XLVI. Del teatro como eje central de lo sucedido estos días: Actos I, II y III.
Los teatros son espacios donde el arte fluye y donde se da rienda suelta a todo tipo de sentimientos y emociones, algunos fingidos por los intérpretes y otros veraces en los corazones de los espectadores. Unas veces florece nuestro júbilo al presenciar bellas escenas de apasionado amor, o tal vez dejamos que las lágrimas recorran nuestras mejillas ante el sufrimiento del protagonista, o quizás esas lágrimas sean de risa ante una cómica y divertida canción. Todos los teatros retienen esas sensaciones dentro de cada piedra que forma parte de sus paredes, en los decorados y disfraces, en los asientos del público, en el mismo aire del lugar. Y las gentes que los visitan las sienten de un modo u otro, las perciben de manera inconsciente y se dejan acunar por ellas.
Eso es lo que yo creo, claro. Y el teatro situado en los sótanos de las
Cinco Jarras no iba a ser menos. Es el teatro que albergó mi debut hace ya la friolera de... ¿cuánto tiempo hace ya de eso? Varios años, sí... ¡Cómo pasa el tiempo!
El caso es que últimamente no sólo he acudido al teatro para ensayar o disfrutar de eventos artísticos.
El caballero
Tharador, para mi sorpresa, pidió reunirse conmigo en las
Cinco Jarras tras verme actuar en
“El nacimiento de Mystryl”. Tuve dudas de aceptar la invitación porque no sabía cuáles eran sus intenciones. ¿Por qué quería reunirse sólo conmigo cuando
Drago y
Kara también habián sido partícipes de la obra? ¿o tal vez deseaba disculparse formalmente por aquel comentario tan desacertado durante nuestro primer encuentro en
Edive en el que se me trató como una mercancía?
El caso es que al final le envié una misiva y acepté.
Tharador es un hombre muy educado y galante, y parece bastante seguro de sí mismo. Me esperaba puntual en las
Cinco Jarras intercambiando algunas palabras con
Samuel cuando bajé de mi habitación. La cena aconteció en una mesa tranquila de la posada, una muy buena cena de manos de la cariñosa
Uda que siempre que me ve me pregunta por
Kara, preocupada por su peso. Un encanto de mujer.
Durante el ágape,
Tharador y yo departimos sobre muchos temas. Su conversación es fluida, muy propia de alguien de su experiencia. Es un hombre mucho más mayor de lo que aparenta, quizás tenga medio siglo de vida ya, o tal vez más... no lo sé. Me dijo que procede de
Suzail, un lejano lugar al noreste de
Amn. También me habló de
Kamia, una loba con la que mantiene una relación muy especial; no es una mascota sino su mejor amiga, como lo puede ser
Greta para mí. El nombre del animal enraiza su significado en el idioma Shou, significaría algo así como "lobo", sin más.
¿Tendrá eso algo que ver con que le conozcan como
"Lobo"?
Una vez finalizó la cena, nos dirigimos hacia la escalinata que lleva al teatro, y allí nos esperaba un grupo de músicos que
Tharador había contratado para la ocasión. Él, si mal no recuerdo, me confesó hace tiempo que ese lugar había sido testigo de grandes momentos de su vida... o tal vez lo deduje en su mirada. Me ofreció su mano, la acepté, tomó mi cintura, la música comenzó a sonar y... bailamos.
¡Baila muy bien! Giramos juntos por el escenario del teatro dejándonos mecer por las suaves notas de la melodía que nos envolvía, perdiendo la noción del tiempo e incluso de lo que nos rodeaba. Por desgracia, eso que nos rodeaba incluía a
Marceline, que rompió la magia trayendo malas noticias.
Acto II. Artistas del más allá.
Unas lunas antes de mi reunion con
Tharador, el teatro había sido testigo de uno de los acontecimientos más extraños que he podido presenciar: la interpretación de un guión teatral por artistas que no eran de carne y hueso... ¡eran espectros!
Fuimos muchos los que contemplamos el fenómeno paranormal.
Marceline,
Drago,
Kara, la dama
Mekhare, el soldado
Trans... todos pudimos observar cómo los actores y actrices de figura semitransparente representaban una escena que parecía inacabada. Algunos quisieron establecer contacto con los seres fantasmales pero los intentos resultaron fútiles y unas sombras emergieron de la penumbra buscando acabar con nuestras vidas.
Finalmente, el director de la obra se nos presentó como
Dyaneth, un conocido dramaturgo que había fallecido hacía muy pocas dekhanas. Era un alma en pena, buscaba venganza, ¡había sido víctima de un robo! Su guión había caído en manos de
Adethus Mainder, su principal rival en vida.
Dicen que el mundo es un pañuelo. Abandonamos el teatro para buscar a
Mainder y la solución del problema, cuando nos lo encontramos en la posada discutiendo con las recepcionistas que no le querían permitir el paso al teatro. No fue muy difícil darse cuenta de que
Mainder era un estúpido y un pedante, un mal tipo, vaya.
Buscábamos averiguar la verdad, así que le convencimos para que nos acompañara al teatro y... bueno, casi fue un desastre. El espectro de
Dyaneth atacó a
Mainder y casi acaba con su vida. No habría sido una gran perdida pero no podíamos dejar que muriera sin saber al menos dónde estaba el guión. Y confesó, vaya si lo hizo, sobre todo gracias al interrogatorio del soldado
Trans.
Su obra
"Luciana y Dorian", la obra que iba a estrenar en el mismo teatro donde casi muere, era un plagio.
Y esas malas noticias que traía
Marceline al teatro, ¿cuáles eran? Pues que
Drago quiere que representemos el guión de
Dyaneth, la obra de un espíritu vengativo. ¡Es la mejor idea que ha tenido en años! - ironía.
Acto III. Interpretaciones improvisadas.
¡Esto sí que fue divertido!
La dama
Lilta me invitó a presenciar un ensayo en el teatro y no me lo planteé dos veces. Allí se congregaban la dama
Mekhare, la dama
Edwin y el maestro
Sével, que representaban una de obra de teatro improvisada y a la que me uní encantada.
Un espejo, una bruja, un hada, una jovencita inocente y un apuesto príncipe, todos ellos dirigidos por la dama
Lilta, imaginaron un cuento de amores y odios donde los malvados son vencidos y los protagonistas se enamoran de un flechazo.
Así son los cuentos ¿no?