*Recomendación musical*
La nieve caía sin cesar, abriéndose paso mansamente entre la gélida y densa bruma que inundaba la zona. El fragor de la lucha se extinguía, así como ahora los gemidos de agonía de los caídos se alzaba por doquier. Muchos clamaban por su vida, rogando desesperados por no perecer, por miedo a unirse a esa hueste de seres de ultratumba que con tanta voracidad habían atacado día tras día, noche tras noche. Shiphae se frotó el rostro mientras deambulaba por el campo de batalla, aún incapaz de bajar el ritmo. A veces localizaba caídos, algunos con vida y por los que llamar a algún médico, otras reconocía rostros en cuerpos que no volverían a respirar ya. Una víctima más de ese sinsentido que se había tornado el pueblo de Nashkel. Deseó en esos instantes poder sanar, saber suturar heridas, atender a los moribundos pero… su don era de otro tipo. Mas entonces llegó un curandero, de modo que ella dejó escapar la temblorosa mano del soldado al que sencillamente había hecho compañía hasta ese momento, cual pálido y apacible espíritu de la muerte. Luego, ajena a esa escena, pudo continuar su lento caminar, teniendo que dar amplias zancadas para sortear cuerpos y huesos amontonados por doquier entre cúmulos de sangre y nieve pisoteada.
La cabeza le dolía, así como las costillas, algo más que razonable dados los martillazos recibidos por aquél esquelético paladín, cuyos golpes lograron derribarla con una fuerza desmedida. Aún así no lograba relajarse como había proclamado Qara, con una clara intención de beber, comer, fumar y… quién sabe qué más o con quién. Al menos en la batalla habían velado la una por la otra, aunque… por contra, Shiphae no podía desconectar de lo que acababa de suceder con tanta facilidad. Algo en su interior le decía que tenía que presenciar todo aquello, tenía que verlo para luchar con más esfuerzo todavía cuando volviera a darse el siguiente ataque. Muchos habían muerto. Demasiados.
El desánimo se cebaba con ella, la desesperación y la frustración se hacían fuertes, sacando lo peor de sí misma aunque se dijera para sí que esos pensamientos eran normales. Por ello, la genasí intentó respirar hondo y recomponerse, aunque también fue consciente de algo que rondaba su interior. Recordó los comentarios de los arcanos tras la tercera oleada, anunciando que ya estaban agotados, que no podían conjurar más magia. Y sin embargo… ella sentía un ardor en su interior, una perturbadora sensación de libertad que le rogaba por seguir desatando más y más poder. Por mucho que pudiera horrorizarle, había una parte dentro de ella que deseaba continuar, que anhelaba ser una con la magia y experimentar el gozo que suponía desatarla sin freno una y otra vez. Frunciendo el ceño, extendió las manos ante ella, mirando sus palmas mientras se preguntó inevitablemente si acaso era algo más aparte de un arma, aparte de un ser de destrucción, pues era en semejante caos cuando se había sentido profundamente liberada.
Un silencioso temblor comenzó a recorrer su cuerpo, no por el frío reinante, no por la debilidad de su cuerpo, sino por el cúmulo de emociones que se agolpaban en su interior, poniendo a prueba su propia cordura mientras se esforzaba por poder desechar tantas y tantas imágenes de horror vividas en las últimas horas y días.
Mas entonces… al alzar levemente los brazos, la manga resbaló y pasó a mostrar una sencilla pulsera, algo que reconoció bien. Era una modesta pieza de cuero que ella misma había trenzado, anudando así una serie de piedras lunares, las cuales trajeron un conato de piadosa felicidad a su memoria. Shiphae pasó a respirar hondo y aferrarse la muñeca con la otra mano, apretando contra su piel el humilde brazalete, como si esa presión le llevara a ese momento, a ese instante de descubrimiento, de regalo, de esperanza.
-Eres el aire que respiro…- musitó en voz baja- A nada más aspiro. Eres el aire que respiro… A nada más aspiro.
Y allí quedó, inmóvil en pleno campo de batalla, repitiendo para sí esa frase, aferrándose a ella cual tablón en pleno naufragio en alta mar, luchando por recuperar la cordura.
Y durante largos momentos esa imagen de la genasí de pálida tez y grises cabellos no hizo sino que muchos soldados mantuvieran distancia con respecto a ella, recordando a alguno de los espíritus que tanto mal habían causado horas atrás. Acaso la muerte fuera reacia a abandonar el campo de batalla. Acaso esperara por más vidas que reclamar. O acaso sólo fuera un alma más, perdida entre aquella destrucción.
Sólo un alma más…