la vez que pasaba su mirada de una a la otra.
—La Danza de las Espadas —tomó la palabra entonces Lana, no sin antes levantar su dedillo índice puntiagudo por la garra, para dar énfasis a sus palabras—. Pero también se me dan bien los cuentos —añadió—, aunque es algo para los pequeños.
—A una se le da bien eso de contar cuentitos, pero se da mejor cosa eso de tocar suyo piolín —se pronunció entonces Briz, antes de reír con su manera habitual llena de simpatía.
La charla continuó mientras terminaban de acomodar todo en la caravana y hacer los últimos ajustes, pero la noche se había hecho sobre ellas, ya bien entrada. Ninguna pudo evitar mirar al cielo oscuro, bañado por las pocas estrellas y la luz de la luna.
—¿Eshperamosh a llevar la caravana al amanecer o vamosh moviéndola? —preguntó la elfina.
Fery negó con suavidad.
—Ahora seremos más susceptibles a los ataques, al atraer a los bandidos —dijo después.
—Por la noche no sería una buena idea después de la paliza que me dieron junto a la dama Fery: son más peligrosos, no los ves venir —comentó Lana al recordar un percance que habían tenido unos días atrás.
—Mejor esperan a que sea por la mañanita, ¿sí? —decidió añadir Briz, de acuerdo con las anteriores.
Pero un ruido las alertó, ya que todas giraron en dirección al origen: sonidos de combate que provenían de más allá del puente llamaron la atención de las cuatro mujeres. Sorprendidas, pero no indispuestas, decidieron ir a mirar qué era lo que había ocurrido, amparándose unas a las otras y moviéndose con decisión. Al poco llegaron al puente dado que ellas mismas estaban en las afueras de la ciudad, cruzaron este con presteza y en la noche, a lo lejos, dos grandes figuras humanoides era lo poco que se podía distinguir. Pero no fue así para Fery, que iba encabezando al grupo, y es que su corazón se detuvo cuando pudo reconocer a una de esas figuras: era Xunag Sangreardiente, su padre. La mestiza, claramente sorprendida tras tantos años sin verle, no tuvo dificultad para reconocerle, pues, aunque más mayor y de cabello canoso, se mantenía igual de fuerte y robusto, a la vez que imponente. Al lado de este, había otro orco igual de intimidante, más si cabía, pero claramente más joven. Con valor, Fery apretó los dientes y sus pasos se tornaron más seguros entonces, sin prisa, para poder analizar la situación que podía esperarle a ella y sus amigas, o incluso a la Ciudad del Grano.
—Vaya, vaya… Krilge… —dijo Xunag.
—Ese ya no es mi nombre… —dijo Fery sin dudar a la vez que tomaba una distancia prudencial.
Calendil, Briz y Lana intercambiaron miradas, incluso preguntaron en voz alta qué era lo que ocurría hasta que el gran orco volvió a pronunciarse, dejando claro todo el asunto para ellas.
—Aunque ahora lleves esa estúpida carreta y vayas con esas… ¡siempre serás mi hija!
—Dejaste de ser algo para mí hace ya muchos años…
—Es hora de que vuelvas a la tribu y te cases con mi lugarteniente —dijo Xunag a la vez que señalaba con la palma de la mano al orco que lo acompañaba.
Fery tomó aire que luego echó con pesadez, haciendo acopio de toda su paciencia y entrenamiento de voluntad como paladín.
—Puedes volver tú si así lo deseas: yo ya no pertenezco a ese lugar —contestó entonces la mestiza.
—¡Volverás! ¡Por las buenas o por las malas! —exclamó el padre, haciendo notar sus poderosos pulmones.
—No alzarás tu arma contra mis amigas, padre… No en mi presencia.
—Mejor si lo haces por las malas, así me llevaré a tus compañeras que servirán para aliviar a mi horda y como carne después.
—Puedes entregarte y pagar por tus pecados: la justicia se encargará de ti —continuó Fery, manteniéndose firme ante las amenazas.
El gran orco hizo un gesto a su compañero y este hizo sonar un cuerno que llevaba consigo. Al poco, varios orcos armados hasta los dientes aparecieron de todos los lugares, ya fuera tras árboles, bajo la alta maleza o incluso de dentro del agua cercana del río: la noche era un buen momento para las emboscadas.
—Diosa… —Fery suspiró antes de llevar su mano al mango de la espada, tomando aire después para dirigirse a sus compañeras. —¡La tribu Sangreardiente cae sobre nosotras! ¡Estad preparadas! —exclamó al final para dar valor a estas.
Calendil extendió sus abanicos, uno en cada mano, con un par de gestos secos pero calculados, adoptando una posición defensiva y de contraataque a la espera de lo que pudiera acercarse. Por su parte, Briz, acostumbrada a los gritos de batalla de la mestiza, tensó su cuerpo y desenvainó dos armas ligeras con las que valerse debidamente, lista para entonar una canción que diera apoyo a la moral de todas. Finalmente, Lana, desnudó el metal de su gran arma, emitiendo un par de silbidos como inicio de lo que sería su futura danza de la espada, dando unos pasos rítmicos y gráciles de preparación.
—No podemos dejar que lleguen a la ciudad, eso por encima de todo —comentó Fery ya preparada para el combate, tan solo girando levemente el rostro para dirigirse a las demás.
—¡Quiero sus cabezas, pero a mi hija la quiero viva! —gritó con gran energía Xunag al resto de los orcos que ya estaban muy cerca.
—¡No cedáis ni un paso al mal! —fue lo último que exclamó Fery antes de que la pelea ya las alcanzara a todas.
Y la batalla comenzó. Los orcos no dejaban de venir y las mujeres combatían con fiereza, los golpes volaban de un lado a otro, los cortes derramaban sangre y el choque del metal sonaba de manera estruendosa. Fery bloqueaba con su escudo y abría las defensas de sus contrincantes para cortar con su espada larga, en un estilo clásico, pero no por ello menos efectivo, aprovechando a veces también su tamaño y la armadura para arremeter con el hombro; todo junto con el gritar a sus compañeras de que no cedieran, tratando de infundirles valor con su aura ante semejante amenaza. Calendil se movía como un relámpago, saltaba entre sus enemigos, pasaba por debajo de ellos, esquivaba sus golpes: pero los cortes de sus abanicos afilados eran un dolor de cabeza para estos, que acababan cayendo por la acumulación de las heridas y la impotencia de no poder alcanzarla. Briz cantaba con su hermosa voz, consiguiendo que la moral no cayera y se mantuvieran las ganas de seguir adelante, haciéndose notar de manera poderosa por encima de todo el ruido que la pelea confería; haciendo también uso de su magia para pasar desapercibida, y por qué no: perforar la carne de sus enemigos con sus espadas cortas gemelas. Lana era todo un espectáculo al ser la más menuda de todas, pero no por ello menos peligrosa; sus movimientos eran elegantes, sus golpes eran irracionalmente fuertes para su tamaño, y muchos fueron los orcos que cayeron ante la sorpresa de que una hin con cuernos que salían de su frente pudiera hacer mella en ellos: el silbido característico de su efectiva danza era lo último que escuchaban antes de su muerte.
—¡Shon muchosh! —exclamó Calendil mientras se movía por el combate.
—¡Salen de todas partes! —comentó Fery de igual modo antes de verse rodeada.
—Ay… ¡Cuidado tu espaldita! —dijo Briz abriéndose paso para quedar espalda con espalda con la mestiza.
No se detuvieron hasta que todos los orcos cayeron, viendo entonces que Lana había sido alcanzada y dejada inconsciente bajo cuerpos de sus enemigos. Fery ordenó que atendieran a la hin mientras miraba con inquietud hacia todos los lugares, esperando que más enemigos hicieran acto de presencia, pero no habiéndose percatado de un detalle muy importante: Xunag y su lugarteniente no habían estado presentes en la pelea. El dúo de grandes orcos se movió entonces entre los cadáveres del resto del clan Sangreardiente, permitiendo a las mujeres que pudieran prepararse para lo que estaba por venir, ya que estas habían aguantado todo lo bien que habían podido y por lo tanto no estaban intactas. Lana se había podido recuperar gracias a Briz y Calendil, y la hin se limpió el líquido rojizo de la comisura de sus labios con su propio puño para tomar de nuevo su gran espada, sonriendo de un lado de manera mordaz. Fery observó a los caídos, incluso la sangre que había manchado su armadura y tabardo, que, aunque carmesí, el color de la sangre era claramente visible; cerró los ojos por un instante, tomó aire y de nuevo hizo acopio de su voluntad para no dejarse llevar, para mantenerse firme gracias a la bendición de su diosa y el entrenamiento que le había conferido entereza y templanza, tomando finalmente la palabra para dirigirse a los grandes orcos.
—Deponed las armas: no hace falta derramar más sangre —dijo tras abrir los ojos y clavar la mirada en su padre y el lugarteniente.
—Ven y hazme rendir, esposa mía —se pronunció por fin el otro orco.
—Por lo visto —comenzó a decir Xunag mientras paseaba la vista por los muertos para posar su vista en su hija al final—, hay cosas que un padre tiene que hacer en persona.
La paladín sabía que aquellos que tenía delante no iban a detenerse, no iban a dejar caer sus armas y huir, o mucho menos entregarse: conocía a su padre y había estado viviendo durante los peores años de su vida junto a orcos, por lo que, sabía que no había más opciones. Siempre pensó qué era lo que iba a ocurrir si volvía a ver a este, aquel orco que había permitido que el resto le hiciera la vida imposible, un infierno, aquel que en vez de haberla querido la había maltratado, aquel que sus hombres le habían arrebatado a los Krill años atrás: debía estar lista para luchar, para enfrentarse al mal sin importar el origen, para dar paz a aquellos que no podían obtenerla por sus propios medios.
—Si la cosa va de tozudez… aquí se acaba tu camino entonces, padre: cumpliré con mi deber —dijo Fery con determinación.
El lugarteniente dio un fuerte pisotón como preámbulo de lo que estaba por llegar, preparándose, tomando un arma con una de sus manos, pero listo para gesticular con la otra. Por su parte, Xunag, señaló a las mujeres y profirió un grito a pleno pulmón de «¡La muerte será vuestra!», justo antes de armarse con su grandísima hacha que debía blandir con ambas manos.
Y la segunda parte del combate empezó. Fery recordaba la ferocidad de su padre en la batalla, aquella sangre que decían que ardía dentro de él, la violencia llevada a su máxima expresión sin ningún tipo de medida, mortalmente contundente y alejada de todo lo mundano; era en ese momento lo que ella y sus amigas estaban viviendo y sufriendo. Pero la cosa no acababa ahí, pues el lugarteniente, además de diestro con las armas también lo era con la magia; y su soltura con esta era tal que conseguía arrebatar las protecciones en ellas, así como conseguir efectos realmente poderosos que dejarían en pañales a muchos maestros de la universidad Myrdon Salasker: traía aliados fuertes al combate, manipulaba el telar para crear las consecuencias más dañinas conocidas o incluso se protegía a sí mismo de toda fuente de daño. Ambos eran los rivales que realmente las estaban obligando a emplearse a fondo, más bien por encima de sus límites, siendo todo el conjunto una de las mezclas más hermosas y a la vez terroríficas que se podría presenciar en mucho tiempo. Pero las fuerzas fueron mermando, y primero cayó Lana, después Briz y finalmente Calendil, habiendo dado todo lo que pudieron y más, quedando Fery sola ante implacables grandes orcos. Jadeante y casi ahogada, la mestiza trataba de recuperar el aliento, sacando fuerzas de cualquier lugar para no caer a pesar del daño sufrido, observando a sus enemigos tan cerca de ella; de soslayo paseó su mirada por sus amigas, comprendiendo la situación, buscando entre pensamientos alguna salida.
—No puedes negar tu destino, Krilge —dijo Xunag, impertérrito ante las heridas sufridas—. Debes estar en la horda y ser esposa de Gagh'Dam.
—Dejad en paz a mis amigas y me iré con vosotros.
La sunita recordó las palabras de su maestro, aquellas que decían que el verdadero valor de un paladín no se medía en los enemigos derrotados y sí en las vidas salvadas: sacrificaría la suya propia para que Briz, Calendil y Lana pudieran seguir viviendo en libertad.
—Tus amigas pueden quedarse aquí alimentando a la tierra —volvió a pronunciarse Xunag, escupiendo a un lado.
—Quiero que estén bien, así que las dejaréis cerca de la ciudad y luego me iré con vosotros: sanadlas o no me moveré, ya que no creo que tu lugarteniente quiera casarse con un cadáver —dijo Fery dejando clara su postura.
Xunag hizo un gesto al orco que tenía a su lado y este empezó a conjurar magia de energía positiva sobre las caídas, permitiendo que estas se recuperasen lo suficiente como para poder levantarse, aunque aún malheridas. Después, el mismo se colocó dos pasos por detrás de su jefe, mirando a Fery por encima del hombro de este, como si aguardara a algo. Fery envainó lentamente su espada, dejando caer luego su escudo mientras su padre la miraba sonriente, con gesto complacido; pero la sorpresa llegó para todos cuando el lugarteniente golpeó de manera directa y con toda su fuerza al cuello de Xunag, aprovechando la guardia baja del jefe orco, haciendo que este se viera obligado a doblar una rodilla por tremendo impacto.
—¡Traidor! —gritó Xunag con los ojos rojos, mirando a su atacante.
Sin mediar palabra para evitar que el gran orco tuviera tiempo de reacción alguno, siendo de igual modo para el resto de las presentes, el lugarteniente golpeó de nuevo con todas sus fuerzas a Xunag y este cayó de bruces al suelo, pero el atacante no se detuvo ahí: pisó la cabeza del otrora jefe suyo cuando este tocó el suelo. El asombro invadió de manera impactante a todas, viendo como el orco más joven había hecho acopio de todo lo necesario para ser mortal en el mejor momento posible, dirigiendo entonces y al final una mirada de desdén hacia Fery.
—¿Pero qué habéis hecho? —preguntó esta cuando se repuso, frunciendo el ceño por la extrañeza de la situación.
—Por mí, tus amigas y tú podéis marcharos o morir con él: vuestro destino me es indiferente —dijo claramente el orco, paseando su mirada entonces por el resto de las mujeres antes de continuar—. Solo vine para arrebatarle el control de la tribu a tu padre —señaló los cuerpos caídos—, ya que estos eran los pocos leales que le quedaban.
—Te hicimosh el trabajo shucio —dijo Calendil algo recuperada.
—Eso hicisteis y yo os salvé la vida: tomadlo como mi agradecimiento.
—¿Cuál es vuestro nombre? —preguntó Fery.
—Gagh'Dam. Para ti Gagh'Dam, líder de los Sangreardiente —contestó el orco.
Los pensamientos de Fery se revolvieron en su cabeza. Observó con detenimiento al nuevo líder de la tribu y luego al cadáver inerte de su padre, viendo la sombra en la que se había convertido al final de su carrera violenta, honestamente longeva para ser un orco, pero que aquello había demostrado que había requerido de alguien más joven, listo y mejor en todos los aspectos para darle fin. Pero eso la llevaba a otro lugar, pues, aunque una puerta se había cerrado y con ello, en teoría, Fery conseguiría descansar de su pesadilla, la realidad era otra: si había un nuevo líder, el clan Sangreardiente seguiría con su andadura, siendo un peligro igual que lo había sido todos estos años atrás. Por lo que no, la paladín no iba a poder descansar, y de igual modo que antes, conocía bien y de manera personal a aquel que ahora mandaría a los orcos: pero eso la hacía arder en su interior con la voluntad necesaria para seguir su senda.
—Bien, Gagh'Dam —comenzó a decir Fery observando fijamente y a los ojos al nuevo líder de los Sangreardiente—, jamás olvidaré vuestro gesto, pero habéis de saber que mi lucha contra el mal no acabará hasta mi muerte, por lo que es probable que volvamos a vernos: tenedlo presente —acabó por sentenciar.
Gagh'Dam escupió a un lado sin apartar la vista de la mestiza.
—Reza para que no sea así —dijo seco.
—Mi destino lo rige mi diosa, por lo que… será como tenga que ser.
Pronto, un cuervo hizo acto de presencia volando en círculos, para finalmente descender hasta quedar prácticamente al lado del nuevo líder. El pequeño animal de plumas oscuras se transformó lentamente en un orco de aspecto chamánico, algo encorvado, que se acercó para pronunciarse en voz baja, aunque claramente audible debido al extraño silencio que acompañaba al momento.
—El camino está despejado, mi señor —dijo.
—Necesito su cabeza como trofeo —dijo Gagh'Dam señalando con el mentón lo que quedaba de Xunag.
El chamán caminó unos pocos pasos hasta llegar al cuerpo del antiguo líder, separando la cabeza del cuerpo entonces con un hacha de mano, no costándole mucho el proceso quizá por haber estado habituado a ello. Después, y tras levantar la cabeza por los pocos cabellos grisáceos que le quedaban a Xunag, gritó «¡Larga vida a Gagh'Dam, señor de la horda Sangreardiente!». Sin expresión alguna en su rostro, el nuevo líder asintió a las palabras escuchadas y luego ordenó la retirada, dedicando una última mirada amenazante a Fery para finalmente marchar junto al chamán, desapareciendo ambos con el uso de magia ya bien adentrados en el camino. La mestiza paseó la vista por sus compañeras, viendo que estaban tan maltrechas como ella. Las miró con pena, lamentando el estado que habían sufrido por culpa de su pasado y todo lo relacionado con la tribu Sangreardiente. Quiso pedirles disculpas a todas ellas por no haberlas podido proteger, pero un nudo en la garganta se le hizo, obligándola a pedir que volvieran a la ciudad para tratar esas heridas, dejando los sentimientos a un lado.
Reunidas al lado de la caravana que debían mover, los primeros rayos del alba se abrían paso por el cielo. Fery dejó caer su capa manchada, donde el hermoso rostro pálido de Sune había sido teñido por la sangre. Después, fue arrebatándose pieza por pieza sus placas, al igual que su tabardo, quedando a la vista su ropa; pero también se deshizo de esta, dejando pocas telas con las que cubrir su cuerpo dañado, pintado en parte por el líquido carmesí tanto de ella como de sus enemigos. Sus pensamientos eran una tormenta, un cúmulo de sensaciones indescriptibles para lo que nada ni nadie la había preparado, haciendo todo lo posible por mantenerse firme y jurarse a sí misma y su diosa que todavía le quedaban fuerzas para seguir su senda, y que nada la iba a detener. Pero se miró, tomó todo el material de curandero que tenía disponible, prefiriendo ayudar a sus amigas, a sus compañeras, esas que habían dado la vida por ella. Entre unas y otras, pudieron tratar las lesiones y finalmente quedar alrededor de una hoguera para darse calor.
—Siempre pensé que me estaba preparando para el momento en el que tuviera que mancharme las manos por acabar con mi padre —dijo Fery tras unos momentos de silencio—. Ha sido… extraño.
—¿Cómo te shientesh? —preguntó la elfina.
—Pensé que todo acabaría con él, pero… quizá ha sido el principio —contestó entonces la mestiza.
Briz, que había quedado cerca de Fery, levantó una de sus manos hasta tocar el hombro derecho de la paladín.
—No preocupes tú, ¿sí? Cuando llegue cosa momento, una estará a tuyo lado para luchar, ¿sí? —dijo la bardo con su optimismo habitual.
La sunita estiró su gran brazo para rodear los hombros de Briz, en claro gesto afectivo.
—Me preocupaba que os pasara algo… Pero estáis todas bien—dijo Fery.
Calendil se acercó, quedando junto a ellas.
—Somosh hermanash, debemos cuidarnosh —le dijo tras colocar una mano en el otro hombro de Fery.
—Ya has visto cómo era mi padre, no creo que digas eso en serio… —Un par de lágrimas recorrieron el rostro de la mestiza tras pronunciar esas palabras, pero luego rio un poco con simpatía, sonriéndoles.
—Bueno, es el principio del final del clan Sangreardiente: ahora les quedan como cincuenta orcos menos —comentó la hin de manera bromista, haciendo un aspaviento para quitar importancia.
Lana se acercó tras su comentario, y fue cuando Fery aprovechó para estirar el otro brazo, aquel libre de Briz, cogiendo a Calendil y a la hin en el proceso, alzando incluso esta última un poco. La mestiza apretó con fuerza como si no quisiera dejarlas escapar, en gesto de agradecimiento por las pocas palabras que no era capaz de pronunciar, aunque sacó el valor para poder dedicarles algunas:
—Disteis la vida por mí y no olvidaré eso nunca: os lo aseguro.
Offtopic :
Bueno, a ver... Agradecimientos a los dos DMs encargados de esta «guiada encerrona» de la cual no sabía nada, que son Dm Popy y Dm Capibara, que buen comienzo de andadura se ha marcado. También para los jugadores que aportaron su granito de arena en el rol y pusieron su cara para recibir las hostias, que son Brokenwand, Scum y Hela, siendo esta última la que pidió la escena para que fuera todo sorpresa. Corta pero muy intensa, llena de matices, un giro, y rol por parte de todos, donde una vez más indica que cuando una puerta se cierra para los personajes, otra se abre. ¡Gracias!