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La senda de la Pureza, Devoción y Belleza de Fery Krill

Manny_LoneWolf

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Púrskul


Fery era consciente de que tarde o temprano, en su deber, debería de volver a Púrskul. Tenía muy claro que debía estar dispuesta a viajar mucho dado su compromiso en la lucha contra el mal, la nomuerte, y por la divulgación del dogma sunita, a la par de sus tareas de mecenazgo; y como a ella le encantaba sacar lo mejor de las oportunidades: decidió que establecer un lazo con Sulion, el actual alcalde de la Ciudad Granero.

Lo que comenzó con una simple transacción por una joya, pues la mestiza era amante de coleccionar estas, se convirtió en un acuerdo por mejorar aquella ciudad en la cual los Krill habían decidido dar su vida laboral, y por consiguiente el cobijo para Krilge antes de convertirse en Fery. La paladín de Sune nunca pudo agradecer a su familia adoptiva todo lo que hicieron por ella, y era por aquello por lo que se sentía con más fuerza que nunca para hacer de aquel lugar uno de mejor. Cuando se enteró de que el alcalde Sulion necesitaba de gente para hacer los caminos más transitables, Fery no dudó ni un instante en poner su espada a su servicio, que, según él, era más bien al servicio de todos.

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Sin olvidar sus tareas y compromisos con el templo de Sune en la capital de Amn, Fery viajaba constantemente de un lugar a otro para abarcar todo, dándose algún que otro respiro cuando visitaba a Melnibonia, la joven de la cuál la paladín ejercía de mecenas. Pero fue un día, a la espera de empezar unas investigaciones con Sulion y otros compañeros, que dedicó un buen rato frente a la capilla de Chauntea, para, primero hacer una ofrenda, y luego recordar a su familia perdida.

—Han pasado más de cuatro años ya, pero no consigo olvidaros —Inició sus palabras Fery con una sonrisa algo amarga, sin apartar la vista del altar—. Perdón si ha sonado como si quisiera que eso ocurriera… —Rio un poco cuando sus ojos se tornaron algo vidriosos, creando una leve pausa. —Estoy haciendo un montón de cosas y me gustaría poder compartirlas con vosotros, pues ahora he de trabajar por esta bella ciudad. Sé que nunca fui capaz de pagar todo lo que hicisteis por mí, y por ello daré toda mi senda para hacer de este un mejor lugar para todos.

La mestiza se puso de cuclillas y luego extendió su brazo un poco hasta alcanzar con su mano unas hermosas flores de extenso espectro rojizo, las cuales acarició con delicadeza para evitar dañarlas. Suspiró con calma, para finalmente volver la vista hacia el altar de la Madre Tierra.

—Cada día intento dar lo mejor de mí, pues es lo que se espera. Mantengo la seguridad y la compostura, doy cobijo a todo aquel y aquella que lo necesita. Sin embargo, en ocasiones… siento la parte que heredé de mi padre… —Fery inspiró para echar el aire con pesadez, cerrando los ojos en el proceso. —La sangre arde en mi interior…

La paladín se puso en pie, volviendo a su posición inicial. En silencio paseó un poco de un lado a otro con pasos cortos, pensativa, para finalmente dirigirse de nuevo al altar.

—Algún día lo detendré para llevarlo a la justicia y haré que pague, jamás como una venganza: siempre como el deber por proteger a los inocentes, para que nadie más sufra.

Fery no se dio cuenta cuando unas lágrimas recorrieron sus mejillas debido al recuerdo de aquella fatídica noche en la que perdió a sus seres queridos. Apretó los dientes, incluso los puños, deseando que esa sensación se marchara, pero a la vez se permitió el pequeño lujo de dejar escapar esas emociones de su interior, pues también la erosionaba el mantenerse positiva, optimista y simpática todo tiempo frente al resto de gente.

Suspiró con pesar buscando esa calma y pensó «ojalá estuvieras aquí», siendo entonces en ese justo instante cuando un ruido extraño la alertó. Sorprendida, se dio la vuelta para percatarse de que un elemental de agua enorme había decidido hacer acto de presencia a través del líquido del río, que por suerte no era más que Buabua…
 

Manny_LoneWolf

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Presente - I


Los días pasaban. Las gestas, misiones y búsquedas de Fery no hacían más que avanzar, poniéndose a prueba en cada momento, y deseando hacerlo constantemente con decisión para continuar en su inacabable carrera por los designios de su diosa.

La Compañía Amniano-Karaturense le había brindado la oportunidad de probarse en dos ocasiones, la primera en la Supraoscuridad, lugar que era propicio a encontrarse criaturas de naturaleza malvada; y posteriormente, en el conocido volcán ubicado en las proximidades entre Caravasar e Imnescar, siendo el objetivo en ambas circunstancias la obtención de materiales para la ayuda a los necesitados de Kalathtyr. Esta sería la primera, pero no la última vez, que la paladín se encargó de llevar el pago íntegro por haber ayudado como donación al templo de la Dama de cabello de fuego.​


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Paseando por los conocidos Llanos de Athkatla justo después de una estada en su templo, Fery dio con una patrulla abierta liderada por la guardia de Amn que también acogía a aventureros. Responsable con la ley y el orden, preguntó si podía unirse para ayudar de manera altruista, al fin y al cabo, era consciente de que podría sumar a la seguridad de la nación. Avanzó entre túneles, pasillos y grutas del cementerio hasta que el grupo se dio de bruces con unos temidos enemigos.

Para la paladín no fue su mejor combate dado el poder de estos, pero sobrevivió, teniendo claro que Sune todavía esperaba algo más de ella, por lo que se juraría a sí misma el mejorar y sobre todo ser capaz de valerse de la fe para hacer frente a no muertos tan poderosos.​


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Más adelante, la fuerza del deber la llamó para atender al alcalde de Púrskul, el señor Sulion Suravar. Su responsabilidad por hacer de los caminos un lugar mejor se vio mezclada con el recuerdo de la muerte de su familia, brindándole la oportunidad de contribuir a que la Ciudad Granero llegara a prosperar más; y de ese modo, sentirse que había devuelto el favor a los Krill, que tan buenamente la acogieron cuando dio con ellos siendo tan solo una niña sola, desvalida y muerta de hambre tras haber escapado de las garras de su tirano padre.​


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Pero para la mestiza, su compromiso con Sune también tenía que ver con alentar, apoyar y proteger a aquellos que crean cosas hermosas, siendo el caso de artistas y artesanos por igual. Era por ello por lo que, y habiendo establecido un vínculo con Melnibonia, su siguiente paso era ayudarla a impulsar su carrera tras haberle demostrado que tenía un talento excepcional.

Gracias al contacto con el alcalde Sulion, Fery había conseguido hablar con Talivia, la maestre de la Casa Gáldrim, y se las arregló para tener una reunión formal y presentarlas con el fin de que la joven de blancos cabellos pudiera actuar en el Verdor.​


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Y así fue como a los pocos días por fin llegó la fiesta. La paladín había conseguido que la bardo actuara, y de paso costear los trajes de rey y reina hechos en sastrerías de Púrskul, con intención de promover la iglesia sunita. Fery no tenía intención de postular como reina, pero al final pensó que igual era una prueba de su diosa, por lo que terminó optando por participar.

Aguantó hasta el final de las pruebas, pero erró en el último momento, habiendo hecho gala de la resistencia que había dado fruto tras años de entrenamiento. No consiguió el título, pero sí pudo escuchar como algunos la apodaron «la belleza de jade». Quedó satisfecha por una parte y se prometió el perfeccionar más sus artes para vencer en el próximo año, con intención de no decepcionar a la Dama de cabello de fuego.​


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Como amante de la bella naturaleza, Fery asistió a la festividad de Hiervaverde liderada por el druida Zentakord en el Claro del Eldat. Y de igual modo, unos días más adelante, le ofreció su espada para ayudarle a la obtención de diversos ingredientes para la creación de productos de medicina. Viajó con él y un nutrido grupo hacia la Supraoscuridad, de nuevo poniendo su espada entre el mal y sus compañeros.​


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Habían sido todos días de agitación para la mestiza, de un modo u otro, pero se sentía llena al ver que podía continuar su camino sin el cobijo de su maestro. Su rostro mostraba una sonrisa optimista, pensando no obstante que todavía debería esforzarse más hasta que Sune la viera digna de pertenecer a las Hermanas y hermanos del Rubí Rosa.​
 
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Presente II - Sombras en los viñedos


Dada su estancia en parte en Púrskul, debido a la ayuda que estaba prestando al alcalde, la mestiza pudo prestar su apoyo de nuevo. Al parecer, y tras el Festival del Verdor, muchos campos yacían desolados por una capa de descomposición, como si la propia Talona hubiera dejado su funesta impronta en los cultivos. La desesperación y las acusaciones corrían hacia todas partes y lugares, señalándose unos a otros tras tan repentino e inesperado cambio.

El alcalde Sulion no dudó en tomar cartas en el asunto, liderando un grupo de investigación con todo aquel que quisiera aportar su granito de arena en la ayuda, buscando alcanzar la explicación de lo sucedido y solucionarlo, por consiguiente.

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Los primeros pasos nos llevaron a los mismos campos afectados, recabando información de primera mano por parte de los campesinos y trabajadores: el origen no era mágico, parecía más bien alquímico, y había más de un rastro que indicaba que alguien había merodeado la zona valiéndose de los bastos humedales para aparecer y desaparecer de la escena. En un momento, Thrain Barbavermis, maestre de la Barrica Traviesa, que esta era compañía cervecera venida de Aguas Profundas y encargada de haber promovido el Festival de la Cerveza, hizo acto de presencia para preguntar por el estado de la investigación. No fue muy sutil, buscando la manera de sacar tajada del asunto, alegando que podía ayudar y que no todos debían de perder, demostrando ser realmente un hábil hombre de negocios.

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Con una muestra de los terrenos afectados, parte del grupo podía investigar el supuesto origen alquímico, más cuando se había esclarecido que nada tenía que ver con magia. Por otra parte, el resto se encargaría de peinar los humedales con intención de encontrar algún indicio de movimiento inusual que nos llevara a más respuestas: y así fue.

El trabajo de los rastreadores dio su fruto hasta alcanzar un almacén clandestino, oculto por el basto lugar. En la entrada se encontró oposición, pero se pudo dejar fuera de combate a la mayoría de los guardias con intención de interrogarles. Al parecer no eran más que bandidos puestos a dedo para la protección del sitio bajo una gran bolsa de oro, desconociendo qué era lo que se hacía y deshacía en el edificio.

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Adentrándose, el grupo encontró resistencia de unos enanos con ganas de violencia, y cuando cayeron, se descubrió que utilizaban maquillaje para disfrazar sus rasgos: tenían un tono de piel grisáceo. «Duergars, enanos de la infraoscuridad», dijo alguien tras analizarlos con detenimiento. Realmente habían sido enemigos formidables y tan solo fue la antesala de lo que se esperaba, encontrando más por el camino hasta llegar a lo que era un laboratorio alquímico. Allí, un enano escudo se dedicaba a trabajar con diversas sustancias mientras ojeaba un libro a su lado, llevando a cabo actos precisos y meticulosos. Al principio, dicho enano pensó que el grupo trabajaba para Thrain Barbavermis, pero se esclarecieron los hechos con intención de averiguar más. Este se presentó como Dolgrin, explicando luego que el maestre de la Barrica Traviesa trabajaba con los duérgars, siendo estos últimos los que tenían coaccionado a Dolgrin para que hiciera un veneno que afectara a los campos de cultivo. El alcalde pensó en un plan para detener a Thrain, pero requería que los duérgars no sospecharan nada, o quizá no tanto como para tener una reacción apresurada, por lo que optó por simular que el ataque al almacén había sido algo espontáneo y sin organizar, más bien un robo sin premeditación, con la esperanza de ganar algo de tiempo y coger por sorpresa al maestre. No muy de acuerdo con ello, Fery se pronunció para mostrar su descontento, pero, no dejaría de dar su apoyo al grupo y mucho menos a un inocente si todos estaban de acuerdo en aquel arriesgado plan. Además, se había conseguido el libro con las fórmulas alquímicas, pudiendo trabajar con una cura lo antes posible.

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Por desgracia, y a pesar del pequeño lapso de tiempo, el conocido maestre de la Barrica Traviesa pudo huir, quedando más clara todavía su implicación en los hechos que habían acaecido con los campos de cultivo de Púrskul. La sorpresa fue para todos, pero eso no debía de impedir el cerrar todo el asunto, y de nuevo, el grupo viajó hasta el almacén para liberar a Dolgrin del yugo de los enanos de la Infraoscuridad. Esta vez, el enemigo esperaba, denotándose claramente en la resistencia, pero finalmente se pudo dar con el líder de ellos y derrotarlos para conseguir el objetivo.

Con la sede de la Barrica Traviesa desmantelada, un antídoto para los campos de cultivo, y Dolgrin libre y a buen recaudo: las tierras de Púrskul podían disfrutarían de un tiempo de paz y prosperidad hasta lo peor, que estaba por venir...​
 

Manny_LoneWolf

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Presente - III


Amanecían nuevos días llenos de energía y esperanza, todos tras un buen baño y rezos a la señora de la melena llameante. Fery recorría su sendero lleno de aún más cosas por descubrir, recibiéndolas con expectación y buscando la reflexión para lograr ser alguien mejor en todos los aspectos.

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En una de sus idas hacia la Ciudad Granero, cerca del puente al norte de la ciudad, Fery dio con Briz: una menuda y curiosa mujer tapada de cuerpo entero que portaba una máscara para ocultar el rostro. La mestiza había sufrido algunas heridas por los bandidos de los caminos y se apartó para tratarlas, cosa que llamó la atención de Briz, que se acercó para prestar su ayuda de manera desinteresada antes de sanarle las heridas con un conjuro.

Agradecida por el gesto, la paladín de Sune pudo tener una tranquila charla con la desconocida en el periodo de reposo, presentándose esta última como una trovadora y artista. Fery pensó que aquello era una señal de su diosa, lejos de la coincidencia, llegando a creerlo más todavía cuando Briz la deleitó con una muestra de cómo tocaba el violín: era toda una experta. La trovadora, tras confesar que buscaba trabajo, encontró un pequeño cobijo en la mestiza cuando esta le dijo que estaría encantada de ayudarla a encontrarlo.


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Llegó el Festival de la Buena Cosecha en la pequeña y apacible villa de Gambiton. Fery no desaprovechó la oportunidad de asistir a dicha festividad, deseando ver un buen espectáculo artístico, así como encontrar un pequeño tiempo de disfrute en su carrera al ver un montón de gente contenta.

Su sorpresa fue encontrar que Melnibonia actuaba, alegrándose por ver que la peliblanca había afianzado su carrera tras haberla ayudado en los primeros compases, ya que decanas atrás también la había visto en una obra de teatro en la capital. El festejo, también con discurso de la alcaldesa y un gran concurso, culminó en los caminos con una bendición para el futuro, habiendo dejado un bonito día para todos.

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En sus múltiples deseos expresados a los diversos miembros de la Orden del Radiante Corazón que Fery había llegado a conocer, estos en base a que contaran con su espada para la lucha contra el mal y la nomuerte, la mestiza tuvo la suerte de ver una ceremonia para la captación de tres nuevos escuderos.

Allí, en la conocida Fuente del Buen Samaritano de las cercanías de Nashkel, presenció un precioso ritual de iniciación que le recordó tiempos en los que ella pasaba horas con su maestro, haciéndole presente que aún debía de trabajar duro para algún día poder formar parte de la orden de las Hermanas y hermanos del Rubí Rosa, y no alejarse de dicha responsabilidad.

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Con la llegada de la Crisis del Grano, la magistrada der Haamilat optó por hacer una reunión con intención de aunar todas las fuerzas posibles ante un problema de tal magnitud. Muchos fueron los que acudieron a la llamada, todos con ideas y propuestas a parte de las mencionadas por Shiphae.

Se requería ayuda con los campos de cultivo, con los pobres que no tenían nada que llevarse a la boca, con los enfermos, con todos aquellos que no tenían un techo, ni tan siquiera ya un trabajo. Pero de igual modo, se requería el hacer que la nación no decayera más todavía, que recuperaran el ánimo y la esperanza, que no todo fuera pena incluso ante la gran adversidad que se sentía en el ambiente, y fue entonces cuando Fery se presentó voluntaria para tratar de conseguir eso, teniendo mente el buscar a otros que quisieran apoyar la causa.

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Con la nación agitada, muchos eran los que habían optado por la vía fácil, aprovechando el caos, la incertidumbre y los malos sentimientos para atacar a los inocentes y quitarles lo poco que tenían.

Los Llanos era un lugar donde mucha gente solía encontrarse por los azares de la diosa de la fortuna, y fue en esa ocasión en la cual la mestiza decidió alzar su voz para hacerse escuchar con su tono conciliador, reuniendo entonces a un grupo para invertir el tiempo en la vigilancia de los caminos cercanos. Con un nutrido conjunto, tan diverso como efectivo, los caminos se sintieron seguros durante el transcurso de la travesía.


Los pasos seguían a través de la senda de la pureza, devoción y belleza, y por ahora quedaban abismalmente lejos de ser detenidos.
 

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Pasado - Xunag Sangreardiente (I)


La pequeña Krilge avanzaba con pasos raudos a través de las tiendas del campamento, bandeja en brazos, temiendo que su padre le diera otra reprimenda. Lo que llevaba sobre las manos se le tambaleaba de vez en cuando por la prisa que tenía, tratando bajo todos los medios el evitar que cualquier pieza de comida cayera por los bordes de la superficie metálica. Varios orcos la miraron cuando pasó alrededor de ellos, incluso alguno escupió con desprecio, pero la mayoría se guardaron las malas palabras debido a que no dejaba de ser una hija del jefe. Finalmente, la mestiza atravesó la obertura de la improvisada tela que cubría la entrada de la carpa del caudillo. Dentro de ella, pudo observar de soslayo como Xunag Sangreardiente estaba reunido con Korgak: su más preciado lugarteniente.

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—Al sur solo hay más humanos con armaduras, por lo que recomendaría que el avance sea con cautela hasta estar más seguros —comentó Korgak con expresión ceñuda, trazando a su vez unos dibujos en el suelo con un rudimentario bastón de madera tallada.

—Los trasgos dijeron que había granjas, por lo que creo que podemos saquearlas para obtener comida.

Krilge trató de no hacer ruido para escuchar la conversación, pero, en contraparte, provocó sin querer que algo cayera de la mesa donde había apoyado la bandeja, generando entonces un ruido de cristales rotos por alguna botella. El viejo sacerdote de Ilneval giró un poco su rostro para discernir a la pequeña mestiza, pero no se inmutó más, dejando que su padre se encargara de la intromisión.

—La estúpida de mi hija, una vez más haciendo un trabajo inútil de algo tan sencillo como traer comida —gruñió Xunag.

El gran orco avanzó hasta la pequeña, esta encogida de miedo a la espera de lo que le iba ocurrir. Xunag encorvó la espalda y estiró su fuerte brazo para agarrar a Krilge por el cuello, alzándola después con suma facilidad. Luego la zarandeó con energía moviendo su cuerpecito como el de una muñeca de trapo, haciendo que ella tan solo pudiera aferrarse a la mano de su padre en un intento por no acabar mareada. La pequeña presenció bien de cerca el rostro enfadado aquel que la tenía bien agarrada, este algo empapado por sudor, ya que Xunag Sangreardiente no era conocido así solo por el fuego que decían que recorría sus venas cuando combatía, si no también por el calor que este siempre parecía tener incluso en el invierno.

—Eres la hija más fea e inservible que he tenido jamás, y todavía sigues viva porque no me sobra gente que haga tu miserable trabajo.

Los ojos de la mestiza se tornaron vidriosos y sentía como la mano de su padre se iba cerrando con fuerza alrededor de su cuello, privándole poco a poco del aire que necesitaba para respirar. El miedo por perder la vida se hacía enorme entre sus sensaciones, paralizada por la situación.

—Te rajaré toda la cara para que dejes de recordarme a tu madre, te verás mejor sin la nariz y esos labios —añadió.

—Deberíamos dejar de perder el tiempo, jefe Xunag —espetó Korgak.

El gran orco giró su rostro hacia el sacerdote a su mando y le dedicó una mirada que arrancaría el alma a cualquiera, sin embargo, abrió su mano para soltar de manera abrupta a Krilge, haciendo que esta cayera de espaldas. Acto seguido, dolorida y con apenas oxígeno en sus pulmones, aprovechó para salir corriendo de lugar completamente presa del pavor.


La noche cayó sobre el campamento. Solo la luna llena y las estrellas iluminaban las tiendas, y los orcos que hacían guardia se valían de su limitada visión en la oscuridad para evitar llamar la atención con puntos de luz innecesarios. Krilge, que apenas había podido pegar ojo, recorrió las sombras con discreción para alejarse todo lo posible del lugar, con intención de alcanzar el río que tenían cerca. Encontrada la arena gorda y por consiguiente la parte más rocosa que ya tocaba la fluyente agua, se arrodilló en esta, mojando el bajo de su maltrecha ropa y las rodillas. Buscó después su reflejo en el agua, viéndolo distorsionado por el movimiento del líquido para acabar apretando los dientes.

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Las palabras de su padre resonaron con fuerza en el interior de su mente, no podía quitárselas de la cabeza. Iracunda, llevó sus dedos hasta las piedras húmedas para agarrar una grande con fuerza, rompiendo sus pequeñas uñas en el proceso. Después, llevó sus manos hasta la cara y trató de arañar esta con todas sus fuerzas, ahogando más un ruido de desesperación que de dolor, ya que no pudo más que magullarse. Con la respiración agitada por la frustración, tomó la piedra y la empezó a golpear con otra, gastando toda su energía en romper uno de los lados erosionados por el agua para hacer de este algo puntiagudo. Krilge alzó la roca que había sido afilada de basta manera y cerró los ojos, todo con intención de hacerla chocar violentamente con el centro de su rostro, apuntando hacia la nariz.

Pero una mano la detuvo. Y cuando abrió los ojos sorprendida, no pudo sin más dejar caer el gran guijarro para mirar con sorpresa a la persona que la había interrumpido. Entonces vio a Harsys, la semielfa esclava que también servía a Xunag. La mujer, que en su otro brazo sostenía un gran cesto de mimbre, utilizó el mismo para poner verticalmente su índice sobre los labios, pidiendo a Krilge que no hiciera ruido. Después, y como había tomado el bracito de la semiorco para detenerla, tan solo deslizó sus dedos hasta entrelazarlos con los de ella, en un gesto mínimamente afectivo para ayudar a calmarla. Con gentileza, Harsys estiró de la mano de Krilge para ayudarla a levantarse, alejándola unos pasos, por consiguiente, hasta llegar ambas al tronco de un gran cerezo.

La semielfa dejó la cesta en el suelo, y la niña pudo observar que dentro no había más que algunos trapos sucios, así como varios frutos del bosque recientemente recogidos. Sin pensárselo dos veces y tras ponerse de cuclillas, la mujer rompió tela de su rudimentario vestido, si es que así podía decirse, para luego limpiar la cara de la pequeña.

—No escuches a tu padre —tomó la palabra en el silencio de la noche, siendo este adornado únicamente por el ruido del agua que fluía por el río.

Krilge alzó la mirada para observar con detenimiento a la semielfa, obligada a presenciar unos horribles rasgos con los que varios orcos la habían dejado marcada en sus múltiples abusos: la mitad de su rostro estaba paralizado por una fea herida desde la base del cráneo hasta un poco más allá de la barbilla, dejando su ojo en un profundo blanco y por lo tanto inservible; de igual modo y en el mismo lado, una gran cicatriz bajaba desde su cuello y se perdía tras pasar por el pecho, que seguramente iría hasta más allá de la cintura por la forma que tenía.

—Pero… —se armó de valor por fin para pronunciarse.

—Nada de peros, pequeña. —Sonrió la mujer de manera tenue y solo por un lado debido a su limitación, antes de continuar—. Si lo que no quieres es escuchar más las desagradables palabras del jefe Sangreardiente, podemos encontrar otra manera que no implique dañar ese bonito rostro que tienes.

La niña abrió los ojos algo sorprendida por las palabras, expectante ante la solución que la mestiza de elfo podría mostrarle.

—¿Y cómo…?

Harsys se puso en pie y caminó un par de pasos hasta alcanzar el tronco del gran árbol. Allí, paseó la palma de su mano por este, incluso golpeó levemente con sus nudillos para tantear algo. Complacida por el hueco sonido que había escuchado, sacó de su cinturón de tela el cuchillo que la acompañaba en sus viajes de recolectora para luego clavar este mismo en la corteza. Con esfuerzo, aunque claramente se la veía versada en su hacer, sacó un buen trozo que luego le mostró a Krilge. Luego tomó asiento ahí mismo para empezar a darle forma a este mientras se fijaba en el rostro de la pequeña, con intención de hacerlo de un tamaño lo más parecido a su circunferencia.

La niña miró con suma curiosidad todo lo que Harsys había logrado en tan solo unos minutos, abstraída totalmente como si nada más hubiera en el mundo. Para acabar, la semielfa hizo un par de hendiduras ovaladas en ambos lados de la parte superior de la corteza, habiendo fabricado de ese modo una máscara totalmente improvisada.

—¿Lo ves? —Sonrió de nuevo a Krilge y luego pasó su mano libre por el descuidado cabello de la pequeña—. Puedes utilizar esto y nadie verá tu rostro.

La semielfa estiró un poco su brazo para entregar el objeto a Krilge, que esta no dudó en colocarse sobre la cara. Contenta por una vez, corrió hasta la orilla del río para mirarse de nuevo en el reflejo del agua, y aunque distorsionado como de costumbre: se alegró de ver algo que era totalmente diferente a lo de siempre.

Ambas volvieron entonces hasta el campamento, pero Harsys fue golpeada por aparecer con la niña. Pudo reunir el valor suficiente como para mentir a los guardias conforme había sido idea suya el llevarse a la pequeña.


Los días pasaron y Krilge no debía ni preocuparse de que su máscara cayera gracias a un hilo de tela entre un par de agujeros. Y lo consiguió: de algún modo pasaba más desapercibida entre los orcos que trabajaban con su padre mientras les servía, ya que, curiosamente su rostro llamaba menos la atención al portar algo que lo tapaba.

Una mañana fue despertada por unos pasos pesados, ya con los primeros rayos del alba filtrándose entre los agujeros de la tela de su maltrecha tienda. Ella los reconoció claramente como los de su padre, por lo que, estiró su pequeño brazo hasta intentar dar con la máscara que normalmente dejaba cerca de los paños que la aislaban del frío suelo. Sorprendida al no encontrar el objeto, la buscó de manera desesperada mientras sus nervios crecían por escuchar el sonido cada vez más cerca.

Xunag golpeó con violencia las ramas que sostenían las telas del pequeño refugio para hacer volar todo por los aires, dejando a su hija desprovista de este. Luego, y mediar palabra, alcanzó la pierna de la pequeña para alzar su cuerpo entero boca abajo.

—¿Buscas esto? —preguntó el jefe orco.

Los ojos de la mestiza se abrieron como platos al percatarse de que su padre sostenía la máscara en la otra mano tan solo con dos dedos, debido a su pequeño tamaño.

—¡¿Buscas esto?! —preguntó de nuevo, esta vez gritando con todas sus fuerzas mientras zarandeaba enérgicamente a Krilge.

—Sí… —respondió ella ahogando un sollozo con sus ojos vidriosos por el miedo que recorría su cuerpo.

El gran orco bajó el brazo hasta que la niña alcanzó el suelo, luego giró sobre sus talones y empezó a caminar arrastrando el pequeño cuerpo de ella en el proceso. La mestiza trató de hacer todo lo posible por zafarse de la situación, pero le fue imposible, y finalmente su cuerpo fue lanzado al abismo de un foso previamente preparado.

Dolorida por el golpe de la caída y tras toser algo de sangre, miró hacia arriba para darse cuenta de que se encontraba entre cuatro paredes de tierra, quizá a una profundidad cercana a los tres metros. Su padre la miraba desde la superficie, pero luego se alejó lentamente. Asustada, Krilge miró a todos lados buscando alguna manera de poder salir, pero tan solo resbaló una y otra vez, agotando todas sus fuerzas. Ruidos de varios golpes y tela rota captaron su atención, obligándola a desviar su vista y de nuevo hacia arriba, para instantes después ver como su pequeña máscara caía partida en dos al fondo del foso. Tomó esta con rapidez por los nervios, percatándose de que había quedado inservible.

—No es lo único que voy a romper hoy —se escuchó de nuevo la voz de Xunag.

La mestiza elevó su mentón para fijarse en su padre, viendo perfectamente como este llevó el cuerpo de Harsys hasta el borde del abismo: la semielfa había sido golpeada con brutalidad, incluso desprovista de la poca ropa que solía llevar.

—Una máscara nunca podrá ocultar por siempre lo que eres —volvió a tomar la palabra el gran orco.

El jefe posó una mano en el hombro de la mujer que tenía delante, agarrándola con fuerza, y justo después giró su cuello por completo con la otra, rompiendo este con suma facilidad. Apartó entonces la palma con desprecio y el cuerpo cedió por sí mismo hacia adelante, terminando por golpear fuertemente contra el suelo justo al lado de Krilge.

La niña miró horrorizada el cadáver que yacía delante de ella y sus lágrimas no aguantaron más, viajando sin parar por sus mejillas. Los ojos de Harsys habían quedado completamente abiertos y su expresión había quedado mirando al infinito, posiblemente contemplando la marcha de su propia alma hasta otro lugar.

—Me lo he pensado mejor, pequeña sucia e inútil: aguardaré pacientemente y sin tocarte hasta que seas mayor, para que luego mis hombres hagan contigo todo lo que quieran.
 
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Presente - IV


Llegaron más amaneceres para la paladín de La Dama del Amor, avanzando paso a paso por el sendero que ella misma había decidido escribir.

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Disfrutó de una pequeña charla en el Claro del Eldat junto a Briz y Zarrieth, donde esta última pidió a Fery que le explicara más sobre Sune y su dogma. La mestiza se deleitó hablando sobre los que, como ella, deben de proteger la belleza del mundo; así como alentar esta haya donde se encuentre, ayudando a aquellos que son capaces de crear cosas hermosas como artistas y artesanos.

Por otra parte, continuó explicando que también creen que la belleza va más allá de la piel, que surge del mismo corazón, haciendo por revelar esta al mundo sea hermosa o fea para actuar como sea necesario. Finalizó al añadirle que el dogma también habla de creer en el romance, teniendo presente que es el amor verdadero el que vence por encima de todo, sin olvidar el tener que realizar un acto de amor al menos una vez al día.

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Tras el reclamo de artistas para la campaña itinerante por Amn, al que solo habían acudido Briz y Sével, Fery debía continuar con los preparativos. En su media estancia en Púrskul, aprovechó para personificarse en La Casa Gáldrim con intención de verse con la maestre Talivia.

La mestiza expuso el plan inicial y requería de una carromato o caravana, por lo que pidió una de estas a la casa comercial. La maestre, junto a Sulion, aunque este no en calidad de alcalde, aceptó prestar una para la causa, tomando tan solo la voluntad como pago y la palabra responsable de traerla de vuelta de una pieza.

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Fery nunca pensó que un día de lluvia le brindaría el honor de asistir a una de las clases de historia de la Orden del Radiante Corazón, y es que, cobijándose de dicho clima, coincidió con varios ordenados en Valle Minsor, que aguardaban para recibir la tutela de nada más ni nada menos que lady Roxanne.

Aceptó la invitación de acompañarlos, pudiendo escuchar entonces un enorme relato que incluía mucha reflexión, con idas y venidas, amores y traiciones, así como esperanza y optimismo; acabando en la sede del Muy Radiante en el mismo Distrito de los Templos, teniendo el honor de presenciar y de primera mano el interior de tan glorioso lugar.

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Y fue tras esa clase cuando Beric tuvo una charla distendida con la mestiza, retomando vivencias del pasado. El escudero habló con ella sobre el posible futuro que les devenía, incluso lo que podían esperar, acabando por enseñarse mutuamente las capillas de sus respectivos dioses.

Primero visitaron la de Helm, con sus tonos grises que evocaban la seriedad, regalando Beric entonces un libro sobre dicho dios a Fery. Las visitas llegaron a su fin en la capilla de Sune, donde, por el contrario, los tonos más vivos con mucho rojo intenso poblaban el lugar, así como los músicos y artistas deleitaban a los feligreses con algo animado. A la mestiza le pareció muy divertido el hecho de que Beric preguntara si Sune estaba siendo mostrada desnuda en su estatua.

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Fueron jornadas de mucha coincidencia en relación con la Orden del Radiante Corazón, y es que algunas decanas más adelante, la mestiza pudo presenciar un ascenso. Si bien ya había tenido el honor de contemplar un ritual de iniciación con anterioridad, ese día pudo estar presente en el nombramiento de Ethas y Beric como caballeros, alejándoles ello del tabardo de escudero.

Le encantó ver una ceremonia tan viva y llena de gente, liderada por lord Erik y lady Roxanne que hicieron gala de su gran experiencia, donde los juramentos ante los dioses y hacia los pilares que se sostiene la orden de caballería tomaban el papel principal.

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La nación continuaba gritando por el dolor y las penurias que estaban pasando los más necesitados, y Fery fue avisada por Calendil cuando la elfina pidió ayuda para portear agua desde el Alandor hasta el Hospicio de San Annur.

Sin poder mirar hacia otro lado, la mestiza formó parte de un grupo bien nutrido para conseguir ese objetivo, alegrándose de ver a tanta gente reunida y dispuesta a arrimar el hombro cuando era necesario.


Mucho le aguardaba todavía a la seguidora de la Princesa de la Pasión y por eso avanzaba siempre y hacia delante con mucha decisión.
 

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Presente - V


Fery creía firmemente en que el Claro del Eldat era un lugar maravilloso. Le fascinaba el hecho de que en una nación como Amn, existiera un lugar tan bonito y lleno de paz, con toda la naturaleza en su esplendor, alejado de todas las intrigas y sombras.

Sus pasos la llevaron hasta la orilla, donde se deshizo de toda su ropa con toda la calma del mundo. Quería paz, buscaba ese cobijo: lo necesitaba. Completamente desnuda, metió un pie, luego el otro. La mestiza avanzó hasta que el agua le llegó a las rodillas, y fue entonces cuando tomó el líquido transparente entre sus manos, para luego dejarlo correr por sus hombros y finalmente, aunque de igual modo, hacer que este se deslizara también por su melena carmesí. Se abrazó a sí misma para luego mirar al cielo, viendo como los rayos del sol tocaban su piel.

La paladín de Sune sonrió, y lejos de mostrarse tímida ante el hecho de exhibir su cuerpo, continuó hasta llegar a la pequeña cascada, al fin y al cabo, el paso de los años la había hecho entender que la bendición de su diosa era algo que no debía de ocultar al mundo, aunque ese claro era un lugar realmente poco concurrido, por lo que difícilmente encontraría miradas indiscretas.


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La fuerza del agua, aunque no era incómoda, sí permitía el sentirla como un pequeño masaje, chocando con la parte superior del cuerpo y creando también un vacío del sonido ambiental. Pero Fery buscaba eso, quería abstraerse. Prácticamente obligada a cerrar los ojos, la mestiza buscó ordenar sus pensamientos.

Le fue imposible no revivir los últimos acontecimientos que había vivido: llenos de retos, vivencias, aventuras y deberes, así como obligaciones, pero por supuesto, todos llenos de gente que siempre aportaban algo, fuese bueno o malo, siempre una experiencia.

Y de amor. Aquella artista de níveos cabellos había marchado hacía más o menos medio año, y todo se había esfumado del mismo modo que había llegado, habiéndose quedado sin más noticias sobre ella. Fery recordó su ya conocida mala suerte con el amor y sonrió de manera algo agridulce, notando esa curiosa y extraña ironía que la envolvía al ser una persona que había recibido la llamada de la Dama del Amor. Pero era optimista, y siempre trataba de pensar en positivo e inculcar eso a los demás: por lo que creyó que el camino el amor verdadero no era algo más complejo que otras sendas a recorrer, y que por lo tanto, podía ser de todo menos sencillo.

Se solía decir que a nadie le amarga un dulce, y en esta ocasión tampoco iba a ser diferente, pues la mestiza estaba empezando a sentir algo florecer en su interior. Llevó su mano de largas pero cuidadas uñas hasta su pecho, tocando la zona donde en su interior reside su corazón. Pensó en esa persona por la cuál este empezaba a latir, y aunque había dejado de sentir el miedo y no dudaba ni un segundo en la confianza que ella sentía en sí misma, su mente se veía a menudo plagada de pensamientos. Le hacía feliz los ratos que pasaban en confianza, donde compartían momentos de pura complicidad, pudiéndose mostrar como realmente eran. Pero por desgracia, no eran unos sentimientos sin ataduras, y eso la preocupaba. En ocasiones deseaba poder robarle un beso cuando su deseo se lo pidiera, en un gesto tan puro y sencillo de aprecio, de amor, pero era imposible. Y sí, la mestiza era alguien recta, firme, respetuosa, y sabía hacer acopio de su temple cuando la situación lo requería, manteniendo la cabeza fría y guardando sus sentimientos como si dentro de su puño se tratara; por lo que sabía que en ocasiones su lugar debía de ser el que quizá en el fondo no quería, o el que sus pasiones le trataban de dictaminar.

Fery abrió los ojos. Avanzó con calma hasta salir del agua que regaba su cuerpo, pero aún con el resto cubriéndola de cintura para abajo. Después miró al cielo como había hecho antes, y en esa ocasión, su mano se deslizó hasta el colgante que pendía de su cuello, ese que el símbolo era el rostro de una hermosa mujer pelirroja con piel de color marfil. Luego bajó su mirada hasta este y lo alzó lo suficiente como para que sus labios pudieran besarlo de manera cálida.

—Creo en el romance, mi diosa, así que aguardaré tu guía para alcanzar el amor verdadero —musitó sonriente.
 

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Presente VI


Los días pasaban. Las gestas, misiones y búsquedas de Fery no hacían más que avanzar, poniéndose a prueba en cada momento, y deseando hacerlo constantemente con decisión para continuar en su inacabable carrera por los designios de su diosa.

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Un encuentro casual en los Llanos de Athkatla, hizo que Fery pudiera viajar con una gran comitiva del pueblo élfico. Juntos llegaron hasta Musgolito, para después adentrarse en el Weldazh, hermoso lugar que la mestiza pudo por fin apreciar con sus propios ojos.

Si bien había escuchado muchas historias, siempre había sido reticente a adentrarse, más sola, por el riesgo de que la vieran como una amenaza debido a parte de su sangre. Pero tuvo esa gran oportunidad, incluso la llevaron a visitar la Torre del Pueblo, como así la llamaron, para después de una patrulla conocer también la poza consagrada a Sehanine, la Señora de los Sueños.

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Días más tarde, una extraña mujer se presentó frente al Hospicio de San Annur. Lejos de querer asilo allí o buscar sanar alguna de sus heridas, esta reclamaba aventureros para que exploraran un lugar por ella. Si bien podía tratarse de una trampa, se reunió tanta gente que Fery se vio obligada a tomar parte de la comitiva, teniendo que lidiar son su deber de ayudar a los que lo necesitaban, así como también poner a prueba sus habilidades para mejorarlas.

Un portal llevó a todos a un castillo, lugar por el que fueron abriéndose paso entre fuerzas hostiles para llegar al final, una gran sala con un trono donde un poderoso nomuerto hizo acto de presencia. Vencido el señor de dicho lugar que había traído un buen puñado de inertes desalmados, la mujer volvió a hacer acto de presencia para demostrarnos que todo había sido una poderosa ilusión, pero no nos dejó sin la recompensa.

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Se habían escuchado rumores sobre una extraña y desconocida criatura que estaba atacando por los caminos, de manera rápida y certera, que no dejaba rastro salvo el de sus víctimas. Una tarde, mientras la mestiza buscaba a Sével, ella y un grupo fueron asaltados por esta en los páramos. Con aspecto de una especie de murciélago humanoide, pero de un tamaño desproporcional, esta atacó sin mesura al grupo, obligando a estos a hacer uso de todos sus recursos para defenderse.

Creyendo que esta había sido abatida después de un arduo combate, tan solo se recuperó cuando su pecho brilló con un fulgor rojizo para luego escapar como buenamente pudo.

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Y por fin llegó la primera actuación de a Humilde Compañía Itinerante por Amn. Bien recibidos por un numeroso público, Briz y Sével pudieron entretener a estos tras un pequeño discurso sobre el amor que Fery se encargó de dar para todos los presentes, con intención de promover la ayuda entre unos y otros.

Finalmente, se obtuvo una gran cuantía para donar al clero de Ilmater y que este hiciera un buen uso para los necesitados, habiendo quedado muy satisfecho el pequeño grupo de artistas.

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Pocos días más tarde, la carreta de los artistas errantes se movió en dirección a Crimmor, donde allí se haría la segunda actuación. Contentos con el éxito, a la causa se unió una gur llamada Julia, que había demostrado tener un gran talento para tocar la guitarra.

A medio camino, el pequeño grupo que se había dedicado a trasladar todo disfrutó de un bonito descanso donde Zarrieth preparó una buena cena, y luego se charló de manera distendida sobre algunos amores.


Todo marchaba debidamente y aún faltaba mucho por hacer, pero las fuerzas seguían sin menguar en el largo sendero que quedaba por recorrer.


 

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Presente VII – El deber del honor


Fery había decidido tomarse un descanso tras haber colocado gracias a la ayuda del resto de integrantes, el carromato de los artistas en el punto para la siguiente actuación. Al lado de la Ciudad de las Caravanas, sus pasos la llevaron hasta el interior del bullicio, a pesar de que era de noche, pues Crimmor siempre había sido un lugar muy transitado a todas horas. Pensó que podría descansar en la posada con intención de visitar el Teatro de la Alegría al amanecer, ya que desde ese momento y hasta medio día, el lugar servía como sitio de culto para la Dama del cabello de fuego.

Pero ni Sune le habría deparado una sorpresa tan grande como la que encontró, y es que cerca del puerto, pudo dar con una antigua amiga suya: Charlotte, la antigua caballero de la Orden del Radiante Corazón. Esta, ataviada con ropajes prácticos y sencillos, aunque con una espada larga atada a su cinto, sonrió un poco al encontrarse con la mestiza.

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—Bienhallada, dama Fery —saludó entonces la mujer del cabello rubio.

—Diosa… —Sonrió con simpatía la paladín. —Me alegro mucho de ver que estáis bien.

—Estamos bien. Tomaba un pequeño descanso del cuidado de Josephine, esta se encuentra con Aravae. Vine porque quería comprar algunas naranjas en Púrskul, ya que allí son de buena calidad y en Beregost no parecen muy nutritivas —comentó la alta sacerdotisa de Lathander, para luego pasear su mirada por el gentío—. Puedo observar que estas tierras no cambian con el tiempo.

Fery negó con suavidad, meciendo algo su melena. Después sonrió ampliamente antes de tomar la palabra.

—Pero no por ello algunos dejaremos de luchar.

—Cierto es que en Beregost he dejado de batallar, para mejorar el cuidado de mi pequeña y prestar atención a la joven Blanca —comentó Charlotte—. Creo que la estaba dejando descuidada por mi deber y merecen todo el amor para crecer sanas.

—No hay nada más hermoso que el fruto de una relación de amor verdadero —La mestiza se acompañó de una feliz y genuina sonrisa, imaginando lo bonito que debía de ser engendrar descendencia junto a la persona que se ama.

Ambas decidieron tomar una caravana hacia Púrskul junto a otros viajeros, para que de ese modo Fery pudiera aprovechar el tiempo con su antigua amiga y hablar de manera distendida sobre algunas cosas más mundanas.

Allí, en la Ciudad Granero y tras el tiempo de viaje, caminaron juntas hasta llegar al mercado otrora lleno de artículos y mercancías, pero que por suerte quedaba algún frutero con varias naranjas. La paladín acompañó en silencio a Charlotte a la vez que la observaba, sonriendo al verla en unos quehaceres tan alejados de los deberes que tenía en la Orden del Radiante Corazón. Acabada la compra, la alta sacerdotisa de Lathander se dirigió hacia la mestiza mientras aguantaba una caja con algunas frutas dentro.

—¿Seguiréis vos por estas tierras? —preguntó entonces.

—De momento sí —Asintió Fery. —Púrskul todavía necesita de mi ayuda, por no mencionar que aquí el mal y la nomuerte campan a sus anchas: esta tierra me atrae más que cualquier otra.

—De acuerdo. Si me permitís…

Charlotte dejó la caja que sostenía en el suelo, con cuidado, vigilando que nada del interior pudiera verse afectado por algún golpe. La paladín, por su parte, la miró con un deje curioso, expectante.

—Como bien os dije, he dejado de lado las batallas —comenzó a decir la seguidora de Lathander, haciendo una breve pausa para tomar algo de aire antes de continuar—. Actualmente me encuentro ejerciendo en la iglesia de «La Canción de las Mañanas». He visto una luz desde vuestra llegada y creo que hacéis una gran labor como seguidora de la Dama del cabello de fuego, luchando contra el mal y la nomuerte, así como compartiendo el camino de defender las artes y la belleza de este mundo: tenéis un brillo y una actitud que no he sido capaz de observar en estas tierras durante años, el aura que una verdadera bendecida por Sune merece portar.

Fery alzó las cejas con suavidad, claramente sorprendida y profundamente halagada, pero incapaz de decir algo por lo inesperado que había sido. No obstante, su atención estaba totalmente centrada en la mujer que tenía frente a sí.

—Creo que es mi deber como alta sacerdotisa el ayudar a aquellos que serán nuestros sucesores —terminó por decir.

Charlotte deshizo la atadura que obligaba a su espada el quedar amarrada al cinto, tomando luego esta con ambas manos en posición horizontal y dentro de su hermosa vaina.

—Me ha acompañado a innumerables batallas pese a no ser la guerrera más diestra —dijo a la vez que estiraba sus brazos, ofreciendo el arma a la mestiza.

—Doña Charlotte… —por fin Fery pudo articular palabra— ¿De verdad me creéis para tal honor?

—Creo que sois una más que digna sucesora de blandir esta espada dorada, la cual ha sido bendecida multitud de veces por el Señor del alba, y ella desea seguir brindando luz en la batalla: merece que alguien con ese valor la empuñe.

La paladín pensó en la situación que tenía delante, así como en el hecho de que era conocido que Sune y Lathander compartían muchas cosas, por lo que creía que esto podía ser un designio de ambos dioses para establecer un hermoso vínculo entre ambas mujeres de fe. Con la compostura recuperada, Fery clavó una rodilla en tierra, alzando luego el mentón para mirar directamente a los ojos de Charlotte.

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—He estado en una de las órdenes de caballería más reconocidas de todo Faerún —tomó de nuevo la palabra—, y he visto muchos paladines y aspirantes a caballero. He aprendido a diferenciar aquellos que pueden llegar a marcar la diferencia y por eso confío en vos.

—Vuestras palabras son un honor para mí, y si así lo deseáis —la mestiza se humedeció los labios—: continuaré con esa labor, dándoos mi palabra de que esta espada será empuñada para brindar luz combatiendo al mal y la nomuerte hasta el fin de mis días.

—No os arrodilléis y estad orgullosa de en quien os habéis convertido, solo con decisión se podrá seguir portando la luz.

Charlotte hizo un gesto para que Fery se alzara, moviendo el arma envainada entre sus manos para que la mestiza tomara esta. Por su parte, la paladín se puso en pie y estiró seguidamente sus brazos, envolviendo el arma con los dedos de ambas manos, tomándola con cuidado y sumo respeto, para luego asentir de manera cortés a su antigua portadora.

—Hoy sois vos, en un futuro serán mis hijas, y quien sabe más allá, señorita Fery… —La alta sacerdotisa hizo una breve pausa antes de proseguir. —Pero si de algo estoy segura es que podréis hacer que el siguiente amanecer sea más brillante en vuestras labores.

La mestiza, arma en manos, observó los detalles esta: la empuñadura disponía de unos detalles florales en metal rojizo, denotando la buena manufactura y calidad del herrero que se había encargado; después, desnudó un palmo de la hoja para poder apreciarla, viendo que efectivamente esta era de color dorado, brillando de manera majestuosa. Sus cejas se alzaron en sorpresa, pero luego recuperó la seria expresión al darse cuenta de lo que representaba todo en su conjunto.

—Me acompañará en todas mis gestas —dijo a la vez que se llevaba un puño al pecho—. Yo, Fery de los Krill, juro con honestidad que blandiré esta arma para combatir el mal y la nomuerte, siguiendo un legado de años, con el fin de que siga habiendo más amaneceres y brindar esperanza para todos.

—Lathander os guíe con su luz, dama Fery —dijo Charlotte tras asentir convencida, sonriente de igual modo—: sois digna de ella y no dudéis en blandirla con orgullo.

 

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Presente VIII


Amanecían nuevos días llenos de energía y esperanza, todos tras un buen baño y rezos a la señora de la melena llameante. Fery recorría su sendero lleno de aún más cosas por descubrir, recibiéndolas con expectación y buscando la reflexión para lograr ser alguien mejor en todos los aspectos.​


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Y por fin llegó la segunda actuación de la compañía itinerante, siendo esta vez Crimmor el lugar, justo al lado del templo de Chauntea. Si bien no hubo mucho público, pues menos de lo esperado, Briz pudo entretener ella sola a todos los espectadores. Los hizo partícipes de una narración donde ellos ponían su granito de arena, escribiendo una extraña pero particular y divertida historia, consiguiendo al final un buen resultado visto en las generosas donaciones.​


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El terror llegó de nuevo a las cercanías de Púrskul, y Fery, que había obtenido la medalla de «salvadora de la cosecha» tiempo atrás, no iba a mirar hacia otro lado. Se habían detectado varios ataques de licántropos lobos liderados por un alpha seguidor de Malar, por lo que, su compromiso para tomar cartas en el asunto era mayor al tratarse de un siervo de las furias que quería destruir a su paso; algo que la paladín de Sune no podía permitir pues el bosque y los campos eran hermosos. Por ello, avanzó con un nutrido grupo hasta dar con los seguidores de La Bestia y todos juntos pudieron acabar con el problema.​


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La noche se hizo en Náshkel, siendo la tercera actuación de la compañía itinerante adornada por la luz de las estrellas y los fuegos tenues. El norte, recordando siempre como un lugar frío, sorprendió a todos con un gran y variado público, donde esta vez Sével y Briz pudieron actuar para recaudar una generosa donación, resultando todo en un cálido momento para aquellos más necesitados y los que querían distraerse un buen rato.​


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Los días pasaron y la cuarta actuación no se hizo esperar, pues la compañía itinerante era conocedora del trabajo que aún les faltaba y lo importante que era animar al pueblo, así que no se detuvieron más de lo necesario. Allí en Púrskul, Briz pudo continuar su actuación que hacía partícipe al público, donde al final también Julieta pudo demostrar su arte con la guitarra. El público se agitó contento, donde personas célebres como la maestre Talivia o el alcalde Sulion hicieron acto de presencia para aportar su granito de arena.​


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Un pequeño momento para retomar aliento siempre venía bien, más si era para celebrar algo importante como la ampliación de los campos de cultivo que tanto esfuerzo había costado, con intención de ayudar a los necesitados. El Hospicio parecía renovado, y los Druidas de Los Custodios del Búho y la Zarza Espinosa, como Zentakord y Norah, consiguieron reunir a mucha gente para para una ceremonia. Estos bendijeron las tierras con los dones del gran Padre y la gran Madre, renovando la esperanza para el pueblo con nuevos alimentos y futuros trabajos: excelentes noticias sin duda.​


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Y llegó la quinta actuación en Imnescar, esta vez al lado de la Abadía Hydcont en el Risco de Plata, ya la compañía itinerante cerca del final de su campaña. De nuevo, Briz se tuvo que hacer cargo de las actuaciones por completo, pero consiguió con soltura aguantar a todo el público con la diversidad, haciéndoles además y de nuevo, partícipes de otra enrevesada pero divertida historia. En esta ocasión, incluso la suma sacerdotisa Selise, servidora de Selune, hizo acto de presencia para aportar su granito de arena en las donaciones.​


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En otro lapso de «descanso», Fery acudió a unas clases que estaba dando el caballero Beric de la Orden de la Radiante Corazón. Si bien no había podido acudir a las anteriores por estar en otras responsabilidades, esta vez trataba sobre las cualidades mentales aplicadas al combate, el entrenamiento psicológico del caballero, que le decían. La charla, aunque con poca afluencia, permitió ser fluida y nada pesada, donde todos compartieron sus puntos de vista, siendo para la paladín de Sune algo muy productivo al ya no contar con la cercanía de su maestro.​


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Y como todo, el final siempre llegaba, y no iba a ser menos para La Humilde Compañía Itinerante por Amn. Su última actuación iba a ser en Caravasar, cerca del pequeño altar a Waukin, en las afueras. La actuación gozó de un gran público y de un par de actuaciones espontáneas y nada esperadas, pues esta vez y a parte de Briz, también deleitaron al público con diverso arte la sacerdotisa Sylwen de Sehanine, así como una elfa oscura llamada Lythana, cuando esta última se había ofrecido a ayudar de manera altruista a pesar de su raza. Con todo ello, la campaña se cerró con un gran valor de recaudación cercano a las mil quinientas monedas de oro, repartidas por toda la nación y en diversos ámbitos para la ayuda del pueblo: un éxito sin precedentes que necesitó un largo año de arduo trabajo, pero con un resultado más que satisfactorio.

Los pasos seguían a través de la senda de la pureza, devoción y belleza, y por ahora quedaban abismalmente lejos de ser detenidos.

Offtopic :
Muchísimas gracias a todos y todas por haber aportado vuestro granito de arena en las actuaciones, de un modo u otro: ya fuera donando o actuando, o simplemente estando presentes. El resultado fue muy satisfactorio al creer que no íbamos a tener mucha aceptación, por lo que por eso estamos todavía más agradecidos. (y)
 
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Pasado - Xunag Sangreardiente (II)


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El tiempo se acababa para Krilge, pues sabía que más pronto que tarde, su cuerpo demostraría la llegada a la adultez, y con ello, su padre la arrojaría a los hombres que le servían. Ya no tenía miedo a los golpes, vejaciones o maltratos: tenía miedo a crecer, y eran tales los nervios y agobio, que muchas veces hacía mal su trabajo por ello. Por otra parte, y a pesar de ser todavía una niña, el mestizaje empezaba a florecer, otorgándole fuerza y robustez a pesar de sus delicados rasgos, alejándola de cualquier humano medio o semiorco habitual.

Una noche, la tensión se palpaba en el ambiente. El jefe Xunag Sangreardiente estaba retrasando su ataque, lo que impacientaba a muchos de los orcos que estaban a su servicio. Él era un orco más listo que los demás, por eso había llegado a su estatus, y, era más: el logro de haber conseguido mantenerlo. Su liderazgo se tambaleaba sobre la cuerda floja, pero aún tenía más seguidores que detractores, y aunque algunos orcos habían desertado y desaparecido, sus filas todavía eran gruesas.

Algunos orcos hacían guardia caminando entre las improvisadas pero firmes tiendas donde se cobijaban los que podían descansar, otros, simplemente lo hacían alrededor de algún fuego a la vez que comían y bebían. Krilge, acabando con sus quehaceres, pasó cerca de una de esas fogatas dirección a su retiro, pero fue entonces cuando uno de los pieles grises la detuvo tras estirar su gran brazo.

—¿A dónde vas? —preguntó este.

Krilge miró al orco de soslayo, evitando mantener un contacto directamente visual.

—A descansar… —contestó luego.

—Algunos tenemos hambre y estamos hartos de tu padre, así que quizá no pueda esperar para comerte —dijo el orco antes de relamerse.

—Soltadme —dijo Krilge con una mezcla de miedo y firmeza, haciendo balanza por intentar mantener más bien lo segundo.

El orco tiró de ella con toda su fuerza hasta hacerla caer de bruces. La mestiza ahogó un gesto de dolor, llevándose una mano al estómago, donde había recibido la mayor parte del golpe. Sus ojos se tornaron vidriosos, pero apretó los dientes, maldiciendo por todos sus adentros mientras miraba con odio a su atacante.

—No estás en poder de decidir ni ordenar nada, asquerosa sangre sucia...

De repente, un fuerte golpe hizo que el orco soltara a Krilge, provenido ni más ni menos que del jefe Xunag. El orco que lo había recibido, se giró iracundo para proferir un gran grito intimidatorio, pero Xunag ni se inmutó.

—Soy yo el que dictaminó el destino de mi hija y el que lo seguirá haciendo, así que mantén tus manos alejadas de ella —espetó Xunag.

El orco dudó, y hasta contrajo sus dedos para luego volver a relajarlos, mirando a su líder.

—Pues quizá sea momento de cambiar las cosas, al fin y al cabo, no le tienes mucho aprecio —se atrevió a contestar el otro.

—¿Te estás atreviendo a dudar de mi forma de mandar, aquí delante de todos?

—Sí.​


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Xunag asintió y observó como el orco tomaba su maltrecha hacha, para luego alzar el brazo arma en mano, con intención clara de atacar. Por su parte, el gran jefe, velozmente agarró el antebrazo que sostenía el hacha, apretando con tanta fuerza como para obligar a su rival a soltar el arma. Después, y sin dudar ni un segundo, hundió su frente en el morro del orco, haciendo que todos los que estaban a su alrededor escucharan el sonido de huesos rotos. Xunag, con su frente manchada de sangre de su enemigo, se giró hacia el resto, para luego soltar el antebrazo, lo que obligó a que el cuerpo cayera como un peso muerto, totalmente inerte. Con una mirada serena, pero claramente intimidatoria, hizo un barrido para ver si alguien más se atrevía a atacarle: pero no fue así.

—Somos menos que hace unos días y entiendo vuestras inquietudes, pero no dudaré ni un instante en acabar con todo aquel que se atreva a desafiarme —tomó algo de aire antes de continuar—. Todo lo que tenemos es gracias a mis decisiones, por lo que podéis tener presente de que vamos a seguir igual.

Los orcos cercanos murmuraron, y otros vinieron de algo más lejos para ver el resultado de la pelea que se habían perdido. Por su parte, Krilge, seguía de rodillas, aunque inmóvil motu proprio, tratando de pasar desapercibida. La niña todavía sentía miedo, más cuando veía que su padre empleaba la violencia con facilidad y de manera fulminante.

—En un par de días conseguiremos lo que hemos venido a buscar, pero atacar ahora solo hará que perdamos ante los hombres con armaduras —continuó—. Estad preparados para la señal de los trasgos y entonces avanzaremos: no tengo nada más que decir.

Los murmullos volvieron, pero la mayoría de los orcos retomaron sus quehaceres sin comentar nada más, siendo entonces cuando Xunag giró su cabeza hasta alcanzar a Krilge con la mirada. La mestiza, por su parte, se puso de pie y trató de hacer ver que no había ocurrido nada, por lo que se encaminó hacia su primer destino, que era el descanso. Presa de su ingenuidad, vio su plan truncado cuando notó su cabello ser estirado con violencia, obligándola a trastabillar y hasta caer de nuevo: la gran mano de su padre la había agarrado.

—No voy a permitir que me armes más revuelo, por lo que te vas a quedar conmigo hasta que ataquemos.

—Padre, no…

Xunag alzó su brazo, y con ello y con facilidad, el cuerpo del Krilge sostenido por los cabellos.

—¿Crees que estás en potestad para decidir algo? —preguntó de manera retórica al conectar la mirada con la de su hija, dándole unos segundos antes de continuar, para ver si ella tenía el valor de expresar alguna cosa. —Debí de haber reventado a puñetazos el vientre de tu madre cuando aún estabas dentro —sentenció después.

El dolor físico más las palabras hirientes hicieron que por el rostro de Krilge cayeran varias lágrimas, aunque sus dientes se apretaron en una mezcla de odio e ira por el ser que tenía delante. Intentó clavar sus maltrechas uñas en el antebrazo de su padre para intentar soltarse de algún modo, pero no pudo: aunque más fuerte que una humana de su edad, no era lo suficiente, ni lo sería, como para siquiera ser un reto contra el jefe de la tribu Sangreardiente. Xunag estampó a su hija contra el suelo, dejándola casi sin sentido tras que ella escupiera bastante sangre. Acto seguido, el cuerpo de ella se vio arrastrado, aún por los pelos, hasta la choza donde su padre descansaba, y ahí, la consciencia de la mestiza no pudo más hasta caer completamente rendida por la acumulación de las sensaciones.

Los dos siguientes días fueron un infierno para Krilge. La niña se vio obligada a no salir de la choza del jefe de la tribu, todo bajo vigilancia, pero entonces llegó la segunda noche desde su «castigo», donde todo el campamento orco se agitó cuando los cuernos de aviso resonaron: algún enemigo había alcanzado la zona. Los gritos de batalla se mezclaron con los de agonía, y se podía escuchar por doquier el choque de armas y escudos. Los orcos que vigilaban la choza del jefe gritaron «¡A las armas! ¡Nos atacan!» mientras que otros gritos se escuchaban alrededor, alguno como «¡Los trasgos nos han traicionado!». La mestiza se asomó por una de las telas y pudo ver el panorama, donde orcos combatían con fiereza contra hombres ataviados con diversas armas, escudos y armaduras, posiblemente los que su padre quería combatir, pero que al final parecía ser que el cazador había sido cazado.​


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Krilge dudó en qué hacer, si esconderse y esperar lo que el destino le aguardaba, o aprovechar la distracción para huir sin mirar hacia atrás. Pero recordó todo este tiempo pasado: el maltrato desde prácticamente su nacimiento por ser tan diferente, lo que su padre le había hecho a Harsys por haberla ayudado, el que este también dictaminara que la arrojaría a sus hombres en cuanto alcanzara la mayoría de edad, o el simple hecho de tenerla apresada tan solo para evitar que el resto de los orcos tuvieran una chispa para un motín: nunca había recibido una palabra respetuosa o gesto afectivo y ya había aguantado suficiente.

Así que, y a pesar del miedo de ser herida o hasta muerta por cruzar una batalla: la mestiza salió corriendo y aprovechó todas las distracciones para alcanzar la zona más espesa, ya escuchando la batalla en la lejanía. Tras recobrar el aliento apoyada en el tronco de un gran árbol, se permitió el lujo de echar un vistazo hacia atrás al asomar un poco su cabeza, y una columna de humo proveniente de varios fuegos reinaba la noche. Pensó entonces, que, si la diosa de la fortuna la bendecía, su padre por fin estaría muerto y sus hombres también, por lo que estaría libre por y para siempre. Pero lo que no sabía Krilge, la que en un futuro sería Fery, es que su padre había sobrevivido, y este era de aquellas personas que no les gusta que le lleven la contraria: o que otros se salten sus dictámenes...

 

Manny_LoneWolf

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Presente IX - Xunag Sangreardiente


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En las afueras de Púrskul, cerca del puente dirección a Imnescar, cuatro personas tan diferentes y únicas charlaban de manera distendida sobre su siguiente tarea: La Humilde Compañía Itinerante por Amn había terminado y la caravana debía de ser dejada en la capital. Allí, Fery junto a Calendil, Lana y Briz, se habían reunido para terminar con el último viaje que iba a vivir aquel escenario ambulante.

—De hecho, a Lana no la he vishto actuar todavía —dijo Calendil mirando a la hin cornuda.

—Me contó que lo suyo son los bailes —comentó Fery a la vez que pasaba su mirada de una a la otra.

—La Danza de las Espadas —tomó la palabra entonces Lana, no sin antes levantar su dedillo índice puntiagudo por la garra, para dar énfasis a sus palabras—. Pero también se me dan bien los cuentos —añadió—, aunque es algo para los pequeños.

—A una se le da bien eso de contar cuentitos, pero se da mejor cosa eso de tocar suyo piolín —se pronunció entonces Briz, antes de reír con su manera habitual llena de simpatía.

La charla continuó mientras terminaban de acomodar todo en la caravana y hacer los últimos ajustes, pero la noche se había hecho sobre ellas, ya bien entrada. Ninguna pudo evitar mirar al cielo oscuro, bañado por las pocas estrellas y la luz de la luna.

—¿Eshperamosh a llevar la caravana al amanecer o vamosh moviéndola? —preguntó la elfina.

Fery negó con suavidad.

—Ahora seremos más susceptibles a los ataques, al atraer a los bandidos —dijo después.

—Por la noche no sería una buena idea después de la paliza que me dieron junto a la dama Fery: son más peligrosos, no los ves venir —comentó Lana al recordar un percance que habían tenido unos días atrás.

—Mejor esperan a que sea por la mañanita, ¿sí? —decidió añadir Briz, de acuerdo con las anteriores.

Pero un ruido las alertó, ya que todas giraron en dirección al origen: sonidos de combate que provenían de más allá del puente llamaron la atención de las cuatro mujeres. Sorprendidas, pero no indispuestas, decidieron ir a mirar qué era lo que había ocurrido, amparándose unas a las otras y moviéndose con decisión. Al poco llegaron al puente dado que ellas mismas estaban en las afueras de la ciudad, cruzaron este con presteza y en la noche, a lo lejos, dos grandes figuras humanoides era lo poco que se podía distinguir. Pero no fue así para Fery, que iba encabezando al grupo, y es que su corazón se detuvo cuando pudo reconocer a una de esas figuras: era Xunag Sangreardiente, su padre. La mestiza, claramente sorprendida tras tantos años sin verle, no tuvo dificultad para reconocerle, pues, aunque más mayor y de cabello canoso, se mantenía igual de fuerte y robusto, a la vez que imponente. Al lado de este, había otro orco igual de intimidante, más si cabía, pero claramente más joven. Con valor, Fery apretó los dientes y sus pasos se tornaron más seguros entonces, sin prisa, para poder analizar la situación que podía esperarle a ella y sus amigas, o incluso a la Ciudad del Grano.​


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—Vaya, vaya… Krilge… —dijo Xunag.

—Ese ya no es mi nombre… —dijo Fery sin dudar a la vez que tomaba una distancia prudencial.

Calendil, Briz y Lana intercambiaron miradas, incluso preguntaron en voz alta qué era lo que ocurría hasta que el gran orco volvió a pronunciarse, dejando claro todo el asunto para ellas.

—Aunque ahora lleves esa estúpida carreta y vayas con esas… ¡siempre serás mi hija!

—Dejaste de ser algo para mí hace ya muchos años…

—Es hora de que vuelvas a la tribu y te cases con mi lugarteniente —dijo Xunag a la vez que señalaba con la palma de la mano al orco que lo acompañaba.

Fery tomó aire que luego echó con pesadez, haciendo acopio de toda su paciencia y entrenamiento de voluntad como paladín.

—Puedes volver tú si así lo deseas: yo ya no pertenezco a ese lugar —contestó entonces la mestiza.

—¡Volverás! ¡Por las buenas o por las malas! —exclamó el padre, haciendo notar sus poderosos pulmones.

—No alzarás tu arma contra mis amigas, padre… No en mi presencia.

—Mejor si lo haces por las malas, así me llevaré a tus compañeras que servirán para aliviar a mi horda y como carne después.

—Puedes entregarte y pagar por tus pecados: la justicia se encargará de ti —continuó Fery, manteniéndose firme ante las amenazas.

El gran orco hizo un gesto a su compañero y este hizo sonar un cuerno que llevaba consigo. Al poco, varios orcos armados hasta los dientes aparecieron de todos los lugares, ya fuera tras árboles, bajo la alta maleza o incluso de dentro del agua cercana del río: la noche era un buen momento para las emboscadas.

—Diosa… —Fery suspiró antes de llevar su mano al mango de la espada, tomando aire después para dirigirse a sus compañeras. —¡La tribu Sangreardiente cae sobre nosotras! ¡Estad preparadas! —exclamó al final para dar valor a estas.

Calendil extendió sus abanicos, uno en cada mano, con un par de gestos secos pero calculados, adoptando una posición defensiva y de contraataque a la espera de lo que pudiera acercarse. Por su parte, Briz, acostumbrada a los gritos de batalla de la mestiza, tensó su cuerpo y desenvainó dos armas ligeras con las que valerse debidamente, lista para entonar una canción que diera apoyo a la moral de todas. Finalmente, Lana, desnudó el metal de su gran arma, emitiendo un par de silbidos como inicio de lo que sería su futura danza de la espada, dando unos pasos rítmicos y gráciles de preparación.

—No podemos dejar que lleguen a la ciudad, eso por encima de todo —comentó Fery ya preparada para el combate, tan solo girando levemente el rostro para dirigirse a las demás.

—¡Quiero sus cabezas, pero a mi hija la quiero viva! —gritó con gran energía Xunag al resto de los orcos que ya estaban muy cerca.

—¡No cedáis ni un paso al mal! —fue lo último que exclamó Fery antes de que la pelea ya las alcanzara a todas.​


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Y la batalla comenzó. Los orcos no dejaban de venir y las mujeres combatían con fiereza, los golpes volaban de un lado a otro, los cortes derramaban sangre y el choque del metal sonaba de manera estruendosa. Fery bloqueaba con su escudo y abría las defensas de sus contrincantes para cortar con su espada larga, en un estilo clásico, pero no por ello menos efectivo, aprovechando a veces también su tamaño y la armadura para arremeter con el hombro; todo junto con el gritar a sus compañeras de que no cedieran, tratando de infundirles valor con su aura ante semejante amenaza. Calendil se movía como un relámpago, saltaba entre sus enemigos, pasaba por debajo de ellos, esquivaba sus golpes: pero los cortes de sus abanicos afilados eran un dolor de cabeza para estos, que acababan cayendo por la acumulación de las heridas y la impotencia de no poder alcanzarla. Briz cantaba con su hermosa voz, consiguiendo que la moral no cayera y se mantuvieran las ganas de seguir adelante, haciéndose notar de manera poderosa por encima de todo el ruido que la pelea confería; haciendo también uso de su magia para pasar desapercibida, y por qué no: perforar la carne de sus enemigos con sus espadas cortas gemelas. Lana era todo un espectáculo al ser la más menuda de todas, pero no por ello menos peligrosa; sus movimientos eran elegantes, sus golpes eran irracionalmente fuertes para su tamaño, y muchos fueron los orcos que cayeron ante la sorpresa de que una hin con cuernos que salían de su frente pudiera hacer mella en ellos: el silbido característico de su efectiva danza era lo último que escuchaban antes de su muerte.

—¡Shon muchosh! —exclamó Calendil mientras se movía por el combate.

—¡Salen de todas partes! —comentó Fery de igual modo antes de verse rodeada.

—Ay… ¡Cuidado tu espaldita! —dijo Briz abriéndose paso para quedar espalda con espalda con la mestiza.

No se detuvieron hasta que todos los orcos cayeron, viendo entonces que Lana había sido alcanzada y dejada inconsciente bajo cuerpos de sus enemigos. Fery ordenó que atendieran a la hin mientras miraba con inquietud hacia todos los lugares, esperando que más enemigos hicieran acto de presencia, pero no habiéndose percatado de un detalle muy importante: Xunag y su lugarteniente no habían estado presentes en la pelea. El dúo de grandes orcos se movió entonces entre los cadáveres del resto del clan Sangreardiente, permitiendo a las mujeres que pudieran prepararse para lo que estaba por venir, ya que estas habían aguantado todo lo bien que habían podido y por lo tanto no estaban intactas. Lana se había podido recuperar gracias a Briz y Calendil, y la hin se limpió el líquido rojizo de la comisura de sus labios con su propio puño para tomar de nuevo su gran espada, sonriendo de un lado de manera mordaz. Fery observó a los caídos, incluso la sangre que había manchado su armadura y tabardo, que, aunque carmesí, el color de la sangre era claramente visible; cerró los ojos por un instante, tomó aire y de nuevo hizo acopio de su voluntad para no dejarse llevar, para mantenerse firme gracias a la bendición de su diosa y el entrenamiento que le había conferido entereza y templanza, tomando finalmente la palabra para dirigirse a los grandes orcos.

—Deponed las armas: no hace falta derramar más sangre —dijo tras abrir los ojos y clavar la mirada en su padre y el lugarteniente.

—Ven y hazme rendir, esposa mía —se pronunció por fin el otro orco.

—Por lo visto —comenzó a decir Xunag mientras paseaba la vista por los muertos para posar su vista en su hija al final—, hay cosas que un padre tiene que hacer en persona.

La paladín sabía que aquellos que tenía delante no iban a detenerse, no iban a dejar caer sus armas y huir, o mucho menos entregarse: conocía a su padre y había estado viviendo durante los peores años de su vida junto a orcos, por lo que, sabía que no había más opciones. Siempre pensó qué era lo que iba a ocurrir si volvía a ver a este, aquel orco que había permitido que el resto le hiciera la vida imposible, un infierno, aquel que en vez de haberla querido la había maltratado, aquel que sus hombres le habían arrebatado a los Krill años atrás: debía estar lista para luchar, para enfrentarse al mal sin importar el origen, para dar paz a aquellos que no podían obtenerla por sus propios medios.

—Si la cosa va de tozudez… aquí se acaba tu camino entonces, padre: cumpliré con mi deber —dijo Fery con determinación.

El lugarteniente dio un fuerte pisotón como preámbulo de lo que estaba por llegar, preparándose, tomando un arma con una de sus manos, pero listo para gesticular con la otra. Por su parte, Xunag, señaló a las mujeres y profirió un grito a pleno pulmón de «¡La muerte será vuestra!», justo antes de armarse con su grandísima hacha que debía blandir con ambas manos.

Y la segunda parte del combate empezó. Fery recordaba la ferocidad de su padre en la batalla, aquella sangre que decían que ardía dentro de él, la violencia llevada a su máxima expresión sin ningún tipo de medida, mortalmente contundente y alejada de todo lo mundano; era en ese momento lo que ella y sus amigas estaban viviendo y sufriendo. Pero la cosa no acababa ahí, pues el lugarteniente, además de diestro con las armas también lo era con la magia; y su soltura con esta era tal que conseguía arrebatar las protecciones en ellas, así como conseguir efectos realmente poderosos que dejarían en pañales a muchos maestros de la universidad Myrdon Salasker: traía aliados fuertes al combate, manipulaba el telar para crear las consecuencias más dañinas conocidas o incluso se protegía a sí mismo de toda fuente de daño. Ambos eran los rivales que realmente las estaban obligando a emplearse a fondo, más bien por encima de sus límites, siendo todo el conjunto una de las mezclas más hermosas y a la vez terroríficas que se podría presenciar en mucho tiempo. Pero las fuerzas fueron mermando, y primero cayó Lana, después Briz y finalmente Calendil, habiendo dado todo lo que pudieron y más, quedando Fery sola ante implacables grandes orcos. Jadeante y casi ahogada, la mestiza trataba de recuperar el aliento, sacando fuerzas de cualquier lugar para no caer a pesar del daño sufrido, observando a sus enemigos tan cerca de ella; de soslayo paseó su mirada por sus amigas, comprendiendo la situación, buscando entre pensamientos alguna salida.​


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—No puedes negar tu destino, Krilge —dijo Xunag, impertérrito ante las heridas sufridas—. Debes estar en la horda y ser esposa de Gagh'Dam.

—Dejad en paz a mis amigas y me iré con vosotros.

La sunita recordó las palabras de su maestro, aquellas que decían que el verdadero valor de un paladín no se medía en los enemigos derrotados y sí en las vidas salvadas: sacrificaría la suya propia para que Briz, Calendil y Lana pudieran seguir viviendo en libertad.

—Tus amigas pueden quedarse aquí alimentando a la tierra —volvió a pronunciarse Xunag, escupiendo a un lado.

—Quiero que estén bien, así que las dejaréis cerca de la ciudad y luego me iré con vosotros: sanadlas o no me moveré, ya que no creo que tu lugarteniente quiera casarse con un cadáver —dijo Fery dejando clara su postura.

Xunag hizo un gesto al orco que tenía a su lado y este empezó a conjurar magia de energía positiva sobre las caídas, permitiendo que estas se recuperasen lo suficiente como para poder levantarse, aunque aún malheridas. Después, el mismo se colocó dos pasos por detrás de su jefe, mirando a Fery por encima del hombro de este, como si aguardara a algo. Fery envainó lentamente su espada, dejando caer luego su escudo mientras su padre la miraba sonriente, con gesto complacido; pero la sorpresa llegó para todos cuando el lugarteniente golpeó de manera directa y con toda su fuerza al cuello de Xunag, aprovechando la guardia baja del jefe orco, haciendo que este se viera obligado a doblar una rodilla por tremendo impacto.

—¡Traidor! —gritó Xunag con los ojos rojos, mirando a su atacante.

Sin mediar palabra para evitar que el gran orco tuviera tiempo de reacción alguno, siendo de igual modo para el resto de las presentes, el lugarteniente golpeó de nuevo con todas sus fuerzas a Xunag y este cayó de bruces al suelo, pero el atacante no se detuvo ahí: pisó la cabeza del otrora jefe suyo cuando este tocó el suelo. El asombro invadió de manera impactante a todas, viendo como el orco más joven había hecho acopio de todo lo necesario para ser mortal en el mejor momento posible, dirigiendo entonces y al final una mirada de desdén hacia Fery.

—¿Pero qué habéis hecho? —preguntó esta cuando se repuso, frunciendo el ceño por la extrañeza de la situación.

—Por mí, tus amigas y tú podéis marcharos o morir con él: vuestro destino me es indiferente —dijo claramente el orco, paseando su mirada entonces por el resto de las mujeres antes de continuar—. Solo vine para arrebatarle el control de la tribu a tu padre —señaló los cuerpos caídos—, ya que estos eran los pocos leales que le quedaban.

—Te hicimosh el trabajo shucio —dijo Calendil algo recuperada.

—Eso hicisteis y yo os salvé la vida: tomadlo como mi agradecimiento.

—¿Cuál es vuestro nombre? —preguntó Fery.

—Gagh'Dam. Para ti Gagh'Dam, líder de los Sangreardiente —contestó el orco.

Los pensamientos de Fery se revolvieron en su cabeza. Observó con detenimiento al nuevo líder de la tribu y luego al cadáver inerte de su padre, viendo la sombra en la que se había convertido al final de su carrera violenta, honestamente longeva para ser un orco, pero que aquello había demostrado que había requerido de alguien más joven, listo y mejor en todos los aspectos para darle fin. Pero eso la llevaba a otro lugar, pues, aunque una puerta se había cerrado y con ello, en teoría, Fery conseguiría descansar de su pesadilla, la realidad era otra: si había un nuevo líder, el clan Sangreardiente seguiría con su andadura, siendo un peligro igual que lo había sido todos estos años atrás. Por lo que no, la paladín no iba a poder descansar, y de igual modo que antes, conocía bien y de manera personal a aquel que ahora mandaría a los orcos: pero eso la hacía arder en su interior con la voluntad necesaria para seguir su senda.

—Bien, Gagh'Dam —comenzó a decir Fery observando fijamente y a los ojos al nuevo líder de los Sangreardiente—, jamás olvidaré vuestro gesto, pero habéis de saber que mi lucha contra el mal no acabará hasta mi muerte, por lo que es probable que volvamos a vernos: tenedlo presente —acabó por sentenciar.

Gagh'Dam escupió a un lado sin apartar la vista de la mestiza.

—Reza para que no sea así —dijo seco.

—Mi destino lo rige mi diosa, por lo que… será como tenga que ser.

Pronto, un cuervo hizo acto de presencia volando en círculos, para finalmente descender hasta quedar prácticamente al lado del nuevo líder. El pequeño animal de plumas oscuras se transformó lentamente en un orco de aspecto chamánico, algo encorvado, que se acercó para pronunciarse en voz baja, aunque claramente audible debido al extraño silencio que acompañaba al momento.​


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—El camino está despejado, mi señor —dijo.

—Necesito su cabeza como trofeo —dijo Gagh'Dam señalando con el mentón lo que quedaba de Xunag.

El chamán caminó unos pocos pasos hasta llegar al cuerpo del antiguo líder, separando la cabeza del cuerpo entonces con un hacha de mano, no costándole mucho el proceso quizá por haber estado habituado a ello. Después, y tras levantar la cabeza por los pocos cabellos grisáceos que le quedaban a Xunag, gritó «¡Larga vida a Gagh'Dam, señor de la horda Sangreardiente!». Sin expresión alguna en su rostro, el nuevo líder asintió a las palabras escuchadas y luego ordenó la retirada, dedicando una última mirada amenazante a Fery para finalmente marchar junto al chamán, desapareciendo ambos con el uso de magia ya bien adentrados en el camino. La mestiza paseó la vista por sus compañeras, viendo que estaban tan maltrechas como ella. Las miró con pena, lamentando el estado que habían sufrido por culpa de su pasado y todo lo relacionado con la tribu Sangreardiente. Quiso pedirles disculpas a todas ellas por no haberlas podido proteger, pero un nudo en la garganta se le hizo, obligándola a pedir que volvieran a la ciudad para tratar esas heridas, dejando los sentimientos a un lado.

Reunidas al lado de la caravana que debían mover, los primeros rayos del alba se abrían paso por el cielo. Fery dejó caer su capa manchada, donde el hermoso rostro pálido de Sune había sido teñido por la sangre. Después, fue arrebatándose pieza por pieza sus placas, al igual que su tabardo, quedando a la vista su ropa; pero también se deshizo de esta, dejando pocas telas con las que cubrir su cuerpo dañado, pintado en parte por el líquido carmesí tanto de ella como de sus enemigos. Sus pensamientos eran una tormenta, un cúmulo de sensaciones indescriptibles para lo que nada ni nadie la había preparado, haciendo todo lo posible por mantenerse firme y jurarse a sí misma y su diosa que todavía le quedaban fuerzas para seguir su senda, y que nada la iba a detener. Pero se miró, tomó todo el material de curandero que tenía disponible, prefiriendo ayudar a sus amigas, a sus compañeras, esas que habían dado la vida por ella. Entre unas y otras, pudieron tratar las lesiones y finalmente quedar alrededor de una hoguera para darse calor.

—Siempre pensé que me estaba preparando para el momento en el que tuviera que mancharme las manos por acabar con mi padre —dijo Fery tras unos momentos de silencio—. Ha sido… extraño.

—¿Cómo te shientesh? —preguntó la elfina.

—Pensé que todo acabaría con él, pero… quizá ha sido el principio —contestó entonces la mestiza.

Briz, que había quedado cerca de Fery, levantó una de sus manos hasta tocar el hombro derecho de la paladín.

—No preocupes tú, ¿sí? Cuando llegue cosa momento, una estará a tuyo lado para luchar, ¿sí? —dijo la bardo con su optimismo habitual.

La sunita estiró su gran brazo para rodear los hombros de Briz, en claro gesto afectivo.

—Me preocupaba que os pasara algo… Pero estáis todas bien—dijo Fery.

Calendil se acercó, quedando junto a ellas.

—Somosh hermanash, debemos cuidarnosh —le dijo tras colocar una mano en el otro hombro de Fery.

—Ya has visto cómo era mi padre, no creo que digas eso en serio… —Un par de lágrimas recorrieron el rostro de la mestiza tras pronunciar esas palabras, pero luego rio un poco con simpatía, sonriéndoles.

—Bueno, es el principio del final del clan Sangreardiente: ahora les quedan como cincuenta orcos menos —comentó la hin de manera bromista, haciendo un aspaviento para quitar importancia.

Lana se acercó tras su comentario, y fue cuando Fery aprovechó para estirar el otro brazo, aquel libre de Briz, cogiendo a Calendil y a la hin en el proceso, alzando incluso esta última un poco. La mestiza apretó con fuerza como si no quisiera dejarlas escapar, en gesto de agradecimiento por las pocas palabras que no era capaz de pronunciar, aunque sacó el valor para poder dedicarles algunas:

—Disteis la vida por mí y no olvidaré eso nunca: os lo aseguro.​


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Offtopic :
Bueno, a ver... Agradecimientos a los dos DMs encargados de esta «guiada encerrona» de la cual no sabía nada, que son Dm Popy y Dm Capibara, que buen comienzo de andadura se ha marcado. También para los jugadores que aportaron su granito de arena en el rol y pusieron su cara para recibir las hostias, que son Brokenwand, Scum y Hela, siendo esta última la que pidió la escena para que fuera todo sorpresa. Corta pero muy intensa, llena de matices, un giro, y rol por parte de todos, donde una vez más indica que cuando una puerta se cierra para los personajes, otra se abre. ¡Gracias! ✌️
 

Manny_LoneWolf

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Llegaron más amaneceres para la paladín de La Dama del Amor, avanzando paso a paso por el sendero que ella misma había decidido escribir.​


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Una terrible noticia sacudió la Compañía Amniano-Karaturense, cuando dos vigilantes y cuatro trabajadores fueron asesinados mientras estaban trabajando. Invitada como el resto de los lugareños, Fery no dudó en dar apoyo incondicional a aquellos que más de una vez le habían dado la opción de probar sus habilidades y mejorar en la senda de paladín. Además, al no estar la sacerdotisa encargada de dar una bendición para las almas caídas, Kanbei y Yuma le ofrecieron la posibilidad de ser ella la que se encargara de bendecir. Fery, acostumbrada al trato social y la exposición, pudo deleitar a todos con unas palabras sobre el querer, los lazos que nos unen y el camino tras nuestra muerte, dejando claro que muchas cosas pueden desaparecer con el tiempo, pero que el amor es algo que nos hará tener siempre presente a aquellos que perdemos.​


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Y pasado un año crudo de sequía y otras desdichas en la que la población amniana había sufrido en exceso con la pérdida de alimentos y trabajos, las desgracias no parecían acabar; esta vez, muchos hablaban de profecías o eventos por llegar relacionados con las «cuatro furias»: Talos, Umberlee, Malar y Auril. Los mares empezaban a agitarse de manera anormal, el frío parecía azotar con más fuerza que nunca, las bestias acechaban en los bosques con una inexplicable agresividad, y las tormentas parecían arrasar sin control allá por donde pasaban. Siendo estas cuatro furias algo que inquieta a Sune, ya que, en su origen, son altamente capaces de destruir cosas hermosas, Fery debía acatar su deber. Fue entonces cuando un día partió al norte para ayudar al pueblo robusto tras noticias sobre grandes heladas, fuertes vientos y criaturas poderosas, acompañando también a algunos elfos como Anith o Calendil, ya conocidas para ella. El grupo que había partido originalmente desde Khazad para otear los horizontes, fue sorprendido por una espesa tormenta de nieve, topando finalmente con un gran ser de hielo, imperturbable y de lo más fuerte, obligando a todos a retroceder y volver al refugio para informar al respecto.

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Y llegó otra patrulla dirigida por el alcalde Sulion, esta vez con intención de encontrar un punto alto en las montañas desde el cual poder vigilar las cercanías de Púrskul, en el caso de que una gran amenaza se dirigiera hacia allí. Las jornadas de viaje fueron algo duras debido a las inclemencias del tiempo, aún azotado por todo lo relacionado a las furias, pero el grupo pudo avanzar con decisión hasta el objetivo, acabando en una más que fructífera empresa sin problemas graves.​


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Los problemas con las furias continuaban y esta vez afectaron a las proximidades de Valle Minsor. Cerca de la zona y avisada por las autoridades, Fery no dudó en cabalgar a lomos de Emperatriz, su corcel, para ayudar a algunos miembros de la Orden del Radiante Corazón y aventureros que estaban siendo asaltados por licántropos lobo. Luchando espalda con espalda, la amenaza de los seguidores de Malar fue repelida, pudiendo llevar a los heridos hasta el templo de Selune en la capital minsorrana y hacer balance sobre la situación, a la par que compartir información sobre los hechos más recurrentes.​


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Siendo algo ingenua al creer que podría tener algo de descanso, una charla en los Llanos de Athkatla acabó en tener que tomar las armas y ponerse la armadura para dar cobijo a un grupo que sin claro motivo decidió meterse en el infame Camino del Orco. La paladín no podía dejar el grupo a su suerte, y aunque no fuera determinante para el resultado, sí se esforzaría para proteger a todo el que hiciera falta, al ser un lugar muy peligroso. Además, y tras los hechos pasados, le preocupaba dar de nuevo con la tribu Sangreardiente, por lo que con más motivo avanzaría con decisión y acabaría con sus dudas al ver que el enfrentamiento que tuvo finalmente el grupo no era con el caudillo de aquella tribu y sí de otra.​


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Sorprendida un día al encontrarse con Liib en las afueras de Caravasar, tras Fery tomar algo de aliento y decidir volver a la capital, la paladín ofreció su espada para acompañarla y protegerla. La teúrgo de Ilmater necesitaba ayuda en una empresa por encontrar a varios samaritanos de su clero perdidos, que habían partido con el objetivo de llevar bienes las localidades cercanas. Los pasos llevaron a ambas mujeres incluso hasta el Bosque de los Dientecillos, abriéndose paso por las distintas y peligrosas criaturas, hasta dar por fin y por desgracia con los restos de los samaritanos. Consolando a Liib, la mestiza ofreció tomar los restos para darles digna sepultura, donde ambas mujeres así lo hicieron tras apartarse del bosque y encontrar un lugar más pacífico además de no poner en peligro la naturaleza.​


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Con nuevos proyectos en mente, como por ejemplo el de organizar una gran verbena en honor a Sune, Fery quería dar los pasos adecuados, respetuosos y ordenados para que todo saliera bien. Venida de una refriega en los caminos, la mestiza detestaba el hecho de quitarse la armadura sin poder tomar un baño que no solo la relajara, si no que también le hiciera sentir la sensación de estar limpia. Allí, en el Claro de Eldat, coincidiría sin querer con Zentakord cuando este la sorprendió bañándose. La paladín aprovechó para conversar con él de manera distendida, preguntando qué le parecía la idea de celebrar un evento en tal apacible lugar, siendo entonces cuando el sabio druida le daría algunas directrices para respetar el sitio, así como rendir respeto a la Madre Guardiana de las Arboledas. Fery agradeció la información obtenida, sonriente por haber dado sin querer el primer paso en esa pequeña andadura.


Mucho le aguardaba todavía a la seguidora de la Princesa de la Pasión y por eso avanzaba siempre y hacia delante con mucha decisión.
 

Manny_LoneWolf

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Presente XI - Brizaelinth Do'ett


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Fery no podía quitarse de la cabeza todo el asunto de la tribu Sangreardiente. La muerte de su padre no había menguado su deber, lo había hecho más grande; sin embargo, la mestiza ahora también era más capaz que cuando empezó sus pasos en la senda de paladín. Los Humedales le traían no gratos recuerdos de cuando era niña, pero era a lo que se debía de enfrentar si en un futuro quería ser capaz de ser más efectiva contra los orcos.

Aprovechando un encuentro casual con Zentakord, Calendil y Briz; Fery expresó su interés por aprender más de la geografía que recorría los Humedales, y para fortuna de ella, el druida y la elfina parecían ser conocedores de gran parte. Sus pasos los llevaron por la densa, fría y frondosa naturaleza donde tuvieron que enfrentarse a todas las amenazas que trataron de acabar con ellos; incluso, con una pequeña tribu de hombres lagarto que la paladín había detectado como fuente de mal, al estos no poder escapar de la verdad reveladora que le ofrecía su espada bendita por el don de Sune.

Pero la paladín se deslizó hasta caer el suelo en una refriega, casi hundiéndose por completo en las sucias y embarradas aguas: lo suficiente como para que toda su ropa y su precioso cabello se manchara. Y eso fue algo que en parte se convirtió en un desencadenante de algo tan importante como lo que estaba por venir, una importante revelación. El camino, lejos de acabar en Púrskul, que era la primera idea, llegó hasta Caravasar; y aunque pareciendo una excusa, la mestiza había comentado que necesitaba de manera imperante un buen baño: entre susurros, Briz había expresado a Fery que quería dar un paso hacia adelante con Calendil y Zentakord, habiendo adquirido confianza con ellos en el paso del tiempo.

En la bulliciosa Ciudad del Encuentro Comercial, aunque dudoso, Zentakord aceptó a reunirse con ellas en la privacidad de una habitación: el barbarpúrpura dudó, entre otras cosas porque no estaba acostumbrado al encierro de los muros de piedra creados por la sociedad. Arriba, en el merecido descanso del grupo y con la mestiza habiéndose podido dar un baño en condiciones y prepararse para una reunión social, ya que detestaba el hecho de pensar en estar en una sin poder asearse antes: Briz optó por avanzar con valentía.

—Imaginar que quererme en una habitación de una posada en ciudad de civilizados por alguna razón importante —dijo Zentakord, con el mismo semblante que posee un animal encerrado en entre barrotes.

—¡Vale! —exclamó Briz— Pues una tiene que decir… ¡Que ella en realidad sabe hablar perfectamente el khondhazano!

La paladín, que se había sentado en la cama para pasarse el pincel sobre las uñas con intención de pintar estas con el cuidado que requería, alzó levemente el mentón y miró de soslayo al druida y luego a Calendil. La misma elfina, ante esa sorpresa, no pudo sin más resoplar con claro desencanto.

—Ah… Entonces ser de los pocos que no hablar bien idioma aún —comentó Zentakord con clara decepción en sus palabras—. Pensaba que compartíamos eso.

—No era lo que yo eshperaba, pero shí —dijo Calendil.

—Pero, en realidad… es algo que va más allá de eso —prosiguió Briz.

Fery se levantó de la cama en completo silencio, caminó de igual modo hasta la puerta al ir descalza y puso su oreja picuda en esta, tratando de escuchar más allá de la madera. Después, al notar que todo seguía en orden, se cruzó de brazos bajo el umbral para aguardar con expectación la pronta reacción del druida y la elfina. Por su parte, Briz, tiró de su propia capucha para bajarla, desvelando entonces un exótico níveo cabello. Acto seguido, la trovadora llevó ambas manos hasta su máscara, retirándola con calma, mostrando entonces el rostro de una joven elfa oscura, de nariz pequeña, junto a sus mofletes ensanchados por la sonrisa que no podía ocultar, seguida de unos ojos alegres y curiosos que se alternaban entre el barbapúrpura y la seguidora de Ilmater.​


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—Drow —fue la única palabra que salió del interior de la sorprendida Calendil.

—Elfa oscura —espetó Fery desde su posición para corregir a la elfina, pues ya había aprendido lo que significaba la palabra expresada por su amiga y estaba segura de que Briz era de todo menos una traidora.

Zentakord cruzó levemente el bastón frente a él, por mero instinto de supervivencia y alerta ante lo que sus ojos de sabio druida contemplaron. Calendil posó su vista en la mestiza, frunciendo el ceño con aire inquisitivo.

—¿Tú lo sabías? —preguntó— Tú lo sabías —se contestó ella misma sin ni tan siquiera dar tiempo a responder.

—Así es, Calendil: he estado protegiéndola —contestó igualmente Fery, con una mirada seria ante la situación, manteniendo la compostura para llevar el momento hasta el punto más diplomático posible.

Y sus palabras eran ciertas. Desconocía si Briz era consciente o no, pero muchas habían sido las noches y todavía las eran, en las que la paladín no podía pegar ojo bajo la vigilia. Era todo por salvaguardarla de cualquier amenaza que pudiera irrumpir cuando esta descansaba y que pudiera atentar contra la vida de la trovadora, buscando darle un momentáneo refugio de paz en su agitada vida de persecución.

—Soy una elfa oscura, prefiero ese nombre a ser llamada drow aunque vengamos de lo mismo —volvió a tomar Briz la palabra—. Soy una seguidora de la Doncella Oscura, aquella que danza bajo la luz de Selûne —Sonrió afable.

—Para mí también fue complicado —dijo Fery a la vez que avanzaba unos pasos hacia el grupo, buscando una cercanía—, pero mi diosa vio a través de ella: no hay maldad en su corazón, os doy mi palabra.

—Enshéñame el amuleto que portesh de tu diosha —dijo Calendi amusgando la mirada hacia la elfa oscura.

—Muéstrale la capa, Briz —djio Fery.

—Está bien, está bien —dijo la trovadora en tono afable—. Tengo un amuleto, pero no suelo llevarlo encima cuando «Briz» está en Amn: dadme un momento.

Zentakord optó por bajar su palo tras analizar los gestos y palabras de cada una de las mujeres que tenía delante, carraspeando después antes de relajar su semblante. Por su parte, la elfa oscura caminó hasta pasar tras el biombo, rompiendo el silencio con el sonido del cambio de sus ropas.

—Tener preguntas —tomó la palabra el pastor de ovejas—, muchas: para ambas.

—Estamos aquí para contestarlas, Zentakord: Briz ha confiado en vosotros y eso significa que yo también —se expresó Fery con total honestidad.

—¿De dónde venir ella y cómo acabar bajo tu ala, Fery?

—Ella nunca estuvo en la Infraoscuridad —contestó la mestiza antes de asentir al druida—. La acogí como artista y luego confió en mí con el paso del tiempo. Pero sí es cierto que yo la obligué a pasar un ritual.

—¿Ritual?

—Estuvo encerrada conmigo un día entero sin poder conjurar sobre sí misma y protegerse, y entonces utilicé el don de mi diosa para averiguar si su corazón albergaba oscuridad. —Fery caminó unos pasos entre sus amigos hasta quedar entre medio del par que habían recibido la sorpresa, antes de continuar. —Y no, no lo alberga —Negó—. Es más, vosotros habéis visto que ella constantemente quiere ayudar a los necesitados.

Un recuerdo golpeó la mente de Fery, aquel en el que aquella noche confió en la enmascarada a través de un acto de fe, advirtiéndola de que cualquier gesto o maniobra hostil la haría tomar las armas contra ella. Pero su recuerdo fue más una reflexión, aquella en la que haber confiado le había demostrado que había elegido bien.

—No neceshito magia para saber como esh —dijo Calendil algo más relajada.

—Comprender —Asintió Zentakord.

Briz ya cambiada de ropa bordeó el biombo, esta vez vestida con ropajes azulados y grises de decoraciones plateadas. De su cuello pendía el símbolo de la mismísima Eilistraee, así como portaba una capa también con este bien grande en el centro de la tela.

—¿Briz esh tu nombre real o también esh una fachada?

—Es mi nombre real, pero no completo —Cabeceó con suavidad. —Mi nombre es Brizaelinth Do’ett: y lamento haberos tenido engañados, pero no es fácil para mí tener que viajar. Sin la máscara se me conoce simplemente como Do’ett.

Calendil miró los símbolos de la Señora de la Danza que Briz llevaba y entonces caminó lentamente pero con decisión hacia ella, hasta acortar la distancia todo lo posible. La elfa oscura no le quitó ojo, pero ni se inmutó, aguardando con aceptación cualquier cosa que pudiera pasar.

—En eshe casho… —tomó Calendil la palabra— Shoy Calendil y eshtoy encantada de conocerte.

La elfina estiró su brazo con intención de estrechar la mano con la trovadora, algo que esta última correspondió con una sonrisa simpática en su rostro. La paladín de Sune también fue presa del sentimiento de armonía, sonriendo de igual modo para luego caminar hasta la cama y sentarse, buscando seguir con la manicura que había dejado a medias. Zentakord, por su parte, apoyó su cuerpo en el bastón: listo para pronunciarse de nuevo.

—Si no venir de la Infraoscuridad, querer oír tu historia, Briz.

—Yo también quiero eshcuchar tu verdadera hishtoria, pero como she entere la etrielle que eresh una… —Su subconsciente la engañó, a punto de decir drow, pero tuvo la rapidez mental suficiente para corregirse— elfa oshcura, deshpuésh de losh cuentosh de la luna, eshtarásh en problemash —refiriéndose Calendil a Anith, la sacerdotisa de Sehanine.

—En cuanto a mi historia, no dista mucho de lo que he ido mencionando —comenzó a relatar Brizaelinth—. Vengo de los altos bosques de Cormanthor, de uno de los varios refugios y asentamientos de elfos oscuros, pues fue allí donde nací, y también crecí.

Fery levantó un poco la cabeza y dirigió una mirada hacia la elfina y el druida.

—Deberéis de guardar el secreto hasta que Brizaelinth pueda caminar libremente por Amn —dijo clara y sin tapujos.

—No haber problema alguno por mi parte —Asinitó Zentakord.

—Me pidesh mucho, Fery —dijo entonces Calendil tras haber posado la mirada en la mestiza—. No she lo contaré a nadie, pero no puedesh pedir que no she lo diga a Anith.

—Aunque la etrielle me cae bien, no creo tener la suficiente confianza como para desvelar algo que podría causarme tantos problemas —dijo Briz, acompañándose de una sonrisa tenue—. Ambos sois libres de mencionarlo o no, más he de decir que si se extiende, eso será un grave problema para mí y aquella que se conoce como Briz tendrá que desaparecer —Torció los labios justo al acabar.

La paladín dejó sus enseres a un lado y luego se puso en pie, alcanzando a la elfina en un par de pasos para luego poner la mano sobre el hombro de esta, buscando un contacto visual ojos a ojos para expresarse con honestidad entre amigas.​


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—Créeme, Calendil, es más jodido para mí —se permitió el lujo de decir una palabrota, denotando que para ella la situación también era una pesada carga, pero que jamás iba a abandonar. Un instante después miró a Zentakord y volvió la mirada de nuevo a la elfina. —¿No creéis que sería injusto que Briz acabara quemada en el Distrito Gubernamental de la capital después de todo lo que ha hecho por los demás? —dirigiéndose a ambos.

Y así era. Pues Fery no solo no quería quebrantar las leyes, si no también dar su vida por alguien inocente incapaz de defenderse ante la situación a su alrededor, alguien de buen corazón que no merecía una muerte por una algo injusto que bajo las peores circunstancias era capaz de sonreír y ayudar a los demás, ni más, ni menos. Pero Calendil se vio inmiscuida en las dudas, en el qué hacer, encaminándose a la mesa más cercana para colocar ambas manos sobre esta, con gesto claramente reflexivo.

—¿Cómo alguien que venir de Cormanthor acabar bajo tu cuidado? —preguntó el barbapúrpura a la mestiza.

—Nos conocimos en Púrskul —asintió a la vez que repuso—. Briz me dijo que era artista y yo me dedico a ser mecenas de todos los que sean capaces de crear cosas hermosas: las diosas nos unieron y yo solo tenía que cumplir con mi deber —sus palabras fueron firmes al hablar de su cometido.

—En realidad yo estuve en Amn mucho antes que Fery —comentó Briz sin ánimo de interrumpir, queriendo dar un matiz—, ya conocía este lugar y solo decidí volver.

—Por una vez en mi vida no shé qué hacer —dijo Calendil.

—Calendil… tenemos pendiente hablar con la magistrada y hacer lo mismo, pero Briz estaba ahogada: ha optado por deciros la verdad para poder tomar un poco de aire, pues no es fácil mantener una mentira en la gente que confías durante tanto tiempo.

—Decidí deciros esto a ambos porque confío en vosotros, más que nada —añadió la elfa oscura.

—Decir lo mismo que dije a Fery en su momento: las acciones demostrar lo que uno ser, no lo que portar en la sangre. Ocultarse no ser muy distinto de mariposas que alas parecer troncos de árbol y así poder pasar desapercibidas de quienes querer cazarlas —aportó Zentakord su perla de sabiduría ante la situación.

La paladín fue hasta la elfina, que aún se veía presa de su discordia, y entonces posó la mano en su hombro para buscar un acercamiento. Calendil levantó la cabeza entonces para conectar su mirada con la de la aquella que se había aproximado.

—Sé muy bien cómo te sientes, amiga mía, pero Briz siempre ha estado ahí y casi muere por nosotras en lo de mi padre —dijo Fery con tono diplomático, aunque cercano, tratando de que la seguidora de Ilmater pudiera vislumbrar la verdad—. Has de saber que cuando yo supe del engaño por ocultarse también sentí ganas de cortarle la cabeza: pero no hubiera obrado bien, ya que combato contra el mal, no acabo con los buenos —Sonrió al final.

—Calendil, ¿poder darte opinión al respecto? —rompió Zentakord su silencio para dirigirse a ella.

—Claro.

—Opinar que ser normal que querer decirle de inmediato a Anith tal cosa, pero acciones de Briz creo que ganarse en tiempo.

Calendil suspiró con pesadez, pero miró hacia el resto con detenimiento y firmeza antes de pronunciarse de nuevo.

—De acuerdo, no diré nada, pero con una shola condición —dijo antes de señalar a Briz con el índice—: quiero que sheas tú la que se lo cuente.

—En cuanto a esa condición: está bien. Pero ahora mismo no sé cuándo será el momento ideal, me temo —dijo con sinceridad la seguidora de Eilistraee.

—Sholo quiero que me prometash que se he lo dirásh.

—Lo prometo y se lo diré cuando llegue el momento —Sonrió afable hacia Calendil.

Lo que prosiguió fueron unas horas de charla relajada, entre amigos, hasta el límite que Zentakord no consiguió sobrepasar debido a su conexión con la naturaleza y el transcurso del tiempo, convirtiéndolo en algo parecido a un animal nervioso entre barrotes. Así pues, el grupo se disgregó para buscar su descanso tras una situación algo tensa, que acabó en un momento de confianza y armonía con un resultado realmente satisfactorio.
 

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Presente XI


Los días pasaban. Las gestas, misiones y búsquedas de Fery no hacían más que avanzar, poniéndose a prueba en cada momento, y deseando hacerlo constantemente con decisión para continuar en su inacabable carrera por los designios de su diosa.​


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La Sirena Parlante en el Distrito de la Gema, era uno de los mejores sitios para una cálida velada dentro de la capital. Dando cobijo al lujo y las ostentaciones, pero del mismo modo a un encuentro tranquilo y alejado del bullicio o peleas entre borrachos, fue el lugar que Fery escogió para un encuentro con la magistrada der Haamilat. Aunque ya había podido hablar en más de una ocasión con ella, nunca había podido hacerlo de manera tan confidente. En una cena con platos de primera calidad, la mestiza pudo esclarecer algunas dudades legales de primera mano por Shiphae, en referente al Claro de Eldat, el título de custodio del cementerio, así como también sobre el conocido «lazo rojo».​


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Fery se puso muy contenta cuando recibió la invitación personal de mano de Adellian que le anunciaba el matrimonio de esta última con Elisabella. En un hermoso lugar como lo era la cascada de Imnescar, ambas mujeres juraron su amor en una discreta pero hermosa ceremonia llevada por Norah y Zentakord, habiendo optado por un punto de vista más enfocado a lo natural. A la paladín de Sune le llenó el hecho de ver como una buena pareja de amor genuino llegó al punto de querer unirse en matrimonio hasta el fin de sus vidas: ¡vivan las novias!​


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Decidida a tomar un camino más directo en su lucha contra la nomuerte, los pasos de Fery la llevaron hasta la Orden del Radiante Corazón, allí en Minsorran. En una cita con don Tada y doña Claire, la mestiza pudo expresar su necesidad de querer ayudar en la salvaguarda del camposanto de la capital, más con todos los problemas recientes, buscando una carta de recomendación por parte de los caballeros ordenados para poder presentarla a las autoridades amnianas. Esperaba con paciencia el poder hacer algo más por la nación que vigilar la entrada del cementerio, pudiendo legalmente entrar de noche para aplacar de manera personal al mal y la nomuerte.​


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De nuevo y para sorpresa de nadie, los Custodios del Búho y la Zarza Espinosa se encargaron de deleitarnos a todos con otra porción de lo que ofrece la hermosa naturaleza, en un ritual druídico y abierto para todos sobre el equinoccio de otoño. Con habilidad y cariño, Norah y Zentakord hicieron partícipes del rito a todos los presentes, en el cual Briz y Lana pudieron acompañar el resto de la velada con buena música; donde muchos pudieron dar rienda suelta de sus dotes artísticas en mayor o menor medida bailando un poco, aprovechando el momento tan lleno de armonía.​


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El deber llamaba, y en su posición en Púrskul como guardiana, Fery se debía al alcalde y también a la ciudad. Con el aviso de que varias mercancías se habían perdido por el camino del comercio, así como los respectivos mercaderes, el grupo tuvo que actuar para encontrar la raíz del problema y solucionar este. Los pasos llevaron al grupo hasta una recóndita cueva después de que los batidores dieran lo mejor de sus habilidades para interpretar rastros en la naturaleza, dando con una desagradable sorpresa. Nunca sus ojos habían presenciado algo así y ninguno estaba preparado, pues unas grotescas criaturas de extrañas y desconocidas mezclas habían sido las causantes del sutil caos. Sin mucha más opción que la lucha y al no poder optar por la diplomacia, el grupo se vio obligado a acabar con ellas, pero pudiendo salvar un buen número de mercancías y rehenes que habían sido apresados.​


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Con el gran avance de la Verbena del Carmín y ya en el ultimar los detalles finales que quedaban, Fery se reunió en la Casa Gáldrim. Buscando llevar buena comida y bebida a la festividad, así como contar con quizá algún puesto de venta de ellos, la paladín de Sune se dejó recomendar por un buen menú al tratar con expertos en eventos del estilo. A la espera de que la compañía amniano-karaturiense se pudiera reunir con la mestiza, la Casa Gáldrim aceptó «compartir mesa» con los del lejano este, siendo ambas casas comerciales tan buenos competentes como aliados. La paladín feliz con una buena oferta de precio bajo el brazo, acabaría más contenta de la velada si cabía cuando le revelaron una gran y personal sorpresa.


Todo marchaba debidamente y aún faltaba mucho por hacer, pero las fuerzas seguían sin menguar en el largo sendero que quedaba por recorrer.​
 

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Presente XII - Primera parte


Clive iba de la mano de Arvon, su padre. El pequeño era lo suficientemente listo como para sentir el miedo que recorría el interior de su benefactor, pero también como para ser consciente de que este estaba haciendo todo lo posible por darle cobijo. El hombre alzó la vista al cielo, contemplando de ese modo a la luna tapada por unas densas y grises nubes que poca luz dejaban filtrar. Corrió casi arrastrando a su pequeño para quedar ambos bajo un maltrecho porche, mirando luego hacia todos los lugares: fue entonces cuando escuchó esa risa de nuevo. Sus huesos se helaron, pues sabía que el causante de todo lo que le había pasado a la aldea estaba cerca y temía por la vida de su pequeño. Con ello, el ruido de pasos erráticos que también parecían arrastrarse se aproximaba, y entonces Arvon tomó en brazos a su hijo, con la esperanza de utilizar sus últimas fuerzas en huir lo máximo posible y en dirección contraria.​


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El humano viró sobre sus talones cargando con su pequeño, justo cuando la lluvia empezó a descender desde las oscuras nubes. Dobló una esquina y avanzó para dar con la calle principal, con intención de poder sortear mejor las dificultades que pudiera haber frente a su camino y no quedar encerrados en algún estrecho lugar. Cuando giró su rostro para ver lo que le aguardaba a su espalda, vio entonces como los cuerpos de sus conocidos caminaban como malamente podían, incluso alguno se arrastraba por el suelo, todos haciendo quejidos de lamento y abriendo sus fauces en busca de llevarse algo a la boca, presos de un instinto totalmente primitivo. Detrás de esa horrible imagen estaba aquel hombre ataviado con una túnica de colores oscuros y detalles plateados, acompañado de una molesta risa histriónica, que caminaba con toda la calma del mundo tras los seres que le otorgaban cierto amparo.

Pero Arvon había cometido un gran error al haber volteado su mirada a la vez que avanzaba hacia adelante: tanto él como su hijo se dieron de bruces con algo para caer al suelo de manera torpe, como si hubieran chocado con algo inamovible.

—¡Clive, hijo! —exclamó Arvon.

—¡Papá! —hizo lo propio su hijo, gateando de manera instintiva hasta su padre, para lanzarse entre sus brazos.

El humano levantó el mentón y entonces vio un gran caballo de guerra con su jinete encima, este ataviado con una armadura de placas que brillaban incluso en la tenue luz, adornada por un tabardo de color rojo intenso, y también cubierto por una capa blanca que ocultaba la mayor parte del rostro bajo una capucha. Arvon sintió una extraña sensación, pues su miedo se hizo mayor ante la desconocida presencia, pero nada más lejos de realidad, ese sentimiento se disipó en un instante, como si precisamente el jinete emanara algo que le había devuelto la confianza en sí mismo, con ganas de enfrentarse a lo que hubiera sin pavor alguno.

—¿Os encontráis bien, buen hombre? —preguntó el jinete a la vez que bajaba de su montura, aunque su voz parecía femenina.

—Yo… Sí, sí —contestó el humano sin soltar al pequeño, asintiendo repetidas veces.

El jinete apartó un poco su capa para estirar uno de los brazos con intención de dar la mano a Arvon, para obviamente ayudarle a levantarse. El padre parpadeó, incrédulo quizá por la ayuda que estaba recibiendo ante la situación que acontecía a la pequeña aldea, pero no dudó ni un instante en aceptar el gesto para ponerse en pie junto a su hijo. Y no era un jinete, pues era una mujer que quizá con la gran armadura que portaba había sido complicado distinguirla en la noche, pero toda duda se disipó cuando esta tiró de su capucha hacia abajo, mostrando un rostro sonriente, afable, y también hermoso a pesar de su mestizaje claro con orco.

—Seguid hacia adelante y no miréis atrás —señaló la mujer con el pulgar hacia su espalda—, di con algunos más que huían y están a buen recaudo: tomad mi yegua.

Arvon, preso de la tan contraria sensación que sentía en aquel momento alejada del miedo que había recorrido su cuerpo, pudo atender todas las palabras de la mujer de armadura completa. La voz de ella inundó sus oídos hasta llegarle al corazón, notando que bajo esa melena de color carmesí y bonita sonrisa, había alguien versada en la buena autoridad y seguridad en sí misma, quedando prácticamente obligado a hacerla caso. Desde su posición, tras haber avanzado unos pasos para alejarse, pudo ver como ella llevaba el símbolo de Sune bien grande y perfectamente bordado en la capa blanca.

—Pero yo no he montado nunca a caballo… —fue lo único que salió de los labios del hombre.

—Ah, no os preocupéis —asintió la sunita a la vez que mantenía una inamovible sonrisa, dirigiéndose a Arvon—, Emperatriz se basta ella sola para llevaros: es una chica muy lista.

El humano subió a lomos del animal y la mujer alzó al hijo de este para que ambos pudieran marchar.

—Llévalos con el resto y alejaros lo máximo posible: buscad a la autoridad más cercana.

—Aguardad, mi señora: ¿cuál es vuestro nombre? —preguntó Arvon entonces.

—Fery Krill: paladín de la diosa del amor —contestó la mestiza completamente sonriente.

La yegua miró a su compañera para ladear levemente el rostro equino, pero luego dio la vuelta sobre sí misma para comenzar a trotar con todas sus fuerzas y alejar al padre y su hijo con la mayor brevedad posible.

Fery siguió a su montura con la mirada, asegurándose de que nada se interponía en su camino, siendo entonces y después cuando decidió posar su vista hacia el lugar de donde provenía aquella risa y los quejidos lastimeros. Rápidamente llevó su mano al colgante que pendía de su cuello, aferrándose a él para musitar unas palabras justo después de cerrar los ojos. Y su diosa no le falló, como era de costumbre, pudiendo notar el malvado corazón que latía en el interior de aquel hombre de túnica en tonalidades oscuras que avanzaba detrás de los nomuertos, por si quedaba duda alguna. Abrió los ojos y negó, incluso suspiró, preparándose mentalmente para lo que debía de hacer ante tal situación.

—Deteneos —dijo en tono autoritario, habiendo borrado la simpática sonrisa que había mantenido en todo momento desde que se había encontrado con Arvon.

Las criaturas se detuvieron a la vez que aquel malvado hombre, momento en el que hubo una pequeña pausa para dar paso de nuevo a esa molesta risa.

—¿Y qué pasa si no quiero? ¿Vas a hacer algo tú sola contra todos mis siervos? —preguntó de manera retórica a la vez que separaba los brazos de su cuerpo, elevándolos un poco.

—Podéis estar seguro de que sí —contestó con decisión la paladín.

Fery desnudó la hoja de su espada larga para dejarla en horizontal, pasando luego la palma por esta con un ligero roce, acompañado de unas palabras para su diosa: ello confirió un color brillante, blanco y cálido al metal del arma.

—¡Vas a ser comida para mis criaturas! ¡Nada podrá detenerme, pues soy Orman el Nigromante!

La mestiza entornó los ojos al escuchar semejante demostración de nula originalidad, pero volvió a enfocarse en lo que tenía delante, pues los muertos vivientes habían sido comandados para avanzar hacia ella. Sin dudar, tomó el mango de su espada con ambas manos, poniéndola en vertical para caminar con decisión hasta alcanzarles. Sus golpes eran fuertes, empleados con precisión y experiencia, cortando los cuerpos de sus enemigos para dejarlos envueltos en llamas purificadoras, presos de la energía radiante que emanaba de la hoja. La intención de Fery era alcanzar al supuesto nigromante con expectativas de provocar un «muerto el perro, muerta la rabia», pero las criaturas nomuertas le detenían el paso. La paladín se lamentaba de cada cuerpo que destruía porque sabía que antaño habían sido personas de la aldea, y entre el calor del esfuerzo por el combate y la lluvia que azotaba, musitaba palabras de respeto por los caídos.

La risa de Orman el Nigromante volvió a azotar el ambiente, ahora entre los sonidos del fiero combate. Alzó sus brazos, esta vez a más altura, regocijándose por lo que estaba presenciando. Su ansia de poder había enfocado su mirada en hacer caer a la caballero andante, que honestamente, se defendía muy bien ante la situación. Pero el hombre, en la noche, no se había percatado de que algo se acercaba a toda velocidad, y no era más que Emperatriz galopando para asistir a su amiga. La yegua embistió a algunos nomuertos rezagados, cerca de Fery, y luego agitó la cabeza.

—¡Creía haberte dicho que marcharas lejos con los supervivientes!

Emperatriz ladeó la cabeza, clavando sus ojos sagaces en la mestiza, con esa mirada de alguien que comprende, pero quiere hacer otra cosa totalmente distinta. Fery gruñó un poco, incluso maldijo en idioma orco mientras movía su espada de un lado a otro para eliminar a algunos de sus oponentes.

—¡Está bien! ¡Vale! ¡Gracias por ayudarme, testaruda! —se permitió el lujo de alzar la voz entre el combate.

La yegua giró para tomar carrerilla y luego volver a embestir, todo ello mientras los enemigos se iban reduciendo al atacar ambas de manera conjunta.

—¡No! ¡No! ¡Malditas seáis! -exclamó el nigromante.

Fery hundió la punta de su arma en último de los cuerpos que se arrastraba por el suelo, girando luego la muñeca, viendo por el rabillo del ojo como este se prendía en una llama de energía radiante. Luego, seria, se centró en Orman, viéndose obligada a pensar con rapidez su siguiente acción.

—No tienes ni idea del poder que ostento… ¡Ni idea! —vociferó el humano.

La mestiza no sabía qué era lo que iba a hacer su rival, a escasos pasos del cara a cara, pero recordó una gran y valiosa lección que su maestro le había enseñado antaño. Por ello, tomó el colgante de Sune que tenía al cuello y murmuró unas palabras, para luego gesticular con la mano que había dejado libre de la empuñadura de la espada: sintió entonces como si un ángel de la guardia la protegiera, con una sensación cálida.

—¡Te digo que aquí y ahora vas a morir, asquerosa piel verde!

Orman pronunció unas palabras en un idioma desconocido para Fery, gesticulando a la vez como si siguiera una fórmula en el aire. Finalmente, estiró un dedo índice con energía hacia su enemiga, señalándola. Algo alcanzó a la mestiza entonces, una rápida y poderosa punzada, invisible, que trató de arrebatarle la vida en tan solo un instante; pero que, gracias a su previsión, ese «ángel de la guarda» había hecho que el efecto de ese conjuro se viera reducido, permitiendo a la paladín el seguir luchando.

—¡No! ¡No!

Fery vio como su rival se preparaba para conjurar de nuevo y pensó que esta vez debía de ser implacable contra este, teniendo en mente que las consecuencias ya no se podían dejar al divino beso de Tymora o la funesta caricia de Beshaba. La paladín avanzó con la máxima fuerza que sus entrenadas piernas le podían otorgar, buscando embestir al nigromante, y su arma brilló todavía con más fuerza: su diosa le había otorgado el poder para castigar el mal. Y así fue, pues el nigromante solo pudo escupir sangre y sentir la falta de aire cuando su pecho fue atravesado con fuerza por la paladín, muriendo en el acto.

La lluvia se detuvo, aunque las nubes oscuras seguían poblando el cielo. Fery observó el cuerpo del nigromante, luego el del resto de los caídos. Negó, suspiró y cerró los ojos, se lamentó por la muerte de pobres aldeanos y les dedicó un pequeño rezo por sus almas. Finalmente, abrió los ojos para posar la vista en Emperatriz, que aguardaba sin inmutarse.

—No me mires así, ya sé que debo de estar horrible: lluvia, trozos de carne descompuesta y la capa manchada de barro.

La yegua parpadeó un par de veces sin quitar la mirada de la mestiza.

—Olvídalo —Se acompañó Fery de un gesto de la mano para restar importancia, justo antes de envainar la espada—. Volvamos con el resto y descansemos hasta el amanecer, pues tenemos que retomar el camino.

 

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Presente XII - Segunda parte


Era bien entrada la tarde. Fery observó el cielo despejado para hacerse una idea del tiempo que quedaba hasta que llegara la noche. Los pasos de Emperatriz la llevaron hasta la entrada de la única posada en el pueblo, deteniéndose a una distancia para observar por alguna de las ventanas. Con calma, la mestiza bajó de su montura y luego acarició el cuello de esta.

—Sí, yo también estoy algo cansada —dijo mientras seguía las caricias con cariño—. Te buscaré algo de comida.

Fery palmeó la crin de Emperatriz, accediendo después a la posada. Cruzado el umbral, pudo observar como esta era acogedora, y aunque cuidada, había lugares que mostraban claramente la necesidad de hacer alguna reparación. Cinco eran las mesas ubicadas en la estancia inferior, pero solo pudo ver a alguien en una de ellas: una joven pareja que parecía conversar en voz baja, sentados en sillas muy juntas. Justo al otro lado, pues era la mesa más alejada, una mujer con aspecto de estar cerca de la mitad de siglo vestida con ropas sencillas y delantal, limpiaba algunos utensilios detrás de una barra.

La posadera clavó su vista en Fery, observándola con rostro sereno. La paladín se encaminó hacia la barra y asintió de manera queda a la pareja que había cruzado por un instante la mirada con ella, aunque con una sonrisa.

—Buen cobijo nos dé la Doncella Lunar en la noche que está a punto de llegar —saludó la posadera—, ¿qué os sirvo?

—Hermosa tarde nos brinde la Dama del Amor, buena mujer —devolvió Fery el saludo, asintiendo con cortesía y sin perder la sonrisa.

La mestiza se inclinó levemente para posar su bolsa de viaje en el suelo y luego se atusó el cabello, todo con la todavía mirada de la posadera encima.

—Por ahora desearía pernoctar aquí —dijo Fery tras recuperar la postura—. ¿Disponéis de alguna habitación que no se tenga que compartir?

—Claro, querida: puedes escoger entre cualquiera de las cuatro camas disponibles, unas con más chinches que otras.

Fery amplió su sonrisa, a pesar del claro sarcasmo detectado en la mujer que tenía delante.

—También necesito de un buen baño, ¿tenéis leche de burra?

—Oh, sí… —Carraspeó a la vez que colocó el trapo que había estado utilizando para limpiar en su propio hombro—. Por aquí tenemos varias vacas y algún toro, quizá pueda probar con este último —hizo una breve pausa—: el lago más cercano no queda lejos si queréis lavaros —cabeceó hacia su espalda.

La mujer elevó las cejas un par de veces, habiéndose pronunciado en un tono algo antipática. Fery, entonces seria, pero no por ello menos observadora, dejó en el aire la duda de si se estaba dirigiendo de ese modo hacia ella por su condición de mestiza, o simplemente porque era una extranjera. Sin embargo, y como le había enseñado su maestro: la simpatía suele abrir más puertas que cerrarlas.

—¿Un lago? —Sonrió, conectando y manteniendo su mirada con la de la posadera—. Me encanta la tranquilidad de un hermoso lago en el cuál pueda verme reflejada en él. Os estaré muy agradecida si me dais las indicaciones para llegar.

La posadera se quedó perpleja, manteniendo su impasibilidad por unos instantes en un tenso silencio. Pero luego suspiró, incluso negó con la cabeza.

—Disculpadme, dama —Asintió hacia Fery.

—No hay nada que disculpar, buena mujer —dijo la mestiza para reducir aún más la tensión—. ¿Por qué no me ponéis una copa de vino y me contáis qué es lo que os aflige?

—¿Vino? —Rio antes de continuar—. Desde que heredé este lugar, no consigo bebidas de calidad: mi difunto marido era el que se encargaba de ese tipo de cosas.

—Vaya, lo lamento… Agua servirá, entonces.

La posadera estiró su brazo para alcanzar una jarra de cerámica ubicada en una estantería a su espalda, luego tomó un vaso y vertió liquido transparente en este. Acto seguido, apartó el gran recipiente para deslizar el pequeño por la madera de la barra hasta quedar cerca de Fery.

—No importa —Hizo un gesto para restar importancia—. La cosa no nos iba muy bien, él enfermó y luego ese terrateniente empezó a meter las narices donde no le llaman.

La paladín tomó el vaso y llevó este hasta sus labios, mojando un poco estos sin perder la atención de la mujer que tenía delante. Después, utilizó su pulgar para borrar la pequeña marca de carmín que había dejado en la cerámica pulida, en gesto sutil y elegante.

—¿Terrateniente? —preguntó curiosa.

—Charles Adkinson —dijo antes de suspirar—. Estas tierras no son suyas, pero estamos muy cerca: con el tiempo no se ha conformado con todo lo que tiene, por lo que a veces se pasea para abusar un poco de su supuesta autoridad.

Fery frunció levemente el ceño, algo extrañada, pero tomó nota mental de ese nombre dada la información que la posadera le había otorgado.

—¿Y qué hay de la autoridad real?

—La ciudad está demasiado lejos. La poca guardia que pasa por aquí es anecdótica y es complicado hacerle frente cuando viene con sus guardaespaldas.

—Entiendo.

La mestiza volvió a probar el agua, esta vez tomando un pequeño trago, luego se recogió algo de cabello tras la oreja para de paso ajustarse los pendientes.

—¿Y qué me decís de vos? —preguntó la posadera, tomando una postura un poco más relajada y bastante informal—. Por aquí no suelen pasan semiorcas con armadura y que se perfilen la raya del ojo con maquillaje, y mucho menos tan guapas.

Fery rio amistosa, negando luego con suavidad para mecer sin querer su melena carmesí.

—Mi nombre es Fery: soy paladín bendecida por Sune.

—Sin lugar a dudas, querida.

—Mi montura y yo llevamos varios días viajando y decidimos hacer una parada aquí para descansar, y bueno… —Suspiró— Tomar un buen baño que me relaje los músculos, lavar bien el cabello, pasar la lima de uñas, y… —Pellizcó y tiró del tabardo color rojo intenso— Limpiar alguna que otra cosa más.

—Con el tabardo os puedo ayudar, pero con el resto… —dijo antes de mostrar unas uñas maltrechas, probablemente por el trabajo, aunque sonrió a la mestiza—. Por cierto, mi nombre es Beatriz.

—Bien, buena Beatriz —Asintió—. Dejaré algunas cosas en la habitación y luego iré a ver qué tal ese lago.​


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Ya había caído la noche y Fery había podido comprobar que el lago era tan hermoso como ella se lo había imaginado. Alejada lo máximo posible de la casa más cercana que emitía una tenue luz, fue despojándose de la armadura con toda la calma del mundo. Después hizo lo propio con la ropa hasta quedar completamente desnuda, sintiendo la leve brisa rozar su cuerpo. Avanzó lentamente hasta la orilla, hundió tranquilamente sus pies y observó su reflejo. Tomó el colgante de Sune, lo rozó, lo acarició, se miró a si misma en el agua con gesto reflexivo, meditativa.

—¿Qué hago aquí, mi diosa? —preguntó a su propio reflejo.

Pero no obtuvo respuesta, tampoco una señal. Así que la mestiza aguardó unos instantes con paciencia, hasta que finalmente tomó la decisión de avanzar y adentrarse lo suficiente como para que su cuerpo quedara cubierto por el agua. Metió la cabeza y luego la sacó, para después deslizar sus dedos por el cabello, disfrutando de ese momento. Los minutos pasaron mientras daba algunas brazadas y luego tomaba pausas para simplemente flotar, disfrutando del ruido que ella hacía como único sonido en las cercanías.

No tuvo la certeza del paso del tiempo, pero le había ido muy bien ese rato a solas consigo misma. Una vez fuera del agua, cerca de sus cosas, Fery giró el rostro hacia su izquierda, pues un ruido la alertó. La paladín tomó una piedra y la lanzó hacia unos matorrales, generando un sonido algo sordo cuando el objeto impactó en algo. Enarcó una ceja y entonces estiró su brazo para alcanzar la espada envainada, que, con rapidez, desnudó el acero listo para ser utilizado.

—Voy a lanzar la espada si no salís —dijo clara y firme.

—¡No! ¡Está bien! ¡Tuve suficiente con la piedra! —espetó una voz masculina.

Un joven vestido con ropa de trabajo y cabello algo desaliñado salió de entre los matorrales: no era más que aquel que estaba con su pareja en la posada, pero esta vez iba solo. Este caminó lentamente hacia Fery con las manos en alto, tratando de demostrar que no era una amenaza.

—Estoy esperando una explicación —se pronunció la mestiza de nuevo, esta vez con tono autoritario y sin quitarle ojo.

—Yo, bueno… —comenzó a decir el joven, aunque era incapaz de mirar a Fery a la cara— Os vi portando una capa de Sune, luego le dijisteis a Beatriz que sois paladín y yo… os seguí para poder hablar con vos.

—¿En serio? ¿Y no se os ha ocurrido otro modo?

—No quería que Lucy se enterara…

—¿Que se enterara de que espiáis a otras mujeres?

—¡No! Yo no… ¡Por todos los dioses! —El joven llevó ambas manos a su cara.

—Daos la vuelta y podéis hablar mientras me visto. ¿Cuál es vuestro nombre?

—Sí, vale, será lo mejor… —dijo a la vez que se daba la vuelta, perdiendo algo de nerviosismo— Mi nombre es Malin.

—Bien, Malin: soy toda oídos.

El joven tragó saliva y suspiró un poco para luego llevar las manos al vientre.

—Veréis… Lucy y yo estamos enamorados desde que éramos niños y ahora queremos casarnos. Pero hará unas decanas… vino ese terrateniente y… dijo que se la quería llevar.

—¿Llevar? —Fery arqueó una ceja.

—Sí. Parece ser que se ha encaprichado con ella o algo así, quizá la quiera para obligarla a casarse, o qué sé yo… no tengo ni idea.

Malin echó aire por la nariz en claro gesto de frustración, de impotencia también.

—Beatriz dijo que este lugar no forma parte de lo que ostenta el terrateniente, ¿es eso cierto? —Quiso asegurarse la mestiza.

—Es cierto —Asintió—. Pero poco puedo podemos hacer en el pueblo contra él y sus guardaespaldas.

—Noto la desesperación en vuestras palabras y no puedo mirar hacia otro lado ante la situación, buen Malin: quizá pueda ir a hablar con el terrateniente.

—¿Hablar?

El joven se dio la vuelta sin pedir permiso, sorprendido por lo que Fery le había dicho. Por fortuna para él, la paladín ya estaba vestida cuando lo hizo.

—Claro. Si él no tiene autoridad aquí, no tiene por qué obligar a nadie a nada: mucho menos a romper un amor verdadero.

—No, no. Dijo que vendría a finales de la decana y eso es pasado mañana, que es cuando Lucy y yo queríamos casarnos…

La mestiza levantó ambas cejas, sorprendida. Después giró su cuerpo para mirar al lago, comprendiendo por qué no había recibido una señal de su diosa antes: entendió que se había manifestado de otro modo que ella no esperaba, y ahora era conocedora de su deber.
 

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Presente XII - Final


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La pareja feliz se cogía de las manos, con amplias sonrisas, esperando las últimas palabras del sacerdote de Chauntea.

—Y yo os declaro: marido y mujer —acabó el sacerdote, sonriendo de igual modo, para asentir a la pareja con suavidad.

Lucy y Malin se besaron antes si quiera de que alguien pudiera decir algo más, cosa que hizo aplaudir a la mayoría de gente con gran efusividad. Al estar en un pueblo, la plaza principal había sido la elegida para la boda y todo el mundo había sido invitado y puesto de su parte para la celebración del evento.

Fery había permanecido cerca de la alargada mesa del banquete en todo momento, sonriendo contenta por todo lo presenciado ante un día soleado. Había dejado a un lado la copa con vino para poder aplaudir, pero la tomó por debajo con gesto elegante para luego pasear la vista entre todos los tentempiés. Su mente se activó en cuanto vio la tarta de chocolate, más bien lo que quedaba, que le hizo recordar a su amada. Sonrió de manera tenue, incluso pudiera ser que un poco amarga, gesto que no pasó desapercibido.

—¿Problemas en el paraíso? —preguntó Beatriz justo después de haberse acercado, también copa en mano.

—No, no… —Negó la mestiza desviando algo la mirada para luego sonreír de un lado—. Es solo que he recordado a mi pareja y me he puesto algo nostálgica.

—Ah, ¿tenéis pareja? —Elevó las cejas Beatriz, que más que sorprendida parecía curiosa—. ¿Y dónde está?

Fery hizo ademán de tomar un trozo de la tarta en la que se había fijado, pero acabó retirando la mano para posarla en la copa, junto a la otra.

—Es algo complicado —contestó, recogiéndose algo de cabello tras la oreja.

—¿Complicado? —Beatriz rio—. Complicado es lo mío, no lo tuyo: seguro que no tienes tiempo para quitarte a tantos moscones de encima.

La mestiza sonrió en complicidad, pero luego negó.

—No soy de esas, buena Beatriz, soy más bien de las estúpidas que creen en el amor verdadero y demás historias.

—Bueno, todo digno de una servidora de Sune, ¿no?

Ambas se echaron a reír para después tomar un trago de sus respectivas copas, concediendo de ese modo una pequeña pausa en la cual se dedicaron a ojear el resto de los pueblerinos. Cierto era, que el pequeño esmero que todos habían puesto para que el día quedara como algo realmente especial para los recién casados había dado sus frutos con bonitos adornos, así como ropas de todos los tipos y comida preparada por verdaderos artistas culinarios.

—No está nada mal —dijo Fery alzando un poco la copa para referirse al líquido que había en ella.

—Bueno, es el mejor vino que he podido conseguir en tan poco tiempo: ese mercader ambulante debía de ser de Amn, pues le encantaba regatear.

Beatriz rio con mucha gana esta vez, momento en el que la mestiza aprovechó para mojarse de nuevo los labios, todo ello sin poder evitar sonreír ante el comentario hacia las tradiciones amnianas.

—Sin duda —Asintió Fery.

—Por cierto, me gusta el vestido que llevas: has escogido un bajo ancho, pero ceñido en torso, y esos tirantes gruesos parecen mantener bien el busto en su sitio. Oye, ¡me encanta cómo te favorece el rojo!

—Gracias, buena Beatriz —Sonrió la mestiza en agradecimiento por el cumplido.

La muchedumbre congregada empezó a echarse a un lado, separándose para hacer un pequeño pasillo de manera inconsciente. Con ello, se pudo apreciar a varios hombres y mujeres ataviados con ropas acolchadas que caminaban hacia adelante, portando varias armas, aunque diferentes, denotando que su indumentaria era más práctica que de algún tipo de organización. Instantes después, se empezó a escuchar el sonido de las herraduras del paso de un caballo que pisaba los adoquines: su jinete era un hombre con el cabello corto que ya peinaba varias canas, de rostro serio y vestido con ropa cara de la cual colgaba una espada larga del cinto.

Beatriz alzó ambas cejas, esta vez sí por la sorpresa, y luego dejó la copa a un lado. Fery observó el gesto de la posadera e hizo lo mismo que ella, comprendiendo entonces que aquel hombre era Charles Adkinson: el terrateniente. El silencio se hizo en la plaza, incluso hubo personas que decidieron alejarse lo máximo posible o volver a sus casas. Los recién casados se quedaron de piedra ante la presencia del aquel que había acabado de llegar acompañado de su grupo, y entonces Malin dio un paso adelante, con intención de proteger a su nueva esposa.

—¿Qué es todo esto? —rompió el silencio Charles.

—Es… es… nuestra boda —contestó Malin claramente nervioso.

—Vaya, qué interesante… —El terrateniente observó con calma hacia todos los lugares—. ¿Y nadie me ha invitado? —acabó por preguntar tras clavar la mirada en Malin.

La paladín aprovechó el momento para tomar el colgante de su diosa, recitar unas palabras en voz baja y cerrar los ojos después: le sorprendió para bien la ausencia de mal entre los corazones de los recién llegados.

—No importa. No quiero ser descortés así que tomaré lo que he venido a buscar y luego nos marcharemos por donde hemos venido, ¿sí? —se pronunció de nuevo Charles.

—No quiero ir con vos —espetó Lucy desde la espalda de Malin.

—No seas testaruda, joven, ¿qué te va a otorgar ese muerto de hambre? —Cabeceó el terrateniente hacia el novio.

—Una vida honrada —contestó Malin.

Algunos sirvientes del terrateniente se echaron a reír, aunque la mayoría trató de aguantársela. Charles movió un lado de sus labios para sonreír de un lado.

—Mirad todos —Alzó los brazos para enfatizar las palabras—, pues acaban de insinuar que nuestro trabajo no es honrado.

Lucy tomó la mano de su esposo y la apretó con fuerza. Charles hizo un gesto a uno de sus hombres para indicarle que avanzara, todo antes de volver a pronunciarse de nuevo.

—Traed a la muchacha: estamos perdiendo demasiado tiempo.

El sirviente del terrateniente avanzó y los recién casados retrocedieron algunos pasos, incluso a la distancia que se encontraban. Fery bajó de sus tacones y caminó descalza hasta quedar próxima al hombre que portaba la ropa acolchada y una espada atada al cinturón, quedando cara a cara, aunque a escasos metros de distancia.

—Lucy se ha expresado con claridad sobre su deseo de no marchar, así que lamento deciros que debéis respetarlo.

—¿Y vos sois? —Enarcó una ceja Charles desde su posición, levantando la voz justamente lo necesario para ser escuchado por la mestiza.

—Mi nombre es Fery, paladín bendecida por la mismísima Diosa del Amor.

—Ah, qué bien: echaos a un lado y meteos en vuestros asuntos, o de lo contrario tendré que ordenar a mi sirviente que os quite de en medio como a cualquiera que ose hacerme perder más tiempo.

La mestiza ni se movió, pasando de mirar a Charles para observar con detenimiento lo que el hombre de armas pudiera hacer. Este último llevó la mano al mango de la espada para sacarla lentamente de la vaina.

—Apartaos, piel verde —ordenó.

No era casualidad que Fery hubiera escogido esa indumentaria para la boda, ya que, si bien era un vestido bonito, también era práctico: recordó otra de las lecciones que su maestro le había enseñado, así que flexionó levemente la rodilla para subirse el bajo y sacar una daga de buena manufactura escondida antes en la liga de su media.

—Volved todos por donde habéis venido, pues no es necesario un baño de sangre.

El rival de la paladín se lanzó hacia ella para tratar de cortarla, y aunque el movimiento fue certero, la hoja pasó por encima del cuerpo como si chocara con otro metal, pudiendo apreciar un halo dorado justo en la zona del corte que evitó todo el daño. Iracundo ante la situación, abrió su guardia para intentar cortar de nuevo al llevar su brazo hacia atrás, momento en el cual la mestiza aprovechó para clavar su daga en el centro del estómago del hombre y justo después de que la pequeña hoja brillara con aura blanquecina. Fery pasó el brazo libre por detrás de su enemigo cuando este soltó la espada para llevar ambas manos a la herida, juntándolas con la de la mestiza que sostenía la pequeña arma clavada. Con ello, la paladín acompañó al hombre hasta quedar recostado en el suelo, mirándola este a los ojos mientras hacía esfuerzos por no gritar del dolor.

—Lo lamento, pues mi diosa me protege en mi deber, y me da fuerza para vencer las adversidades —dijo Fery con voz calmada y un tono sosegado como el de una madre que quiere calmar a su hijo, sonriendo al caído—. Siento haberos hecho daño, pues solo estáis cumpliendo los deseos de vuestro señor.

La mestiza juntó sus propias manos con las de hombre y estas se iluminaron con calidez, y entonces la daga empezó a ser repelida por la carne de la herida que se estaba recomponiendo gracias a la energía positiva, dejando todo como antes de la perforación.

Viendo que el herido ya no estaba en peligro, Fery se puso en pie para observar a toda la gente congregada, al resto de sirvientes de Charles, y por supuesto al mismo terrateniente, dándose cuenta de que la mayoría de los presentes no sabía cómo actuar ante lo visto. Con calma, flexionó ambas rodillas para descender y tomar la espada larga que se le había caído a su antiguo rival, volviendo a erguirse con esta en la mano. Decidida, avanzó entre todos hasta quedar a unos cuantos metros de Charles, mirándolo con seriedad y hasta desafío.

—Charles Adkinson —se pronunció en voz alta y tomó aire antes de continuar—. Yo, Fery Krill, os desafío a un duelo a primera sangre con toda esta gente como testigos: me marcharé para no volver si vencéis, pero lo haréis vos y vuestros sirvientes si yo venzo.

Las reacciones fueron variopintas, aunque la mayoría se llevó las manos a la boca para evitar emitir ruido alguno. El terrateniente, impasible, se había dado cuenta de que había subestimado a la semiorca vestida de rojo intenso, y si antes no iba a tolerar que su humildad se pusiera en entredicho, mucho menos iba a dejar que pasara lo mismo con el honor. Con eso, el hombre bajo de su montura y luego se ajustó los pliegues de la cara ropa, avanzando con calma hasta quedar delante de Fery. Del mismo modo, desenvainó la espada para tomar una posición de guardia.

—En guardia, doña Krill.

La paladín giró su muñeca para alzar la espada, preparándose para el combate. El terrateniente avanzó con un paso para intentar una estocada contra ella, pero fue desviada en el último instante, y las idas y venidas de los golpes empezaron a fluir en un espectáculo de veteranía en el que era difícil definir un claro vencedor. Los segundos pasaban con intensidad y nadie era capaz de quitar ojo al espectáculo, aunque era esa misma energía y enfoque en la concentración la que estaba empezando a hacer mella en ambos combatientes, cosa lógica en un duelo a primera sangre en el que era sencillo cometer un error y perder.

—Si me permitís mi opinión… creo que habéis escogido un mal atuendo para un duelo —se permitió Charles el lujo de decir.

Con habilidad y tras una finta, el terrateniente cortó una de las tiras que sujetaba la parte de arriba del vestido de Fery con intención de distraerla.

—Oh, permitidme que os diga que vuestra opinión me importa bien poco —dijo entonces la mestiza sin preocupación alguna por si mostraba algo sin querer.

Sorprendido ante la impasibilidad de su rival, el terrateniente retrocedió un paso para intentar retomar la postura de guardia, pero de nuevo había subestimado a la semiorca y esta avanzó con tal decisión que pudo pisar la espada de él para luego golpearle con el plano de la hoja en toda la cara, haciendo salpicar algo de sangre de la nariz. Charles trastabillo hacia atrás, haciendo de sus pasos y ruido del metal de su arma tocando el suelo una extraña melodía. Frunció el ceño mientras la sangre brotaba de sus orificios nasales, sin quitar ojo a Fery, para finalmente sacar un pañuelo de uno de sus bolsillos y limpiar el resto de líquido carmesí.

La paladín abandonó la postura de guardia y dio media vuelta para ir hacia el sirviente caído que aún se mantenía en el suelo, luego estiró el brazo y le estrechó la mano para ayudarlo a levantarse, y finalmente le entregó la espada que le había tomado prestada para el duelo.

—Os devuelvo vuestra arma —Asintió—. Gracias.

El terrateniente envainó ante la mirada de toda la gente atónita y luego se desplazó hasta su montura, subiendo a esta sin mediar palabra alguna. Una vez arriba, alzó el mentón para buscar a todos sus sirvientes con la mirada.

—Nos marchamos —ordenó justo antes de tomar las riendas de su caballo y hacerle virar.

Y entonces los murmullos empezaron a florecer, más cuando el terrateniente se había marchado con todos aquellos y aquellas que habían venido. Beatriz corrió hasta Fery al mismo tiempo que la pareja de recién casados se había aproximado por si tenían que ayudarla con algo, pero la mestiza se limitó a sonreír contenta, como si nada hubiera ocurrido.

—Yo… nosotros… jamás sabremos cómo agradecer lo que habéis hecho —dijo Malin, de nuevo tembloroso al no creer que la situación por fin se había resuelto.

—No hay nada que agradecer cuando se trata de mi labor, así que rezaré porque vuestro amor jamás se extinga —dijo Fery dedicándoles su mejor sonrisa.



A la mañana siguiente, tras un buen baño y los rezos a Sune, la paladín había dispuesto todo lo necesario para emprender la marcha, lista para montar de nuevo en Emperatriz y proseguir con el camino.

—¿Ibais a marcharos sin despediros? —preguntó Beatriz tras cruzar la puerta de la posada, pues era ahí cerca donde había quedado la montura de Fery.

—No, no —Negó y luego se recogió un mechón de cabello tras la oreja.

—¿Y hacia dónde os llevará ahora vuestro camino?

—¿Ahora? Pues… debo seguir hacia el noreste, hasta llegar a Tílverton, ya que mi amada me espera allí.

—Oh, suena bien —dijo la posadera tras poner los brazos en jarra—. Qué digo: no tengo ni idea de dónde está ese lugar.

La mestiza no pudo evitar reír ante la ocurrencia, antes de tomar la palabra.

—Me pidió un descanso de mis labores para estar juntas unos días por Cormanzhor, solo eso.

—Pues buen viaje, amiga: y gracias por todo.

Fery asintió sonriente para despedirse de Beatriz y luego subió a lomos de la yegua. Juntas tomaron el camino hacia la salida del pueblo y la montura emitió entonces un pequeño bufido.

—Ya sé que vamos a llegar tarde, así que si quieres hacer algo útil ya puedes cabalgar como si no hubiera mañana en vez de quejarte, ¿quieres?
 

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Presente XIII - Salvar al pequeño Jhon

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La Casa Gáldrim y la Compañía Amniano-Karaturiense habían propuesto colaboración a Fery para continuar con la ayuda para los refugiados. La mestiza era claramente consciente de que la actuación de los artistas y las donaciones solo eran una parte del trabajo, por lo que aceptó echar una mano a ambas casas comerciales, después de todo, ella misma había sido una vez una refugiada tras haber escapado de las garras de la tribu Sangreardiente.

Las directrices se habían dado claras y el grupo se dividió entre los numerosos refugiados. La mestiza observó con pena todas esas familias que habían perdido un hogar, que habían tenido que huir, pero luego agitó la cabeza para borrar esa expresión: quería difundir optimismo, así que mostró su mejor sonrisa para ir preguntando el estado de los presentes.

Las notas musicales evocadas por el violín de Brizaelinth ayudaron a alzar el ánimo, todo ello mientras Chando, Talivia, Sulion, Yuma y Fery buscaban gente a la que poder darles un futuro mejor, siendo entonces cuando la historia de un niño les llamó la atención.

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—¿Se ha perdido tu hermano, chico? —preguntó Sulion tras clavar una rodilla en tierra y poder quedar más cara a cara con él pequeño, buscando un acercamiento.

—¡Sí! —respondió el niño—. Estábamos jugando en el bosque y oímos un ruido raro. Salimos corriendo, pero Jhon ya no estaba cuando me giré.

—Dime, ¿hace cuántos días? Tenemos con nosotros un par de «buscapistas» —continuó el exalcalde de Púrskul.

—¡Oh! —El pequeño llevó su índice a los labios antes de continuar. —Fue esta mañana. He intentado que fueran a buscarle porque a mí me da mucho miedo, pero nadie me hace caso desde que papá y mamá no están.

Y era cierto, pues los niños hermanos no tenían a nadie que se hiciera cargo de ellos desde que su padre había desaparecido, siendo ello lo que más alerta produjo entre el variopinto grupo que se había unido para ayudar a los refugiados. Sulion atrajo la atención del resto para comentar la posibilidad de ir a buscar al niño desaparecido, cosa que todos accedieron sin problema, y por supuesto sin pensarlo dos veces.

Fery se colocó las piezas de armadura con rapidez gracias a la ayuda de la elfa oscura y tras preguntar por el plan de acción, siendo conocedora de que el tiempo apremiaba si la cosa iba de brindar una oportunidad de vuelta a Jhon. Y con ello, el grupo emprendió su camino hasta el bosque cercano para comenzar con la búsqueda.

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Los pasos los llevaron cada vez más lejos del campamento, hasta tal punto que este parecía ser un espejismo. La brisa empezó a notarse menos y la sombra que los árboles proyectaban hacía que el ambiente fuese algo más opresivo para aquellos más acostumbrados a la ciudad. Ya no había caminos ni nada similar a lo civilizado, solo la floresta era lo que les rodeaba, donde Sulion y Brizaelinth habían tomado la delantera y Chando y Talivia caminaban por el centro con Fery cerrando la marcha.

Y entonces el exalcalde se detuvo, y con ello toda la comitiva. El semielfo había estado siguiendo las huellas a la inversa que el hermano del Jhon había dejado en su huida hacia el campamento, para entonces encontrar otro rastro: más pisadas, esta vez más grandes, de humanoides con restos de sangre entre ellas, como si hubieran arrastrado algo en dirección al norte.

—Diosa —surgió esa única palabra de los adentros de Fery por la sorpresa.

—Apresuremos el paso, sí —dijo Brizaelinth.

—¿Algo? —preguntó Talivia mientras paseaba la mirada por la copa de los árboles—. No alguien, si no… ¿algo?

—Algo o alguien con cierto peso como para dejar impronta en el terreno, Ha’valen —dijo Sulion para luego dirigirse a la elfa oscura—. Dijisteis que se os daba bien pasar desapercibida, Brizaelinth, ¿también en los bosques?

—Así es —contestó con rapidez—. He vivido durante muchos años en uno —le sonrió de manera tenue al final.

El grupo tomó las armas ante la expectativa del posible peligro, extremando las precauciones y avanzando con más cuidado, pues Sulion había encontrado restos de lo que parecía ser un ensañamiento. Indicó al norte y todos siguieron hasta poder percibir algo moviéndose al lado de una gran roca, que no era más que la entrada a una cueva.

—Frente. Varia Enemigo. No es vive, es no es muerte —dijo Chando con su particular manera de expresarse después de alzar la mano para que los demás se detuvieran.

—Veo figuras moviéndose de manera errática —comentó Talivia en voz baja hacia el resto.

—¿Nomuertos, señor Pillaliebres? —preguntó el antiguo alcalde de Púrskul.

—Diosa… —espetó Fery— Tengo que tomar vanguardia.

La mestiza cerró su puño alrededor del colgante de la Dama del Amor y luego susurró unas palabras, todo en un pequeño salmo que hizo brillar su mano en tono blanco cálido, pasando luego esta por la hoja de su espada para bendecirla en el proceso.

Los gemidos lastimeros de los cadáveres que se movían de un lado a otro se hicieron eco entre el silencio de la espesura, pero solo era el preámbulo de lo que estaba por llegar cuando el grupo se abalanzó sobre ellos. Espadas benditas, así como también las mágicas, unidas a los virotes y flechas fueron más que suficiente para acabar con todos ellos, en un conjunto tan variado como efectivo. Al final, con la quietud de vuelta, se pudo escuchar una especie de cántico que provenía del interior de la cueva, lo que obligó a todos a adentrarse con decisión.

La ruta era en descenso, al principio natural, pero pronto se tornó en una especie de túmulo para sorpresa de todos al ver que la piedra virgen dio paso a los muros trabajados. El rito empezó a escucharse con más claridad, que no dejaba de referirse al sacrificio de un alma pura al Señor de los Huesos para alimentar su negrura y llenar todo de su ser. Las prisas terminaron por llevarlos a irrumpir en una gran sala, donde un hombre ataviado con túnicas de ritual y una daga en mano observó de manera ceñuda al grupo, deteniendo el cántico entonces. A su lado había un crío asustado, sucio, con expresión de pánico, que el cultista no dudó en tomar como escudo al verse superado en número.

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—¿Quién osa interrumpirme? —dijo el desconocido, mirando al grupo bajo claro nerviosismo mezclado con enfado.

Fery dio un paso al frente, dos, incluso tres: quería que el hombre se centrara en ella y obviara al resto del grupo, pues su intención era agotar todas las posibilidades diplomáticas antes de que el peso de la evidencia cayera sobre él y pusiera en peligro al niño.

—Soy Fery Krill, paladín bendecida por Sune —se presentó—. Dejad lo que estáis haciendo, pues será vuestra mejor decisión.

—¡Dad media vuelta! ¡Volved por dónde habéis venido!

A su espalda, la mestiza pudo escuchar los ruidos de sus compañeros preparándose para actuar, pero lo que más le llamó la atención fue la carga de la ballesta de Chando: significaba que el tiempo para la diplomacia estaba menguando a pasos agigantados.

—Mi deber me lo impide, por lo que os ruego que os detengáis —prosiguió.

—¡Os estoy dando una oportunidad! Marchaos ahora o pereceréis y os uniréis a las filas del Señor de la Muerte.

—No cometáis una insensatez: estáis solo y en número inferior, así que os pido por favor que entréis en razón.

—Oh… No estoy solo…

Los cuerpos alrededor del cultista empezaron a moverse, agitarse, sus marcas rituales brillaron de manera tenue, todo ello mientras otros quejidos podían oírse a través de las piedras de los sarcófagos en todo derredor de la sala, similares a los que el grupo había escuchado en las criaturas que habían enfrentado en la superficie.

—Ya veo, un clásico —dijo Talivia tras posar su vista en las marcas de los muertos vivientes—: como no tenéis amigos, pues os los inventáis.

—¡Qué clase de ofensa es esa! —Gruñó el nigromante— Los héroes de Amn os creéis que podéis hacer de todo… —dijo como si hubiera reconocido a algún que otro más famoso del grupo.

—¿Por qué hacéis todo esto? —preguntó Brizaelinth sin quitar ojo al pequeño que tenía una daga al cuello.

—¡Por la gloria del Señor de la Muerte! ¡Porque sus hordas de muertos deben llegar!

Fery escuchó susurros a su espalda, provenientes de Sulion, Chando y Talivia, que, aunque no alcanzó a discernir bien, parecían planear algún tipo de acción conjunta. Su tiempo estaba a punto de alcanzar el final, por lo que, y de nuevo, trató de agotar la vía diplomática.

—Soltad al niño y tendréis un juicio justo: os doy mi palabra —dijo la paladín.

—¿Un juicio justo? ¡Já! ¿Y cuál sería mi final, mestiza?

—Mejor que el que vais a tener aquí si no cambiáis vuestra actitud, desde luego —contestó Fery de manera clara y directa, incluso sentenciadora.

Y el hombre apartó la daga del cuello del pobre niño, poco, apenas unos centímetros. Su rostro mostró duda, incluso más nerviosismo del que no había podido ocultar, y quizá el resultado hubiera sido distinto de no ser porque Chando disparó su ballesta con tal precisión milimétrica como para desarmarlo. El cultista gritó de dolor y se vio obligado a apartarse un poco, dejando libre al pequeño, pero un fulgor rojizo apareció en su mano intacta para controlar los cuerpos animados que iban a obedecer sus órdenes, siendo estas claras: acabar con los supuestos héroes.

Talivia avanzó en grandes zancadas hacia Jhon para darle cobijo bajo su escudo, moviendo su arma de lado a lado para apartar a los todos los muertos que querían acercarse. Chando se desplazaba de un lado a otro, aunque en una extraña calma, cargando sus virotes y haciendo que estos volaran hasta el centro de sus enemigos. Sulion, que había optado por desenvainar su arma ideal para la lucha contra ese tipo de rival en lugar de disparar con su arco, trataba por todos los medios el apoyar a la maestre de la Casa Gáldrim, para que el niño no sufriera herida alguna. Brizaelinth brindó a todos una hermosa melodía con su voz, llenando de valor el corazón de todos sus compañeros justo después de desaparecer mágicamente, haciéndose escuchar por todo el lugar. Fery por su parte, hizo alarde de su clásico estilo de lucha con espada y escudo, estallando en pedazos a sus enemigos con el fulgor divino de la bendición que portaba su arma.

Pero la paladín no quería ver su deber comprometido, por lo que buscó al nigromante entre todos los enemigos a través de abrirse paso por estos, lamentándose de no haber podido solucionar el asunto de otra manera que no fuera con el castigo a las malas intenciones. Alzó su espada cargada con energía radiante y esta brilló con más fuerza todavía, lista para arremeter contra el corazón del mismo mal, para finalmente acabar con la vida del hombre de manera rápida y efectiva.

—¿Estáis… bien? —preguntó Brizaelinth dirigiéndose al grupo cuando ya no quedó ningún rival en pie, tratando de recobrar el aliento.

—¡Mi camisa no está bien! —exclamó Talivia— Por lo demás… —Acabó por echar un vistazo al pequeño que había estado cobijando. —¿Tú cómo estás?

—¿Qui… quiénes sois? ¿Venís a… a… salvarme? —preguntó el pequeño Jhon agobiado por toda la mezcla de emociones.

—Hemos venido a buscarte, por tu hermano —contestó Sulion antes de escupir sangre a un lado.

Fery observó el hacer de Chando, pues el mediano paseó de manera sistemática por todos los cuerpos para hundir su daga en ellos, como si de una costumbre militar se tratara. En ello, la mestiza aprovechó para discernir el origen de los cuerpos y entonces darse cuenta de que entre ellos había de refugiados, lamentando aún más lo sucedido.

Talivia decidió abandonar el lugar con el niño, junto a Fery, mientras el resto trataba de identificar los cuerpos o dar con alguna pista más, por si el incidente no había sido algo aislado y sí parte de una cadena de acontecimientos.

—¿Alguna idea de qué era ese lugar? —preguntó la mestiza a la maestre de la Gáldrim.

—Creo que… —empezó a decir antes de dejar a Jhon en el suelo, ya que lo había traído en brazos hasta el exterior. —Ese lugar es a todas luces un antiguo túmulo ritual que seguramente no estaba planteado para lo que ese cultista estaba haciendo. Si no, más bien como un sitio de reposo, quizá de algún pueblo de otrora o de algún tipo de gente. Por desgracia… —Suspiró— Ahora ha sido totalmente mancillado.

—Habrá que purificar, entonces.

—Puede que un antiguo lugar de culto druídico o algo similar, pues me fijé en varios símbolos de carácter natural mientras descendíamos.

—¿Nos vamos ya? —preguntó el niño sin interés alguno por la historia.

Chando, Brizaelinth y Sulion se reunieron Jhon y ambas mujeres, quedando ya por fin el grupo al completo. La mestiza colocó en sus hombros al pequeño y juntos se dispusieron a deshacer el camino para encontrar un final feliz.
 

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Presente XIV - Xunag Sangreardiente (II)


El descanso era algo importante incluso para Fery. El fin de su jornada la había llevado a su lugar de paz, esa habitación que tanto le gustaba en los Salones Espumaplateada donde disponía de todo lo necesario para sus cuidados personales diarios, muebles para tener sus pertenencias ordenadas, y por supuesto y lo mejor: la cercanía con el templo de Sune.


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La mestiza cerró la puerta tras de sí e hizo sonar sus tacones junto a sus pasos sobre el suelo de madera, llegando hasta el mobiliario en el que estaba acomodado su gran espejo de medio cuerpo. Fery se recogió algo de cabello tras la oreja para mirar bien su reflejo, sonrió y luego abrió el gran joyero que yacía cerca, todo con intención de despojarse de sus caros complementos.

Instantes después, la paladín llevó las manos hacia los botones de su chaqueta buscando deshacerse de sus ropas para tomar un buen baño, pero fue entonces cuando pudo escuchar una voz a su espalda, proveniente de la zona donde estaba el mueble al lado de su gran cama.

—¿Duermes bien? —dijo esa voz.

Fery abrió los ojos, sus cejas se alzaron en sorpresa al reconocer ese tono con la única diferencia de que ahora parecía venir de la propia ultratumba: Xunag. Sobresaltada, llevó una mano hasta la base del espejo y giró un poco este para que el reflejo mostrara el lugar de donde provenía el sonido, pudiendo ver la cabeza cercenada de su padre, podrida y con los ojos brillando de manera antinatural mientras estos supuraban una sustancia desagradable.​

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—Han pasado casi cinco años y parece ser que te has olvidado de la tribu —volvió a pronunciarse.

—No me he olvidado —dijo ella dirigiéndose al reflejo.

—La Horda Negra se han congregado en el norte mientras perdías el tiempo con tus tonterías, y al sur has dejado que los Sangreardiente se hayan hecho más fuertes.

—No he perdido el tiempo: he estado sirviendo a mi diosa, ayudando a los demás, cumpliendo mi deber.

—No fuiste capaz de acabar con su nuevo líder, ¿te responsabilizarás de todas las muertes que ello traiga?

—Lo detendré de ser necesario.

La cabeza emitió una risa gutural, incluso burlesca, para después mostrar todos sus dientes en una malévola sonrisa.

—Ya lo veremos cuando sus fuerzas marchen sobre tu querida Púrskul —volvió a dirigirse hacia la mestiza—, lo que lleva a preguntarme algo… ¿quiénes acabarán como los Krill?

—Cállate…

Fery puso ambas manos sobre el mueble, clavó sus uñas en la madera para apretar con fuerza, arañando incluso esta de manera inconsciente. Su cuerpo empezó a arder por dentro, sintiendo rabia, ira e impotencia, algo impropio de ella, pues era algo que no se podía permitir bajo su senda. ¿Pero por qué? Por algún motivo estaba muy sensible y el recuerdo de los Krill masacrados por orcos al servicio de su padre parecía más vivo que nunca. Agachó la cabeza, cerró los ojos y un par de lágrimas recorrieron sus mejillas justo antes de que sus manos pasaran entonces a tomar el joyero, ese que no dudó en lanzar con toda su fuerza hacia la cabeza de su difunto padre.

—¡Cállate! —exclamó con todas sus fuerzas junto a la acción.​


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El estruendoso ruido se hizo eco por toda la habitación habiendo estallado el recipiente contra la pared, acompañado del sonido de todos los complementos que quedaron esparcidos por la estancia mientras otros rodaban por el suelo de madera.

La paladín miró el resultado de lo que había hecho, dándose cuenta de que la cabeza de Xunag había desaparecido cuando no estaba observándola a través del reflejo. Acto seguido alzó sus manos y estas temblaban junto a la falta de aire que sufría, siendo entonces cuando volvió a escuchar la pérfida risa de ultratumba, proveniente de la voz de su padre.

—¡Fery!

Y escuchó otra voz, conocida también por ella. Ese reclamo la devolvió al mundo mortal, lejos del onírico, despertándose sobresaltada. La mestiza observó a su izquierda para ver a su amada con rostro preocupado, que había colocado una mano en su hombro como gesto de cercanía.

—Por la Doncella Oscura… —dijo la elfa oscura tras posar la mano en la frente de Fery— Estás empapada, estás ardiendo.

Brizaelinth salió de la cama posando un pie tras otro para luego caminar hasta el baño y tomar una pequeña toalla, todo en perfecto silencio y con la sutileza de un felino mientras su cuerpo desnudo era bañado por la poca luz de la luna que entraba por las ventanas. Luego volvió de igual modo, aunque con una sonrisa en sus labios al ver que la paladín se había recostado y observaba la estancia algo más calmada.

—¿Qué… ha pasado? —preguntó Fery algo más tranquila sin quitar ojo a la elfa oscura.

—Te movías inquieta, incluso llegaste a gritar. Pero… todo está bien, ¿sí? —respondió Briz de manera sosegada con intención de atraer a la calma mientras pasaba la toalla con cuidado y cariño por el rostro de su compañera.

La mestiza sonrió ante el cuidado, ya consciente por completo de que todo había sido una mala pesadilla a pesar de las señales: la cabeza de su padre no existía, esta tampoco era capaz de hablar y mucho menos sería consciente de la situación actual y los hechos recientes que asolaban la nación al Xunag estar muerto desde años atrás, por no mencionar el impulsivo acto que Fery había llevado a cabo bajo las peores emociones. Sin embargo, optimista ella como siempre, buscaba el hacer la lectura más positiva de sus vivencias, por lo que comprendió que tenía que apresurarse con su deber ante la amenaza que crecía en el norte, todo para evitar que los inocentes sufrieran.​
 
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