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Reflexiones en el Salón de la Luna

Skotos

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I.

"¿Tan sólo diácona? ¿Y por qué no sacerdotisa?"

La pregunta se repitió como un eco en la mente de Gwenaëlle constante, como un martillo que repicaba contra sus sienes. Sostenía la carta de su madre entre sus dedos huesudos, sus manos temblorosas. El frescor nocturno que entraba por la ventana de su modesto cuarto en el Salón de la Luna no lograba aliviar la sensación de falta de aire.

Afuera, la luz de Selûne comenzaba a dibujar su silueta en el cielo, pero su brillo no le ofrecía consuelo.

Había leído la carta tres veces, buscando entre las palabras escritas con la pulcra caligrafía de Lady Elbereth alguna señal de orgullo o aprobación. Pero, como siempre, sólo encontró reproches disfrazados de consejos.

“¿Por qué persistes en dilapidar tus dones en apetencias esotéricas? No tienes talento alguno para la magia arcana, Gwenaëlle. He oído rumores sobre tus escarceos con la institución patrocinada por la Casa Selemchant de Athkatla; ¿acaso crees que no lo descubriría?”

Siguió leyendo. Tragó saliva, repasando las letras con la punta del índice. Era una pulsión masoquista quizás. No, sin duda lo era. Pero le resultaba inevitable. Sin darse cuenta, apretó los pulgares contra el pergamino con fuerza, arrugándolo ligeramente.

“Céntrate en el seminario. Lo hemos hablado varias veces, hija mía. Ya lo intentaste una vez. Ambas sabemos que no tienes aptitud para el oficio. Además, la reputación de los arcanos en Amn es deleznable; por lo que imagino que la calidad de la formación dejará mucho que desear. Si me hubiese imaginado que harías algo así, jamás te hubiese animado a marchar de Argluna."

Gwenaëlle dejó caer la carta sobre el escritorio y apretó los párpados en un gesto agotado. No era suficiente para Lady Elbereth.

Jamás lo era.

Su hija, la eterna decepción.

Había supuesto que su relato la hubiese impresionado, pero no fue así. La imagen del altar de Lolth surgió en su mente. Todavía recordaba la sensación el roce pegajoso de las telarañas en su pelo y piel, y el hedor insoportable. Cientos de arañas enormes, algunas alcanzando las dimensiones de ponis, correteaban por las paredes, y el crujido de sus pasos sobre cáscaras de arácnidos diminutos… sintió, de pronto, náuseas y escalofríos horripilantes.

Telarañas, cientos de telarañas. Gruesas y pegajosas como mocos asquerosos, Monstruosidades que entremezclaban las facciones afiladas y terroríficas de drows con la anatomía grotesca de arañas.

Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue lo que encontraron en las profundidades de esa cueva.

El bébilith.

La criatura era una pesadilla viviente, un cruce entre un demonio y una araña. Y lo peor de todo: su tamaño gargantuesco, sus chirridos. Aún tenía pesadillas en las cuales la criatura la atrapaba y la devoraba.

Retomó sus ejercicios de respiración. Trató de calmarse y dejó por un instante la carta en el escritorio, recorriendo la estancia con la mirada. Tomó la taza de té aún caliente, y dio un pequeño sorbo.

Qué espantosa prueba de fe. Aún no creía haber sido capaz de sobrevivir a una experiencia tan atroz.

Y sin embargo, su madre seguía considerando que todo era insuficiente.

No pudo evitar sentirse herida por las acusaciones sobre sus estudios arcanos. Aunque fuese parcialmente cierto: no había avanzado tanto en el dominio de las liturgias de la Dama de Plata, tomando algo de ese tiempo para proseguir el curriculum en la Arcanum Schola. Por ello, cuando fue evaluada, se estimó que aún no había avanzado lo suficiente para adoptar el título de sacerdocio completo.

Pero donde Lady Elbereth veía un fracaso y una pérdida de tiempo, Gwenaëlle tenía otro punto de vista. Para ella, el tiempo que tardase en adquirir sus conocimientos no era tan relevante. No, no tenía prisa alguna en avanzar en las filas del clero. Se dio cuenta cuando marchó de Argluna. Aprendió y avanzó mucho, pero su ritmo debía ser sosegado; con las prisas, sus nervios eran dados a traicionarla. Y ahí es cuando cometía errores.

Su madre jamás lo entendería, claro. Eran muy distintas.

Para Gwenaëlle, entender los misterios de la magia la acercaba de alguna manera a Selûne. Cada conjuro, cada destello de energía arcana, le parecía un destello que permitía comprender los misterios de la Señora de Plata. Al fin y al cabo, el mito atribuía el nacimiento de la propia diosa Mystra a una pugna entre la diosa y su hermana malvada.

Lady Elbereth no entendía esa perspectiva. Y probablemente nunca lo haría. Era demasiado… racional.

Se acercó a la ventana y se asomó al exterior. Ahí estaba Selûne, brillante y serena. Sintió su brillo pálido en su piel y observó detenidamente las formas que se dilucidaban en su contorno, quizás tratando de hallar alguna respuesta en ellos. Pero esta noche, ni el abrazo de Selûne lograría reconfortarla. Sus ojos, acuosos, se cerraron brevemente antes de regresar al escritorio.

Tomó una hoja limpia y comenzó a escribir.

"Madre, entiendo tus palabras, aunque me hieran. Sé que tus consejos nacen del amor que sientes por mí.

Pero […]"


Detuvo la pluma por un instante. ¿Estaba segura de lo que iba a hacer?

Sí, lo estaba.

"[…] debo decirte algo: Selûne me ha guiado hasta este punto, y aunque aún no sea una sacerdotisa, he hecho todo lo posible por honrar su nombre. Hay cosas que no puedes entender porque no las has visto con tus propios ojos, pero espero que algún día confíes en que, aunque tome caminos distintos a los que consideras más aptos para mi, siempre sigo su voluntad."

Dejó la carta sobre el escritorio y respiró hondo. Su corazón seguía latiendo con fuerza, pero había dicho su verdad.

Pronto llegarían las consecuencias.​
 

Skotos

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II.

- Darás tú el sermón hoy, Gwen.

Las palabras de Sariel la atingieron de forma inesperada. Su tono despreocupado, su sonrisa, lo decía todo. No era una broma. Gwenaëlle miró a la Alta Sacerdotisa como si le hubiese pedido buscar una reliquia en el desierto de Anauroch. Sus ojos ambarinos brillaron con un fulgor errático, reflejando un pavor que crecía rápidamente.

¿Cómo iba a ser capaz de algo así? Tan… ¿tan pronto?

Sariel, perceptiva, negó con la cabeza y puso una mano sobre su hombro.

- No pongas esa cara. Lo harás muy bien. Necesitas soltarte, de todas formas.

No hubo oportunidad de réplica. Antes de que Gwenaëlle pudiera articular una palabra, Sariel se dio la vuelta y se marchó. Sus pasos resonaron en el mármol del Salón de la Luna, dejando tras de sí a una joven diácono atrapada en sus pensamientos y con una sensación de ahogo, rehén de un compromiso que no podía evitar.

Un sermón… ¿y de qué hablaría? ¿Qué tendría que decir, en realidad? Debía repasar las liturgias, elegir un tema… ¡No podía hacer algo así con tan poca antelación!

Y de pronto, un pensamiento la atingió.

Un recuerdo. Un intercambio que tuvo con el señor Lekin. Él le había expresado su preocupación por ciertos mensajes que el clero de Perdición estaba difundiendo últimamente. Y de pronto, una idea comenzó a formarse en la mente de la muchacha.

Gwenaëlle cruzó los pasillos del templo con pasos rápidos, hasta que se encontró con una novicia. La abordó con su habitual tono tímido.

- Dis… disculpa, Samarah. ¿Dónde… dónde tenemos los fascículos de la Voz de Amn?

No tenía mucho tiempo que perder, y quizás esta iniciativa generaría ramificaciones inesperadas… pero intuía que el mérito de la misma no era totalmente cosa suya, y que la voluntad de su señora, la Dama de Plata, guiaba sus actos.

--

Una multitud más bien humilde se reunía en el Salón de la Luna, atraída por anuncios recientes: la misa estaría a punto de empezar. Y sin embargo, cuando la Alta Sacerdotisa, Sariel Shade, subió a la tribuna, hizo un gesto hacia la semielfa, dándole paso. Algunos de los presentes se sorprendieron, reconociéndola como una de las novicias que acostumbraba a pasar mucho tiempo acompañando a la dama Shade.

Gwenaëlle, ataviada con un hábito monacal de tonos plateados, subió al estrado con pasos medidos. Sus elecciones estilísticas habituales, siempre elegantes, quedaban atrás frente a la sencillez de su atuendo. Su mirada tímida, huidiza, parecía pedir permiso al público para intervenir.

Llevaba toda la intervención escrita en un cuaderno. Lo abrió y repasó su escritura con los dedos, largos y huesudos, tomándose unos momentos para ordenar su pensamiento.

Y entonces diría todo lo que debía.

- Gracias… gracias a todos por venir comenzó, su voz suave pero cargada de sinceridad. - Veo aquí muchos rostros conocidos. Hermanos, hermanas de fe… y amigos.

Hizo entonces una pausa, forzándose a sonreír.

- Trataré de ser breve.

El silencio que siguió fue respetuoso y expectante. Gwenaëlle bajó la vista hacia sus notas, mientras sus dedos tomaron el símbolo de Selûne que colgaba de su cuello. Respiró hondo y volvió a alzar la mirada.

- La fuerza de las cadenas. Se ha hablado mucho sobre esto en las últimas semanas. ¿No es así?

Algunos asistentes intercambiaron miradas expectantes. Sariel esbozó una sonrisa y comentó en voz alta:

- ¿Te refieres a las habladurías que hay últimamente, Gwen?

Gwenaëlle asintió, aunque su gesto traicionaba su nerviosismo.

- Aunque sean solo habladurías… las palabras tienen poder. Pueden convencer a quienes, en su hora de necesidad, buscan desesperadamente un consejo o un propósito.

Varios murmullos comenzaron a llenar la estancia.

- Me refiero a los pronunciamientos que surgieron hace unas dekhanas, en la Voz de Amn. Palabras de alguien que se autodenomina diácono… de Perdición.

El aire en la sala pareció cargarse de una tensión palpable. Gwenaëlle continuó, su tono adquiriendo más firmeza.

- He escuchado su mensaje, y aunque… admiro la elocuencia con la que expresa su fe, debemos cuestionar los cimientos de su discurso, pues se basa en falsas premisas. La diácono de Perdición predica sobre la necesidad de imponer cadenas a los ciudadanos, de someter los unos a los otros como símbolo de fuerza, unidad y responsabilidad. El colectivo, según ella, es la suma de eslabones fuertes. Sin embargo… - Su mirada recorrió la sala, buscando la atención de cada oyente. - ¿Quién decide qué es ser “fuerte”? ¿Quién define qué es lo “débil”?

Tras una nueva pausa, Gwenaëlle continuó. A medida que dio su discurso, su confianza pareció aumentar, sintiéndose más cómoda con lo que iba diciendo.

- Los hombres libres no necesitan encadenarse a sus responsabilidades. Son libres de alzar el vuelo, de abrazar sus ideales por convencimiento, no por imposición. Si cedemos la capacidad de elegir por nosotros mismos, también cedemos nuestra capacidad de crecer… y de soñar.

Su voz se suavizó, adoptando un tono más reflexivo.

- Selûne nos enseña que la vida es un ciclo perpetuo, en constante cambio. La luna mengua y crece, y las mareas siguen su ritmo. Su luz nos guía en todas las etapas de nuestras vidas, mientras las estrellas del cielo nos muestran el camino en las noches más oscuras.

Una pausa estratégica permitió que sus palabras calaran entre los presentes antes de continuar.

- El orden, como lo define la dama Catheriel, no es más que una promesa vacía. Una promesa de miedo: “Teme, y renuncia. Así, serás protegido.” Esa es la promesa del Tirano. Pero las cadenas forjadas por el miedo son quebradizas, rígidas. Todo aquello que es inmutable se degrada, se debilita y, al final, se rompe. Los ciudadanos no son niños a los que se les deba de tratar con una lógica paternalista, decidiendo por ellos qué es lo mejor para su bienestar. Esta lógica es propia del dictador, del sátrapa, pero no de una nación que busca progresar y convertirse en una sociedad próspera.

La diácono de Selûne entonces extendió una mano, buscando la atención del público.

- El mundo en el que vivimos no es así. Está en constante cambio, y debemos adaptarnos. Aceptar las desgracias y abrazar las alegrías. El orden que promulgan los seguidores del Tirano no tolera el cambio ni lo diferente. Castigan a quienes se desvían del patrón que han impuesto. Os pregunto, ¿es ese el mundo que deseáis?

Entonces, la mirada de Gwenaëlle se posó por unos instantes en una asistente en particular: en Zarah. Observó a la que era su amiga, con gesto sombrío, incómodo. Y aún así, pudo notar que se sintió identificada con sus palabras.

- Quienes acudimos a este templo valoramos cada matiz de la libertad. – dijo Sariel, apoyando las palabras de Gwenaëlle.

- Atarlo todo o castigarlo es inútil. La naturaleza, la vida y la existencia misma nos recuerdan que todo cambia… y que todos podemos provocar ese cambio. – añadió Lythana, otra de las asistentes.

Gwenaëlle sonrió, agradecida por los apoyos. Y finalmente concluyó:

- Selûne no exige sometimiento. Es incompatible con su mensaje. Elegir el camino de la Luna implica reconocer la libertad personal del individuo: la libertad de elegir, de errar y de buscar la mejora personal a través del aprendizaje. Esa libertad es la que nos hace verdaderamente fuertes, pues no hay crecimiento posible en una sociedad rígida donde no se tolera la evolución. No somos eslabones de una cadena, sino estrellas en el firmamento.

- Y eso es todo cuanto quería deciros hoy. Que la luz de nuestra Señora de Plata nos guíe siempre.

Una ronda de aplausos siguió el sermón. Gwenaëlle entonces aguardó a que Sariel subiese al púlpito, pues quería hacer otro anuncio. La semielfa se sintió imbuida de un extraño sentimiento de propósito, habiéndose enfrentado a un gran miedo que en el pasado la había asolado. Formaba parte de algo más grande que ella misma, y así lo sentía.

Trabajaría por un mundo más justo, y se opondría a cualquier agente de la opresión y del egoísmo mezquino.​
 

Skotos

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III.

El Salón de la Luna estaba en calma. La luz plateada de Selûne se filtraba a través de los vitrales del templo, dibujando figuras etéreas sobre el mármol pulido.

Gwenaëlle, ataviada con una túnica plateada, permanecía arrodillada ante el altar. Contempló con su mirada ambarina, triste, la efigie de la Dama de Plata. Las facciones cuidadosamente cinceladas en marfil se curvaban en una sonrisa discreta, maternal, bondadosa.

Cerró los ojos y entonó una plegaria sencilla, moviendo los labios en un murmullo apenas audible.

- Mi señora, vigilante del cielo nocturno y traedora de la luz lunar, cuyo brillo guía por siempre a quienes buscan alejarse de las tinieblas. Dama de Plata, ilumina mi senda.

Era una oración que conocía de memoria, pero que no sentía suya en aquellos momentos. Pues el recuerdo reciente la ahogaba en un sudario de vergüenza, Se anudaba en su garganta como si fuese un cuerpo extraño.

La bofetada. El reproche. Las miradas juiciosas.

Zarah.

- Acudo al consuelo de las estrellas, a la canción de las mareas. Tal y como la luna crece y mengua, así seremos aquellos que extenderemos tu nombre en los Reinos… Haz que mi luz no se pierda en las sombras.

Había fallado su papel. No era digna del rol al que aspiraba; o al menos, era lo que sentía. Tuvo que ser Sariel quien la llamase al orden y le recordase la evidencia de su transgresión. Podría cometer errores, sí, pero no podía dejar que sus sentimientos interfiriesen en su rol como futura sacerdotisa y guía espiritual.

Ella no podía perder el temple, por mucho que considerase que Zarah se había equivocado.

Aquello era sencillamente inaceptable.

- Así como la noche llega y sus sombras se extienden, que tu luz sea la perdición de las tinieblas. Seremos el faro en la oscuridad, y traeremos tu dicha a aquellos que nada tienen, ni nada esperan… Si erré en mi camino, muéstrame como hallarlo de nuevo.

Gwenaëlle apretó las palmas, aún en posición de rezo. Cerró los ojos con fuerza. Su mente no dejaba de volver a la escena: el bosque, la confusión, la indignación, la risa burlona de Zarah transformada en culpa cuando la bofetada resonó en el aire. Y días después, la voz de Sariel, fría y firme, desgarrándola más que cualquier reprimenda que hubiera recibido en su vida.

- Nunca más, Gwen. No quiero que esto vuelva a pasar.

El juicio de la sacerdotisa había sido incuestionable. Y tenía razón. Una futura sacerdotisa de Selûne no podía permitirse ese tipo de reacciones. Su deber era guiar, comprender, ofrecer luz en la oscuridad, no ser arrastrada por la tormenta de sus propias emociones.

- Hágase tu voluntad, más antigua que el tiempo y el mundo. Selûne, yo te imploro, dame fuerzas para continuar tu obra. Si mi corazón se ha oscurecido, devuélveme tu reflejo.

Gwenaëlle entreabrió los ojos, pero su reflejo en el mármol le devolvió la figura de una mujer quebradiza, llena de imperfecciones.

Había pedido perdón a Zarah, y ahora tal vez existiera una forma de enmendar su error. Pero para ello, debía arriesgar la vida en una empresa en la que difícilmente tendría cabida. ¿Qué más podía hacer, sino rezar por el alma y el sino de su amiga?

Ella no era una combatiente. No tenía el arrojo de sus amigos. Era…

Una vergüenza.

- Selûne… - imploró entonces, con una voz temblorosa, ahogada por su ansiedad. - Si aún me escuchas… si aún soy digna de tu luz, dime qué debo hacer.

Gwenaëlle entonces esperó. Una señal. Una revelación. Algo que aliviase ese sentimiento de fracaso, que acallase las voces en su mente que le recordaban, incesantemente, que no solo había fallado a su amiga, sino a todo lo que representaba.

- No me apartes de tu mirada, Selûne… no me dejes sola en la noche.

Pero no hubo respuesta alguna. O al menos, una que fuese evidente en ese momento.

Un silencio clamoroso llenó la sala, dejándola a solas con sus pensamientos. Con su culpa, con el reflejo de sus propias flaquezas.

Al fin y al cabo, nada más podía hacer en ese momento que rezar.​
 

Skotos

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IV.

El olor a sangre y hollín impregnaba la noche sin luna. La mirada de Selûne se había quedado ciega. Pero eso no significaba que fuese indiferente a lo que allí ocurría.

Gwenaëlle estaba arrodillada en la tierra húmeda, con los brazos hundidos en el pecho abierto de un hombre que jadeaba como un pez fuera del agua. Un mercenario, probablemente un soldado raso. Joven, sucio, con los ojos muy abiertos. Su rostro pálido estaba cubierto de sudor. Había sido atravesado por una lanza. El hierro aún permanecía hincado en su costado. Sus labios se abrían y cerraban en un intento de hablar, pero solo exhalaba burbujas rojas que se deslizaban por su barbilla.

-Tranquilo. Tranquilo, ya está. Todo saldrá… todo saldrá bien.

La voz de Gwenaëlle temblaba.

Era mentira. Nada saldría bien. Nada estaría bien.

Sus manos estaban empapadas en sangre. Sangre que no era suya.

El conjuro fluyó de sus manos con un fulgor plateado. Sintió la chispa divina brotar de la punta de sus dedos. La carne abierta se cerró junto con la hemorragia. Por un instante, la muerte se alejó.

Pero pronto, la realidad se impuso.

Había perdido demasiada sangre. No iba a sobrevivir.

Gwenaëlle sintió una súbita arcada. Desvío su mirada ambarina del muerto, avergonzada. Sus esfuerzos, su magia, habían sido inútiles. Habría obrado en vano.

Como tantas veces durante esa noche.

A su alrededor, el mundo era un infierno.

Los puestos fronterizos muranníes ardían en el horizonte. Las llamas lamían el cielo ennegrecido; crepitaban voraces, devorando madera y carne. Se oían gritos, rugidos de rabia. Algunos eran de bestias en retirada; otros, de las que aún luchaban; y algunos, inconfundibles, de los desgraciados que se quemaban vivos entre las vigas de la empalizada.

La Rosa de Plata había caído sobre los muranníes como un azote. Eothain Blaydd lideraba la vanguardia conformada por los caballeros del capítulo. En segunda fila les acompañaba un batallón de mercenarios contratados. Veinticinco guerreros curtidos con heridas de mil batallas. Además de otros, muchos otros. Amigos, aliados, simpatizantes de la Iglesia. Elfos y amnianos, en su mayoría.

Todos, enemigos de Murann.

Ella estaba allí por su compromiso a su fe. Por su compromiso con Sariel. Se lo había prometido. Y debía dar ejemplo de lo que pregonaba. Así se lo había hecho saber a Mernalyn: ellos no podían perdonar. No podían permitir que los ataques siguieran. Debía haber una respuesta. Así lo afirmaron; así, en su momento, ella apoyó las palabras de su alta sacerdotisa.

Ella, una simple diácona. Sería pía y obediente. Acudió al llamamiento como curandera.

Solo debía sanar. Solo eso. No era una guerrera.

Pero la guerra no hacía tales distinciones. En la guerra sólo existía la victoria, el sufrimiento y la muerte.

- ¡Muévete, muchacha! - bramó un mercenario al pasar, con el rostro cubierto de vísceras de un gigante.- Si no están de pie en un minuto, déjalos. Tenemos que avanzar. Los cargaremos en el carromato para enterrarlos.

Gwenaëlle apenas lo oyó. Sus dedos se crisparon en el suelo. El joven le devolvió una mirada vidriosa. Su alma estaría a punto de partir.

- Mamá…

Fueron sus últimas palabras. Después, un último aliento.

Luego, nada.

Gwenaëlle entonces se levantó tambaleante, con las ropas empapadas en sangre. El hedor de la muerte llenaba sus fosas nasales; teñía su lengua y su paladar. Sintió ganas de vomitar.

Al girarse, casi tropezó con un cadáver. La cabeza del ogro estaba abierta como una fruta podrida. Más allá, un gigante agonizaba con las tripas desparramadas en el suelo. Alguien lloraba en alguna parte. Otro gritaba pidiendo ayuda; o maldecía. No estaba segura, pues no entendía la lengua de las bestias.

Había abandonado la quietud del Salón por el frenesí de la sangre. Por la confusión de la guerra. En aquel lugar no había lugar para la razón; sólo para el instinto y la depredación. Era la ley del fuerte sobre el débil. El fracaso de la civilización.

La razón le decía que todo esto era necesario. Y sin embargo, el sufrimiento, la intensidad de todo aquello… El horror.

Encomendó oraciones a Selûne, buscando un perdón que jamás llegaría. O que ni siquiera correspondía.

Selûne, aquella noche, estaba ciega. Pero no se mostraría indolente.

Gwenaëlle caminó a trompicones hacia el centro del puesto fronterizo. Las murallas de madera estaban astilladas, manchadas de sangre. Dentro, los cuerpos se acumulaban. Algunos soldados muranníes, muy pocos, se rindieron de rodillas, arrojando sus armas arrojadas al suelo. La mayoría se resistía, luchando hasta el último aliento.

Los mercenarios no daban cuartel alguno. Sus órdenes eran claras.

- Hasta el último - dijo el líder de la dotación con un tono seco.

Gwenaëlle no pudo mirar. Se cubrió la boca con una mano y cerró los ojos. Zarah, siempre perceptiva, se acercó a la muchacha y la rodeó con un brazo. La apartó de allí.

Su papel era estar allí, pero no tenía que sufrir sola los horrores de la guerra.

Uno a uno, todos y cada uno de los capturados fueron degollados.

El rasgar del filo contra su carne.

El gorgojeo intenso.

Luego, silencio.

Zarah seguía a su lado. Murmuró algo, instando a que se mantuviese tranquila. Todo acabaría pronto.

Y entonces, una sombra se alzó ante Gwenaëlle.

Era Sariel.

La Alta Sacerdotisa no mostraba emoción alguna bajo el yelmo emplumado. Y aunque era de estatura más baja que la semielfa, en aquel instante parecía enorme; un frío torreón de muerte y justicia.

Su cimitarra, de filo líquido, se mostraría teñida por la sangre de los enemigos.

-¿Cuántos? -preguntó Sariel.

Gwenaëlle tardó en entender la pregunta. Zarah se apartó, dándole el debido espacio.

-Y-yo… intenté salvarlos… pero…

-¿Cuántos?

La semielfa tragó saliva.

-D-de los nuestros… cinco muertos. Catorce heridos graves.

Sariel asintió, sin sorpresa alguna en su tono de voz.

Sin lamento alguno.

-Y tú. ¿Estás herida? ¿Zarah?

Gwenaëlle parpadeó. Sariel la miraría fijamente bajo el yelmo; sus ojos, inescrutables. Pero la atravesaban.

No supo qué responder.

¿Estaba herida? No físicamente. Pero algo en ella estaba roto. Algo que no sanaría con magia.

Finalmente, Sariel suspiró. Pasó junto a ella y puso una mano sobre su hombro. Le dio un suave apretón, intentando calmarla con el gesto.

-Tendrás que acostumbrarte. Estoy orgullosa de ti.

Las llamas crepitaban. Los gritos se apagaban poco a poco.

Pero ni encontró consuelo alguno en las palabras de la Alta Sacerdotisa, ni sentía que fueran verdad.

Había conocido la guerra, por primera vez. Y más que nunca, se sintió débil.

Y lo peor de todo es que sabía que sería el primero de muchos conflictos futuros.

Selûne estaría ciega aquella noche, pero igualmente, Gwenaëlle se sentiría profundamente juzgada por sus propios actos.​
 
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V.

Gwenaëlle dobló la carta lentamente, guardándola en un libro viejo cuya cubierta desgastada parecía reflejar su propio ánimo. El amanecer entraba en la habitación sin pedir permiso, anunciando un día que preferiría no enfrentar.

Pero su decisión ya estaba tomada.

Guardó sus pertenencias en silencio, colocando cada objeto con una meticulosidad que reflejó más resignación que cuidado. Recuerdos de Halruaa, de sus viajes. Pergaminos, tomos, cachivaches. Muchos recuerdos. Algunos resultaron tan pesados que parecían hechos de plomo.

Se detuvo un instante al recoger un pequeño amuleto, cuya simple presencia le apretó el pecho. Por un momento, contempló el símbolo grabado en plata con anhelo. Recordó todo lo por lo que tuvo que pasar para sentirse digna de él.

Recordó después una sonrisa cálida. Le hizo daño.

Guardó el amuleto, apartando la vista.

No, tenía que hacerlo. Esto no podía quedar así. Ya no era una niña.

Volvió a tomar la carta firmada por Lady Elbereth. Como siempre, su tono era gélido y sus anuncios, amenazas veladas.

“Sé lo que has estado haciendo.

Y mi paciencia tiene un límite. Ya basta, Gwenaëlle.

Yo no te eduqué así.”


Y era cierto. Había experimentado un cambio desde que había llegado a Amn. Había conocido un mundo completamente distinto, lleno de asperezas e imperfecciones. Lejos de la Arcadia feliz que era Argluna; y sin embargo, una desazón profunda inundaba su ser ante la perspectiva de tener que marcharse de Amn.

La Gwenaëlle que llegó a Athkatla no era la misma de hoy. Y ciertamente, un ultimátum no cambiaría lo que sentía. Ni un contrato.

Se asomó a la ventana, observando la ciudad dormida, aún sumergida en sombras y nieblas.

Sabía que no tenía elección. Las decisiones ya estaban tomadas, y su camino trazado desde hacía demasiado tiempo. Y sin embargo, sintió algo distinto esta vez.

Sintió rabia.

¿Por qué debían ser las cosas así? ¿Por qué debía ella asumir las expectativas de otros? ¿Quién era ella para decidir sobre su vida de esta manera?

Quizás para Lady Elbereth, no, su madre, la hoja de ruta planteada era evidente. Tendría la vida resuelta, sí. ¿Pero era la vida que Gwenaëlle quería para si misma? ¿Acaso vivir así no era otra forma de dejarse llevar por la cobardía? ¿No cambiaría simplemente un yugo por otro?

La llama ya había sido prendida en su interior.

Una promesa.

Respiró profundamente.

Cerró con firmeza el baúl y lo levantó sin vacilación. Echó una última mirada a la habitación vacía, consciente de que una parte de ella quedaría allí atrapada, esperando su regreso.

Volvería a Argluna, sí. Pero no para siempre.

Mientras se dirigía hacia la puerta, repasó una vez más la advertencia de su madre. Sabía que si osase desafiarla, las consecuencias serían severas. Permanentes. Se lo advirtió muy claramente:

“La dignidad de los Mirvalen depende de ti. Que eso recaiga sobre tu conciencia. Tus actos no son meramente tuyos.”

¿Era eso cierto, acaso? ¿O no era más que un vil chantaje?

Volvió a inspirar. Exhaló. Intentó mantener la calma. Tras varios ejercicios de respiración, logró tranquilizarse.

Esta vez sería distinto. Regresaría. Pero ahora, era más fuerte.

Y quizás lo sería lo suficiente.

Con paso decidido salió. Se llevó consigo una carta, una promesa y la convicción silenciosa de que, de algún modo, volvería a Amn algún día.​
 

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VI. Historias que se siguieron... hasta la actualidad

Un viaje hacia la madurez [formato comic]
La dura vida del burgo
Las máscaras de la ira
Un motivo para la Esperanza
Y entonces, llegaron los dragones
El Llamado

Muchos sucesos perfilaron a quien hoy es conocida como Gwenaëlle, nacida Mirvalen, a veces llamada “de Argluna”, “de Lunaplateada” o, simplemente, “de Selûne”, cuando por fin tomó los hábitos. Muchas tragedias: la muerte de cientos de hermanos y hermanas a manos de los dragones; el sacrificio de la Primera Iniciada y la caída de la abadía de Hydcont en Imnescar; las traiciones que forzaron a héroes y villanos a colaborar para sobrevivir; el secuestro de los jóvenes que partieron con ellos a recuperar los milagros de Paladine caídos en los Dientecillos.

Derrota tras derrota; herida tras herida. Sintió que, tras cada percance y penitencia, quedaba cada vez menos de sí misma.

En su ceremonia de ascenso, cuando tomó el Velo y abandonó por completo su vida anterior, Gwenaëlle recibió lo que creyó ser el mandato de la diosa.

Una visión.

Un reflejo en las brasas mientras las ofrendas ardían. Ella misma, una silueta diminuta alzándose en un campo de batalla, frente a un mal insondable, hecho de pura esencia negra, del que brotaban cinco cabezas monstruosas, apenas veladamente dracónicas.

Después, un futuro: los templos de la diosa alzándose piedra a piedra; un mañana que llegaría, un nuevo comienzo.


Un futuro en el que ella no estaría presente.

Creyó entonces tener claro su propósito. Debía sacrificarse por el bien mayor. Durante decanas se preparó para lo que consideraba su último acto de piedad: para con los suyos, para con un mundo cruel que cada vez exigía más de su ser.

Era su destino; no podía renunciar a él, aunque rompiese el corazón de quien la amaba, incapaz de comprender ese súbito brote nihilista. Es difícil razonar con almas heridas que se dejan llevar por el dolor. Sentía, además, que sus esfuerzos palidecían frente a los sacrificios que habían soportado sus hermanos de fe.

Llegó el día de decidir quién portaría la Lanza, y recibió el juicio de la dragona:

- ¿Deseas portarla porque es lo que se espera de ti, Gwenaëlle de Argluna, o porque es lo que tú deseas?

Su sangre heló.

¿Lo hacía por deber o por complacer una expectativa?

Y, peor aún, ¿sabía distinguir la diferencia?

¿La había, siquiera?

Lo cierto es que sí.

- La Oscuridad devora cualquier atisbo de duda en el corazón de los justos. La convicción ha de ser absoluta.

Y así, al final, no fue ella quien asumió el sacrificio, sino Nicodemus.

Porque, a diferencia de él, ella no obraba solo por convicción; también esperaba que, a través de sus actos, sería por fin digna de guiar a los suyos.

Esa vacilación constante era, en el fondo, una forma de pereza. O de soberbia: delegar el propio juicio en otros, cuando los actos deben realizarse con independencia de quien los observe y de lo que otros hayan hecho. Debía vivir asumiendo que los actos ajenos fueron realizados por voluntad de quienes los ejecutaron, y no podía cargar con el sufrimiento de todos los que alguna vez compartieron sus causas.

La guerra pasó y, con ella, las heridas empezaron por fin a cerrarse. Aún convaleciente tras luchar en el frente del Este y pagar con su propia carne el coste de contener a la Ruina Roja y a Kansaldi, la victoria se aseguró gracias al héroe de la Lanza.

Contra todo pronóstico, pudieron liberar a los muchachos que marcharon a los Dientecillos y los recibieron con los honores debidos. Recompensaron a los supervivientes y oraron por quienes ya no estaban. Santificaron a Nicodemus, el héroe de la Lanza.

Y, pese a todo el dolor, pese a todo el sufrimiento, Gwenaëlle pudo por fin cerrar los ojos y conciliar el sueño. Había hecho cuanto puede exigirse a un mortal. Estuvo dispuesta a pagar todo precio y asumió cuantas cargas le fueron ofrecidas. Con el sacrificio de todos llegó la victoria.

Finalmente, pudo descansar.​
 
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Skotos

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VII. La paz es dura, pero es paz.

La rutina regresó a sus vidas. Y con ella, la paz.

Y aun así, en ciertos momentos, Gwenaëlle aún se despertaba agitada en plena noche, presa de un pánico inexplicable. En los confines de su mente el miedo había echado raíces profundas: un pavor primario, reptiliano, que sólo admite dos respuestas posibles. Luchar o huir. Es el estado al que se reduce la psique cuando se la despoja de todo raciocinio; cuando lo sentido, el dolor de cicatrices y heridas aún abiertas, se impone.

El horror de la guerra. Dos años atroces; dos años de sufrimiento continuo.

Todo había acabado, sí.

Hace apenas unos meses, había hechos las paces con los horrores del fuego y de los dragones. Había aprendido a vivir en un mundo en guerra, al borde del abismo. Se había preparado para darlo todo por el futuro.

Pero no esperaba sobrevivirlo.

Y ahora tocaba reaprender a vivir en un mundo que se fingía en paz.

Pero volver a la normalidad no se puede delegar al simple paso del tiempo: requiere voluntad, un hábito deliberado. Como caminar, respirar. A vivir en paz, pronto descubrió, se aprende.

Retomar los viejos hábitos resultó, con el tiempo, progresivamente llevadero. La semielfo recuperó una costumbre de sus años de novicia en el Salón de la Luna: la meditación. Comenzó a encerrarse durante horas, vaciando la mente de pensamientos y desvaríos, con el fin de cultivar su claridad interior. Al concluir, se sentía exhausta, pero también aliviada.

Repitió esta práctica cada día. Primero, dos horas al amanecer; y luego, dos antes de dormir. Día tras día. Después pasó una decana, y luego otra. Poco a poco, su ansiedad menguó; las pesadillas se volvieron menos frecuentes. Con su paulatina desaparición también cedió la sensación de urgencia. De que el suelo bajo sus pies se deshacía y ese nudo en la garganta que la ahorcaba como una soga.

Paz. ¿De verdad lo habían logrado? A veces se sorprendía, percatándose de haberse quedado absorta observando tras una ventana, o contemplando su reflejo en un espejo. Los días pasaban, predecibles y evidentes, como si la existencia de pronto se tornase un cauce de río plácido e inmutable. Los días se llenaron de quehaceres: reuniones con casas comerciales, ritos, conmemoraciones, homilías, instrucción de novicias, asignación de sacerdocios, compromisos diplomáticos.

Su vida empezó a caber en una agenda y, para su desgracia, apenas quedaba hueco para otros placeres como el estudio o la contemplación.

Las hebras plateadas del telar de la fe, antes frágiles, se hilaban de nuevo, poco a poco: paso a paso, acto tras acto. Cada palabra y cada gesto contaban. No bastaba con ser; también debía ser. Era un juego que conocía de otros salones, en Argluna. Otras cortes. Otros círculos. Pero el juego, el baile, era siempre el mismo. Jerarquías con sus plebeyos y sus nobles. Con sus intrigas y disputas. Con sus alianzas y enemistades.

El mundo de la paz. El de la política.

Pero no todos aquellos que creen amar la paz están preparados para soportarla.

—

La lección del seminario apenas había terminado. La afluencia fue modesta; no más de una decena de personas restaron para oír lo que la Oráculo del Velo Lunar tuviese que decir. Se sintió extrañamente complacida; la docencia, aunque fuese de corte teológico, le servía para conectarse con otras personas y sentirse útil. Era otra forma de servicio. No le importaba que las enseñanzas resultasen poco atractivas para algunos asistentes, quizás expectantes de que la semielfo les mostrase saber arcano lejos de la mirada atenta de la Bula Arcana.

Pero no fue así. Habló del mito fundacional. De la guerra de la Luz contra la Oscuridad. Del nacimiento de la Urdimbre, y cómo el Telar era la respuesta que ofreció Selûne a los mortales para brindarles el conocimiento de lo divino.

La luna se reflejaba en una esfera perfecta en las aguas del estanque. Mientras dos caballeros ayudaban a Gwenaëlle a recoger los bártulos, los pasos pesados de una mujer resonaron desde la lejanía. La iluskana había regresado de su ausencia transitoria, pero carente del gesto habitual que la caracterizaba. Valiente. Desenfadada.

Hoy, sólo había tristeza y dolor en sus ojos grises.

Ni siquiera la saludó. Se sentó a su lado en un banco de piedra, aguardando a que los caballeros terminasen de recoger todo. Gwenaëlle lo notó; era perceptiva y atenta ante el dolor que aquejaba el alma. Se acercó a ella, se sentó a su lado, y ladeó la cabeza para observarla con detenimiento.

La iluskana ni se inmutó. Sus ojos miraban al vacío, hacia la calle principal de Caravassar.

- ¿Quieres hablar?
- No sé qué decirte.

Su respuesta fue rápida y afilada como un cuchillo.

- A mí me ayuda hablar contigo cuando la tristeza aprieta.
- A mí me entran ganas de marcharme. Perderme por el norte.
-¿Y a dónde iríamos?
- Tú… no lo sé. Yo sólo querría desaparecer - soltó, y luego añadió, áspera - No logro nada; no mantengo nada. No mereces estar con alguien incapaz de hacer nada bien.
- ¿Qué ha ocurrido? - inquirió entonces Gwenaëlle, entrecerrando los ojos en un gesto inquisitivo.

Se lo explicó.

La paz es un ideal al que todos los héroes aspiran; pero cuando llega, a muchos les arrebata propósito. Un mundo que ahora pretendía reconstruirse tras sufrir la furia de los dragones quería hacer todo lo posible para que las brasas de la guerra se apagasen; pero aquellos cuya estela brilla con mayor intensidad durante las épocas de conflicto se hallaban en una extraña tesitura. De pronto, su brillo quemaba. Cegaba. Y provocaban el rechazo entre sus pares.

Con la paz, llegaba la política.

- Si protesto, parecerá victimismo. He defendido los valores de la Iglesia mientras otros miraban a otro lado. Me he jugado la vida una y otra vez… y ahora me reprochan “hablar en nombre de la Iglesia”. Si ese es mi pecado, que así conste. Me duele habérmelo ganado para nada. ¿Qué hago ahora? ¿Existir? ¿Con qué autoridad me presento ante nadie?
- No necesitas más autoridad que la que confiere tu propio nombre. - dijo Gwenaëlle - Eres una heroína de guerra. Una sacerdotisa veterana.
-No soy nada.

La réplica hizo que la semielfa pausase su discurso por unos instantes. Apretó los labios; amagó un suspiro agotado.

- ¿Me dejas darte mi perspectiva?

Ella asintió.

- Tú más que nadie, siempre me has dicho que valoras los actos, no los títulos. Y el mundo necesita de esa rectitud - concedió Gwenaëlle - Pero vivimos en Amn, en un entorno donde existen más convenciones que las que marca la espada. Es algo que debes entender. Si elegimos formar parte de una estructura, también elegimos asumir sus límites. No podemos regalar excusas a quienes desean interceder contra nosotras.
- Entonces me quedaré quieta - bufó, cruzándose de brazos.
- No he dicho eso.. Quédate, aprende y sigue -contestó la semielfa - He estado enfadada contigo, sí. ¿Crees que fue sin motivo?

Ella esbozó una mueca confusa.

- No sé hacer las cosas como tú. No comprendo qué esperan de mi ahora.
- Pues aprende. - dijo Gwenaëlle, sin elevar el tono - Se recupera lo perdido trabajando de otro modo.
- Dudo que recupere nada. Cuando te arrebatan algo así, suele ser una decisión permanente. Yo tenía aspiraciones, lo sabes. Y ahora, después de tantos esfuerzos.
- En los conflictos estas cosas ocurren -admitió Gwenaëlle - Las virtudes que alzan a un ídolo no siempre se trasladan a la posguerra. Eres una mujer de guerra. Ahora debes aprender a serlo de paz.

Ella dejó escapar una risa sin alegría.

- ¿Y eso qué quiere decir, exactamente? ¿Impartir homilias? ¿Limpiar el templo? Verás cuando lo sepan; voy a ser el hazmerreír de medio Amn. Nadie me respetará.
- Te respetan tus hermanos de fe - replicó Gwenaëlle - Tus compañeros del Capítulo que tú misma fundaste. Y hay quienes te quieren, a quienes tu rango jamás les ha importado. Algunos ni tan siquiera lo conocen. Y quienes te han despreciado siempre seguirán haciéndolo: no juzgan tu título, sino quién eres.

Entonces, por primera vez en toda la conversación, la iluskana alzó la vista y la clavó en la semielfa. Gris, fría, vacía. Una mirada que transmitía confusión, de no saber a dónde ir.

- Ahora estás tú al cargo. Yo no decido nada.
- Siempre he sido una más. Pero esto es una prueba: te será liviana o pesada según cómo decidas llevarla.
-¿Y cómo la cargo?
-Con dignidad.

La iluskana entonces calló por un momento.

- No entiendo por qué se me castiga.
-Es política -respondió Gwenaëlle con cansada franqueza - No fue buena idea ofender a los Magos Encapuchados de Capaconjuro ni interferir con la investigación de la Orden del Guantelete en lo de Sasha. No iban a dañarla y lo sabes.
- No he interferido. Hasta pensé cómo entregársela - replicó como un resorte, tensa.
- Y, sin embargo, consentir cada deseo de la muchacha nos ha puesto a todas contra las cuerdas.

Gwenaëlle entonces la miró fijamente, apretando el broche de su manto

- Persigues metas que se bifurcan: ¿quieres ser la Luna Sangrienta, o guiar la fe?

Ella suspiró.

Entonces, el pensamiento se impuso con la nitidez de una luna nueva: la guerra había sido una lengua que ambas hablaban con fluidez. En la paz, Gwenaëlle había aprendido a modular la voz. A respirar entre frase y frase. A dejar que otros terminasen el verso. Ella, en cambio, seguía hablando con la misma pasión, con la mano ceñida al pomo de su espada.

Gwenaëlle sintió la punzada agria de la contradicción. ¿Era así como Selûne elegía recompensar a sus hijas, aunque por veces se saliesen del guión predilecto? Quizás en estos tiempos de paz, era más apropiado quitar la voz a aquellos que mantienen sus espadas afiladas. Era fácil, cómodo acallarlos… y quizá injusto. Pero tampoco quiso mentirse: un templo no se sostiene a base de soflamas, y la reputación, por frágil que parezca, también es techo para quien buscase amparo.

Ella podía limar aristas sin perder el alma. Podía aprender el ritmo de las puertas que se abren con un golpe suave y no con un ariete.

Ambas debían ahora recorrer un camino juntas, pero distinto para ambas. Ella debía buscarse, reconciliar su fuego con un mundo que ya no marchaba a tambor batiente. Gwenaëlle, en cambio, no podía esconderse tras la comodidad del consejo. Ya no era la aprendiz, ni la novicia, ni la amante. Era el Oráculo del Velo Lunar; una Alta Sacerdotisa.

En la nueva era tendría que ser referencia, sostener la palabra común y guiar a los suyos cuando vacilasen, aun a riesgo de equivocarse a ojos de todos.

Eran tiempos de paz. Pero también de intriga. Y sobreponerse a ellas era una lucha que también debían estar dispuestas a librar.​
 
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