En las cumbres azotadas por el viento de los Picos de las Nubes pervive un pueblo cuya memoria se remonta a un tiempo anterior a los reinos del sur. Los Reghedmen, como son conocidos esta coalición de clanes y familias, son hombres y mujeres de la tundra, herederos de una vida dura que tiene sus ecos más allá del Valle del Viento Helado. Pocos verdaderamente se han molestado en conocer sus costumbres y a menudo se habla de ellos con desprecio, relacionándolos con la supuesta rudeza de los norteños. Pero vengo a decirles que tal no es así: no sólo han traído consigo un modo de sobrevivir, sino una manera de gobernarse y de entender el mundo, una que vive en paz con la tierra en la que habitan y hace de su lucha y sacrificio un escudo que protege a los cálidos burgos de las amenazas latentes en el Norte.
El papel de los Reghed no fue menor durante la Guerra contra la Oscuridad; y sin embargo, no creo que se haya valorado lo suficiente. Lucharon con valor por una tierra que les es ajena y tuvieron un papel determinante en la derrota de Icehauptannarthanyx, la Muerte Helada. De hecho, sufrieron su azote en nada menos que en dos ocasiones durante la guerra; y en ambas, no sin ayuda de muchas almas buenas, lograron alzarse en victoria contra la sierpe.
Me he tomado la libertad de convivir unos días con ellos en Cumbrelanza para conocer mejor sus costumbres. Acompáñenme en este viaje.
La llegada de los Reghed a las montañas de los Picos de las Nubes, según me contaron los ancianos, coincidió con los bárbaros nativos de la cordillera, muchos de Idepton. Con el paso de los inviernos, esta convivencia desarrolló raíces y pronto la identidad nativa se vió absorbida por la Reghed, en un acto de pacífica asimilación cultural. Hoy en día, en torno al asentamiento fortificado de Cumbrelanza, varias tribus conviven bajo una estructura común, sostenida por la necesidad y por una jerarquía sorprendentemente clara, tomando como suyas las tradiciones del Espinazo del Mundo y del Valle del Viento Helado.
En la cúspide de la jerarquía Reghed, la autoridad que unifica el poblado de Cumbrelanza se concreta en la figura de la Reina de la Montaña, Sif de las Nieves Eternas, heredera del antiguo Thane Arnulf. Bajo este eje de unidad, cada tribu se organiza en una dualidad práctica: el Thane guía la guerra y la caza y el Gran Chamán guía en las tradiciones ancestrales.
En torno a estas castas se agrupa la fuerza viva del poblado, ya sean guerreros, druidas, iniciados o cazadores. A todos pronto se les enseña la misma verdad: el invierno es cruel e inmisericorde, y lo que cuenta es lo que cada uno pueda aportar a la comunidad.
La vida Reghed gira en torno a la montaña. Los niños crecen bajo la mirada atenta de sus mayores y familiares. Desde su más tierna infancia aprenden a cazar, rastrear y a soportar las inclemencias del clima de las altitudes. La adultez no se mide en años, sino en inviernos superados y en la capacidad de contribuir al bienestar del clan. No es extraño en absoluto que los huérfanos sean adoptados por otras familias, pues la tribu se concibe como una gran unidad donde nadie debe quedar atrás. La familia es la comunidad: no los padres que uno haya tenido.
Espiritualmente, los Reghed mantienen una relación profunda con la naturaleza y con sus ancestros. Muchos veneran a Tempus o a Auril, mientras que otros honran a espíritus del hielo, del viento y de la montaña. Los chamanes ocupan un lugar central como mediadores entre el mundo visible y lo que se oculta tras él, llevando a cabo rituales y aconsejando a los líderes en momentos de incertidumbre.
A pesar de haberse asentado en un poblado permanente, los Reghed no han perdido del todo su herencia nómada. Sus guerreros a menudo organizan batidas que forman a su vez pequeños campamentos de caza. Estos se desplazan por las montañas durante gran parte del año, manteniendo viva la tradición de moverse con la tierra y aprovechar sus recursos allí donde se encuentren. Esta dualidad entre asentamiento y movimiento define buena parte de su identidad actual.
Cada tribu conserva rasgos propios. Algunas destacan por su resistencia y vocación defensiva, otras por la ferocidad en combate o por la habilidad como cazadores y exploradores. Sin embargo, todas comparten un mismo principio: la supervivencia del pueblo está por encima de las diferencias que puedan tener.
Para quienes observan desde el sur, los Reghed pueden parecer un pueblo áspero y distante. Pero tras esa apariencia se esconde una cultura profundamente cohesionada, donde los valores de comunidad, el honor, la lealtad a los ancestros y la resiliencia no son ideales abstractos, sino condiciones necesarias para seguir existiendo en una tierra que no concede tregua alguna.
Comprender a los Reghed es entender que, en el Norte es unión y camaradería, y que ningún individuo está por encima de la comunidad. En este artículo daremos voz a uno de los líderes más jóvenes entre los Hijos del Hielo, una figura que es conocida entre muchos aventureros norteños: el señor Halgar, Guerrero de Piedra.
Gwenaëlle: Tenéis fama de ser un cazador experimentado. ¿Qué presas sostienen principalmente a vuestro pueblo a lo largo del año?
Halgar: Depende de la época del año. En invierno, osos y liebres sobre todo. Los osos son fáciles de rastrear, su grasa nos sirve para comerciar por otros bienes que nos hace falta, y la carne hay quien la quiere por algún extraño motivo. Es comestible, pero hay que cocinarla bien. Si no, huele fatal y además enfermas, pero procuramos cazar poco. Solemos tirar más de nuestro propio ganado. Cabras, ovejas, gorrinos. Cazar en invierno es buscar agua en el desierto del Anaurokh. Puedes encontrar un oasis, pero lo más probable es que te coma un gusano púrpura.
Hay un silencio largo tras esa analogía, y luego sigue hablando, tras unos cuantos tosidos violentos. El señor Halgar recientemente se enfrentó a un grupo de diabolistas, defendiendo la montaña del bandidaje y cultos siniestros, y aún sufre las secuelas del encuentro.
H: En primavera solemos cazar jabalíes adultos. No tocamos a las crías. Necesitamos que crezcan. Y si captamos a algún furtivo intentando cazar un lechón, le damos una lección. Los animales tienen que crecer y reproducirse para poder cazarlos más adelante. Hacer lo contrario, es alterar el equilibrio de la zona y nos puede conducir a hambrunas.
Cuando empezamos a cazar mejores presas menos complicadas es en verano. Es cuando la mayoría de animales de nueva generación ya han madurado y se pueden seguir reproduciendo. Vamos especialmente a por venados y ciervos en las tierras bajas, pero tampoco nos cortamos cazando jabalíes si es posible. Necesitamos hacer acopio para el invierno. Luego secamos la carne y la salamos, y guardamos para preservarla. El otoño lo usamos sobre todo para preparar el terreno para el invierno. Eliminamos depredadores como lobos y osos que se acerquen demasiado a los cotos de caza y los mantenemos a raya, pero mayormente solo cazamos para comer, no para abastecer. Con esos animales hacemos cuero y pieles, y las intercambiamos en Nashkel por grano o pescado. Nada es desperdiciado en la montaña.
G: La vida en las montañas exige mucho. Si pudiéseis elegir, ¿la cambiaríais por una existencia más fácil, o es precisamente esa dureza parte de lo que sois?
H: No.
Hay un silencio largo e incómodo por su parte. Ante una mirada hacia Eir, parece que el bárbaro se digna en seguir hablando.
H: Para entender a los Reghed, hay que entender de dónde venimos. Venimos de más allá del Valle del Viento Helado. Eir y yo llevamos toda nuestra vida viajando con nuestra gente. Cada día era un constante ir y venir y una ordalía por la supervivencia. Cazar, luchar, matar bandidos, saquearlos, vender lo que tenían los bandidos por cuatro monedas para comerciar por alimentos para nuestros clanes. Eso, cuando los orcos de la Marca Argéntea no nos azuzaban, o cuando los habitantes de Diez Ciudades intentaban vendernos como esclavos. Ser un Reghed significa conflicto, significa sangre, y significa tener la fortaleza para estrangular al que intenta ponerte un grillete en las manos. Muchos nos califican de crueles y de salvajes, pero la vida fuera de las murallas no se rige por el oro y la civilización. Lo que habla es el acero y que tengas el valor de mantener tus palabras pese a todo. Y sobre todo la fuerza. Este poblado antes era un poblado Uthgardt. Ahora es nuestro. Los que se opusieron, cayeron. Los que vieron provecho a quienes somos, conviven con nosotros. Es simple.
G: ¿Qué papel desempeñó vuestro pueblo durante la Guerra contra la Oscuridad y qué recuerdos perduran hoy entre los vuestros?
H: No puedo hablar por los esfuerzos que hicieron las otras tribus, pero el Águila sirvió en primera fila de batalla y luchamos contra Icehaupthannarthanyx cada vez que nos atacaban, él y sus jaurías de Urds. Puedes ver el resultado. Nuestra villa aun se resiente de ello.
Halgar hace un gesto hacia algunas casas que aun presentan quemaduras de permafrost del aliento de la sierpe, y algunas de las infraestructuras dañadas, como el silo.
H: Servimos como batidores junto a los elfos y al Esmeralda. Recabamos información sobre el Exarca y su artefacto. Luchamos contra la caballería no muerta a pie, escoltamos al herrero Cromwell a través de Zerhoarastia matando wyverns y otros monstruos para llevarlo a salvo a Caravasar y que forjase la Lanzadragón. Nos infiltramos en las minas de Kazad a través de la Infraoscuridad para conseguir inteligencia para rescatar al Rey Túrin III y a sus guardas de honor, y al Manodezh Negrasima. El Águila no toma grandes gestas ni hace espectáculos. Somos incisivos, somos precisos.
G: Más allá de la caza, ¿cómo describiríais el día a día en un campamento Reghed?
H: Día a día, necesidad a necesidad. Vivimos bien... Para nuestro estándar. Para los de Athkatla, a saber. Nos preparamos de antemano. Miramos las necesidades que tenemos como poblado primero, y las individuales después. Lo primero siempre es tener el almacén de comida lleno. Lo segundo, tener las armas en buen estado. Los arcos tensos y sin termita. Las flechas bien emplumadas. Cada Reghed que ves aquí cumple con una función, y al final del día damos cuenta de nuestro esfuerzo individual con los otros que lo comparten.
Además de cazador, soy herrero y cartógrafo. Me hago cargo del mantenimiento de las armas de otros cazadores y guerreros para que no se rompan y que estén siempre en el mejor estado posible. Forjo nuevas armas para aquellos que las pierden o que las rompen por el uso. Cuando esto está listo, me dedico a repartir mapas entre los cazadores y saqueadores cuando van a partir. Las mejores rutas según la estación, los cotos de caza delineados, qué fronteras respetar, cuáles traspasar. Y cuando he cumplido con esas dos labores, es cuando salgo a cazar yo mismo. El día a día en un campamento Reghed no es lo que tú deseas, es preguntarte qué necesitan de ti tus hermanos. Y bueno. A veces hay que enseñar a los niños a sobrevivir en la tierra que pisan.
G: Vivís rodeados de peligros constantes: gigantes, orcos de la Horda Negra y bestias del hielo. ¿Qué valores o costumbres os permiten resistir donde otros no podrían?
H: Valor, esfuerzo y sangre. Muchos otros ancestros vinieron antes que nosotros, muchos espíritus nos siguen y nos vigilan, como diría Eir. No es una deshonra el morir ante un rival más fuerte, es una deshonra el dejarse matar por pura desidia. Mis ancestros lucharon para que yo estuviera aquí, yo tendré que honrar ese esfuerzo a través de mis propias acciones, aunque me puedan llevar a la muerte. Nada nos asegura que viviremos mañana, pero si eso ocurriera, no nos iremos sin hacer ruido.
En nuestra siguiente entrega sobre los Reghed conoceremos a otra figura de relevancia entre los Hijos del Hielo: la chamán Eir.
La Voz de Amn seguirá informando desde el Norte.