XXXVI. De dos grandes aventuras subterráneas.
Estoy tumbada en mi lecho pero no tengo muchas ganas de dormir. Será porque tengo el brazo vendado y me duele. Bueno... lo cierto es que los recuerdos de los días pasados no me permiten descansar hasta que no los haya plasmado en ti, diario mío.
Comenzaré con
Misnor, ciudad en la que
Greta y yo nos encontrábamos para ayudar al maestro
Axel en sus estudios de alquimia. La conversación durante las horas que estuvimos trabajando comprendió temas tan dispares como los altos y fuertes bárbaros de
Ideptoon (en concreto uno de ellos, un tal
Ivax, muy útil para alegrar la vista según
Greta) o los encargos a la
Casa Gáldrim y la recogida de plantas. El maestro
Axel nos contó que bajo
Misnor se extendía una red de arterias subterráneas en las que se podían encontrar algunas plantas de interés pero que era un lugar peligroso... ¡Cómo no iba a serlo!
Los túneles bajo la ciudad de
Misnor refulgían con una extraña luminiscencia cuando nos adentramos en ellos, una luz que no menguó a medida que avanzábamos más hacia el interior de las grutas. De algunas oquedades emanaban vapores pestilentes que complicaban el viaje al no dejarnos respirar y además, allí abajo, había veces que las protecciones mágicas se desvanecían inexplicablemente como si una misteriosa fuerza rompiera los vínculos con la
Urdimbre y disipara los conjuros. Y lo peor estaba por llegar.
Al principio sólo el eco de nuestros pasos rompía el silencio reinante. Tras atravesar varios corredores y salas
Axel nos hizo detenernos con un gesto. Escuché, atenta, y en un primer momento sólo aprecié mi respiración y la de
Greta a mí lado. Pero sí... ¡ahí estaba! Un sonido desconocido, sibilante, acompañado de otro como de golpear metal contra roca. Tras una esquina aparecieron de repente tres monstruosos seres que parecían pescados hiperdesarrollados con escamas verdosas y fauces llenas de dientes, y para rematar, portaban unas lanzas claramente mágicas por los destellos que despedían.
Levanté mi rodela por inercia cuando el primero de ellos se lanzó decidido hacia mí, soltando un bufido que sonó ahogado, y su lanza resbaló por la superficie del escudo y golpeó el suelo emitiendo un fuerte chasquido. Trastabillé por el empujón y casi caigo al suelo, pero por suerte
Greta estaba detrás de mí y me sostuvo. El ser se recuperó con rapidez y volvió a alzar la lanza con renovadas ganas de atravesarme. Detrás de él una sombra apareció y dos cuchillos seccionaron su cuello en un veloz movimiento... ¡
Axel, gracias a los dioses que estaba allí!
Entonces
Greta gritó señalando más allá de
Axel. Uno de los dos monstruos restantes se lanzaba ya hacia nuestro maestro y el otro susurraba palabras en arcano. Con sus filos cruzados,
Axel desvió el golpe atrapando entre ellos la lanza del horrible ser que le agredía y haciéndola virar a la derecha. Silbé lo más alto que pude la melodía
Facinar, concentrándome en mirar al ser y que él me mirara, que se dejara llevar, que cayera rendido ante el ancestral arte de los trovadores.
Greta aprovechó ese momento para clavar profundamente una de sus flechas en el costado del monstruo y matarlo.
Pero el conjurador actuó. Unos zarcillos de una poderosa energía oscura emergieron del suelo de piedra y me atraparon, treparon por mis piernas y quedé inmovil. Maldito mago, había conjurado un
Tentáculos negros de Evard.
El escamoso arcano volvió a mover sus garras con rapidez y las palabras siseantes anunciaron conjuros devastadores. Dejé caer el escudo y cerré los ojos esperando la andanada de proyectiles que acabaría con mi vida.
Greta volvió a gritar, pero esta vez era un grito repleto de rabia, odio, magia. Pude sentir la cólera atravesándome y gracias a los cielos que yo no era su objetivo. La energía golpeó al conjurador, que dejó el conjuro a medias y se cubrió los oídos con un gesto de dolor. Abrí los ojos y
Axel ya estaba al lado de la bestia, acabando rápidamente con su vida.
Y te preguntarás si nos marchamos de allí tras este desagradable encuentro. Pues no, querido diario. La curiosidad es algo innato en los trovadores, así que seguimos avanzando y llegamos a una gruta en la que alguien había erigido tres estelas con sendas inscripciones. He copiado lo que ponía en dos de ellas.
El tiempo expiró para la noche.... El padre desconsolado subió la escaleras del campanario... Al llegar arriba, en lo más alto de la torre, vio salir el sol... Con lágrimas aún en los ojos, cogió la cadena y tiró fuerte de ella... Las campanas resonaron por todo el valle...
... Las gentes del valle al oír las campanas se dirigieron al campanar... Las campanas seguían sonando y el padre exhausto dejó de tocarlas... Salió al balcón y miró a la gente que esperaba debajo del campanar... Las campanas pararon de sonar, el padre miró abajo y cogió una corona con las dos manos... Extendió los brazos hacia el cielo y se puso la corona... El padre volvió a ser rey...
La tercera estaba demasiado sucia y cuando me disponía a limpiarla para entender el texto escuchamos los siseos y sonidos metálicos de más criaturas escamosas acercándose, muchas, muchas. Esta vez tuvimos que huir, por desgracia, aunque me he quedado con ganas de regresar e investigar.
Al acabar nuestra aventura en el subsuelo,
Greta y
Axel se quedaron en
Misnor para preparar algunos pedidos y yo regresé a
Athkatla, y fue entonces cuando comenzó mi segunda gran aventura subterránea.
La oscuridad ya reinaba en los llanos cuando me despedí de
Zafiro y lo dejé en los establos, pero como la entrada a la
Luz del Alandor, donde me dirigía a descansar, estaba a apenas unos pasos de distancia ni siquiera encendí mi farolillo. En la entrada de la posada casi choco con
Kara.
Vestía por completo de negro, un bonito contraste con la palidez de su piel y el brillante rubio de sus cabellos. Sonriente, me invitó a acompañarla con promesas de aventura y de obtener oro. Acepté. La curiosidad y el oro son una mala combinación, ¡ays!
Y no me quejo, que conste. Tras mucho caminar junto a la ribera del río
Alandor,
Kara se detuvo junto a unas ruinas y comenzó a retirar piedras y hierbajos. Bajo ellos descubrió una trampilla de la que, al abrirla, brotó una ardiente brisa. El calor aumentó según descendíamos por unas estrechas escaleras de caracol y la oscuridad de la noche dejó paso al resplandor carmesí propio de las llamas. Las escaleras finalizaron y llegamos a una gran sala subterránea iluminada por fuego y la lava.
¿En qué lugar nos hallábamos? Un singular encuentro me sacó de mis pensamientos. Una silueta se dibujó entre la bruma carmesí y apareció una mujer armada con dos filos. Menudo susto, aunque resultó ser una joven agradable que nos dijo que se llamaba
Tarant, una aventurera en busca de oro y tesoros antiguos y perdidos. Nos advirtió de los peligros de ese sitio: elementales de fuego, enormes salamandras nada amistosas, y, por supuesto, lava y fuego.
Lo que mejor recuerdo es el intenso calor, el brillo de las llamas que a veces nos cegaba, el sabor salado del sudor en mis labios y las quemaduras en mis brazos desprotegidos. Sala tras sala nos asaltaban más y más peligros pero lográbamos salir indemnes gracias a nuestras habilidades conjuntas. Los esfuerzos parecía que daban sus frutos cuando avistamos un refulgente rubí que latía como si fuera el corazón de ese sitio. Las tres nos acercamos con temor, alargué la mano hacia la rojiza piedra pero
Tarant se me adelantó y...
¡Y no recuerdo nada más! Me desperté hace unas horas aquí, en mi habitación de las
Cinco Jarras. Recostada en una silla se encuentra
Kara, dormida. Parece que ha estado velando mi sueño. Cuando despierte, le preguntaré cómo terminó la aventura.