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El diario de un Alma Sufriente

farraces

Bug de oscuridad
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Humedales y la Niebla
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Aún me tiemblan las manos mientras sostengo la pluma, y no es por el frío de los humedales, sino por el alivio de sentir el tacto real del pergamino bajo mis dedos. Gracias a Ilmater, el Dios Roto, por permitirme estar aquí una noche más, bajo el techo seguro del Hospicio.

EL día comenzó con la rutina del deber. Acompañamos al mediano Balus a las vetas de los humedales en busca de oro. Tras cumplir con su parte, él regresó a la ciudad, pero nosotros seguimos adelante.

La mediana Miria Largasiesta buscaba un árbol de tronco grueso, un propósito sencillo que pronto se transformó en una pesadilla tejida por esa maldita niebla que todo lo rodea.

Iban con nosotros los señores Kharram Crestarroca y Eddie. Los humedales siempre son traicioneros, pero ayer estaban especialmente feroces. Sufrimos emboscadas terribles de bandidos y orcos que nos llevaron al límite. Hubo bajas, la sangre tiñó el barro, pero como Obispo de Ilmater, mi juramento es claro, no dejar que el sufrimiento se lleve a los míos. Con el favor divino, logré traer de vuelta a aquellos que la muerte ya reclamaba.

Pero lo peor no fue el acero de los orcos. Fue la niebla.

De repente, el aire se volvió denso. Vimos unos espantapájaros, parecían simples trastos de paja, quizás algo dejado por los orcos, pero sus ojos... sus ojos nos seguían. Sentí un escalofrío que no era natural. Cuando la oscuridad se hizo total, uno de ellos saltó sobre nosotros con una fuerza que no pertenecía a este mundo. El acero de mis compañeros no le hacía nada, era como golpear el viento. Tuve que alzar mi voz y pedir ayuda al Dios Roto. Solo el fuego divino, la magia sagrada, logró quebrar a la criatura y dispersar la negrura por un momento.

Pero no despertamos en el bosque. Al irse la oscuridad, estábamos en un laberinto de setos altos. Sabíamos que era una ilusión de la niebla, un truco mental, pero los sentidos no mienten tan fácil cuando el miedo aprieta.

Allí apareció un jardinero sombrío que nos condenaba al fracaso, asegurando que Miria jamás nos sacaría de allí. Luego, la niebla golpeó donde más me duele, mi labor en el hospicio. Un niño apareció de la nada, acusándome con voz quebrada de haberlo abandonado, preguntándome si era malo por haberlo dejado solo. Sentí un puñal en el pecho, sé que son visiones, pero la duda es el arma favorita del mal.

Intenté mantener la calma para que Miria pudiera rastrear una salida, pero la niebla no tenía piedad. Usó la voz de su prometido, pidiendo ayuda a gritos. La pobre mediana casi pierde el juicio corriendo tras un fantasma. Tuvimos que contenerla, recordarle que nada de lo que oía era real.

Incluso intentaron pararnos con un muro de fuego mágico. Convencido de que era otra mentira, di un paso al frente y lo atravesé. Por un instante, el horror fue absoluto, sentí cómo mi túnica ardía, cómo el fuego me devoraba la piel. Me tiré al suelo gritando, desesperado, mientras mis compañeros miraban horrorizados sin poder cruzar. Y de repente... nada. La ropa estaba intacta. El dolor era una sombra. Otra mentira más.

Al final, intentaron seducirnos con el descanso. Encontramos un campamento de enanos ofreciendo cerveza y comida. Kharram, por su sangre, estuvo a punto de caer. Tuve que gritar hasta desgarrarme la garganta para que no probaran nada. La niebla quería que nos quedáramos allí para siempre, alimentando nuestras debilidades.

En el último tramo, el jardinero volvió a aparecer. Nos ofreció todo lo que siempre habíamos deseado. Bienestar, paz, una vida sin dolor. Fue una lucha mental agotadora, pero mi fe en Ilmater es más fuerte que sus promesas vacías. Ya conozco a la niebla, sé cómo muerde el alma. No nos rendimos.

Un rayo de luz cegador cayó del cielo y todo se volvió negro.
Desperté aquí, en mi cama del hospicio. Una de las hermanas de San Annur me explicó que unos aventureros nos encontraron inconscientes en el barro y nos trajeron de vuelta. Al verla, al sentir el abrazo de una hermana real y no un susurro de la niebla, no pude evitar llorar de gratitud.

Estamos vivos. Pero la niebla sigue ahí fuera, esperando a que bajemos la guardia. Ilmater nos proteja, porque la batalla por nuestra cordura no ha acabado.

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Grande @DM Khaof estuvo genial, muchas gracias 😊
 

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LA NIEBLA EN EL NORTE
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La niebla otra vez. Cuando cierro los ojos, no veo paz, solo veo ese muro gris que parece masticar la vida a su paso.

He estado mirando mi emblema del Guantelete toda la noche, esperando que Ilmater me dé la calma que me falta, pero esta vez es distinto.
Está niebla me revuelve las tripas. La gente en el castillo tiene miedo y los entiendo. He visto a veteranos endurecidos por mil batallas apretar los dientes solo acercarse a esa niebla oscura llena de maldad.

Me ha tocado animar a los demás, ponerme la careta de líder y decirles que todo va a salir bien. Y quiero creerlo, de verdad quiero. Pero, al escribir esto, no puedo engañarme a mí mismo, va a ser una masacre.

He rezado por los elfos, por las Damas de la Luna y por mis hermanos del Guantelete. Si el dolor es el camino para salvar a los inocentes, como nos enseña mi dios, entonces que ese dolor sea bienvenido. Pero, por favor, que no sea en vano.

En unos días subiremos a esas montañas. No sé si todos volveremos a bajar, pero juro que mientras me quede un aliento, esa niebla no pasará sobre nosotros.

Solo espero ser lo suficientemente fuerte. No solo con la espada, sino con la fe. Ilmater, dame la entereza para no temblar cuando llegue el momento.

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La Carga de la fe
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Hoy he sentido el peso de mi cargo más que nunca. Llevo días viendo desde lejos el descontento en las calles, sintiendo la mirada de reproche de aquellos a los que juré cuidar, pero lo que he encontrado esta noche al pie del Hospicio de San Annur me ha helado la sangre.

Pensé que me encontraría con simples jóvenes alborotadoras buscando problemas, pero lo que me han contado me ha dejado sin palabras. He tenido que contener la respiración mientras escuchaba sus testimonios. No son solo rumores de taberna, hay nombres, hay familias rotas y hay un silencio cómplice que huele a corrupción y miedo.

He logrado que se retiren, sí, pero no por mi autoridad, sino por el miedo que ellas mismas sienten al haber desenterrado este secreto. Me han contado demasiado y ahora soy yo quien no puede dormir. Si alguien bajo mi techo ha estado usando este lugar como tapadera para algo siniestro, no podré perdonármelo.

He tomado una decisión. He enviado un mensaje a la detective Samira Vaelmonte. Necesito a alguien que sepa moverse en las sombras, alguien que pueda investigar lo que mis hábitos no me permiten ver sin levantar sospechas.

El Hospicio debe ser un refugio de dolor y esperanza, no una jaula. Mientras tanto, me toca vigilar, rezar y sobre todo, no confiar en nadie hasta que sepa quién está detrás de todo esto.

Que el Dios Roto me dé la templanza necesaria para limpiar esta casa sin que el mundo se derrumbe sobre nosotros.

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BAJO EL PESO DE LA CALUMNIA
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He oído los rumores. Dicen que el Obispo de Ilmáter ha huido como un cobarde, dejando atrás sus votos y hasta a su fiel Manitas. Me duele el alma, no por mi orgullo, sino por la facilidad con la que la gente de Athkatla muerde el anzuelo de la mentira cuando el miedo aprieta.

No he huido. Estoy más presente que nunca, aunque mis pasos ahora deban ser silenciosos. Es fácil señalar desde la barrera, pero nadie ve el horror que se ha ocultado entre estos muros de piedra.

Han aparecido cuerpos, la muerte ronda el hospicio y los que deberían proteger la ciudad parecen más preocupados por sus juegos de poder que por la sangre derramada.

Me tachan de negligente, pero mi única prioridad ahora mismo son ellos, los huérfanos. No voy a permitir que esos niños se conviertan en el daño colateral de una guerra que no han buscado. Mi deber para con el Dios Roto es proteger al que sufre y eso es exactamente lo que voy a hacer.

A todos los que se preguntan dónde estoy, no busquéis mi cara en los balcones ni en las plazas. Buscadme allí donde el inocente necesita refugio. Primero, pondré a salvo a mis niños. Solo cuando sepa que están fuera de peligro y lejos de esta podredumbre, volveré para limpiar mi nombre y para que los verdaderos culpables de estas desapariciones den la cara.

La verdad es como el sol, puedes taparla con nubes un tiempo, pero siempre termina saliendo. Y ese día, muchos tendrán que bajar la mirada.

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La caravana de alimentos para Murann
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Que el Señor del Sufrimiento guíe mi pluma, pues lo que mis ojos han presenciado en este viaje no solo ha puesto a prueba mi resistencia física, sino también la templanza de mi espíritu.

Todo comenzó con la llamada de Lufram Dark. Nos habló de una caravana de suministros destinada a la región de Murann, decía que allí el hambre no distingue entre amigos y enemigos y que la necesidad de alimento era absoluta. Como fiel seguidor de Ilmater, mi vida pertenece a los que sufren y no podía dar la espalda a tal petición. Nos acompañaron en esta empresa Avakot, Liam Draevar y Nabil, cada uno con sus razones, pero todos unidos bajo el peso de la responsabilidad.

Sin embargo, el camino hacia la misericordia suele estar empedrado de incomprensión. Al intentar salir de la aldea de Kalathyr, los aldeanos nos cerraron el paso. Sus rostros, marcados por el miedo y el resentimiento, clamaban justicia ¿por qué alimentar a aquellos que les atacaban y robaban? Lufram intentó razonar, explicando que saciar el hambre de Murann podría ser la clave para que cesaran las hostilidades, pero el odio es sordo.

En medio del tumulto, sentí un golpe seco. Un niño, cuya inocencia ha sido corrompida por la guerra, me lanzó una piedra. La brecha en mi frente bañó mis ojos en sangre y caí al suelo. No sentí ira, solo una profunda tristeza. Me sané en silencio, ofreciendo mi dolor al Que Sufre y perdoné al pequeño en mi corazón.

Los guardias de Athkatla finalmente dispersaron a la multitud y pudimos partir, dejando atrás los gritos de aquellos a quienes también deseaba ayudar.

El viaje fue una sucesión de horrores y maravillas. Nos enfrentamos a la naturaleza en su forma más brutal, gusanos y arañas gigantescas que emergían de las sombras y lobos huargos que nos acechaban con ojos hambrientos. Incluso tuvimos que pagar el humillante peaje a los ogros guardianes que custodian los accesos a Murann. Pero nada me preparó para el puente.

Allí, un troll de dos cabezas nos bloqueó el paso. Debajo de sus pies, los restos óseos de viajeros menos afortunados servían de advertencia. El monstruo no pidió oro, sino ingenio. Su acertijo resonó en el aire

“Tengo lomo pero no soy una bestia, tengo una boca pero no como, dejo pasar al humilde, pero al pesado lo hundo, ¿qué soy?”

En ese instante, la voz de mi abuela resonó en mi memoria. Ella, que me contaba historias y acertijos frente al fuego, me dio la respuesta desde el pasado. "El Puente" dije con firmeza. El troll, cumpliendo su palabra, nos cedió el paso. Sentí la bendición de Ilmater en esa pequeña victoria.

Al llegar a las puertas de Murann, la atmósfera cambió. Nos permitieron entrar tras explicar nuestra misión y fue allí donde las sombras cobraron vida. Se acercó a nosotros un ser al que llamaban Barón. Al descubrirse la capucha y acercarse hacia a mí, la visión habría hecho desmayar al más valiente, una calavera de la que brotaban arañas que entraban y salían de su boca. Lo reconocí de inmediato, nuestros caminos ya se habían cruzado. Sorprendentemente, no hubo hostilidad, sino una suerte de respeto mutuo, una admiración extraña nacida de haber caminado ambos por las fronteras de la vida y la muerte.

Pero lo más inquietante estaba por llegar. Una figura alada, de una belleza que rozaba lo sacrílego, se materializó ante mí. La llamaban "Maestra" (Velaxa). Sus movimientos eran una danza de pura sensualidad y poder. Se acercó a mí, atraída por mi fe y por el hecho de que lleváramos alimento a su ciudad. En sus manos sostenía una flor de loto, una joya de la naturaleza que, al contacto con sus dedos, parecía vibrar con una savia oscura y áurea a la vez.

"¿Sabéis qué significa esta flor, Padre?" me preguntó. Sus palabras eran como seda sobre acero. Me entregó la flor y cuando mis manos curtidas por el trabajo y la oración la tocaron, algo cambió. La luz que emanaba la planta se extinguió, volviéndose oscura, como si reaccionara a la carga de sufrimiento que llevo conmigo. Ella habló de salvación y de la oscuridad de Shar, una doctrina que choca frontalmente con mi fe. Me mantuve firme "¿La salvación? ¿De qué debo ser salvado?", le respondí. "No busco salvación para mí, mi vida entera está entregada a sufrir por aliviar el sufrimiento del necesitado"

A pesar de la tensión, de las miradas cargadas de deseo de los presentes y de las ofensas que algunos lanzaron contra mi amiga Sariel, Alta Sacerdotisa de Selune, las cuales no pude ni quise tolerar, el encuentro terminó sin sangre.

La Maestra (Velaxa) parecía intrigada por mi determinación. Finalmente, el Barón (Mortuus), haciendo uso de sus artes, nos teletransportó a un lugar seguro para emprender el regreso a Athkatla.

Ahora, mientras observo la cicatriz en mi frente, reflexiono sobre lo vivido. He visto la belleza en el corazón de la oscuridad y la oscuridad en el corazón de la belleza. He alimentado a los "monstruos" y he sido herido por los "inocentes". Pero mi camino sigue siendo el mismo, ser el bálsamo para la herida, el pan para el hambriento y la voz para el que no tiene esperanza.

Que Ilmater me dé fuerzas para la próxima caravana. El mundo es un lugar oscuro, pero mientras haya alguien dispuesto a sangrar por los demás, siempre habrá una luz, por pequeña que sea.

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@DM Tepes escena muy currada, muchas gracias y gracias a todos los PJ que hemos participado, ha sido algo diferente, me ha encantado
 

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La invitación
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Hoy ha llegado a mis manos una invitación formal de un tal Griffith Knight, funcionario del Consejo. Me pide que participe en la famosa subasta benéfica de solteros en Agujas de Oro. Dice que mi nombre "resuena en las altas esferas" y que gozo de cierta popularidad desde que vieron el calendario de la Orden.

¡Por el Gran Dios que sufre!

Uno pasa los días curando heridas, organizando el hospicio y cargando armaduras ¿y resulta que lo que llama la atención es mi soltería y las fotos del calendario? Los caminos de los dioses son verdaderamente inescrutables.

Evidentemente, he aceptado. Y no ha sido una decisión difícil.

Es cierto que a mis hermanos de fe y a mí nos gusta un buen voto de sacrificio, pero esto roza lo cómico. Mis votos como obispo me exigen entrega absoluta al prójimo, pero afortunadamente la iglesia de Ilmater no prohíbe el romance ni el cortejo, siempre y cuando no me desvíe de mis obligaciones. Y viendo cómo está el hospicio, con los techos pidiendo clemencia y las despensas temblando, subirme a esa pasarela no es un desvío de mi fe.

Si el precio para conseguir mantas, leña y platos calientes para los damnificados es dejarme querer, aguantar un par de miradas indiscretas y tomarme una copa con quien gane la puja, que así sea. Hay sacrificios mucho peores en esta vida que ser el centro de atención por una noche.

Eso sí, espero que la alta sociedad de Amn venga con los bolsillos llenos. Si van a pujar por un Obispo de Ilmater que además viste la armadura de la Orden del Guantelete, les advierto desde ya que no pienso salir barato.

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La Tríada pelirroja
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Sufro. Imploro tu guía, Oh Gran Señor que sufre, porque la carga que has puesto sobre mis hombros empieza a pesar más que el Gran Yelmo de Torm Y lo peor es que no es una carga de hierro o de cadenas... es una carga de cabello de fuego y curvas.

¿Por qué a mí, Ilmater? ¿Es esta mi prueba definitiva de resistencia al dolor? Porque, desde luego, esto duele. En el alma.
Ya no sé qué pensar. Empiezo a creer que hay un complot en los cielos y que el requisito para cruzarse en mi camino es llevar un tinte carmesí y un escote de infarto.

Primero fue la dama Arenel, pensé que sería un caso aislado. Su magnetismo me dejó descolocado, pero logré mantener la compostura (o al menos la compostura exterior).

Luego llegó la Dama Eileen, eso no fue un encuentro, ¡fue un incendio forestal! La intensidad de lo que pasaba entre nosotros casi hace que me olvide de mis votos. Cuando por fin logro apagar ese fuego y recuperar el aliento...

Aparece la Dama Dahlia, la conocí hace apenas nada, ¡y ya estoy contra las cuerdas! Es perfecta. Es simpática, tiene una belleza que te corta la respiración y por los dioses, esos vestidos sugerentes que usa... tanto ella como las otras dos parecen desafiar la gravedad y las leyes de la decencia textil.

Las tres radian sexualidad por cada poro de su piel, Y lo peor, lo que me quema por dentro, es que la dirigen hacia mí. No lo esconden. Me miran, me sonríen, se acercan...
He estado dándole vueltas en mi cabeza toda la noche y no le encuentro lógica.
Se supone que las damas de alta alcurnia van detrás de los "chicos malos", de los pícaros de sonrisa cínica o de los guerreros oscuros y atormentados. Yo soy un hombre de fe, la viva imagen de la bondad, un sanador. ¿Qué buscan? ¿Curiosidad? ¿El morbo de corromper a un alto clérigo? ¿O es que mi aura de "buen chico que escucha tus problemas" es un imán secreto de pelirrojas?

Ilmater, si tu doctrina es la de soportar el sufrimiento, ¿esto es una metáfora?
¿Por qué cuando supero a una, me mandas la siguiente?
¿Por qué me pones a prueba con el mismo patrón?
¿POR QUÉ TODAS TIENEN QUE SER PELIRROJAS? ¿Es que no hay rubias o morenas devotas en Amn que quieran solo una bendición normal y corriente?
Dahlia me sonrió hoy de una manera que... en fin. Mañana tendré que imponerme una penitencia de ayuno, o tal vez un baño en las aguas heladas del río. O quizás, simplemente, tendré que aceptar que el camino del sufrimiento de Ilmater tiene formas muy, muy extrañas de manifestarse.

Que el Señor del Sufrimiento me dé fuerzas... porque como Dahlia vuelva a usar ese vestido mañana, voy a necesitar un milagro.

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EL JUCIO
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Hoy he tenido que abandonar el sosiego y el dolor compartido del Hospicio de San Annur para testificar ante un Tribunal Ordinario. Una experiencia que ha dejado en mi boca el amargo sabor de la burocracia y la ambición humana. El juicio por las desapariciones, que ya se han cobrado la paz de nobles como Lady Shauna o la joven Regina Narteha.

Y en medio de esa tormenta de acusaciones de negligencia y conspiración, me citaron a mí. Al encargado del Hospicio. A un siervo de Ilmater.

El capitán de la guardia, Ewan, actuando como acusación, pretendía que yo fuera una pieza más en su tablero de ajedrez político. Me interrogó con insistencia sobre supuestos movimientos de tropas, sobre la reducción de la guardia en el hospicio y sobre peticiones de aumento de dotación. Respondí con la verdad que guía mis pasos, el Hospicio se dedica a sanar los cuerpos y consolar las almas, nosotros no llevamos los registros de la milicia ni participamos de sus despachos cerrados. Yo estaba ajeno a todos esos movimientos de cuartel.

Sabía de las desapariciones, pues el dolor de las familias ha golpeado nuestras puertas, pero nada más.
Sin embargo, el capitán Ewan intentó ponerme en un aprieto con una pregunta capciosa, cargada de veneno. Me preguntó cómo habían podido pasar tales desgracias si yo estaba tan seguro de que la guardia asignada al hospicio era suficiente.
La soberbia de su tono me encendió la sangre, aunque por la gracia del Ilmater mantuve la compostura. Le respondí con la pura realidad, "No lo sé. Decidmelo vos, capitán, que yo no lo sé", Al ver que no me prestaba a su juego ni alimentaba su acusación contra Al-Hakim, el capitán frunció el ceño, visiblemente molesto.

Llegó a espetarme de mala gana que, si no sabía nada de esos movimientos, qué hacía yo allí. No me quedé callado. Antes de que se diera por finalizada la sesión, dejé clara mi postura ante el jurado popular y los magistrados: «Yo no pedí estar aquí. Fui llamado como testigo por ser el encargado del hospicio, pero a mí jamás se me informó de ningún movimiento de guardias, ni de aumentos, ni de reducciones». No permitiré que usen el nombre de Ilmater ni de la Orden del Guantelete para justificar las lagunas de su investigación o sus rencillas entre casas nobles.
Salí de la corte con una pesadez en el pecho que solo el egoísmo de Athkatla sabe provocar. La ciudad está herida, corrupta por el dinero de los Narteha y las intrigas del Consejo de los Seis.
Buscando limpiar la ponzoña del juicio, cabalgué hasta el Claro de Eldath. Mientras escribo estas líneas, mis pies descansan en las maravillosas y cristalinas aguas del río que atraviesa este lugar sagrado. Aquí, bajo el susurro de las hojas, la tensión acumulada en mis hombros empieza a disiparse. El agua fluye, recordándome que la justicia de los hombres es transitoria, pero la paz del espíritu es eterna.

Mañana regresaré al Hospicio. Hay heridos que sanar y una verdad oculta tras esas desapariciones que, temo, la guardia está muy lejos de resolver.

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EL TERROR HECHO REALIDAD
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Mi mano apenas puede sostener la pluma. Cada letra es un recordatorio de que sigo vivo, aunque a veces me pregunto si el castigo de Ilmater para mí es precisamente este, sentir el peso de la existencia cuando el cuerpo ya no desea sostenerse.

Todo comenzó con un propósito claro. La Orden del Guantelete no podía ignorar el terror que se extendía sobre Dientecillos. Como caballero y siervo del Dios Quebrado, mi deber era claro, proteger a los inocentes de esa abominación que se hace llamar apóstol de Vaprak. El viaje desde Athkatla hasta Kalathyr fue un suspiro de calma antes de la tormenta. Nos preparamos, oramos por fuerza y nos adentramos en el bosque.

La vegetación de los Dientecillos nos devoró pronto. Los trasgos que encontramos no eran guerreros, eran cáscaras vacías, poseídos por una ira ciega que carecía de propósito. Mi labor fue la de siempre, sanar. Curar las carnes laceradas por los accidentes del terreno y los estragos de las emboscadas. Pero algo estaba mal. Encontramos marcas en los árboles que se perdían en el horizonte. Liam, con su ojo arcano, y yo, buscando la voluntad de mi señor, coincidimos, eran sellos de protección.

El arcano decidió despejar el camino con Disipar Magia.
El aire se volvió espeso. Una bruma rojiza lo inundó todo y el bosque calló, un silencio sepulcral que helaba la sangre.
Entonces apareció. No hubo formación que aguantara. Nos pasó por encima como una tormenta de odio. Mis compañeros caían como paja ante la hoz. Intenté ser el baluarte, el sanador, pero la muerte era demasiado rápida. Cuando vi a mis hermanos destrozados y el pánico forzando a algunos a la retirada, mi juramento de caballero de la Orden me llamó. No podía huir. Debía marcar a la bestia, entender su fuerza, ser el escudo final aunque fuera por un segundo.

Desenvainé mi acero y llamé al poder de Ilmater. Mis golpes golpearon su piel, pero fue como golpear una montaña. Él devolvió el golpe. No fue solo un zarpazo; fue fuego, un fuego maldito que hizo que mi armadura se fundiera sobre mi piel. Recuerdo el olor a carne quemada, el metal hirviente hundiéndose en mis hombros, en mis brazos. El dolor no fue un grito, fue el silencio absoluto de mi cuerpo colapsando.

Desperté en la capilla del hospicio. Me han traído de vuelta, pero a qué precio. Las hermanas de San Annur trabajan sin descanso, limpiando el metal fundido de mi piel, aplicando ungüentos que apenas calman el infierno que llevo encima. Mi cuerpo es un rompecabezas de huesos rotos y tejido abrasado.
He logrado ayudar a que recuperen a otros, a traerlos de vuelta a la luz, pero nos falta uno. Ese pensamiento me hiere más que el fuego. Las pesadillas me acechan apenas cierro los ojos, estoy en ese bosque, la bruma me rodea y siento el calor de su aliento acercándose una y otra vez.

Soy un Obispo de Ilmater. Sé que el dolor es el camino, pero hoy mi fe está puesta a prueba. No por la muerte, sino por la impotencia de no haber sido suficiente para salvarlos a todos. Si el Dios Quebrado me permite sanar, será para terminar lo que empezamos. Pero ahora, solo puedo rezar y dejar que las hermanas alivien estas heridas que, temo, marcarán mi espíritu tanto como han marcado mi carne.

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30 días de curación del cuerpo ( -8 constitución) las pesadillas acabarán si el ser muere. @DM Tepes me he quedado para el arrastre pero estuvo muy chulo 😜👌
 

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Dura decisión
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La tinta flaquea bajo la luz de esta vela, casi tanto como mis fuerzas tras los últimos días. Estoy de nuevo en el lecho del hospicio, con el cuerpo marcado por las cicatrices que ese miserable, el Apóstol, grabó en mi carne. Pero el dolor físico es una caricia comparado con la punzada que siento en el pecho al escribir lo que hoy he decidido.

He pasado noches enteras en vela, observando las siluetas de los niños que duermen en el ala este y escuchando los gemidos de los enfermos a los que no he podido atender como merecen. Mientras mi espada servía a la Orden del Guantelete en misiones que exigían todo de mí, mis manos se alejaban de su propósito real.

Vine a Athkatla por mandato de la Iglesia, con la sagrada misión de trabajar en este hospicio de San Annur y ser el refugio de los necesitados. Sin embargo, me he dejado arrastrar por la gloria de la batalla y el rigor de la Orden. El Guantelete es noble, sí. Me llevo el recuerdo imborrable de los hermanos y hermanas que lucharon a mi lado, la rectitud de sus corazones y el orgullo de haber compartido escudo con ellos en los campos de batalla. Me voy con el alma llena de gratitud por cada lección aprendida y cada vida que, juntos, salvamos de las garras del mal.

Pero el servicio exige una entrega absoluta, y me he dado cuenta de que no puedo servir a dos maestros con la misma intensidad. He dejado que el clamor del acero silenciara el llanto de los desamparados.

Hoy, con una tristeza que me pesa como una armadura de placas, presento mi renuncia a la Orden del Guantelete. Es una decisión meditada en el silencio de este lecho, entre vendajes ensangrentados y plegarias susurradas al Dios que Sufre. No es una huida, es un retorno a casa.

Mi camino, a partir de hoy, tiene un único horizonte, las camas de este hospicio. Mis deberes ya no serán las tácticas de guerra, sino la cura de las llagas, la alimentación de los huérfanos y el consuelo de los moribundos. Y, sobre todo, dedicaré cada aliento que me quede a ver nacer nuestra visión, El Lirio Blanco. Unificar a todos los sanadores bajo un mismo estandarte, bajo un mismo nombre, para que nadie en Athkatla vuelva a estar solo en su sufrimiento.

Que Ilmáter me perdone por la demora, y que él guíe mis manos ahora que, por fin, vuelven a estar donde siempre debieron estar.

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Sensación de engaño
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He fallado.
Acompañé a la hermana Calendil a Kalathyr con la intención de servir como sanador del Lirio Blanco. El camino parecía bendecido por la camaradería. Entre nuestros escoltas, una dama capturó mi atención, vestida de ropajes oscuros y escarlata, su forma de ser desarmó mis defensas. No fue solo su apariencia; fue su ingenio, su risa compartida y ese juego de palabras que, sin darme cuenta, me arrastró a un terreno peligroso, rozando el cortejo.

Creí ver en ella a alguien que, a pesar de sus ropajes, albergaba una chispa de honestidad.

Qué ingenuo es un corazón que busca aliviar el dolor ajeno; termina por ignorar las tinieblas que tiene frente a sí.

Al regresar, el encuentro con un caballero de la Orden del Guantelete destrozó mi mundo. Sus palabras fueron una sentencia, ella no era una viajera, sino una criatura de la noche, una vampira marcada. La rapidez con la que se desvaneció al ser descubierta confirmó la traición. Me siento un necio. Fui un Caballero Centinela de esa misma Orden; juré proteger a los inocentes y discernir el mal, y sin embargo, me dejé seducir por un juego y bromas, siendo cómplice de la compañía de un monstruo.

¿Es acaso mi compasión una debilidad que me ciega ante la verdad? ¿O es que mi deseo de redención busca esperanza incluso donde solo hay depredación?

Si vuelvo a cruzarme con ella ¿cual será mi postura?. Mi corazón se siente hecho añicos por el engaño, pero mi fe en Ilmater me recuerda que el dolor es parte del aprendizaje. No sé si la buscaré para pedirle cuentas por su burla, o si esperaré a ver si tras esa fachada de sombras existe siquiera un atisbo de humanidad que salvar.

Que el Dios Roto me dé la fortaleza para discernir entre el alma que sufre y la oscuridad que acecha.

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La Carga compartida
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He pasado horas observando cómo la cera de las velas se consumen sobre el altar. Dicen que el martirio es el camino hacia la verdadera luz, pero hoy me pregunto si no hemos limitado demasiado el alcance de nuestra compasión. Nos hemos acostumbrado a curar solo a aquellos que consideramos dignos, a los que llevan nuestros colores o comparten nuestra fe. Es eso realmente lo que el Dios que sufre nos pidió?

He sentido una inquietud nueva, una llamada silenciosa que me empuja fuera de los muros de los templos y de la seguridad de las ciudades civilizadas. La carga que llevo conmigo no puede seguir siendo un privilegio reservado para unos pocos.

El dolor es universal. No entiende de razas, de alianzas, ni de la naturaleza de quien lo padece. Un alma que sufre en la oscuridad, sin importar si es de carne humana o de una especie que el mundo ha condenado, sigue siendo un alma que necesita consuelo. Si mi fe es verdadera, no debo temer a la mancha de la indignidad. Debo ser capaz de entregar mi propio sufrimiento y llevar alivio donde el resto solo ve monstruos o enemigos.

Mi camino está cambiando. Ya no busco la paz en el refugio de los justos, buscaré la paz allí donde el dolor es más insoportable y donde nadie más se atreve a mirar. Si el Dios que Llora me permite seguir adelante, seré el bálsamo en lugares donde la esperanza ha muerto hace mucho tiempo. Que mi entrega sea total, que mis manos sean el alivio de los olvidados, sean quienes sean.

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farraces

Bug de oscuridad
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Fiesta en Nashkel
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A veces hay que saber apartar un poco los pesares y los quehaceres diarios para respirar hondo. El cuerpo y el alma también piden tregua, y sé de buena tinta que el buen Ilmater no ve con malos ojos que uno se permita una alegría de vez en cuando; al fin y al cabo, cargar con el sufrimiento ajeno es más liviano si el espíritu encuentra un respiro. Con esa idea en la cabeza, y aprovechando la inauguración del flamante Camino de la Luna que ahora une Crimmor con Náshkel bordeando el lago Weng, me acerqué a la gran fiesta organizada por la Iglesia de Selûne.

La jornada comenzó de la mejor manera, con las palabras solemnes de las autoridades y la bendición de Selûne y Waukeen sobre el nuevo sendero para que proteja a mercaderes y caminantes. Pero en cuanto terminaron los discursos oficiales la Oráculo dio luz verde a los festejos, el ambiente cambió por completo. La música, los olores a comida y las risas llenaron el lugar.

Primero llegó el turno de los juegos, y el inaugural fue el famoso concurso de bebidas en honor a las recias costumbres del pueblo de Kazad. Yo iba con la firme intención de quedarme a un lado, limitándome a mirar y aplaudir desde la barrera. Sin embargo, entre la insistencia de la gente y que uno al final se debe a su pueblo, acabé cediendo. Para colmo, allí estaban varios hermanos de la orden apoyando, la hermana Ronny, Freolaff y Aldric. La buena de Ronny no paraba de avisarme y vigilarme de cerca, sabiendo bien que cuando me vengo arriba suelo perder la vergüenza y me desinhibo más de la cuenta. Pero rodeado de amigos, me animé a participar... y cuál fue mi sorpresa cuando, vaso tras vaso, acabé ganando el concurso. Eso sí, la victoria tuvo un precio inmediato, salí bastante mareado y con un hipo persistente que amenazaba con delatarme a cada paso.

Menos mal que el siguiente evento, el lanzamiento de hachas inspirado en las tradiciones Reghed, se suspendió a tiempo por el evidente peligro de que los participantes, ya algo alegres por la bebida, provocáramos una auténtica catástrofe con los filos volando.

Poco después se abrió la competición de pulso. Yo ya daba por zanjada mi participación, pero la mezcla de la fuerte bebida de los enanos, un cuenco de reconfortante estofado que me preparó la dama Miria para asentar el cuerpo, y unas hojas de menta que me dio la dama Talivia para refrescar el aliento me devolvieron las energías. Total, que me vine arriba otra vez.

Me tocó medir mis fuerzas en la mesa contra la mismísima alta sacerdotisa Sariel. ¡Qué manera de apretar tiene esa mujer! La tensión era máxima y apreté con tantas ganas que, en pleno esfuerzo, se me escapó un sonoro gas corporal que resonó en medio del silencio expectante del público. Por supuesto, algunos compañeros no tardaron en recordármelo el resto del evento. Pese al apuro, logré aguantar y gané ese pulso, tengo para mí que alguna plegaria silenciosa a Ilmater me inyectó un extra de fuerza divina en el último segundo.

Lamentablemente, la suerte se acabó en el siguiente emparejamiento, me tocó contra el caballero Kastan y caí derrotado. Ya iba bastante agotado, falto de reflejos, y hay que reconocer que Kastan tiene un brazo de hierro.

A pesar de todo, me divertí muchísimo. La vida no puede ser solo sacrificio y sufrimiento; Ilmater permite disfrutar de los buenos momentos siempre que uno no pierda el norte ni desatienda sus obligaciones.

Cuando la tarde empezó a caer, me fui despidiendo de los conocidos y, en especial, de mi buena amiga Gweneaelle. También el hermano Groob me entregó una tarta para los huérfanos del hospicio, un gran detalle por su parte y que agradecí de todo corazón.

Toca volver a la realidad, pero lo hago con una sonrisa en la cara y el cuerpo relajado. Ahora mismo regreso directo al hospicio para encargarme de la ronda de la noche, con la paz de haber compartido un día inolvidable con mi gente.

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