Hace cuatro días, con el sol aún entre brumas de azufre y el mar dormido, los grandes portones de Athkatla se abrieron como las fauces de un gran coloso arcaico. El chirrido de sus goznes fue ahogado por los tambores de guerra, pues la ciudad —corazón del sur y joya de Amn— había hecho su elección. Por su arteria principal marchó gran parte de los Testigos de la Tormenta y, al frente de ellos como un baluarte de esperanza, el enorme y Ascendido dracónido alado de escamas tan azules ahora como las de la propia Iryklathagra.
Ésta, por el momento, no les acompañaba en su marcha, pues siendo aún desconocida la ubicación de Bálagos y con algunos rumores recientes, la Protectora de Amn quería asegurarse de que nada le pasara a los suyos, ahora que otros les habían abandonado.
No eran los grandes estandartes en plata y azul que portaban los Testigos; no era la grotesca pero imponente figura del Arconte de la Tormenta; lo que más llamaba la atención de aquella comitiva iba colgado a la espalda de este último. Envuelto en una coraza pálida que devoraba la luz, el Arconte portaba un enorme escudo esculpido íntegramente en diamante, cuyo fulgor no era celestial, sino insondable y ominoso. Algunos dijeron sentir su corazón detenerse al verlo; otros oyeron un zumbido grave, como si una garganta olvidada susurrara desde el Abismo. Eruditos y oráculos han identificado la pieza: no es obra mortal. Es uno de los tesoros del alijo personal de Iryklathagra, la Gran Sierpe Azul, y su poder —se dice— podría hacer que los Dioses contuvieran la respiración.
Y aún así, no era solo el escudo lo que pesaba sobre los hombros del dracónido, sino la mirada del pueblo, la expectativa de aquellos que habían pasado de fieles a fanáticos, la carga de la fe. Los portadores de estandartes abrían camino entre la polvareda, y cada símbolo sagrado ondeaba como una advertencia en la brisa, ahora gélida por la tormenta, del sur. Los Testigos marchaban en perfecta formación, sus pasos al unísono resonaban como un único latido: el del corazón de Athkatla, dispuesto a arrancarse el pecho para recibir el primer golpe, si así era necesario.
Los cielos, que hasta entonces solo se habían encapotado en la capital, comenzaron a oscurecer al paso del ejército. Algunos afirman que un ojo titánico se dibujó entre las nubes breves instantes antes de que se disiparan en espirales. otros juran que los caballos no dejaban huellas, que el polvo temía posarse allí donde marchaba el Arconte.
Lo cierto es que algo antiguo se ha puesto en marcha y ya no se puede detener.
El Arconte y su comitiva avanzan hacia Crimmor, sin ocultar ni sus pasos ni su presencia, donde esperará hasta que, por una linde u otra, vea aparecer a su nueva presa.
Por la Qysara y por la Tormenta.
Desde el Norte, entre los árboles calcinados del Álandor, un nuevo silencio es posado sobre la tierra. El campamento de la Alianza del Norte, otrora hervidero de estandartes y juramentados, ha sido desmontado por ellos mismos. Las hogueras se han apagado, los pendones enrrollados y las huellas de pezuñas y ruedas cubren la hierba muerta como cicatrices.
Esto solo puede significar una cosa: El General Puñomaza ha movido sus piezas. La División de la Nube marcha con él. Pero, ¿hacia dónde? Nadie lo sabe. ¿Es repliegue? ¿Ha aceptado la Alianza del Norte la Rendición? ¿Es flanqueo, es emboscada? solo una figura parece caminar con propósito claro: muchos afirman haber visto, cruzando las fronteras aún turbias de la tormenta, a Sarynthalyss, la dragona dorada de Ansalon en su forma humana. Su mera presencia ha provocado una ola de rumores y temores dentro de Athkatla, dicen...
Algunos centauros de las Cuadrillas Libres aseguran haber visto un gran estandarte erigido en un claro abandonado, con una marca nueva: un creciente lunar atrevesado por una lanza rota. Lo tomaron por una señal de los elfos de las colinas, pero el símbolo no responde a ningún blasón conocido. ¿Es vigía o testigo del jucio venidero?
Sea cual fuere esta su respuesta, Colmillos Afilados tiene la mirada puesta en ella.
Más al sur, Imnescar, la cuidadosa neutral, guarda su silencio con más armas que palabras. pese a sus proclamas de no inmiscuirse, sus murallas han sido reforzadas y un número creciente de soldados patrullas los caminos como lobos sin descanso. ¿Temen a Bálagos, cuyo escondite permanece una incógnita para todos? ¿O temen a Colmillos, cuya sombra eléctrica amenaza con caer incluso sobre los que no se han alineado con ningún ideal?
La tensión es tan densa como la humedad antes de una tormenta, y en Imnescar lo saben: No hay frontera lo bastante ancha para ocultarse de la mirada de un dragón.
Sin embargo, pocas nuevas provienen desde la ciudad y su cercana abadía —para muchos, bastión inexpugnable—.
Donde las colinas se endurecen y los vientos traen olor a acero y sangre, Kalathyr se alza como un coloso en guardia. sus almenas se engalanan con las banderas de la División Occidental y el Ejército de la Tormenta, cuyas tropas se despliegan con eficiencia férrea. Pero no están solos.
Magisters de la Arcanum Schola y Magos Rojos de Thay —aliados improbables, pero necesarios— conjuran protecciones arcanas, sellos de contención, barreras contra todo lo impío que podría avecinarse desde el Imperio de las Bestias. El aire cruje con sortilegios recién grabados, las piedras huelen a alquimia.
Y más allá, como un muro de carne y fanatismo, se levanta el Campamento Negro de Perdición, cuyas picas están teñidas de sangre reciente y adornadas con cabezas de infectas criaturas de Murannheim. Desde allí, la Guantelete Negro de Bane, Agarathea Narteha, comanda sin titubeos. Ha hecho quemar las banderas de los saboteadores capturados, y sus tropas han repelido, uno por uno, los intentos de infiltración hasta la fecha.
Las piras de vigilancia no se han apagado desde hace días.
Así comienza.
Los dados han sido lanzados. El cielo acumula voltaje. Los nombres se alzan como estandartes y, los errores, se pagarán en fuego y en sangre.
Que los bardos escriban pronto el primero verso de esta guerra, pues el acero de las espadas pronto comenzará a cantar y ningún oído quedará indiferente.