Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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I.
"¿Tan sólo diácona? ¿Y por qué no sacerdotisa?"
La pregunta se repitió como un eco en la mente de Gwenaëlle constante, como un martillo que repicaba contra sus sienes. Sostenía la carta de su madre entre sus dedos huesudos, sus manos temblorosas. El frescor nocturno que entraba por la ventana de su modesto cuarto en el Salón de la Luna no lograba aliviar la sensación de falta de aire.
Afuera, la luz de Selûne comenzaba a dibujar su silueta en el cielo, pero su brillo no le ofrecía consuelo.
Había leído la carta tres veces, buscando entre las palabras escritas con la pulcra caligrafía de Lady Elbereth alguna señal de orgullo o aprobación. Pero, como siempre, sólo encontró reproches disfrazados de consejos.
“¿Por qué persistes en dilapidar tus dones en apetencias esotéricas? No tienes talento alguno para la magia arcana, Gwenaëlle. He oído rumores sobre tus escarceos con la institución patrocinada por la Casa Selemchant de Athkatla; ¿acaso crees que no lo descubriría?”
Siguió leyendo. Tragó saliva, repasando las letras con la punta del índice. Era una pulsión masoquista quizás. No, sin duda lo era. Pero le resultaba inevitable. Sin darse cuenta, apretó los pulgares contra el pergamino con fuerza, arrugándolo ligeramente.
“Céntrate en el seminario. Lo hemos hablado varias veces, hija mía. Ya lo intentaste una vez. Ambas sabemos que no tienes aptitud para el oficio. Además, la reputación de los arcanos en Amn es deleznable; por lo que imagino que la calidad de la formación dejará mucho que desear. Si me hubiese imaginado que harías algo así, jamás te hubiese animado a marchar de Argluna."
Gwenaëlle dejó caer la carta sobre el escritorio y apretó los párpados en un gesto agotado. No era suficiente para Lady Elbereth.
Jamás lo era.
Su hija, la eterna decepción.
Había supuesto que su relato la hubiese impresionado, pero no fue así. La imagen del altar de Lolth surgió en su mente. Todavía recordaba la sensación el roce pegajoso de las telarañas en su pelo y piel, y el hedor insoportable. Cientos de arañas enormes, algunas alcanzando las dimensiones de ponis, correteaban por las paredes, y el crujido de sus pasos sobre cáscaras de arácnidos diminutos… sintió, de pronto, náuseas y escalofríos horripilantes.
Telarañas, cientos de telarañas. Gruesas y pegajosas como mocos asquerosos, Monstruosidades que entremezclaban las facciones afiladas y terroríficas de drows con la anatomía grotesca de arañas.
Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue lo que encontraron en las profundidades de esa cueva.
El bébilith.
La criatura era una pesadilla viviente, un cruce entre un demonio y una araña. Y lo peor de todo: su tamaño gargantuesco, sus chirridos. Aún tenía pesadillas en las cuales la criatura la atrapaba y la devoraba.
Retomó sus ejercicios de respiración. Trató de calmarse y dejó por un instante la carta en el escritorio, recorriendo la estancia con la mirada. Tomó la taza de té aún caliente, y dio un pequeño sorbo.
Qué espantosa prueba de fe. Aún no creía haber sido capaz de sobrevivir a una experiencia tan atroz.
Y sin embargo, su madre seguía considerando que todo era insuficiente.
No pudo evitar sentirse herida por las acusaciones sobre sus estudios arcanos. Aunque fuese parcialmente cierto: no había avanzado tanto en el dominio de las liturgias de la Dama de Plata, tomando algo de ese tiempo para proseguir el curriculum en la Arcanum Schola. Por ello, cuando fue evaluada, se estimó que aún no había avanzado lo suficiente para adoptar el título de sacerdocio completo.
Pero donde Lady Elbereth veía un fracaso y una pérdida de tiempo, Gwenaëlle tenía otro punto de vista. Para ella, el tiempo que tardase en adquirir sus conocimientos no era tan relevante. No, no tenía prisa alguna en avanzar en las filas del clero. Se dio cuenta cuando marchó de Argluna. Aprendió y avanzó mucho, pero su ritmo debía ser sosegado; con las prisas, sus nervios eran dados a traicionarla. Y ahí es cuando cometía errores.
Su madre jamás lo entendería, claro. Eran muy distintas.
Para Gwenaëlle, entender los misterios de la magia la acercaba de alguna manera a Selûne. Cada conjuro, cada destello de energía arcana, le parecía un destello que permitía comprender los misterios de la Señora de Plata. Al fin y al cabo, el mito atribuía el nacimiento de la propia diosa Mystra a una pugna entre la diosa y su hermana malvada.
Lady Elbereth no entendía esa perspectiva. Y probablemente nunca lo haría. Era demasiado… racional.
Se acercó a la ventana y se asomó al exterior. Ahí estaba Selûne, brillante y serena. Sintió su brillo pálido en su piel y observó detenidamente las formas que se dilucidaban en su contorno, quizás tratando de hallar alguna respuesta en ellos. Pero esta noche, ni el abrazo de Selûne lograría reconfortarla. Sus ojos, acuosos, se cerraron brevemente antes de regresar al escritorio.
Tomó una hoja limpia y comenzó a escribir.
"Madre, entiendo tus palabras, aunque me hieran. Sé que tus consejos nacen del amor que sientes por mí.
Pero […]"
Detuvo la pluma por un instante. ¿Estaba segura de lo que iba a hacer?
Sí, lo estaba.
"[…] debo decirte algo: Selûne me ha guiado hasta este punto, y aunque aún no sea una sacerdotisa, he hecho todo lo posible por honrar su nombre. Hay cosas que no puedes entender porque no las has visto con tus propios ojos, pero espero que algún día confíes en que, aunque tome caminos distintos a los que consideras más aptos para mi, siempre sigo su voluntad."
Dejó la carta sobre el escritorio y respiró hondo. Su corazón seguía latiendo con fuerza, pero había dicho su verdad.
Pronto llegarían las consecuencias.
"¿Tan sólo diácona? ¿Y por qué no sacerdotisa?"
La pregunta se repitió como un eco en la mente de Gwenaëlle constante, como un martillo que repicaba contra sus sienes. Sostenía la carta de su madre entre sus dedos huesudos, sus manos temblorosas. El frescor nocturno que entraba por la ventana de su modesto cuarto en el Salón de la Luna no lograba aliviar la sensación de falta de aire.
Afuera, la luz de Selûne comenzaba a dibujar su silueta en el cielo, pero su brillo no le ofrecía consuelo.
Había leído la carta tres veces, buscando entre las palabras escritas con la pulcra caligrafía de Lady Elbereth alguna señal de orgullo o aprobación. Pero, como siempre, sólo encontró reproches disfrazados de consejos.
“¿Por qué persistes en dilapidar tus dones en apetencias esotéricas? No tienes talento alguno para la magia arcana, Gwenaëlle. He oído rumores sobre tus escarceos con la institución patrocinada por la Casa Selemchant de Athkatla; ¿acaso crees que no lo descubriría?”
Siguió leyendo. Tragó saliva, repasando las letras con la punta del índice. Era una pulsión masoquista quizás. No, sin duda lo era. Pero le resultaba inevitable. Sin darse cuenta, apretó los pulgares contra el pergamino con fuerza, arrugándolo ligeramente.
“Céntrate en el seminario. Lo hemos hablado varias veces, hija mía. Ya lo intentaste una vez. Ambas sabemos que no tienes aptitud para el oficio. Además, la reputación de los arcanos en Amn es deleznable; por lo que imagino que la calidad de la formación dejará mucho que desear. Si me hubiese imaginado que harías algo así, jamás te hubiese animado a marchar de Argluna."
Gwenaëlle dejó caer la carta sobre el escritorio y apretó los párpados en un gesto agotado. No era suficiente para Lady Elbereth.
Jamás lo era.
Su hija, la eterna decepción.
Había supuesto que su relato la hubiese impresionado, pero no fue así. La imagen del altar de Lolth surgió en su mente. Todavía recordaba la sensación el roce pegajoso de las telarañas en su pelo y piel, y el hedor insoportable. Cientos de arañas enormes, algunas alcanzando las dimensiones de ponis, correteaban por las paredes, y el crujido de sus pasos sobre cáscaras de arácnidos diminutos… sintió, de pronto, náuseas y escalofríos horripilantes.
Telarañas, cientos de telarañas. Gruesas y pegajosas como mocos asquerosos, Monstruosidades que entremezclaban las facciones afiladas y terroríficas de drows con la anatomía grotesca de arañas.
Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue lo que encontraron en las profundidades de esa cueva.
El bébilith.
La criatura era una pesadilla viviente, un cruce entre un demonio y una araña. Y lo peor de todo: su tamaño gargantuesco, sus chirridos. Aún tenía pesadillas en las cuales la criatura la atrapaba y la devoraba.
Retomó sus ejercicios de respiración. Trató de calmarse y dejó por un instante la carta en el escritorio, recorriendo la estancia con la mirada. Tomó la taza de té aún caliente, y dio un pequeño sorbo.
Qué espantosa prueba de fe. Aún no creía haber sido capaz de sobrevivir a una experiencia tan atroz.
Y sin embargo, su madre seguía considerando que todo era insuficiente.
No pudo evitar sentirse herida por las acusaciones sobre sus estudios arcanos. Aunque fuese parcialmente cierto: no había avanzado tanto en el dominio de las liturgias de la Dama de Plata, tomando algo de ese tiempo para proseguir el curriculum en la Arcanum Schola. Por ello, cuando fue evaluada, se estimó que aún no había avanzado lo suficiente para adoptar el título de sacerdocio completo.
Pero donde Lady Elbereth veía un fracaso y una pérdida de tiempo, Gwenaëlle tenía otro punto de vista. Para ella, el tiempo que tardase en adquirir sus conocimientos no era tan relevante. No, no tenía prisa alguna en avanzar en las filas del clero. Se dio cuenta cuando marchó de Argluna. Aprendió y avanzó mucho, pero su ritmo debía ser sosegado; con las prisas, sus nervios eran dados a traicionarla. Y ahí es cuando cometía errores.
Su madre jamás lo entendería, claro. Eran muy distintas.
Para Gwenaëlle, entender los misterios de la magia la acercaba de alguna manera a Selûne. Cada conjuro, cada destello de energía arcana, le parecía un destello que permitía comprender los misterios de la Señora de Plata. Al fin y al cabo, el mito atribuía el nacimiento de la propia diosa Mystra a una pugna entre la diosa y su hermana malvada.
Lady Elbereth no entendía esa perspectiva. Y probablemente nunca lo haría. Era demasiado… racional.
Se acercó a la ventana y se asomó al exterior. Ahí estaba Selûne, brillante y serena. Sintió su brillo pálido en su piel y observó detenidamente las formas que se dilucidaban en su contorno, quizás tratando de hallar alguna respuesta en ellos. Pero esta noche, ni el abrazo de Selûne lograría reconfortarla. Sus ojos, acuosos, se cerraron brevemente antes de regresar al escritorio.
Tomó una hoja limpia y comenzó a escribir.
"Madre, entiendo tus palabras, aunque me hieran. Sé que tus consejos nacen del amor que sientes por mí.
Pero […]"
Detuvo la pluma por un instante. ¿Estaba segura de lo que iba a hacer?
Sí, lo estaba.
"[…] debo decirte algo: Selûne me ha guiado hasta este punto, y aunque aún no sea una sacerdotisa, he hecho todo lo posible por honrar su nombre. Hay cosas que no puedes entender porque no las has visto con tus propios ojos, pero espero que algún día confíes en que, aunque tome caminos distintos a los que consideras más aptos para mi, siempre sigo su voluntad."
Dejó la carta sobre el escritorio y respiró hondo. Su corazón seguía latiendo con fuerza, pero había dicho su verdad.
Pronto llegarían las consecuencias.