La mujer alzó la cabeza, observando con la calma que otorga el cansancio a la herrera que, con última golpes terminaba las armas que conjuntamente habían realizado. La forja nunca había tenido llama tan viva, el enfriado nunca había sido tan preciso, los golpes tan certeros. Si respiración aún se encontraba lastrada por su esfuerzo, y con un último vistazo observó hacia los filos, que refulgian con los encantamientos que la mujer había conjurado. Alzó la mirada hacia el resto, asintiendo con suavidad. Seguiría ayudando en cuanto pudiera.
Y así, circuló el rumor de que, las armas de los propios guerreros nashkelís que ahora lucian con orgullo , habían sido encantadas por una extraña sombra que rondaba la forja, una mujer que son sus manos había infundido magia al fuego y al aire, reforzando los filos que ahora portaban