unhearted
Restos de un PJ de Aharadad
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El elfo entró entusiasmado por la puerta del anciano hojazul, descorrió las cortinas, para que entrara la luz, y empezó a meter las cosas que se llevaría en la mochila, preparándose aprisa para un viaje. Guardó su pequeña brújula en el bolsillo del zurrón, unos mapas, pergaminos y viandas para el camino.
Talindra Ádalmir, la hermosa elfa que vivía en el árbol hojazul, se acercó a ver qué sucedía y miró desconcertada a su hijo.
- Me voy de viaje -le sonrió exaltado Aravae.
- ¿A dónde? -preguntó con cierto temor ella. - ¿Lo has hecho?
- ¿Hablar con el Cónclave? -el joven elfo esbozó una hermosa sonrisa- Sí.
- ¿Y dónde te envían? ¿Te han exiliado?
Su hijo se echó a reír mientras continuaba metiendo cosas, apresurado, en su mochila.
- No, pero no proseguiré con la tarea de buscar aliados. He de irme con la dragona.
Talindra lo miró espantada:
- ¿Con la dragona…?
El elfo se detuvo un instante y asintió con un destello de esperanza en sus ojos.
- Vamos a buscar lo necesario para salvar al bosque y a la Ellesime.
El joven se dirigió a hacia los estantes, rebuscó entre los libros y tomó dos de ellos; los relatos más bellos de amor que recordaba haber leído. Escogió cuidadosamente los que trataban de historias de amor que desafiaban a la muerte y los empujó dentro de su zurrón.
- Eh, ¿pero qué pasa? -protestó Asterin desde dentro.
- Haz hueco, pesan mucho.
- ¿Novela romántica? Aggg ¿pero qué es esto?! Qué asco…
- Son para Arella.
Talindra se acercó a su hijo y le miró preocupada. Posó una mano en su pecho, sobre su corazón.
- Aravae… no sabes luchar.
- Pero sé hacerme invisible y conozco otros trucos. Sé espabilarme.
El semblante de preocupación no desapareció del rostro de la elfa pues sabía que su hijo no usaría jamás un conjuro de invisibilidad si sus compañeros permanecían batallando o estaban en peligro, lo consideraba cobarde.
- Te quiero, madre.
El elfo interrumpió sus pensamientos dándole un cariñoso abrazo.
- He de irme.
A Talindra no le dio tiempo de replicar. No sabía cómo retenerlo.
- Despídete de padre y de Laireth, no queda tiempo… Diles que es mi deber.
Pero Talindra sabía que era la aventura con la que el elfo había estado soñando toda su vida. La sangre bullía en sus venas de la emoción. Echándose la mochila al hombro y cogiendo todos sus pertrechos, corrió hasta la puerta y le dedicó una última sonrisa antes de partir.
El elfo entró entusiasmado por la puerta del anciano hojazul, descorrió las cortinas, para que entrara la luz, y empezó a meter las cosas que se llevaría en la mochila, preparándose aprisa para un viaje. Guardó su pequeña brújula en el bolsillo del zurrón, unos mapas, pergaminos y viandas para el camino.
Talindra Ádalmir, la hermosa elfa que vivía en el árbol hojazul, se acercó a ver qué sucedía y miró desconcertada a su hijo.
- Me voy de viaje -le sonrió exaltado Aravae.
- ¿A dónde? -preguntó con cierto temor ella. - ¿Lo has hecho?
- ¿Hablar con el Cónclave? -el joven elfo esbozó una hermosa sonrisa- Sí.
- ¿Y dónde te envían? ¿Te han exiliado?
Su hijo se echó a reír mientras continuaba metiendo cosas, apresurado, en su mochila.
- No, pero no proseguiré con la tarea de buscar aliados. He de irme con la dragona.
Talindra lo miró espantada:
- ¿Con la dragona…?
El elfo se detuvo un instante y asintió con un destello de esperanza en sus ojos.
- Vamos a buscar lo necesario para salvar al bosque y a la Ellesime.
El joven se dirigió a hacia los estantes, rebuscó entre los libros y tomó dos de ellos; los relatos más bellos de amor que recordaba haber leído. Escogió cuidadosamente los que trataban de historias de amor que desafiaban a la muerte y los empujó dentro de su zurrón.
- Eh, ¿pero qué pasa? -protestó Asterin desde dentro.
- Haz hueco, pesan mucho.
- ¿Novela romántica? Aggg ¿pero qué es esto?! Qué asco…
- Son para Arella.
Talindra se acercó a su hijo y le miró preocupada. Posó una mano en su pecho, sobre su corazón.
- Aravae… no sabes luchar.
- Pero sé hacerme invisible y conozco otros trucos. Sé espabilarme.
El semblante de preocupación no desapareció del rostro de la elfa pues sabía que su hijo no usaría jamás un conjuro de invisibilidad si sus compañeros permanecían batallando o estaban en peligro, lo consideraba cobarde.
- Te quiero, madre.
El elfo interrumpió sus pensamientos dándole un cariñoso abrazo.
- He de irme.
A Talindra no le dio tiempo de replicar. No sabía cómo retenerlo.
- Despídete de padre y de Laireth, no queda tiempo… Diles que es mi deber.
Pero Talindra sabía que era la aventura con la que el elfo había estado soñando toda su vida. La sangre bullía en sus venas de la emoción. Echándose la mochila al hombro y cogiendo todos sus pertrechos, corrió hasta la puerta y le dedicó una última sonrisa antes de partir.
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