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La senda de la Pureza, Devoción y Belleza de Fery Krill

Manny_LoneWolf

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Presente XXXIII - La senda de la pureza, devoción y belleza


El campamento de la Alianza era un revoltijo importante, tan extraño y pintoresco como seguramente en otras ocasiones de la historia se habría visto, ante eventos tan cataclísmicos como el que Faerûn y más allá se estaba viendo envuelta.

La lanza para acabar con el mal era una realidad y entre los murmullos debía de salir alguien para portarla. Dudas, palabras más altas que otras, gestos altivos... Era lo que se vio y Fery esperaba de tanta mezcla de personalidades, tanto de Amn como de Murann. Portarla iba a ser decisivo, pero de igual modo un gran peligro para aquel o aquella que se hiciera cargo, con un destino que podría llegar a ser peor que la muerte.

Pero ella no dudó. Y se ofreció voluntaria para el juicio de la gran dragona por si sería digna de portar tan magnífica arma, pero mejor aún, pues de no serlo, ese juicio la haría ver en qué posición se encontraba en relación a la senda que había seguido desde que había obtenido el abrazo de la Dama del Amor. Cuando Calendil le dijo que pensara en Brizaelinth, Sune sí bien sabía que la paladina había pensado y repensado en su amada. Pero aun así, lo tenía claro, pues de sus labios solo salió: «Si Brizaelinth estuviera aquí, ella misma se presentaría voluntaria: pues es una oportunidad para poder salvar a todo el mundo». Y no había ninguna mentira, pues la elfa oscura tenía un corazón tan bondadoso como bello y ya se había sacrificado de manera altruista en numerosas ocasiones.

Los voluntarios fueron pasando para escuchar el juicio de la enorme y sabia criatura donde no faltaron los semblantes serios, de decepción, e incluso las pérfidas sonrisas, pues al fin y al cabo, mucho eran enemigos acérrimos que simplemente habían acabado como aliados por necesidad ante un mal que superaba lo visto antes. Cosa que, a esas alturas, todavía parecían no entender de que «todos estaban en el mismo barco».

Cuando fue el turno de la mestiza, que había esperado pacientemente a ser prácticamente la última, optó por doblar una rodilla para clavar la otra en tierra a la vez que tomaba su capa con el símbolo de Sune con un brazo a la espalda, con intención de que esta no tocara el suelo. Gesto que había hecho cabizbaja por respeto, siendo entones cuando se vio con el valor de articular palabra, no porque le faltara, si no porque jamás había estado tan cerca de un ser como el que tenía delante en aquel mismo momento.

—Me presento ante vos, pues mi nombre es Fery. No haré ostentación de cargos ni méritos, pues lo que veis es lo que soy.

Sus palabras sonaron solemnes ante el silencio cercano, pero no así los susurros de las personas más atrasadas. Después, la paladina levantó la cabeza para por fin mirar a la dragona a los ojos.

—Empecé y acabaré del mismo modo, utilizando la palabra y la espada para hacer del mundo un lugar mejor y por eso estoy aquí. Pues con solo una oportunidad para hacer frente a lo que tenemos delante, no puedo mirar hacia otro lado; el valor se ha de medir por las vidas que salvar, y esta tierra merece ser salvada, incluso aunque eso cueste el fin de mi senda: pues no será en vano si otros pueden quedar cuando yo no esté.

Fery tomó aire, con calma, dispuesta a decir lo poco que le faltaba.

—No tengo nada más que decir —continuó—, y la decisión os pertenece. Aceptaré vuestras palabras, pues sé que serán justas, honradas y lo más importante: veraces.

La dragona observó a la mestiza con unos ojos que parecían arder, posándose fijos en la pequeña figura que era para ella. Acto seguido movió su cuerpo y cuello lo suficiente para quedar un poco más a una altura que provocara un acercamiento, y decidió abrir sus fauces para hablar.

—Fery Krill, de Sune —dijo para empezar, como una leve presentación real para ella misma y para todos los que no conocieran a la susodicha—. Krilge, hija de Xunag, de los Sangreardiente. De dos linajes. Has caminado por dos sendas marcadas para ti, y de ambas, has forjado tu propio sendero.

La paladina levantó sus cejas en sorpresa, pues aunque no sentía miedo, había descubierto el gran poder de aquella que tenía delante al demostrar que realmente la conocía bien.

—De la crueldad, has aprendido compasión —prosiguió, retumbando su voz de manera severa—. De la violencia, la paz. Llegado el momento, la Reina de la Oscuridad usará su arma más poderosa contra cualquiera que intente combatirla: las propias dudas de su espíritu. No hay pecado en tu sangre. No si la abrazas y aceptas como parte de ti, pues no somos aquello como lo que nacemos... si no aquello en lo que luchamos para convertirnos: pues no hay mejora sin un gran sufrimiento.

Se hizo un pequeño silencio, en el que, de nuevo, los susurros seguían escuchándose en las partes más atrasadas del gentío.

—Somos a su vez el artista, y el mármol esculpido —sentenció, bajando su mirada después para aguardar el siguiente.

Fery sonrió de manera genuina, incluso contenta con lo que había oído. Después se puso en pie con la misma calma con la que había doblado la rodilla y se retiró sin apartar la vista de la dragona en puro gesto de respeto y hasta admiración.

No sabía si sería portadora de tan magnífica arma, pero... las palabras habían hecho tanto eco en ella que por fin podían brotar de sus ojos lágrimas de alegría y de honesta verdad. Aunque se había mantenido siempre fiel y creyente en ella misma, en su camino y en seguir adelante: este juicio había sido un soplo de aire fresco tan alentador que lo recordaría hasta el fin de su camino. ¿Cuánto años habían pasado? Muchos. Pero ahora sí: Fery sabía que seguía en línea recta por la senda de la pureza, devoción y belleza, y eso la iba a dar fuerzas para el enfrentamiento final.



Offtopic :
Gracias @DM Ofnir por tan magnífico momento. 👏


 
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Manny_LoneWolf

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Presente XXXIV - Otra oportunidad para vivir


No era fácil volver a la normalidad. Incluso después de haber vencido a un mal tan superior, quedaba mucho por hacer para reconstruir todo lo que se había hecho añicos. Edificios, naturaleza, personas… Todo había sido arrollado y tardaría en sanar, pero, Fery pensaba que a todos se les había brindado una segunda oportunidad para vivir, por lo que no iba a desperdiciarla.

El último esfuerzo se llevó a cabo para dar digna sepultura a todos los que habían perecido en el enorme campo de batalla, y poco a poco las cosas tomaron un cauce más tranquilo, silenciosamente sosegado, incluso en la capital.

La primera noche en que realmente pudo descansar con su amada y por fin soltarse tras tanta tensión, la mestiza pudo yacer con la elfa oscura bajo el mismo deseo de la primera vez que decidieron darse caricias entre sábanas de seda. Fery se preguntaba si era pecado el haber dudado de si iba a volver de la guerra, pues, le había prometido que se casarían tras que todo acabara, pero la batalla había sido la mayor prueba a la que se había enfrentado y ello antes la había obligado a tener algo de incertidumbre. Sin embargo: no fue así, por lo que, los designios de los dioses aún guardaban cosas para ellas, seguramente más Sune si cabía.

Una mañana bien temprano, la paladina dejó la habitación de los Salones Espumaplateada, no sin antes depositar un tierno beso en la mejilla de su amada, que aún descansaba. Sus pasos la llevaron hasta el templo de La Dama del Amor allí en el mismo distrito, donde, saludó a todos sus compañeros y empleó tiempo en algunos quehaceres del lugar, todo con intención de ayudar en el clero.

Después de ello y ya cerca de mediodía, se descalzó para luego tomar el bajo de su túnica hecha a medida con hermosos detalles en fina plata y flexionar las rodillas. Juntó las palmas de sus manos tras adoptar la posición y cerró los ojos con intención de abstraerse en su segundo rezo, pues ya había conferido el primero tras su baño al amanecer.

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Al poco, fue sorprendida por unos pasos a su espalda que le llamaron la atención, pero que no la impidieron seguir con su tarea y mucho menos terminar las palabras de amor hacia su diosa, haciendo gala de templanza y disciplina. «Otro feligrés más», pensó, hasta que aquella persona decidió pronunciarse.

—La espalda más recta, Fery.

La mestiza abrió los ojos de manera repentina y su corazón dio un vuelco. La voz le era familiar, mucho, tanto que dudó si girarse o no, pues pensaba que había sido fruto de su imaginación tras el momento introspectivo. Pero instantes después, esa persona se aclaró la garganta, siendo entonces cuando Fery obtuvo el valor de primero ponerse en pie y segundo darse la vuelta.

Y allí estaba: su maestro, Renaud Duval, otro honorable y famoso capitán de las Hermanas y Hermanos de la Rosa Rubí antes que ella, vestido de manera elegante con traje a medida, pero con un brazo en cabestrillo. Su cabeza parecía recién afeitada y llevaba el perfil de los ojos con algo de negro, sutil, resaltando lo ambarino de estos que eran hermosos como dos soles, todo bajo una sonrisa de dentadura perfecta con una perilla alrededor meticulosamente arreglada.

—¿Maestro…? —musitó la mestiza sin poder salir de su asombro.

—Soy yo, sí —respondió manteniendo la sonrisa.

Fery se tiró sobre él y lo abrazó con todas sus fuerzas. Se había convencido de que lo mejor era pensar que había fallecido en servicio allá en Cormyr tras no recibir respuesta alguna durante tantos días, para que aquello no le nublara la mente ante todo lo que tenía que hacer frente con la guerra. Pero no fue así, y allí estaba de cuerpo presente: sentía alegría, gozo y muchas sensaciones buenas prácticamente indescriptibles, todo de golpe.

—Permíteme que te diga —volvió a pronunciarse, aunque algo ahogado por la falta de aire—, que me estás haciendo un poco de dañ…

El hombre vio sus palabras interrumpidas cuando ella lo tomó de las mejillas y le plantó un beso en los labios. Nerviosa y descontrolada, algo impropio de ella, Fery se dejó caer luego cuando sus piernas le flaquearon, deslizándose lentamente hasta quedar de rodillas con la cabeza apoyada en el pecho de Renaud. De sus ojos brotaron lágrimas que no pudo contener por la amalgama de sentimientos, todo bajo un gran nudo en el estómago. Lloró y sollozó, tratando de ahogar aquello, pero no pudo.

—Diosa, yo… lo siento… —intentó articular palabra la mestiza.

Renaud clavó una rodilla en tierra y posó la única mano que podía en el hombro de su antigua pupila, para sonreírle después.

—No pasa nada, Fery: estás en shock —comentó con calma tratando de apaciguarla un poco—. Oye, yo también me besaría a mí mismo si pudiera —hizo broma luego para quitar importancia a lo que había sucedido.

—Te odio —fue lo único que salió de sus adentros tras mezclar risa con llanto.

—Bueno, está bien, eso te hace humana. ¿Verdad?

Ambos rieron y la paladina por fin pudo alzar el mentón para volver a mirarlo, siendo cuando él llevó entonces los dedos hasta las hebras rojizas del cabello de ella, para pasar estos con cariño.

—Obtuve algo de esperanza cuando vi llegar a las fuerzas de Cormyr —dijo ella—, pero luego no te vi en los restos del campo de batalla o en el recuento.

—Vine con ellos, pero el después fue algo complejo —dijo antes de asentir.

—Podrías haberme contestado a alguna de las cartas, ¿no crees?

Renaud se encogió de un hombro, el que no tenía el cabestrillo, y luego apartó la mano del cabello de Fery con calma.

—Bueno… —Desvió la mirada por un instante—. Quería darte una sorpresa para el día de tu boda, así que decidí cruzar varias naciones en medio de una guerra por el fin del mundo solo para ello. Ya sabes… —Se permitió el lujo de hacer otra broma, para, de nuevo, relajar la tensión.

—Diosa. La boda… —Se frotó la cara y suspiró—. Soy un desastre.

—Venga, no digas eso, yo os ayudaré a que todo salga bien. Por cierto, ¿cuándo me vas a presentar a tu prometida?

—No pienso hacerlo hasta que esté en el altar.

El hombre ladeó un poco la cabeza con cierta expresión de estar algo confuso.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que me la robes —respondió ella entonces, devolviéndole la broma.

Y de nuevo, juntos, se echaron a reír. Renaud se puso en pie justo después y le ofreció el brazo bueno a Fery para que ella hiciera lo mismo, quedando ambos casi a la misma altura, porque ella era más alta.

—¿Te queda vino de la Gáldrim? —preguntó él, con ella del brazo.

—Diría que no, pero créeme cuando te digo que conozco a las personas que pueden conseguirme todo el que desee —respondió ella con su mejor sonrisa de felicidad.​
 

Manny_LoneWolf

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Pasado - Renaud Duval (I)


Las novicias habían hecho un buen trabajo con Fery. Su oscura y descuidada melena se había convertido en una de color carmesí, reflejando hermosura que se mecía a cada paso que daba. Sus uñas, aunque por ahora cortas, habían perdido la imagen desgastada por el trabajo de Púrskul, para resplandecer en esmalte de color rojo intenso. Sus ojos habían sido maquillados con una leve sombra de tonos rojizos, resaltando estos cuando parpadeaba o los cerraba, haciéndolos llamativos, más atractivos si cabía. En cuanto a la indumentaria, habían decidido vestirla de manera formal, como así iba aquel que acababa de conocer, y que, en teoría iba a ser su maestro de ahí en adelante. No acostumbrada a los tacones, se esforzaba por no parecer patosa mientras estos sonaban a cada paso: por suerte para ella, se los habían escogido de tacón ancho.

Juntos paseaban por las transitadas calles del Distrito del Templo tras haberse conocido y presentado frente al templo de la Dama del Amor, llegando sin problemas hasta el Distrito de la Gema. Era media mañana y el servicio de los más pudientes iba de un lado a otro con los encargos de sus señores. La mestiza, en silencio, seguía al hombre: aprovechaba para reparar más en él sin parecer descarada, pues más bien era curiosa. Renaud llevaba un traje a medida, perfectamente ajustado a sus anchos hombros sin que la prenda llamara la atención salvo por su excelente manufactura. Era más bajo que Fery, pero eso no lo hacía menos imponente dado el extraño magnetismo que lo acompañaba, haciéndolo muchísimo más atractivo que la mayoría de los hombres que había conocido. Le sorprendió ver que no tenía cabello alguno, pues su cabeza iba a afeitada, donde lo que llamaba la atención era la fina línea negra de los ojos que perfilaba estos, así como una perilla bien cuidada. «Y vaya ojos», pensó la mestiza, pues eran hermosos como un par de soles.

—Maestro… —se pronunció Fery tras pasear su vida en derredor, asombrada de cada plaza y estatua del Distrito de la Gema.

—¿Sí? —preguntó el tras girar levemente la cabeza y mirarla de reojo, aunque dedicándole una sonrisa simpática.

—¿Puedo preguntar adónde nos dirigimos?

Renaud rio un poco, con suavidad, como si quisiera que ello solo quedara entre ambos.

—Claro que podéis, buena Fery. —Le asintió con calma, transmitiéndole seguridad con un gesto tan simple—. Vamos a Modas Pétreaseda, que es donde trabaja mi sastre personal: su nombre es Lolita Vionnet.

—Oh, ah… ¿Vamos a que le hagan un traje nuevo? —preguntó ella para intentar conectar un poco con el asunto que se traían entre manos.

—No, no. —Negó, sonriéndole de nuevo—. Vamos a hacer un encargo de varias prendas para ti, que te harán falta.

Fery desvió la mirada y apretó un poco los labios. No sabía muy bien cómo funcionaba el clero, todavía, pero entendía la lógica de que seguramente necesitaría prendas para cada ocasión, pues los trabajos iban a distar bastante de los que había estado haciendo con los difuntos Krill.

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Así que sus pasos siguieron hasta la entrada del local, que, aunque de puerta algo estrecha, disponía de un enorme y vistoso escaparate con maniquíes que mostraban vestidos y trajes de todos los tipos, demostrando por la calidad que el distrito más ostentoso de Athkatla era el lugar idóneo para ese negocio. Renaud abrió la puerta y cedió el paso a Fery, agradeciendo esta con sutil asentimiento, pero no por ello menos formal. Dentro, la mestiza pudo observar más prendas, así como un sinfín de telas, además de muestras de tintes y colores variados.

—Que Sune os brinde un hermoso día, señor —saludó Renaud al trabajador de la entrada—: tenemos una cita con Lolita.

—La dama Vionnet les está esperando, don Duval —dijo el trabajador antes de sonreír a Fery y su maestro.

Fueron acompañados por unas escaleras que los llevaron hasta el piso superior y ahí cruzaron a través de una cortina de terciopelo color burdeos, anudada a ambos lados para permitir el paso, momento en el que el trabajador se retiró para volver a la entrada para seguir con sus labores.

La sala, amplia, disponía de un espacio privado cubierto por un biombo del suelo al techo y un montón de útiles de medición, así como taburetes y alzadores de distinto tamaño. Justo antes de este, y al lado de una mesa con tijeras, alfileres y un sinfín más de herramientas de costura, aguardaba una señora menuda, encorvada, seguramente anciana por los años que aparentaba. Su cabello canoso estaba recogido por un moño alto, en la coronilla, y unos gruesos pero elegantes anteojos le reposaban sobre la nariz. Fery se dio cuenta de que «Lolita» era un sobrenombre apropiado, aunque le sorprendió ver lo bien que iba vestida y conjuntada para ser alguien acostumbrada a trabajar.

—¡Renaud! —exclamó la mujer menuda a la vez que separó los brazos del cuerpo.

—Lolita… —dijo él con una amplia sonrisa cargada de amistad.

Ambos se fundieron en un abrazo profesional, dedicándose unos golpecitos en la espalda.

—Cuánto tiempo, hermoso —volvió a pronunciarse ella tras separarse, con un acento del interior de Faerûn muchísimo más marcado que el de Renaud.

—Sí… —Rio un poco—. Te traigo a mi nueva aprendiz para que le hagas ropas nuevas.

Lolita observó a Fery de arriba abajo, con descaro, pero con los ojos analíticos de una persona que había vivido mucho y no con desprecio.

—¿Cuántas prendas? —preguntó luego al volver a la mesa más cercana y tomar un carboncillo para presionarlo levemente sobre un papel, dispuesta a escribir.

—Un armario, de momento —repuso Renaud con toda la calma del mundo.

—¡¿Un armario?! —exclamó Fery sin poder evitarlo—. ¡Pero maestro…!

—Silencio, muchacha —espetó Lolita—, que los mayores están hablando.

La mestiza de orco se quedó muda, incluso recuperó la rigidez, haciendo caso y evitando comentar algo más. La sastre tomó nota y empezó a escribir una lista de todo lo que se le venía a la mente, susurrando mientras tanto, aunque algo audible. Al acabar, tomó el papel y se lo mostró a la pareja sunita: Renaud fue asintiendo y las cejas de Fery se iban alzando lentamente en cuanto más leía.

—¿Pone… ropa interior? —preguntó la mestiza algo confusa, o quizá desconectada de la situación.

Lolita suspiró con pesadez mientras que Renaud desvió la mirada y apretó los labios para evitar sonreír.

—¿Pero tú sabes quién soy yo, muchacha? —preguntó la anciana, achinando los ojos.

—Yo, bueno… Mi señora, mil disculpas —Asintió Fery algo apurada.

—¡Soy Douleurs Vionnet! —Alzó un índice con una energía claramente fuera de sus capacidades, donde la letra ese del final de su nombre fue muy enfatizada—. ¡Mis trabajos se conocen en todas las naciones y el interior de Faerûn fue mi cuna, así como mi seña de identidad! —La mujer volvió a exhalar aire con pesadez justo antes de tomar la palabra de nuevo—. Si me piden un armario de ropa, tengo que trabajar con ganas y estilo para llenarlo: pasa hacia dentro y haz el favor de ir desvistiéndote.

—Esperaré aquí —dijo Renaud antes de sentarse en una de las sillas para ello, aprovechando el proceso para tomar uno de los ejemplares antiguos de la Voz de Amn que había por ahí doblado entre tanta cosa.

Lolita se adentró en la zona tras el biombo y fijó su mirada en la tímida Fery, que se iba despojando de sus ropas con cierta inseguridad. La anciana notó eso, pero lejos de darle su espacio, optó por mantenerse impasible mientras la observaba con ojo analítico de modista.

—Su cuerpo está realmente bendecido por tu diosa —dijo la mujer mayor en dirección al hombre que esperaba al otro lado—. ¿De dónde la has sacado?

Renaud rio. La mestiza, por su parte, se volvió a tapar como pudo.

—Pues mira, es de Púrskul: calidad nacional amniana —respondió el hombre mientras pasaba algunas hojas del diario.

—Oiga, señora que no soy ganado… —dijo Fery algo molesta.

—¡Quítate la ropa de una vez! —exclamó con inusitada energía la anciana—. ¡Que no tengo todo el día!

Fery suspiró resignada y se deshizo de lo poco que le quedaba, siendo entonces cuando Lolita se echó varias cintas métricas al hombro y avanzó con calma hasta la mestiza. Ahí, a su lado, empezó a medir las partes de su cuerpo, con sencillez, pero habilidad, demostrando que era toda una experta: musitaba números y quizá cálculos, llegando casi a ser ininteligible.

—¿Lo de la ropa interior... es realmente necesario? —preguntó Fery algo dudosa, sin darse cuenta de que iba a interrumpir a la mujer.

Y se hizo el silencio, donde solo se pudo escuchar el ruido al otro lado del paso de las hojas del periódico que Renaud sostenía entre sus manos. Lolita alzó el mentón, mirando de manera severa a la mestiza, notando esta última un frío respingo que le recorrió de la columna hasta la nuca.

—¿Pero tú has visto las bragas que llevas? ¡¿Tú te crees que una servidora de Sune va con ESAS bragas?! ¡Voy a pedir inmediatamente que te las tiren a la basura! O mejor aún... ¡que te las quemen!

—Son las que tenía. Las novicias no me die… —intentó Fery explicarse pero fue interrumpida.

—¡Silencio! —ordenó Lolita—. ¡Y date la vuelta!

La mestiza hizo caso, rígida como si de una estatua de piedra se tratara, quedando a espaldas de la sastre. Esta última, entonces, propinó un cachete altamente sonoro en el trasero de aquella a la que le estaba tomando las medidas.

—¡Pero señora, por favor! —exclamó Fery.

—¡¿Cómo quieres que te tome las medidas con lo tiesa que estás?! ¡Relájate!

—¡Maestro Duval! —volvió la mestiza a tomar la palabra en un intento de pedir ayuda a Renaud.

Pero el hombre solo pudo reír un poco, con simpatía, todo sin apartar la vista de la relectura del diario. Después negó y por fin hizo por dirigirles la palabra con la mejor de sus sonrisas, aunque no pudieran verle.

—Algo me dice que esto va a ser el inicio de vuestra gran amistad —dijo a las dos mujeres.

 

Manny_LoneWolf

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Pasado - Renaud Duval (II)


Fery se hacía cada vez más a su rutina conforme el tiempo pasaba. Había optado por ir a dormir pronto para descansar bien, porque, antes del amanecer debía de estar más que presentable para su rezo matutino. Tomar un baño de agua caliente, lavar su cabello y mantenerlo en buen estado, dar algún que otro toque de maquillaje si se prestaba, llevar siempre las uñas perfectas, disponer siempre de toda su ropa presentable para cualquier ocasión… Todas esas cosas le habían parecido un mundo, pero cada vez se sentía más a gusto en la rueda que se había convertido su vida. Al fin y al cabo, la organización y la estabilidad la hacían sentir bien, y de algún modo, en paz, pues no eran pocas las noches que le costaba conciliar el sueño debido a algunos recuerdos. Adoraba mirarse en el espejo, en momentos tan nimios como cuando se cepillaba su melena que había dejado de ser oscura, para ser de un color tan vivo que la había ayudado a seguir adelante.

Una de sus tareas era hacer guardia a las puertas del templo, aunque normalmente era hasta que Renaud, su maestro, la requería. Y aquel día no fue distinto. El capitán de las Hermanas y Hermanos de la Rosa Rubí se llevó a su pupila lejos de los muros, por la zona conocida como los páramos, muy cerca del bosque. No era la primera vez que habían ido hacia allí, pues Renaud siempre decía que Sune también estaba en sintonía con la naturaleza, pues esta última brindaba muchas cosas hermosas de la flora y la fauna.

Pero Fery tenía que progresar, mucho más, en el uso de la espada y el escudo si quería llegar a ser una gran paladina con capacidades para hacer frente al mal y la nomuerte. Por eso, aprovechaban para entrenar en la mayoría de las ocasiones. Y aquella vez no iba a ser distinta.

—Es importante que aprendas a leer el cuerpo de tu rival —dijo Renaud, moviendo en círculos una espada de madera—. Anteponerte a sus movimientos puede salvarte la vida, pudiendo reaccionar antes, ya sea para atacar o defenderte.

—Me es complicado moverme con todas estas placas encima, maestro, además… —La mestiza de orco emitió un profundo suspiro—. Todavía no me he hecho a ella y suelen salirme algunas rozaduras.

—Es parte de hacerte una guerrera sagrada —comentó Renaud antes de dedicarle una sonrisa tenue.

—¿Y no podemos portar algo más ligero? —preguntó Fery tras golpearse las protecciones de los antebrazos una con otra, de manera tranquila para apenas emitir ruido que pudiera molestar.

—Hay una razón para ello —repuso el maestro, asintiendo luego—. Tu cuerpo es un templo que has de cuidar, pues la belleza que te acompaña es fruto de la bendición de nuestra querida diosa. El tiempo que empleas en cuidarte es devoción, respeto y enaltecimiento de lo hermoso: las marcas y cicatrices solo empañan eso.

—Visto así, tiene sentido —dijo Fery, comprendiendo entonces—, pues las placas ofrecen mayor protección.

En la conversación, Renaud se había dedicado a dar vueltas alrededor de su pupila. Tras una pequeña pausa donde ninguno continuó hablando, el paladín giró el arma sobre su muñeca para finalmente empuñarla con ambas manos y atacar a Fery.

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—¡Arriba! ¡Abajo! —exclamó mientras dirigía los ataques hacia esas direcciones.

La mestiza de orco se defendía como podía, pues, era presa de la gran aptitud marcial de su maestro. Seguía los pasos, avanzaba y se retrasaba cuando tocaba, atacando y defendiendo, siendo todavía la armadura un lastre para ella.

—Bien, bien —dijo el maestro tras que ambos se detuvieran, volviendo a caminar alrededor de Fery—. Nuestro camino habla del honor, la rectitud, templanza y la honestidad. Pero me temo… —Negó con suavidad—. Que eso no es algo que podremos esperar de todos nuestros enemigos.

—¿A qué os referís?

Renaud desenvainó una pequeña daga atada a su cinto y luego pasó el pequeño filo por la palma de su mano para hacerse un corte. Fery, sorprendida y hasta confusa por ello, fue incapaz de prever lo que iba a pasar a continuación: más cuando su visión quedó completamente nublada por gotas de sangre que le cayeron en los ojos.

—¡Maestro! —exclamó la mestiza a la vez que se frotaba los ojos con uno de los puños que había retirado del pomo de la espada de prácticas, para caer en la cuenta de que solo estaba empeorando la situación.

Entonces, Renaud se acercó a ella por la espalda y golpeó ahí con el plano de la arma de madera.

—Una de tus tareas será el aprender a guiarte por el resto de tus sentidos a la hora de combatir, no solo con la vista, pues esta puede ser engañada —dijo a modo explicativo.

—Maldita sea, pero así no pue…

Las palabras de Fery fueron interrumpidas cuando sintió otro golpe, en las costillas entonces, viéndose obligada a girar en esa dirección y zarandear la espalda de manera errática para intentar, de alguna manera, el defenderse. Pero no pudo, y así fue con otros más, pues su maestro se valió del no hablar para intentar ocultar sus movimientos.

—Tienes que centrarte, Fery —tomo Renaud la palabra de nuevo y tras detenerse—. No tienes que pensar en lo que te rodea, simplemente sentirlo, para…

Y entonces se vio paralizado por la sorpresa cuando su pupila se abalanzó sobre él, dejándolo sin apenas tiempo para reaccionar: ella se había valido del sonido de esas palabras para guiarse con toda su furia.

—¡Fery…! —gritó el hombre antes de ver como las manos de su aprendiz se cerraban alrededor de su cuello y la mandíbula de esta estaba apretada en gesto de ira, habiendo caído ambos al suelo para quedar ella encima.

Renaud, que había quedado atrapado con la espada de madera en horizontal, movió está para intentar hacer palanca, pero fue inútil. El tiempo pasaba y cada vez perdía más aire, pues Fery no cesaba en su fuerza, completamente ida y fuera de control, aprovechando que también tenía todo el peso de su cuerpo en armadura de placas encima. Por su mente pensó el golpearla en las costillas, pero, ¿qué iba a lograr con la protección que llevaba su pupila? Entonces, una chispa inteligente prendió como idea en su cabeza para librar una de sus manos y llevarla hasta la pieza de metal que cubría el cuello de Fery: agarró con fuerza de ahí y tiró, cosa que no le fue complicado porque la mestiza de orco cada vez acercaba más sus fauces al rostro de hombre, a pesar de tener los ojos cerrados. El resultado hizo que la nariz de la semiorco se estrellara directamente contra la frente del humano, al ser este de una estatura menor, obligando a que Fery se llevara las manos al rostro por el dolor. En aquel preciso momento, aprovechando la libertad, Renaud hizo por coger aire y luego empujó a su pupila a un lado al valerse de la espada de manera aún en horizontal, obligándola finalmente a caer hacia uno de los lados. Tendidos en el suelo, la pareja no pudo nada más que luchar por volver a respirar.

—Lo… lo siento, maestro —se disculpó Fery con voz nasal, pues esta se le había roto.

—Diosa, Fery… Casi me matas.

—Sigo sin poder ver…

Renaud se puso en pie y luego ayudó a su pupila a que hiciera lo mismo, guiándola hasta una piedra cercana, grande, donde ella pudiera sentarse.

—Toma, utiliza esto —dijo después mientras le hacía entrega de un pequeño odre con agua.

—Sí…

El paladín observó a la mestiza tras caer en la cuenta de que ella iba a ser la aprendiz más complicada que había tenido hasta ahora. Pensó que si bien era hermosa, con rasgos muy atractivos que la hacían exótica y alejada del resto de sus semejantes, había algo en su interior que requeriría mucha fuerza de voluntad para controlar. Fery había demostrado tener un buen corazón y no habría obtenido la mirada atenta de Sune de no ser así, y mucho menos, el probarla para ver si era digna de seguir la senda: aquello que tenía delante iba a ser una verdadera prueba para ambos. Tras la reflexión, Renaud estiró uno de sus brazos para tocar el rostro de ella, en un gesto cálido que terminó por repararle la nariz con la aptitud sanadora que le confería Sune a través de las manos.

—Lávate bien los ojos: hablaremos en cuanto recuperes la visión y descansemos un poco.

La pupila no pudo verlo, pero su maestro le dedicó una amplia sonrisa, amistosa y conciliadora, lejos de parecer estricta o severa.
 

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Presente XXXV - Preparativos para una boda


Con la llegada de la paz, Fery tenía una promesa que cumplir. Aquella, era la de contraer matrimonio con Brizaelinth, su amada desde hacía más de cinco años, tiempo que, entre idas y venidas, había pasado demasiado rápido para el gusto de la semiorco, sintiendo cada vez más cerca la mediana edad debido a la herencia de sangre.

En una solitaria noche y tras una dura jornada de trabajo, la mestiza se deshizo de todas sus prendas de ropa para adentrarse en el agua que le había sido dispuesta, con intención de relajarse y dejar rienda suelta a sus ideas: toda boda requería de planificación, por lo que creyó que aquel momento era uno de idóneo para ello.

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Tenía claro que Calistia debía de oficiarla, pues no solo la consideraba aquella amiga que siempre había estado a su lado, sino que además era lo que realmente Fery esperaba de una sacerdotisa de Sune, haciéndola ideal.

Los pensamientos de la mestiza empezaron a fluir como un río en calma gracias al calorcito del agua de la bañera, divagando sobre el hecho de que una ceremonia cerrada quizá no era la mejor opción, y que, algo abierto y más festivo podía dar rienda suelta a artistas y artesanos. Además, ¿no era bueno que una celebración fuese motivo de alegría para cuanta más gente mejor? La idea cobraba forma.

Entonces para ello, iba de requerir de gente con talento, personas que ya había conocido bien durante toda su andadura en Amn, habiendo hecho de mecenas para artistas y trabajado con arcanos en la Verbena del Carmín. Como era obvio, le iba a ser imposible contar con Brizaelinth para dicha ocasión, siendo esta una de las novias, por lo que pensó en Kath y Lana, así como en el hecho de ofrecer hueco a nuevos bardos que quisieran participar. En la verbena ya había contado con el trabajo de Jadzia, por lo que quizá podría volver a disponer de ella, así como de algún que otro estudioso de la Arcanum que quisiera hacer gala de sus conjuros para entretener.

En cuanto a las artesanías, lo primero de todo era referente al vestido de novia, ya que la elfa oscura había decidido ir por su cuenta, pero Fery tenía en mente abrir la confección a cuantos más sastres posibles, pues, ellos eran tan artesanos como cualquiera que trabajase la madera o el metal. Con ello, podría mostrar al mundo las mejores telas y puntadas, escogiendo al azar uno de ellos para llevarlo en el día tan señalado. ¿Y qué más? Faltaban los cubiertos, candelabros, y todos aquellos adornos que hicieran del momento algo único, por lo que esperaba que otros maestros también quisieran formar parte de todo, teniendo en mente el ya conocido Gremio de Artesanos.

El banquete era un pilar fundamental. La Casa Gáldrim ya había demostrado tener un control muy bueno en los numerosos eventos que se había echado a las espaldas y tenía claro que la boda iba a ser uno más: le pediría a Talivia que confeccionara un menú exclusivo, pues siempre le parecían encantar esas cosas. No contemplaba una segunda opción, estando a ciegas con el hecho de que tenía la certeza de que la maestre aceptaría.

Y faltaban los obsequios: era quizá el detalle que menos claro tenía o que más necesitaba perfilar, estando abierta a sugerencias. Confiaba en una repentina idea llegaría en el momento adecuado, con particularidades que pudieran evocar la belleza y la hermosura, pero que también simbolizara la unión de ambas mujeres.

No faltaba mucho y la fecha de la unión estaba próxima, pero Fery tenía claro que iba a volcarse en cuerpo y alma para que ese día fuese uno de los mejores de sus vidas y algo que para todos fuese digno de recordar...
 

Manny_LoneWolf

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Pasado - Renaud Duval (III)


Se había hecho de noche y los paladines habían compartido comida y bebida frente a una hoguera para no perder el calor. Fery sentía algo de vergüenza por la situación que les había acontecido en la tarde, pero había recuperado la vista sin problemas y también la nariz, aunque esto había sido gracias al don curativo que había empleado su maestro.

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Renaud había optado por charlar de manera distendida durante ese lapso, como si no hubiera ocurrido nada, pero el instinto le decía a la semiorco que quizá era una manera de allanar el terreno hacia una conversación algo más compleja.

—¿Qué has sentido cuando te he dejado sin poder ver? —preguntó el humano.

La mestiza bajó la mirada, incluso la cabeza, pensando en esas sensaciones que la habían cubierto durante esos instantes. Terminó por negar un poco cuando por fin obtuvo el valor para pronunciarse.

—Tuve problemas para controlarme —admitió, dejando unos segundos como pausa—. Recordé en parte, el abuso sufrido de cuando era pequeña y con ello… todo lo relacionado con mi padre hasta llegar a la muerte de los Krill —continuó para acabar mirando a su maestro.

Renaud asintió, tomando un poco de agua que aún le quedaba en su odre.

—¿Te gustaría poder olvidarlo? —preguntó luego.

—Sí —dijo Fery con decisión y sin pensárselo.

El paladín llevó las manos hasta los cierres de las piezas que cubrían sus manos y antebrazos para empezar a retirarlas, buscando no hacer ruido, pero sin poder evitar que su acción pasara desapercibida.

—Tuve esposa —rompió el silencio—, así como dos hijos preciosos, un niño y una niña, tan rubios como ella. —Sonrió por un instante, acabando por retirar los guanteletes y dejarlos a un lado—. Pero alguien decidió asaltar mis tierras y acabar con ellos y todo lo que me importaba.

La mestiza de orco levantó sus cejas en clara sorpresa, donde un nudo se le formó en el estómago, lo suficiente como para verse incapaz de decir cualquier cosa. Algo que, en parte la ayudó a no interrumpir.

—Me creyeron muerto, pero sobreviví, no sé si por azar o porque los dioses así lo quisieron —continuó—. La corriente del río me arrastró hasta quedar cerca del hogar de una pareja de ancianos que pudieron tratar mis heridas de la mejor manera posible, lo que me dio una oportunidad tras que los días pasaran.

—¿Una… oportunidad? —preguntó la paladina, no temerosa, pero sí llena de incertidumbre.

—Así es. —Asintió antes de tomar otro trago del odre de agua—. No podía quitarme de la cabeza el volver y acabar con la vida de todos y cada uno de aquellos que me habían arrebatado a mi familia, así que tomé todas las armas posibles y volví hasta mi hogar.

Renaud hizo una pausa para mirar al fuego, donde, por los sucesos que estaba relatando, Fery esperaba ver cómo los ojos de él crepitarían de igual modo: pero no fue así.

—Utilicé todas mis aptitudes para acabar con ellos de uno en uno, sin compasión, hasta llegar al líder. No había sido tarea fácil avanzar entre tantos enemigos y mucho menos la lucha contra el más hábil, pero ahí lo tenía delante.

El hombre giró su cabeza para mirar a su pupila, buscando continuar entonces.

—Cuando lo tuve delante, ambos manchados de sangre, yo daga en mano mientras con la otra lo sostenía de la pechera… fue entonces cuando escuché a nuestra diosa.

La mestiza entreabrió los labios, enmudecida por la sorpresa. Desde luego, tenía claro que su maestro había llegado a ser un servidor de Sune de algún modo, pero la historia que él la había estado explicando, estaba totalmente alejada de lo que esperaba. Solo pudo tragar saliva al cerrar de nuevo la boca, expectante por saber cómo acababa.

—Sus palabras me hicieron entender que debía de crear amor y no destruirlo, que ponerme al nivel de aquellos que me habían quitado lo que amaba no iba a hacer del mundo un lugar mejor. Proteger, servir, crear en los demás hermosos vínculos, sentimientos bonitos, rodear el mundo de cosas buenas y no malas: nada de lo que hiciera iba a devolverme a mi familia, pero sí podía trabajar para que a otros no les sucediera lo mismo.

Un brillo surgió en los ojos de Fery, pudiendo empatizar perfectamente con la situación de Renaud, pues ella también lo había perdido todo, aquel hermoso hogar con el que había compartido tiempo con los Krill. Su maestro negó con calma, posando después una mano sobre el antebrazo de su pupila, para, luego mirarla a los rojizos ojos.

—Puede que algún día llegues a olvidar lo sucedido, o puede que no, pues hay cicatrices que jamás nos van a abandonar. Pero lo que sí puedo decirte, es que, si algún día quieres cerrar ese capítulo, es mejor que lo hagas a través de la justicia y jamás de la venganza: el peso que hay sobre nuestros hombros es el de ser un faro, un baluarte, un ejemplo a seguir. Yo no pude enmendar el hecho de aquellas vidas que arrebaté, pero sí entregué a la justicia al último de ellos, demostrándome a mí mismo que siempre tuve elección y aunque tardía, me permitió aprender mucho de ello.

La paladina bajó su mirada hasta las propias manos, reflexionando sobre las palabras que su maestro le había otorgado. Era consciente de que el tiempo la había hecho más poderosa, y aunque, con mucho que aprender todavía, este había sido un cambio muy sustancial. No conocer el miedo de ninguna de las maneras, no enfermar si quiera, poder sanar las heridas con tan solo un roce de las yemas de sus dedos, así como el simple hecho de poder castigar al mal o destruir con facilidad a muertos vivientes era algo que requería de responsabilidad; a pesar de la chispa de la duda que la había invadido en más de una ocasión, tenía claro que debía absorber todo lo que Renaud pudiera mostrarle del camino antes de dar sus pasos por ella misma y encontrar esa seguridad interna.

—No te sientas menos paladín por tener sentimientos, Fery —rompió Renaud el silencio—. Estos siempre serán importantes, mucho, para que llegues a tomar las mejores decisiones: escúchalos, comparte con ellos, pero no los entierres.

El maestro sonrió, más cuando su pupila volvió un poco la cabeza para mirarlo, finalmente dedicándole un cabeceo de comprensión.

 

Manny_LoneWolf

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Presente XXXVI - La boda



No había sido fácil, pero ahí estaban: una sacerdotisa para casar bajo el amparo de Sune, una alegre trovadora dispuesta a amenizar el evento, arcanos dispuestos a dar su mejor espectáculo, un banquete llamativo y original de la mano de una reputada casa comercial, cubertería y adornos especiales para la ocasión hechos por una maestra artesana, trajes de novia de excelente manufactura, un obsequio especial de una perfumista para todos los asistentes, alguien que daría la mejor noticia sobre ese día tan especial y gente dispuesta a poner su pecho para proteger el enlace. Y las novias, claro.

Fery estaba nerviosa, pues había trabajado intensas jornadas para que todo estuviera perfecto. No tenía miedo, no podía tenerlo, pero sí sentía preocupación porque algo pudiera salir mal y que llegara a estropear aquel momento. Pero algo la tranquilizó, o más bien alguien, cuando se encontró con Sulion Suravar en la sala de reuniones de la Casa Gáldrim, pues las novias no debían de verse y Brizaelinth marcharía al altar con Sylwen para de igual modo hacerlo la mestiza de orco con el semielfo. La paladina sentía que no se había equivocado con la elección, pues el hombre, respetuoso y firme, aceptó de buen grado que ella lo abrazara por sorpresa, correspondiéndola para dar ese apoyo que necesitaba en ese preciso momento: para Fery, Sulion había sido el segundo mejor hombre que había conocido, no porque fuese menor que el primero, que no lo era, simplemente porque en la historia de su vida uno había ido detrás del otro. Los gestos y las palabras se lo demostraron una vez más y juntos se encaminaron hasta el carruaje que los llevaría a los campos de Púrskul.

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El corto trayecto se le hizo un abismo, pero cuando descendieron del vehículo, ella ayudada por él, Fery no pudo salir de su asombro al ver a tanta gente congregada: allí estaban aliados, compañeros, amigos, conocidos y hasta lugareños que desconocía. Pero así lo había deseado, pues una unión genuina de amor debía de ser un motivo para celebrar con cuanta más gente mejor, jamás para ocultar. Avanzó sonriente con el brazo de Sulion hasta llegar frente al altar, saludando allí y entonces a Calistia y a Renaud, su antiguo maestro, que aguardaba tal y como él le había prometido, dedicándole aquella sonrisa amable y de confianza que solo un mentor podía otorgar tras años de adiestramiento y vivencias juntos.

La paladina sentía todas las miradas sobre ella, los cuchicheos y susurros, pero sonreía feliz. Estaba feliz. Cuando vio llegar el segundo carruaje, su corazón se detuvo por unos instantes, pues desconocía cómo iba a ir su futura esposa. Pero al fin la vio, y sus labios solo se entreabrieron ante la sorpresa de ver a Brizaelinth con un hermoso vestido que conjuntaba con su precioso cabello, así como con la sombra de ojos, demostrando que había escogido todos los detalles a conciencia: nunca la expresión de que la belleza podía a cegar había sido tan real, pues los ojos de la semiorco no podían mirar hacia otro lugar. La elfa oscura avanzó del brazo de Sylwen, a quien ambas novias consideraban una buena amiga de confianza, y entonces Fery y Brizaelinth quedaron cara a cara, para luego atender a la sacerdotisa que iba a oficiar la ceremonia.

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Bajo pura sinceridad, ambas novias pronunciaron sus votos hasta que alguien las interrumpió, pues Krap había hecho acto de presencia y recorrido un largo trecho desde Murann para personificarse. Todos estaban alerta, pero la mestiza de orco se acercó sin problema hasta el ogrillón, que lejos de dedicarle malas palabras por el corte en tan bonito momento, solo le dedicó unas palabras de compresión, delicadeza y hasta empatía: era conocedora de que tendría que romperle el corazón tras la confesión que Krap había pronunciado en público, pero entendió el valiente acto y por ello le ofreció una amistad, dejándole claro de que su amor verdadero era Brizaelinth y que eso jamás iba a cambiar.

Y la ceremonia pudo continuar, y por fin, y tras los votos completados, terminar el juramento. Calistia mostró una rosa bendita por el sumo sacerdote del clero sunita, para que la pareja la tomara juntas de la mano, donde su unión finalizaba con la poca sangre que saldría de las heridas producidas por las espinas del tallo, demostrando que esa cicatriz estaría con ellas para siempre. Y entonces vino el beso.


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Un beso diferente de todos aquellos que la pareja se habían otorgado durante sus más de cuatro años de relación, pues era un símbolo, una señal, algo tan cargado de sentimiento que se les marcaría con impronta propia.

Pero el evento no terminó con el comienzo de la noche, de hecho, estaba lejos de terminar. Después llegó el arte de la trovadora Kath a través de las notas musicales, así como el espectáculo de Jadzia y Serpahine a través de la magia, un buen y emocionante brindis de la mano de Talivia tras presentar el banquete, así como la hermosa pintura que Eileen hizo, además de que muchos aguardarían por el reportaje de la Voz de Amn… No fueron pocos los que aguantaron hasta bien entrada la noche, esa más oscura, pero que finalmente daría paso a un hermoso amanecer.

Y cuando Fery vio los primeros rayos del alba filtrarse por la ventana tras haber cerrado ese día tan especial en la intimidad con su ya esposa, sonrió. Giró un poco su cabeza para observar a Brizaelinth que descansaba en silencio y con los ojos cerrados, pasando luego una mano por las hebras blancas y por desgracia algo despeinadas, pero no por ello menos bonitas. Dos lágrimas recorrieron sus mejillas verdes, pues su amor había sobrevivido a las sombras de la capital cuando la elfa oscura debía de ir con el rostro oculto, a cruentas batallas contra enemigos temibles, así como a la batalla de Imnescar y por consiguiente a la dura guerra contra la Reina de la Oscuridad.

Volvió a sonreír, dedicándole unas caricias a Brizaelinth por los desnudos brazos de piel oscura. Y entonces, la paladina seguidora de Sune por fin lo entendió, y es que su diosa siempre había estado ahí para ella, habiéndole demostrado que por mucho que el amor no pudiera haberla correspondido antes o en ocasiones sintiera que le fallara, al final siempre tenía un lugar para todos.

Y ese era el lugar. El lugar que Fery Krill y Brizaelinth Do’ett tendrían por toda la eternidad, pues, aunque sus cuerpos dejaran de existir o sus mentes pensar: su amor siempre iba a perdurar para siempre.


Offtopic :
Voy tarde, lo sé. Y por eso pido disculpas. Se me juntó la elaboración de este relato con la condenada campaña de navidad en el trabajo y... necesitaba unas buenas horas para escribir de manera decente. ¡Sé que me he dejado cosas! Pero ha sido difícil resumir, pues hubieron muchos momentos especiales y diálogos geniales, pero por eso mismo este post es para vosotros, no para mí: es mi agradecimiento por haber estado presentes ese día, antes, y después, de un momento tan importante en el rol de nuestros personajes. ¡Gracias! :)
 

Manny_LoneWolf

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Presente XXXVII - A la caza de la tribu Sangreardiente (I)


La caída de Imnescar y la guerra contra la Reina de la Oscuridad habían sido grandes hitos para la historia, el primero para Amn y el segundo para todo Faerún. En su deber, Fery se había encargado de hacer todo lo posible, con mejor o peor resultados, pero no había cejado en su responsabilidad.

Pero había algo que faltaba. Por mucho que la gente pudiera pensar que se trataba de una empresa personal, todo lo relacionado con la tribu Sangreardiente, aquella que durante muchos años había liderado su difunto y traicionado padre, estaba igual de cercano a su deber como paladín a favor de la protección de los inocentes como cualquier otra cosa. Ella había estado hasta los diez años rodeada de aquellos orcos, los marcados con la gota de sangre y la llama a su alrededor, y entre ellos solo había saqueadores, violadores y asesinos violentos que solo amaban tomar todo lo que se les antojaba.

Así que tocaba actuar en favor a la justicia, jamás de la venganza. Fery tenía clara la diferencia, aunque estas palabras a menudo se pudieran diferenciar por una delgada línea roja, una que, estaba convencida que no debía de cruzar por mucho que en ocasiones todavía sufriera pesadillas por los peores años de su niñez y el hecho de no haber podido salvar a los Krill.

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El reclamo fue bien y numerosas personas se acercaron a Púrskul para ayudar, algo que contentó a la mestiza de orco al ver tanto compromiso. Los últimos acontecimientos de la nueva frontera habían levantado ampollas y dudas entre los lugareños, trabajadores y campesinos, y el mensaje de que tendrían amparo debía de ser claro; como de igual modo, para aquellos que siquiera pensaran que asaltar los campos o las poblaciones más alejadas sería una buena idea: si una tribu de osgos se había aventurado tanto, eso solo significaba que la vigilancia debía de aumentarse, independientemente de quien hubiera estuviera acechando, sangreardientes o no.

Con las primeras directrices dadas, así como información sobre la marca de los Sangreardiente y algunas preguntas respondidas, el nutrido grupo avanzó hacia el sur con el objetivo de alcanzar el punto más límite con órdenes claras de no cruzar más allá; pues la paladina no iba a ser la encargada de romper la tregua entre Amn y Murann con su postura clara y transparente, más siendo parte de la Casa Gáldrim y por consiguiente de la Liga del Cereal. Al principio dieron con algunos asaltadores y oportunistas, pero pronto fueron desprovistos de sus armas para ser entregados a la justicia.

Más adelante, la sorpresa llegó para todos cuando cerca de la posada Bardo de Battlescar el grupo dio con Krap, conocido ogrillón al servicio del imperio de las bestias. En su extraño y clásico estilo, digamos «aniñado y no violento», informó al grupo que Sondakur quería parlamentar. Las dudas surgieron entre los integrantes por las muchas incógnitas pero Fery sabía que si se amparaban justo en la frontera, el imperio no sería capaz de cometer ninguna estupidez: no era la primera ni la última vez que había tenido momentos de charla diplomática con el oni, pues también era su labor como faro del bien.

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Y allí, sin cruzar el puente para determinar clara la postura de ambos bandos, la conversación derivó al asunto de la fiebre del oro y de todo lo que la situación actual estaba haciendo florecer, donde Sondakur alertó y avisó de que toda la nación amniana así como la muranní sufrirían consecuencias devastadoras en el caso de no detener lo que avanzaba por el subsuelo. Y en aquel preciso instante y para sorpresa de todos, la tierra empezó a agrietarse para dar paso a unos furiosos elementales, igual de poderosos, donde ambos bandos tuvieron que luchar espalda contra espalda para hacer frente a la amenaza, a pesar de las diferencias.

El derrumbe de un edificio dejó heridos y algún sepultado, pero enseguida los sanadores se encargaron de hacer un trabajo excelente, decidiendo Fery el hecho de volver a Púrskul para que todos trataran las heridas y tomar un buen descanso a pesar de no haber logrado su primer objetivo, por no alcanzar ni los Humedales. Por otra parte, era necesario que todos los colectivos estuvieran informados sobre las nuevas noticias.

Solo era el primer paso de todo el trabajo que aún tenía por delante y estaba dispuesta a llegar al final con pasos decididos, calmados y medidos. Si la tribu Sangreardiente continuaba con el liderazgo de Gagh'Dam, Fery debía de cerciorarse por si seguían la oscura estela que su padre había dejado o bien la tribu se estaba dedicando a otra cosa…



Offtopic :
Gracias a todos por venir, así como a los espontáneos por darnos un ratito de rol y a los DMs por abrirnos la tierra y sepultarnos bajo edificios. :ROFLMAO: ✌️
 

Manny_LoneWolf

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Presente XXXVIII - El interrogatorio de Bruktang


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El aroma de las prisiones era siempre desagradable, sin importar en qué región de toda Faerûn se pudiera encontrar alguien. Solo dos osgos habían sido arrastrados a las celdas tras el ataque sobre las granjas cercanas de Púrskul, después de que el resto de los miembros de la tribu Pisahuesos murieran o pusieran pies en polvorosa con la caída de su líder.

Talivia encabezaba la marcha tras la reunión fuera de los cuarteles de la Ciudad Granero, donde era seguida por Fery, Vraask, Kath, Jadzia y Keira. La guardia de la Liga del Cereal apostada en las cercanías dirigió un saludo marcial y correcto al presentar a las dos bestias encarceladas.

—He preparado algunos conjuros para leer la mente —dijo Jadzia.

Justo en ese instante, el osgo más cercano corrió hasta los barrotes para estrellar su cara contra estos, provocando un estruendoso ruido antes de gritar con todas sus fuerzas. En su supuesto e intimidante gesto, el grupo tomó posiciones alrededor de la puerta, algunos más cerca, otros más lejos. Talivia recogió el cigarro que reposaba apagado en su oreja izquierda y se lo llevó a los labios, en gesto analítico, todo mientras Fery tomaba unos pasos sin miedo hacia la cercanía de las varas metálicas.

—O puedo… directamente desintegrarlo —continuó la umbra antes de proferir un leve suspiro.

—Calma —le dijo la paladina a la bestia, en un tono tan tranquilo como firme.

—Lo único que vas a conseguir es destrozarte las manos: ni lo intentes —añadió la maestre de la Casa Gáldrim.

Kath y Vraask, más apartados junto a Keira, dirigían miradas vigilantes y de atención hacia el resto de sus compañeros, más centrados en la bestia por cualquier cosa que pudiera ocurrir, todo mientras compartían algunos susurros. En primera instancia, Bruktang, como así se había presentado el osgo después de que se le preguntara por su nombre, se mostró algo escéptico, pero terminó por ceder cuando se dio cuenta de que las personas que tenía delante quizá le otorgaban una oportunidad de libertad.

—Vuestro líder aseguró que el Ejército Imperial de Murann había dado muerte a vuestro Ungido y que… ese mismo ejército os empujó luego a saquear las tierras ocupadas por humanos —dijo Talivia tras atraer su atención—. Pero también aseguró que vosotros actuabais por libre y que lo hacíais por honrar una antigua promesa.

—Ser cierto: líder tener palabras con ejército. Nosotros estar en bosque de Dientecillos saqueando, pero entonces venir Ogro Hechicero y decir que querer que nosotros saquear Púrskul —dijo Bruktang.

—¿Qué promesa debéis honrar?

—Eso líder prometer atacar y nosotros seguirle. Pero ya no tener sentido, todos morir. Primero el Ungido y ahora el líder: ya no haber más Pisahuesos.

—¿Vuestro líder prometió atacar Púrskul bajo mandato del Imperio, entonces? ¿Era esa la promesa?

—¿Quién era el Ungido? —añadió Jadzia otra pregunta.

—Ser hermano del jefe, tenerlo encerrado en bosque, pero ejército matarlo cuando probar su fuerza. No vi como lo lograron, ese ser estaba poseído por los propios dioses, era nuestro orgullo.

—¿Te suena el nombre de Sondakur? —preguntó Talivia después.

—¡Ese ser quien hablar con el jefe!

Fery, por ahora callada, se había dedicado a tratar de ver más allá del lenguaje empleado por la bestia, así como los gestos corporales y respuestas físicas en las respuestas: todo parecía indicarle que el preso deseaba salir a costa de decir lo que sus interrogadores quisieran saber.

—Eso no es lo que nos dijo Sondakur en la frontera —dijo Kath dirigiéndose a la paladina.

—¿Creéis que es la verdad? —preguntó Vraask en un atisbo de duda—. Vosotros le habéis dado el nombre y podría haber contestado lo mismo ante cualquier otro.

—No mentir. Ese ser maldito ogro hechicero —repuso Bruktang antes de proseguir—. Dijo ser Destructor y querer reclutar soldados, pedir unirnos, pero nosotros negarnos y regalarle esclavos para luchar por él.

—Puedo indagar en su mente y ni sabrá que lo estoy haciendo —susurró Jadzia hacia Ha’Valen.

—Adelante, doña Jadzia —susurró Talivia de igual modo para luego volverse hacia el osgo y pronunciarse de manera clara hacia él—. Los Pisahuesos valoráis vuestra libertad e independencia, ¿cierto? No queríais someteros al yugo del Imperio.

—Nosotros no trabajar para imperio, ser libres —Se señaló.

—¿Está el imperio presionando sobre otras tribus libres de los Dientecillos?

—No saber si imperio, pero Sondakur venir expresamente.

—¿Cabe la posibilidad de que esto sea cosa del «Señor S» y no del imperio? —preguntó Fery a sus compañeros.

—Podría ser, pero él no lo va a saber —respondió Talivia.

—¿Estaba solo el Destructor? —preguntó Vraask desde más atrás—. ¿Solo tratasteis con él?

—Acércate más, humanito —dijo el osgo—, apenas se te oye.

—Ni se te ocurra acercarte —dijo Kath hacia su compañero, pareciendo más una orden.

—No nos estarás diciendo lo que queremos oír para dejarte marchar, ¿verdad? —se pronunció Fery entonces, decidida y con mirada firme sobre la bestia.

—¿Qué? Claro que quiero marchar. Ser un osgo, me han derrotado y tomar el camino que haya para regresar al bosque: aquí solo matarme y no creer tener tanta suerte como otros.

—Ya has oído la pregunta, así que responde —dijo Vraask.

—Yo no tratar nada, fue el jefe y no estaba solo. Ya dije que habían más con él. Ogros, minotauros, humanos, tieflings, uno mitad ogro. Ah, y uno de los orcos esos que son infernales: sumar uno.

—No sé si eres un desgraciado o el más afortunado de los osgos, Bruktang, pero has de saber que, junto a tu chillón compañero, eres uno de los últimos Pisahuesos —dijo Talivia, cabeceando al final hacia la otra celda.

—¡No lo suelten! —exclamó el osgo—. ¡Matarme si se enteran!

—¿Qué harás a partir de ahora en el caso de liberarte?

—Buscar otra tribu a la que servir como guerrero, al volver ser un héroe al contar cómo escapar.

—¿Y qué hay de vivir como un ermitaño en el bosque, cazando lo justo y necesario, molestando lo menos posible a tus vecinos y dando gracias todos los días a quién quiera que reces porque nosotros te hemos permitido seguir respirando? —preguntó Talivia acompañada de una sonrisa por tan solo un lado de sus labios—. ¿Qué te parece esa condición?

—Volver grande a mi tribu acabando con otras. Esclavizar a quienes sobrevivan y comernos a quienes perezcan —dijo a modo de respuesta.

El escepticismo se hizo latente en la mayoría de los rostros presentes, arqueando una ceja Fery ante lo que había oído.

—Me temo que estas bestias solo saben hacer una cosa —comentó Jadzia.

—Mira, lo que hagas con otros de tu especie, se me da un ardite —se dirigió Talivia de nuevo a Bruktang—: pero no bajes al mundo de las ciudades.

—No queremos que haya problema con los inocentes —dijo Fery sin más tapujos, severa incluso.

—No volver más a Púrskul, yo no querer venir, preferir bosque.

La paladina se aproximó más a los barrotes, recortando la distancia, más, mirando a los ojos del osgo.

—Yo tengo una pregunta para vos —le dijo.

—Preguntar rápido, pues llevar tiempo aquí encerrado.

—¿Conocéis tribus de orcos? ¿La tribu Sangreardiente os suena de algo?

Un destello se pudo ver en los ojos de la mestiza de piel verde, aguardando por una respuesta que le pudiera servir.

—No haber oído de ellos, no. Solo conocer trasgoides. Cada tribu actuar independiente y nosotros pelear entre todos, no saber qué tienen que hacer los demás.

Y tal como vino, ese destello desapareció, convirtiéndose en un ligero reflejo de decepción. Talivia, la cuál no le pasó desapercibido el gesto, asintió a la paladina a la vez que acompañaba el gesto con una mueca algo melancólica.

—Por nuestra parte, creo que tenemos suficiente información, así que agradezco el trabajo —dijo Kath.

—¿En serio se le va a liberar? —preguntó Vraask.

—Vamos, vamos. Bosque llama. Querer dejar atrás este tugurio. ¡Juro no atacar más amnianos!

Talivia sonrió de manera socarrona e hizo un gesto al carcelero para que se aproximada, empezando a anotar algo en un papel con toda la calma del mundo, justo antes de volver a pronunciarse.

—La mayoría de las tribus osgas están tan entretenidas en sus guerras que no tienen momento para atacar las poblaciones humanas: no recuerdo ataque alguno en veinte años que llevo en Púrskul.

—Este ataque fue azuzado por Sondakur, y es ahí donde hay que centrarse —añadió Fery.

—¡Ahora soltarme! —clamó el osgo.

La maestre de la Casa Gáldrim acabó la nota que había empezado instantes antes, entregándola entonces al carcelero.

—No, amigo Bruktang —Nego. —Esta es una petición de la Liga del Cereal al señor alcalde de Púrskul, que, como autoridad judicial de la región, es él quien ha de ratificar la liberación —le explicó justo antes de sonreír por tan solo un perfil de los labios—. Has ido a dar de bruces contra el peor monstruo amniano: la burocracia.

El osgo, viendo la realidad, se dio la vuelta para sumirse en la resignación y tomar asiento en la esquina más alejada de la celda. Talivia entonces giró su cuerpo para encararse al resto de compañeros donde todos quedaron haciendo una especie de semicírculo.

—Sus próximos asesinatos estarán también manchando vuestras manos —dijo Vraask.

—Señor Vraask, si tanto os preocupa que esta criatura campe a sus anchas por el bosque, siempre podréis administrar justicia de vuestra mano: mi deber pasa por no faltar a la palabra que le he dado, e intuyo que él mantendrá la suya.

—No creo que dure mucho si es tan estúpido como para volver a alzar la mano… —dijo Fery tras observar de reojo a la bestia—. Es probable que la propia naturaleza de estos seres acabe con él.

—Pero algunos hombres y mujeres lucharon por encerrar a este monstruo y ahora estáis tratando de liberarlo. No quiero alargar esto, solo estoy sorprendido —volvió Vraask a tomar la palabra.

—La Liga del Cereal no tiene competencias judiciales. Sorprendentemente, procuramos no pasar por encima de otros organismos e instituciones —comentó Talivia a la vez que alzaba las cejas con gesto socarrón.

—Y me parece bien —añadió Fery—, pues nadie debe de ostentar tanto poder.

El grupo se dispersó con las vagas respuestas que habían obtenido, pero, no por ello menos esclarecedoras. La paladina pensó que por fin Sondakur iba a poder responder por sus actos, pudiendo añadir el ataque de los osgos a la Ciudad Granero a su lista.



Offtopic :
Añado nota aclaratoria de que, este interrogatorio fue, temporalmente, a la vez de que Sondakur estaba preso en los Salones de la Luna (dicho así por el DM). ¡Gracias Tepes por dejarnos hacer la escena llena de personajes tan variados como sus opiniones!
 

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Presente XXXIX - A la caza de la tribu Sangreardiente (II)


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Habían pasado decanas desde la primera patrulla, siendo ya varias las que el pintoresco grupo que al final había quedado como principal llevaba a las espaldas. Si bien en todas ocasiones se habían encontrado problemas con bandidos y tribus dispersas, no había sido lo mismo en cuanto a los Sangreardiente. Tal había sido el caso, que Fery cada vez pensaba más que estaba persiguiendo fantasmas.

Pero la cosa cambió por fin. En la última, y tras adentrarse en los humedales por el camino del sur que bordea la nueva frontera, el grupo dio con un pequeño sendero que la propia naturaleza parecía haberse encargado de ocultar, alejándolo de la vista de aquellos con ojos menos entrenados. Como algo desconocido tras tanta patrulla por la zona, todos se adentraron a través de la espesura para continuar por él, dando al final con un grupo de casas con aspecto de haber sido castigadas por el paso del tiempo.

—¿Hay gente viviendo en este lodazal? —preguntó Zyon tan sorprendido como el resto.

Y, aunque las casas parecían formar parte de una pequeña aldea, esta se presentaba abandonada, pues el musgo dominaba las paredes y tejados además de que las pequeñas edificaciones no parecían haberse reformado en décadas.

—Qué pena que esté así de abandonado y sea un lugar tan peligroso, pues sería bonito vivir tan en la naturaleza —comentó Maeve mientras paseaba su vista en derredor.

—¿Veis algo? —preguntó Fery, pues el grupo se había separado sin querer y de manera natural para tratar de dar con algo más.

—Es extraño —dijo Brizaelinth tras posar una de sus oscuras manos sobre unos encurtidos—, estas pieles parecen más o menos recientes.

—Haber habido un combate por aquí —se pronunció Zentakord al final.

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El grupo se reunió alrededor del druida y este utilizó la punta de su bastón para ir señalando distintos lugares del suelo natural.

—Mirad aquí, ahí y allí —dijo a la vez—: alguien haberse molestado en ocultar rastros de combate. Alguien realmente tomarse molestia de ocultar todo, ni cuerpos verse pese a que haber rastros de sangre.

—¿Cómo lo ves? —preguntó Calendil—. Yo solo veo césped.

Fery frunció el ceño, se puso de cuclillas y pasó la mano por una de las zonas que había señalado Barbapúrpura. Su único contacto con la naturaleza había sido de bien cría, y luego más adelante cuando había trabajado la tierra, pero, de ninguna de las maneras, eso le había dado experiencia suficiente como para interpretar algunas cosas más complejas, pero ello no le había negado el sentido común.

—Ocultar el rastro de un combate es algo muy complejo para un simple choque entre… —dijo justo antes de mover su cabeza hacia el grupo y mirar a este— ¿tribus?

Y ese giro fue lo que le hizo ver algo, en tan solo un mísero segundo, pero lo suficiente como para llamar su atención. La paladina se puso en pie con rapidez y avanzó con decisión, alejándose de sus compañeros hasta llegar al sitio donde creía haber visto un pequeño destello.

—¿Adónde vas, hermana? —preguntó Calendil.

—¿Qué has visto? —hizo lo mismo Brizaelinth.

—Un brillo… —repuso Fery desde la distancia— algo fugaz. No sé si ha sido cosa mía o… —terminó por decir con un atisbo de duda en sus palabras.

Y no se había equivocado, pues entre la hierba y tras clavar una rodilla en tierra para poder tomar lo que había encontrado, se dio cuenta de que había dado con los restos de un amuleto de símbolo que reconoció con un simple vistazo.


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Era el símbolo de la tribu Sangreardiente y una amalgama de sensaciones se mezcló en su mente. Por una parte, algo de satisfacción recorrió su espalda para darle energía, pues, aunque no había perdido la esperanza, las decanas pasadas sin encontrar nada relevante habían mermado un poco su fuerza; pero por otro lado, el hecho de dar con algo tan reciente y en referente al grupo de orcos que durante años habían sido liderados por su difunto padre, solo significaba que seguían existiendo, desconociendo a qué se habían estado dedicando en todo el lapso de tiempo. Con ello, se puso de pie y mostró a todos el objeto metálico que aún conservaba algo de brillo a pesar del desgaste además de haber sido fabricado con metal barato.

—¡No me jodas! —exclamó Zyon.

—¿Eso era lo que buscabais? —preguntó Maeve.

—Es… o era… o qué sé yo… El símbolo de la tribu Sangreardiente —dijo Fery dirigiéndose a todos a parte de responder a la pregunta de la selunita.

—Eso implicar que o moraban aquí o ellos asaltar lugar —dijo Zentakord.

—Estas chozas no parecen hechas por orcos —puntualizó Zyon, haciendo hincapié en ese detalle.

—¿Pero por qué sconder que hubo un combate? —preguntó el druida tras tomar de nuevo la palabra.

—Quizá lleve ahí mucho tiempo. ¿No? —dijo Maeve tras valerse de un suave cabeceo en dirección al colgante que aún descansaba en la mano de la paladina de Sune.

—Eso es algo que debemos averiguar, buena Maeve —dijo Fery con tono serio entonces dado el giro de los acontecimientos, pero para nada antipático—, estuvieran aquí y fueron atacados o más bien ellos atacaron a los que habían aquí…

—Por lo pronto es una pista: en el caso de no ser ellos, al menos alguien con relación a estos pudo haber estado aquí —comentó la elfa oscura.

La incertidumbre, las divagaciones y las incógnitas absorbieron al grupo. ¿Por qué se habían ocultado las marcas en un lugar tan remoto? ¿Por qué no hacerlo si con ello se evitaba que nadie siguiera a los asaltantes? ¿Quién había sido el cazador y quién el cazado? Fery caminó un poco hasta el centro del mayor grupo de casas, como buscando espacio para despejar su mente, o al menos, tratar de recuperar el control de la situación. Después giró su cuerpo por completo para dirigirse hacia sus compañeros.

—¿Cómo se sobrevive en los humedales? —preguntó, aunque por el tono parecía de forma retórica, más cuando ella misma contestó—: con el saqueo. Los Sangreardiente saqueaban, tomaban todo y tenían esclavos, sí. De pequeña, yo fui amiga de una semielfa que mi padre mató delante de mí solo porque esta me trató con cariño.

Y los recuerdos de Harsys nublaron los pensamientos de la paladina de Sune, recordando aquella mirada vacía del cuerpo inerte que su padre había destrozado con sus propias manos, todo para dar una lección a la pequeña mestiza de orco y hacerla sufrir.

—Lo lamento —las empáticas palabras de Maeve fueron las que hicieron volver a Fery a la realidad.

—Me vas a disculpar, pero tu padre merecía su destino —comentó Calendil hacia la mestiza de orco.

Fery era consciente de la situación, de aquella que habían dejado años atrás cuando Xunag había muerto bajo traición, y era esa la que pretendía hacerle recordar a su elfina amiga que lo había presenciado tanto como ella.

—El que mató a mi padre era peor que él —dijo—. Si es que eso podía existir…

—Hay un viejo dicho: «quien a hierro mata, a hierro muere» —sentenció Calendil.

—De nada sirve lamentarnos ahora, pues es mejor que nos centremos en lo que aquí estamos haciendo —tomó la palabra Brizaelinth buscando la atención de todos con el fin de que se centraran en lo que tenían entre manos—. Si llegado el momento podemos salvar a algunos esclavos: lo haremos.

La paladina sacudió levemente la cabeza y de nuevo se dirigió a todos.

—Tenemos tiempo: ¿es mucho pediros que investiguemos todo hasta estar seguros de dar o no dar con algo? —preguntó con firmeza y seriedad, pero sus ojos revelaban un poco de súplica, todo antes de continuar—. Es la única patrulla hasta ahora en la que hemos dado con algo y no quisiera irme a dormir pensando en que hemos podido dejar a alguien a su suerte.

—Por mi parte estoy a vuestra entera disposición, Fery —dijo la sacerdotisa de Selune—. No es algo que pueda ser ignorado, más si una amiga está implicada de algún modo.

—Estoy de acuerdo con investigar todo este lugar, de hecho, me parece la mejor opción —se sumó la elfa oscura.

—Seguramente se les habrá escapado algo de lo que intentasen ocultar —añadió Zyon—. Tiene que haber algún indicio claro en alguna parte.

Zentakord aprovechó para separarse de los demás con intención de alcanzar una gran piedra que se alzaba por varios metros, momento en el cual el resto del grupo decidió revisar y abarcar cuanta más zona mejor para ver si encontraban algo más. El druida llevó la punta de su bastón hasta la roca y movió este para dibujar una cara sobre la superficie grisácea, cerrando después los ojos al buscar la conexión con la misma naturaleza.

—Oh, piedra que todo siente y ve, cuyos años pasan como días para las criaturas vivas… —musitó como si de una plegaria se tratara—. Necesito que tu sabiduría y tu voz acuda para pedirte guía…

La piedra parecía moverse, incluso soltar un poco de arena en el proceso, dando la sensación de que la tierra caía y la roca se agrietaba mientras Zentakord asentía en más de una ocasión. Mientras tanto, la búsqueda del resto del grupo no había dado más frutos salvo corroborar que alguien había estado viviendo y utilizando el lugar con tan solo unos días de antelación, pues pasaron varios minutos, justo el tiempo que el druida necesitó para terminar su conversación con la naturaleza.

—La roca haber hablado —dijo Barbapúrpura.

—¿Y qué te ha dicho? —preguntó Calendil.

—Quejarse un poco de las tribus locales de hombres largato, aunque realmente apreciarlas, pero comentar cosa importante: hablar de un humano que tocarla, parecer de unos treinta años y portar arco y ropas de cuero.

—¿Un humano? —cuestionó Fery.

—Sí —respondió Zentakord—. Esar aquí hace unos cinco o siete días y parecerme explorador por la descripción.

—Tiene sentido —la paladina tomó de nuevo la palabra—, pues nadie sin conocimiento suficiente podría moverse por aquí con facilidad y mucho menos utilizar la naturaleza a su favor. Todo me refuerza la teoría de que se han llevado a alguien… y quizá me estoy aventurando, pero es posible que la tribu lo encontrara y se lo llevara por la fuerza, siendo el colgante algo que le podría haber caído a uno de los atacantes al estar cerca de tierra removida, quizá porque el defensor se resistió.

—Es una posibilidad —dijo Zyon—, pero hay demasiadas de momento.

—Además, la roca solo ha mencionado a una persona, pero si solo esta la tocó no significa que no hubiera otras —añadió Fery.

—Exacto.

El lobo de Zentakord, su fiel y compañero animal, se había pasado todo el rato olisqueando de un lado a otro, incluso señalando alguna que otra pista a punta de hocico. Sin embargo, el lugar había sido tan contaminado, que el hecho de dar con un hilo más importante del que tirar realmente estaba siendo una ardua tarea para él. Pero lo logró, volviéndose el centro de atención cuando todos lo vieron dirigirse a las casas más hacia el sur, moviéndose con renovado ímpetu. Gracias a este, y aunque al principio todos un poco a ciegas, el acto de fe permitió al dominio de la naturaleza poseído por Zentakord el encontrar un nuevo rastro mucho más revelador.

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—Haber un rastro de pisadas pesadas, humanoides, otras de lo que parecer humanos —comentó a todos tras haber pasado la mano por algunas huellas, así deshaciendo algo de tierra entre sus dedos—. Y haber marcas de un carro…

—Quizá llevaban algunas jaulas en el carro y las personas dentro —trató de esclarecer Zyon—, he ahí la marca del peso.

Fery se masajeó las sienes al notar un repentino dolor de cabeza, provocado por, y de nuevo, recuerdos de cuando era niña. No eran pocos los orcos de la tribu que adoraban sobrepasarse con los esclavos, quebrando mental y físicamente a todos los que para ellos podían ser inservibles. Había presenciado uno de los lados más horribles de las bestias de colmillos pronunciados y no sentía miedo gracias a la bendición de su diosa, pero sí una gran responsabilidad que no podía obviar, sin intención alguna de dejar a inocentes a la suerte y deseos del mal más puro. De repente, notó el cálido afecto de su esposa cuando le tocó la mejilla, devolviéndola al presente.

—¿Estás bien? —susurró Brizaelinth de manera cercana y conciliadora.

La mestiza de orco apretó la mandíbula y no dijo nada, pero apoyó la mano en el hombro de la elfa oscura por un instante para demostrarle de ese modo que ahí seguía; acto seguido, se volteó hacia el resto, aunque más hacia el druida.

—¿Podéis seguirlo? —preguntó a su amigo.

—Poder —repuso Zentakord sin necesidad de algo más.

—El camino parece claro, hermana —dijo Calendil.

—Con suerte podremos liberar a quienes hayan capturado —añadió Brizaelinth.

Pero el escenario iba a cambiar, y aunque tomaron los pasos con decisión, la paladina de Sune era consciente de que la cosa se había convertido en una carrera contrarreloj que además iba a necesitar que todos se emplearan al cien por cien, o más si cabía. A partir de ese momento, cualquier paso en falso podría determinar el destino ya no solo de ellos, sino también de los que pudieran seguir con vida…

Esta vez, la caza a la tribu Sangreardiente sí había comenzado.


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Gracias a DM Astral y compañeros de trama. ^^
 

Manny_LoneWolf

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Presente XXXX - La niebla


La niebla no auguraba nada bueno, pero Fery se debía a su deber, así que se dispuso sin problemas en primera línea para ayudar a las Fuerzas Armadas. Después de todo, recuperar un oro valioso sería bueno para la nación, así como aprender por el camino algo más sobre la bruma y todo lo que estaba trayendo.​


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Pero nadie dijo que iba a ser fácil, y por supuesto parecía más otra prueba a la que debía de enfrentar, sin ser consciente de todo lo que estaba por llegar. La niebla estaba jugando con ellos y le tocó a ella. En primera instancia, el recuerdo de su padre acabando con la vida de Harsys la golpeó con dureza, aquella semielfa esclava, solo porque había sido amable con ella. La paladina calmó su corazón, al fin y al cabo, había sido adiestrada para ello, sacando todas las fuerzas posibles por no verse vencida en ese juego mental.

Pero lo peor estaba por llegar. Aquella bruma no había quedado contenta con no poder doblegar a la guerrera sagrada, por lo que, volvió a la carga con más ganas y por lo tanto más temible si cabía: esta se contrajo de manera espesa y consistente para volver a expandirse un poco y mostrar así una figura humanoide.

—Fery… ¿eres tú? —preguntó la figura espectral, aún difusa.

—¿Qué…? —fue lo único que salió de los labios de la mestiza de orco al notar una voz familiar.

—Qué mayor te has hecho…

Reconocible para la paladina, delante y a pocos metros tenía a Grell Krill con su cálida sonrisa tan acogedora como siempre, aquella mujer mayor que no había dudado ni un instante en darle cobijo en aquella apacible granja de Púrskul. Fery era consciente de que todo era un juego, pero la imagen se había tornado tan real que su fortaleza mental empezaba a flaquear: durante muchos años había deseado que los Krill no hubieran muerto.

—¿Señora Krill? Diosa, pero si vos…

Rápidamente, Calendil, Lufram y Brizaelinth se acercaron para detener a la paladina, pues esta ya había empezado a avanzar unos pasos.

—Yo podría estar junto a ti, pero fuiste tan egoísta… decidiste salvarte y dejarme morir… —las palabras de Grell fueron variando de tono, deshaciéndose de ese tan dulce para pasar a uno amargo y hasta punzante, todo mientras avanzaba de manera etérea hacia su hijastra.

Era tarde para Fery pues ya había caído, más cuando su mente se vio poblada de los recuerdos de aquella fatídica noche en la cual los orcos no tuvieron miramiento alguno por privarle de aquella familia que por fin había encontrado. Recordó sus manos ensangrentadas y como la bendición de Sune le permitió sanar para luchar contra los asaltantes, pero con ello, perder la única oportunidad de por lo menos salvar a alguien de los Krill.

—No… Yo no… ¡No! —exclamó al final la mestiza—. ¡No sabía que podía curarme!

Y el aspecto de la señora Krill cambió. Su semblante dejó de ser agradable y simpático, tornándose en una anciana cercana a un cadáver, decrépita y azotada por la putrefacción para alzar después un dedo acusador hacia Fery, todo mientras continuaba avanzando: su vientre poseía una herida abierta por la que emanaba sangre.


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—¡Yo podría vivir, pero solo piensas en ti! —el grito del fantasma se convirtió en algo tan deforme como doloroso, creando un eco en la mente de la mestiza que no cesaba de ninguna de las maneras—. ¡Solo piensas en ti!

Brizaelinth, Calendil y Lufram trataban de hacer volver a Fery, pero no parecía posible: esta última sufría debido a los recuerdos que se habían vuelto en algo agresivo y desgarrador, ahogándola en una fuente inacabable de dolor por la culpabilidad. Por su parte, la figura espectral no dejaba de avanzar y ya quedaba a pocos metros.

—¡Hija mía! ¡¿De qué sirve la belleza si todo lo que te rodea muere?! —se pronunció de nuevo.

—¡No! ¡Señora Krill, yo lo siento!

La paladina estiró su brazo para tocar el de aquella aparición con el fin de buscar el perdón, pero, Calendil, más rápida, fue la que hizo contacto al colocarse entremedio, provocando entonces que la forma humanoide de la bruma desapareciera por completo: pero aquella pesadilla estaba lejos de acabar. Aunque el foco principal había desparecido, la concentración de Fery había sido mermada y el grupo pudo avanzar para acabar consiguiendo el desdichado oro, a pesar de lo que aquella entidad los había azotado con infinidad de nomuertos a parte de quebrar sus voluntades. No eran pocos, no obstante, los que se preguntaban si el coste había valido la pena.

Con su misión cumplida, la nutrida expedición volvió a casa, pero el camino para la paladina no fue agradable. Las palabras de la señora Krill no dejaban de resonar en su cabeza, llevando a Fery al límite, tanto que en numerosas ocasiones no era nada agradable con Brizaelinth, no habiéndose apartado esta ni un instante de su lado al comprender la situación y tratar de hacer todo lo posible porque su esposa volviera a la normalidad.

Una vez en la habitación, Fery se miró por última vez en el espejo y se quedó muda cuando su reflejo no era el de siempre: era aquella joven mestiza de orco con rostro y ropas manchadas de sangre que había sobrevivido a la quema de la granja de los Krill. Se quedó paralizada mientras las palabras y recuerdos golpeaban su mente, y entonces la elfa oscura la devolvió a la realidad con tan solo abrazarla por detrás: la paladina notó el tacto de su esposa caliente, lejos de lo habitual, dándose cuenta de que ella estaba fría como un témpano.

Ambas buscaron ese descanso merecido pero la realidad para Fery fue que no pudo conciliar sueño alguno. Encendió una de las velas para no interrumpir la ensoñación de Brizaelinth y luego avanzó hasta la silla de su escritorio que apartó con cuidado. Delante de ella estaba su libro de notas, aquel que había utilizado para anotar algo importante días atrás. Su mano izquierda hizo por clavar las uñas en su sien, como si de alguna manera quisiera arrancar de su mente lo vivido y recordado por la niebla; pero la derecha abrió el tomo por la última página y con ello vio dos nombres: Kath y Vraask. Sus cejas se alzaron para expresar una leve sorpresa, pero más bien era que había recordado algo que quizá la ayudaría si trabajaba en ello...


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¡Gracias, Dms! ¡Fuisteis a dar donde duele! :ROFLMAO:
 

Manny_LoneWolf

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Presente XLI - A la caza de la tribu Sangreardiente (III)

El grupo necesitaba de moverse a más velocidad y poder continuar con el rastro, por lo que Zentakord tuvo la idea de transformar a todos en panteras. Fery nunca había tenido una experiencia similar, pero iba a tener que adecuarse con rapidez a ella para no ser un lastre para el grupo. Con ello, todos pudieron avanzar y acortar una distancia enorme con los orcos a expensas del esfuerzo y el descansar poco durante las noches: estaban de acuerdo en que convenía dar lo máximo para poder salvar a los inocentes.

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En su primer día, pudieron sortear un par de hambrientas quimeras que estaban dándose un festín con un ciervo caído, evitando de ese modo un combate innecesario que ya no solo pudiera retrasarles, sino también el causarles heridas. Pero en el segundo día, no fue así, y el grupo dio con un grupo de gnolls que pareció percatarse de la presencia de las panteras y se vieron obligados a entablar combate después de que el rugido del druida transformado en un gran felino ahuyentara a muchos de los «cara de perro». La pelea fue encarnizada al no abandonar la forma de pantera, muchos mostrando el desagrado por haber probado sin querer la sangre de los enemigos al morder a estos para acabar con ellos. Para la paladina, era probablemente lo peor que había probado en su vida, a pesar de que cuando era pequeña había tenido que llevarse comida cruda a la boca en más de una ocasión.

Ya en el tercer día, por fin llegó el fruto del esfuerzo al dar con un orco que iba al trote, uno que tan solo vestía una armadura bien liviana acompañada de un arco rudimentario: parecía alejado del rastro, pero estaba claro que iba en la misma dirección. El pobre desdichado, que tras darse cuenta de que estaba siendo seguido y probar de ocultarse entre la naturaleza, no tuvo opción alguna cuando las siete panteras se le echaron encima para revelar entonces que portaba un colgante con el símbolo de la tribu de los Sangreardiente tras ser abatido y quedado inconsciente.

Habiendo vuelto todos a la forma original y con el orco atado a un gran tronco de árbol, Fery se acercó para despertarlo, primero con tan solo las palabras, pero al final tuvo que recurrir a uno de sus perfumes más fuertes para que el aroma se le metiera por los orificios nasales.

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—¿Qué es ese pestazo? —preguntó el orco tras volver en sí y sacudir la cabeza, aunque aún inconsciente de su situación.

—Tu salvación, probablemente —repuso Fery, que luego aprovechó para tomar su odre de agua y ofrecerle—. ¿Tienes sed?

—¿Qué quieres, mestiza? —dijo sin contestar.

—Que me cuentes todo sobre los que habéis raptado en el poblado.

—No sé de qué me estás hablando: suéltame, no os he hecho nada.

El resto del grupo parecía no entender la conversación debido a que estaban empleando el idioma de los orcos. La paladina, ya prevenida por el conocimiento de las bestias como la que tenía delante, se había mostrado amistosa para de mientras analizar los gestos y la manera de expresarse de aquel que tenía delante: estaba claro que mentía.

—De momento ha intentado engañarme con que no sabe nada —dijo Fery en común y hacia sus compañeros, a pesar de que sabía que probablemente el orco la entendería para después dirigirse a este en su idioma a la vez que le mostraba el colgante de la tribu Sangreardiente que había encontrado días atrás—. Una pena que no sepas nada, pues encontré esto. ¿Tampoco te suena?

—Malditos idiotas —dijo el orco tras gruñir—. ¿Qué garantías me vas a dar si hablo? No esperarás que te diga todo lo que quieres para que luego me mates.

—Si quieres puedo interrogarle yo —se pronunció la elfina.

—No vas a golpear a nadie indefenso en mi presencia, Calendil —Fery dejó clara su postura

—Solo procuremos… sacar algo de información lo más rápido que podamos —dijo Zyon—. Puede que haya gente muriendo mientras hablamos con este engendro.

La paladina había entrado en el juego que quería, pues buscaba que el orco se mostrara colaborador. Sabía que al dejar claras las intenciones, aquel que tenía delante podría jugar ciertas cartas, pero ella iba a apostar y tratar de ganar la partida con las peores.

—Tu garantía es que nos lleves con los tuyos —volvió a dirigirse a él—, nos ayudes a liberar a los que habéis secuestrado y puede que encuentres trabajo digno en Púrskul: se me ocurre algo honrado como trabajar la tierra en vez de asesinar.

El orco rio con ganas a pesar de su situación, para luego negar con la cabeza.

—¿Un Sangreardiente haciendo trabajo de esclavo? —preguntó, aunque si buscar que se le respondiera.

—Quizá ese sea tu problema, el de la perspectiva con la que quieras mirar las cosas: un trabajo honrado nunca es esclavitud.

—Me vale con que me sueltes y me dejéis marchar, no quiero tus trabajos honrados.

Fery ni se inmutó, evitando suspirar ante la actitud del orco.

—¿Están bien los que os habéis llevado? —preguntó luego.

—Te responderé si me perdonas la vida y no volverás a verme.

La paladina se preparó para jugar la siguiente carta, buscando con ello el ver la reacción que tendría aquel que tenía delante ante lo que iba a escuchar.

—Ambos sabemos que soltarte no es la mejor de las ideas, pues conozco a muchos traidores… —vaciló la semiorco—. Como Gagh’Dam, que traicionó a mi padre.

El orco no pudo evitar mostrar sorpresa ante oír ese nombre, más si cabía que este proviniera de la mestiza que tenía delante, todo para quedarse sin palabras.

—Créeme, es más sencillo de lo que piensas —volvió Fery a dirigirse a él a la vez que se recogía cabello tras la oreja—. Yo te prometo un juicio justo e interceder por ti si nos ayudas: pero para que tu vida de saqueo termine y así Gagh’Dam no pueda sacarte las tripas.

La paladina dejó al orco con sus pensamientos para entonces mirar hacia el resto de sus compañeros.

—Creo que Gagh’Dam sigue siendo el líder de la tribu, pues se ha sorprendido de que yo conociera el nombre —les comentó—. Le he ofrecido un juicio justo y que intercederé por él si nos ayuda, todo para que deje su vida de saqueo.

—¿Podemos fiarnos? —preguntó directa Calendil.

—No sé si fiarme del resultado… —dijo Zyon— Pero me sirve si nos ayuda a encontrar al resto.

—Siempre poder ir a Púrskul a trabajar el campo.

—No veo yo al orco este de campesino o labrando el campo —dijo Zyon de nuevo, cabeceando hacia aquel que estaba atado al tronco del árbol.

—Hasta que no se le ofrece otra vía, la de la redención, no se puede saber si alguien está dispuesto a recorrerla —dijo Maeve entonces—: si tratas a todos como a monstruos, solo hallarás monstruos.

—Supongo que tienes tu punto de razón, Maeve… —le concedió Zyon.

El orco atrajo la atención de Fery antes de dirigirse a ella, haciendo que esta volteara su cuerpo y cabeza para mirarlo.

—Matarme sería un final agradable en comparación a lo que le hace a otros —dijo refiriéndose al líder de la tribu—, y si vais tras ellos y os matan u os capturan, luego vendrán a por mí.

—Llegados a este punto, hasta tú sabes que tienes más posibilidad de vivir a nuestro lado —dijo Fery manteniendo el tono calmado, aunque cruzándose de brazos en esa ocasión.

—Vais a hacer que nos devore a todos… —gruñó el orco, donde su semblante parecía el de alguien claro temor por lo que pudiera pasarle—. No tengo otra opción, ¿no? —preguntó luego a la vez que alzaba un poco el mentón.

—Créeme cuando te digo que siempre hay elección, pero no por ello se ha de tomar la peor que normalmente es la más sencilla —dijo Fery.

—Las segundas oportunidades existen, si bien es cierto que ha de poner de su parte —dijo Brizaelinth hacia los demás—. Así pues, estoy de acuerdo en darle una oportunidad.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó la paladina al orco.

—Groomash Sangreardiente —repuso.

Satisfecha, la mestiza de orco sabía que había avanzado pasos agigantados a pesar de jugar con las peores cartas en el juego de la diplomacia.

—Bien, Groomash: soy Fery. ¿Te parece bien si te desato las cuerdas y hablamos con el resto de mis compañeros?

El orco observó al resto del grupo y luego gruño, para finalmente asentir.

—Está bien —dijo.

—Groomash está dispuesto a hablar con nosotros a buen término, así que lo desataremos —se dirigió Fery a sus compañeros.

A pesar de las dudas de algunos de los integrantes ante la decisión de la paladina, Vraask avanzó hasta desatar al orco, siento entonces cuando este último se puso en pie y masajeó las muñecas para no mostrarse como amenaza alguna. Con ello, el grupo procedió a hacer varias preguntas que este pudo responder en un rudimentario común, pero que fue suficiente para hacerse entender. Aquellos que habían sido apresados estaban siendo llevados a otra aldea a unas seis horas a pie, que, probablemente los orcos no tardarían en llegar, pero el grupo tenía una gran oportunidad: los captores debían de descansar primero en las cercanías. Además, los orcos se estaban moviendo en un número de entre tres y seis, que Groomash no pudo determinar por que él tan solo se había encargado de ocultar el rastro del ataque, no de participar. Pero todo era más retorcido: los orcos estaban utilizando las aldeas abandonadas como cebo, dejando que la gente se asentara en ellas para luego capturarlos como esclavos.

—Tendremos que darnos prisa para alcanzarles antes de que lleguen al siguiente poblado —dijo Fery—, además de salvar a los que ya tienen.

—Podemos alcanzarles mientras descansan —comentó Vraask.

—¿Eres capaz de llevarnos directamente hasta tus antiguos compañeros? —preguntó la paladina a Groomash, haciendo énfasis en lo de antiguos.

—Sí —respondió el orco—. Pero quiero que me sueltes en cuanto lleguemos, porque sabrán que soy un traidor si me ven con vosotros y esos no son de los que hacen preguntas, además de que esta no es mi batalla.

—Ahí estás equivocado —dijo Fery tras acortar la distancia con él—. Es la tuya desde que decidiste seguir la estela de los Sangreardiente.

—Tú no sabes cómo es… —dijo Groomash tras tragar saliva—. Cuando te capturan solo tienes tres opciones: servir como guerrero, como esclavo o ser devorado.

Fery frunció el ceño y su rostro mostró severidad, para luego mirar al orco a los ojos: no podía negar que la frase del que tenía delante le había tocado una fibra sensible de los hechos vividos en el pasado.

—Estuve diez años con esa tribu, hasta que, como otros, elegí huir porque era incapaz de soportar más aquello. Así que no me digas que no sé cómo es… —sentenció.

—Entonces tuviste suerte —se atrevió Groomash a decir—, porque no has visto lo que Gagh’Dam les hace a los que intentan escapar y él los coge.

—De eso se trata, Groomash: de no verlo. Pero para ello es necesario impedir que siga sucediendo. ¿Quieres que no te pase? Por fortuna para ti, ahora mismo…

La paladina dejó la frase a medias para dar unos pasos hasta alcanzar el arco que el orco portaba con él antes de ser reducido por el grupo. Acto seguido, volvió a este y le colocó el arma en el pecho mientras ella misma la sostenía, aguardando porque él la tomara.

—Solo te queda la lucha —le dijo sin apartarle la vista, ojos con ojos.

—Con suerte moriré en el combate y no tendré que preocuparme de nada más —dijo el orco tras gruñir, tomando el arco entonces.

—Bien. Ya no vas a necesitar eso —dijo Fery tras señalar el colgante que lo identificaba como un orco de la tribu Sangeardiente, para luego colocar la palma de una de las manos mirando al cielo con intención de que Groomash se lo entregara.

El orco arrancó el símbolo y se lo entregó a la paladina, todo en un silencio cómplice y hasta de algún modo, digno de confianza. Luego tomó asiento para aguardar por las siguientes órdenes, ya listo para formar parte de aquellos que iban a continuar la caza a la tribu de los Sangreardiente.
 

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Presente XLI - La niebla (II)

Las patrullas por la frontera no debían cesar. Aunque la niebla abarcaba prácticamente todo, incluida la región de las bestias y con ello estas también se encontraban ocupadas, el asunto había empeorado hasta tal punto que no se dejaban de informar de desapariciones y ataques por la zona y más allá. Esta vez, el grupo era tan nutrido como diverso, siendo uno de los días que más apoyo había recibido Fery. Era una buena noticia, pues miembros de la Liga del Cereal, así como de las Fuerzas Armadas, incluso de la Orden del Guantelete y diversos amigos y aliados sin afiliación habían demostrado unirse una vez más para hacer frente a algo común.

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Y así fue. Avanzaron en unas largas jornadas por las que hicieron frente a bandidos y tribus dispersas por los humedales, tras peinar todo lo posible del camino sur desde Púrskul. Pero cuando tenían intención de buscar el camino de salida hacia la costa más cercana a la capital, fue entonces cuando entraron en la bruma, pues esta se había hecho más densa y por lo tanto opresora. El grupo avanzó con cautela, repitiendo las ya varias recomendaciones prácticamente públicas y conocidas por todo amniano, pero una lluvia empezó a golpearles acompañada por algún que otro trueno y por lo tanto relámpago. Y algo les llamó la atención. Habían pasado por una cabaña que albergaba algún que otro bandido, pero entonces, y justo cuando la niebla se dispersó un poco gracias a un conjuro de Zentakord, dieron con otra que era extrañamente similar.

—O la cabaña moverse o niebla movernos a nosotros sin saberlo —dijo el druida de barba púrpura.

—Algo similar reportaron nuestros exploradores —comentó Talivia—: aparecieron en un punto diferente al desaparecer la niebla.

—¿Cómo si fuese un desplazador? —preguntó Sulion.

—Sospecharía que no estamos donde creemos estar —dijo Seraphyra—. ¿Una fusión o demiplano de esos que se mencionan o simplemente un lugar al que pertenecemos?

—¿Qué explicación tiene esto? —preguntó Ewan hacia Jadzia.

—No tengo ni idea —repuso la umbra tras humedecerse los labios y negar un poco, aunque bajo expresión rumiante.

—Sugeriría entonces el continuar hasta el oeste para llegar a la costa —se pronunció Ewan otra vez.

Pero justo tras decir eso, el capitán de las Fuerzas Armadas cambió de idea, al igual que su compañera Keira y también Seraphyra, esta del Guantelete, y por último un aventurero que se había unido al reclamo en Púrskul: optaron por decir que la cabaña era un buen lugar para refugiarse del temporal, como si esta les hubiera embrujado.

—¿Qué? Pero si no sabemos qué hay en el interior —dijo Fery sin entender el cambio de parecer de algunos de los integrantes de la comitiva.

—Parece un buen lugar para permanecer mientras todo pasa: necesitamos resguardo —dijo el elfo de las Fuerzas Armadas.

—No creo que sea un buen lugar algo que ha aparecido de la nada —comentó Brizaelinth bajo una tenue sonrisa.

Una pequeña discusión se produjo entre aquellos que deseaban de manera repentina el adentrarse en la cabaña con los que alegaban que no era una buena idea, y entonces Zentakord sorprendió a todos cuando conjuró una gran capa de grasa sobre la choza, para luego dirigir uno de los rayos de la tormenta hacia esta y terminar iniciando un fuego sobre ella tras el impacto.

—¡Diosa! —espetó Fery a la vez que se cubría un poco con el escudo previamente embrazado para evitar algunas ascuas— ¡Pero Zentakord!

—¡Derribos Esmeralda! —gritó Talivia igualmente sorprendida— ¡Y ahora, incendios provocados por Zentakord!

—Se acabó la cabaña —sentenció el druida en tono severo, con una mezcla entre furia y preocupación—: al oeste, ya.

Pero las sorpresas estaban lejos de acabar. El pragmatismo de Zentakord solo había alimentado algo que tan solo estaba aguardando por los más incautos del grupo: la cabaña empezó a alzarse sobre unas patas enormes como las de un gallo.

—La cabaña… tiene… patas… —dijo Talkir sin dar crédito a lo que sus ojos estaban presenciando.

—¡Por todos los dioses buenos, alejémonos de este sindiós! —exclamó Sulion.


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La choza mostró entonces unas fauces enormes que parecían no tener fondo debido a la oscuridad del interior y se abalanzó sobre Fery y Jadzia, que, ambas habían quedado más cerca en la discusión anterior. Besada por Beshaba, la mestiza de orco apenas pudo moverse, pero eso permitió a la umbra el zafarse de la enorme boca de afilados dientes que se había echado encima de ellas y por seguir la desgracia, el druida y la paladina fueron engullidos por el edificio con patas tras que el hombre de barba púrpura intentara salvar a su compañera de piel verdosa, fallando en el intento.

Fery solo encontró oscuridad. No había nada, no sentía nada. Palpó el terreno a ciegas tras quedar de rodillas y este era frío, incluso algo húmedo, sin saber dónde se encontraba hasta que escuchó unos pasos que se acercaban hacia ella. Aquello que cada vez estaba más próximo parecía emitir una tenue luz, algo que, la mestiza de orco agradeció porque le permitió discernir algo. Con prisa y alerta tomó la espada que le había caído al suelo, aunque sin tiempo para poder embrazar el escudo, siendo entonces cuando alzó la vista y apuntó con la espada hasta lo que ya estaba cerca. Y cuando por fin vio, Fery reconoció a la figura humanoide: un semiorco con ropas de trabajar la tierra que además portaba un maltrecho y sucio y oscuro delantal, donde una mancha de reguero de sangre parecía haber viajado desde el cuello del varón hasta las rodillas: era Krothu, su primer amor, y caminaba tranquilamente con un virote que se le había quedado clavado en la garganta, como en aquella fatídica noche en la que murieron los Krill.


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[Música]​

—¿Krothu…? —preguntó la paladina donde sin poder remediarlo sus ojos se tornaron vidriosos.

—Vaya, Krilge… Veo que has aprovechado bien la vida: aunque mayor, estás más hermosa que de muchacha.

Fery exhalo, tratando luego de tomar aire todo lo mejor que pudo, pero sentía una leve presión en su pecho: el brazo que portaba la espada descendió con rapidez, haciendo que la hoja tocara el suelo.

—No eres real —dijo, tratando de convencerse al saber de lo que la bruma era capaz y ya le había ocurrido decanas atrás.

—Ah… ¿No soy real?

El semiorco se detuvo frente a ella, colocándose en cuclillas para quedar a la altura. Con calma, aprovechó que la mujer apenas era capaz de moverse para colocar una mano sobre el hombro de esta.

—Si vas a decirme que…

—Cállate —la interrumpió con un tono seco, pero para nada alzado, simplemente poderoso, otorgando entonces unos segundos de silencio para tomar la palabra después—. Estuve a tu lado desde el primer momento en que pisaste ese granero sin permiso, y apoyé la decisión de la señora Krill para que te quedaras con nosotros. Te vi crecer, te enseñé el oficio y… me enamoré de ti.

Las palabras parecían clavarse lentamente en el cuerpo de la mestiza de orco. Eran como pequeñas agujas que con el paso de los segundos parecían crecer lentamente, adentrándose cada vez más en la piel. Sus ojos ya no estaban vidriosos: soltaban lágrimas.

—Yo también te…

—He dicho que te calles —ordenó el semiorco—. ¿Sabes cuánto te amé, Krilge?

Fery apretó la mandíbula y tan solo tragó saliva, mirando fijamente a los ojos de Krothu. Este, con calma, llevó una mano hasta la nuca y empujó el virote que tenía atravesado en su garganta, haciéndolo caer y provocar con ello que más sangre brotara del orificio. Después, y de la misma y tranquila manera, tomó el proyectil y se lo mostró a la paladina, interrumpiendo la línea de visión.

—Suficiente para que esto me matara —respondió él mismo—. ¿Fue justo? ¿Yo lo merecía?

—Krothu, yo lo siento. No quería… ¡no esperaba…!

Y Fery no pudo acabar de pronunciarse, pues el virote ya no estaba visible: se encontraba clavado en su vientre de manera profunda y dolorosa. Krothu lo sacó y volvió a clavarlo un par de centímetros alejado del primer impacto, y así repetidas veces sin detenerse, con una facilidad increíble y sin que las placas que portaba la mestiza de orco sirvieran de protección alguna, todo mientras ella tan solo podía escupir sangre con la imposibilidad de decir algo.

—Qué decepción —se escuchó otra voz.

La paladina parpadeó y Krothu ya no estaba, ni siquiera el proyectil que le había causado numerosas perforaciones. Aún de rodillas, la mujer se giró un poco y vio a su maestro, ataviado con la armadura completa y el tabardo que lo identificaba como un miembro de las Hermanas y Hermanos de la Rosa Rubí. Este se retiró el yelmo para mostrar su sonriente y bello rostro adornado por una perilla perfectamente perfilada, sin cabello alguno en el resto de la cabeza.

—Maestro, necesito ayuda… —fue lo único que Fery alcanzó a decir de manera debil.

—¿Ayudarte? —preguntó Renaud que tan solo dejó caer el yelmo con desprecio para luego avanzar hasta su antigua pupila—. Ya te ayudé y te di un propósito, pero tú fuiste una egoísta y pensaste por algún momento que había algo entre nosotros.

—Vos… no sois así…

El hombre continuó sus pasos hasta dar una vuelta completa alrededor de la semiorco para finalmente inclinarse hacia uno de los oídos de ella, tras haber quedado a la espalda.

—¿Y cómo soy? —preguntó con un tono tan gélido que parecía helar la piel.

—Un buen hombre… el mejor que conocí… aquel que…

—¿Aquel al que le entregaron un monstruo y tuvo que aguantarlo durante años?

—¿Qué…?

—Eres un monstruo, Fery.

Renaud apartó el rostro para erguirse de nuevo, desnudando el acero de la espada que portaba en el cinto con gesto calmo. Fery, sin apenas poder decir nada debido a la sangre que estaba perdiendo, hacía esfuerzos para poder mantener la respiración. Buscó el tratar esas heridas con el don de su diosa, pero no obtuvo respuesta, siendo incapaz de canalizar la sanadora energía.

—Pensabas que Sune te había destinado a mí pero estabas completamente equivocada. ¿De verdad creías que teníamos algo que hacer juntos? —Rio con ganas. —Qué ideal tan romántico aquel de la aprendiz enamorada de su maestro, ¿verdad?

Las palabras le parecían cortes a Fery, las sentía como tales. Su conciencia empezaba a difuminarse mientras sus sentidos quedaban algo embotados.

—No te preocupes, mi aprendiz: hasta el corazón de un monstruo lleno de ira se recupera del mal de amores.

Renaud alzó la espada apuntando hacia abajo y clavó esta en la espalda de la mujer, haciéndola entrar hasta dejarla cerca del corazón a través del crujir de los huesos. Fery gritó agonizante, dolorida, escapándole un chorro de sangre por la boca que le manchó toda la mandíbula.

El silencio se hizo de nuevo, la vista se le nublaba y ya no le quedaban fuerzas, pero ahí seguía. No entendía nada y aunque consciente de que la niebla estaba jugando con ella, todo le parecían tan real y doloroso que sabía que estaba alcanzando su límite.

—Fery.

Un atisbo de esperanza la embriagó cuando reconoció la voz de su esposa.

—¿Brizaelinth?

—Estoy aquí, querida.

La visión se le esclareció y pudo reconocer las facciones de la elfa oscura entre tanta penumbra.

—Diosa, menos mal… Por favor, necesito que…

—Mira cómo estás… —La obligó a detener las palabras—: hecha un adefesio.

Brizaelinth sonrió, aunque, su mueca pareció tornarse algo malévola. Acto seguido, tomó un pequeño odre y lo destapó, donde el descorchar sonó con un agudo eco, para finalmente verter el líquido sobre la mestiza de orco: no era agua, pues las notas del olor parecían determinar que contenía algo de azufre y salitre, mezclado con alguna sustancia más pegajosa.

—Cuánta pasión hay dentro de ti, ¿verdad? —tomó la trovadora de nuevo la palabra—. Tanto como para traicionar mi amor por ti y besar a otra persona.

La elfa oscura negó y de las sombras hizo aparecer una antorcha apagada, que, impregnó la tela de la punta con algo del líquido que había vertido sobre Fery. Después retrocedió unos pasos para prender el palo de luz con tan solo un chasquido de dedos. La paladina alzó la vista mientras su respiración se iba apagando lentamente: todo era tan doloroso que había superado su umbral de dolor, pero eso no hacía que este desapareciera, más bien, había aumentado hasta lo más insospechado.

—Te dije… la verdad… fui honesta… —trató de articular palabra tras juntar la mirada con la de su esposa.

—Oh, es cierto —Asintió. —¿Y sabes qué?: el fuego te purificará —sus últimas palabras parecieron una pesada sentencia.

Con un sutil gesto, la elfa oscura dejó caer la antorcha sobre el cuerpo de la mestiza de orco, haciendo que el líquido vertido con anterioridad se encendiera para empezar a quemarla. Los gritos de Fery parecieron agrietar las invisibles paredes de la oscuridad mientras trataba de liberarse de las llamas sin éxito, al apenas poder moverse. Ese dolor era lo más intenso que jamás había sentido, y al final su cuerpo apagado cayó de espaldas donde sin querer no pudo más que cerrar los ojos bajo la piel chamuscada. Y ya, cuando todo parecía perdido, una extraña calidez empezó a envolverla, creyendo con toda firmeza que se trataba del encuentro con su diosa en Aguaclara, pero, de nuevo escuchó esa voz familiar en la lejanía.

—Fery, por favor… despierta…

Cuando abrió los ojos ya no había oscuridad, o al menos aquella que no había dejado de oprimirla: estaba recostada sobre Brizaelinth, a la que le caían algunas lágrimas mientras Seraphyra terminaba de tratarle las heridas. Fery se sentía mejor, incluso podía respirar a la perfección, pero su cuerpo estaba dolorido y pudo observar que tenía algunas quemaduras, así como cortes y hasta marcas de varias dentelladas, comprendiendo que la pesadilla no había sido más que el reflejo del daño que había sufrido en el interior de aquella maldita cabaña mientras el resto peleaba con aquel extraño ser que la había engullido. Después giró la cabeza para observar como el resto del grupo también había salvado a Zentakord y que la choza, ya destrozada y en cenizas, había expulsado de algún modo un sinfín de cuerpos de todo tipo, pero sobre todo aventureros iniciados.

El grupo ya con la niebla prácticamente dispersa por completo decidió dar digna sepultura a los caídos y alcanzar por fin el camino de la costa sur, hasta llegar a los muros de la capital. Fery fue llevada hasta el hospicio y allí terminaron de tratar sus heridas, siendo obligada por las hermanas a reposar. Pero, aunque su cuerpo había quedado en buenas manos, su mente y voluntad habían estado a prueba una vez más, y con ello, y tras besar el colgante con el símbolo de su diosa: tenía claro que la bruma no iba a cejar en el empeño de quebrarla.

Y la cuestión era… ¿sería la niebla capaz de romper a la paladina?
 

Manny_LoneWolf

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Presente XLII - La niebla (III)


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Era difícil discernir cuanto tiempo llevaba dentro de la niebla el numeroso grupo, o quizá el pequeño ejército en que se había convertido el reclamo que el capitán Ewan había conseguido. Las bestias no paraban de aparecer, cada vez más fuertes, más indómitas y dispuestas a acabar con todos. Las voces de los aliados se escuchaban entre los ruidos de batalla, pero todo se tornaba más pesado conforme el tiempo avanzaba. Los gritos de una posible salida podían oírse en la lejanía y los combatientes se iban sumando para intentar que todos se replegaran con la intención de escapar, dando algo de esperanza entre tanta opresión en la que apenas se podía ver.

Fery se había quedado rezagada, era un hecho. La paladina no quería que nadie se quedara atrás y cuando se dio cuenta de que su esposa no había cruzado, más todavía. Así que ambas empezaron a luchar espalda contra espalda, donde, mutuamente, se decían de avanzar para salir. Pero no era posible: cada vez había más criaturas que les cerraban el paso, rodeándolas en demasía. Todo se tornó más crudo cuando la elfa oscura cayó bajo las heridas y un montón de enemigos se le echaron encima, siendo entonces cuando la mestiza de orco sacó fuerzas de todos sus rincones para intentar socorrerla. Pero, por mucho que confiara en sus aptitudes y aquellas que su diosa le había otorgado, aquello era algo imposible de conseguir: la luz de la posible salida desapareció y las dos, junto a otros, quedaron perdidas dentro de la bruma que se había tornado tan densa que era imposible ver absolutamente nada.
(Música)​

El dolor físico recibido de todo aquello que se había empeñado en quebrarla hizo que cayera inconsciente, despertando Fery en un lugar que le costó de reconocer, pero, que finalmente se le hizo extrañamente familiar. Manchada de barro, incluso saboreando este mezclado con sangre dentro de su boca, tan solo pudo levantarse como buenamente pudo entre tanto dolor. Miro en derredor para darse cuenta de que estaba en los ya conocidos humedales, pero, sin tener una clara idea del lugar exacto dentro de la zona que estos abarcaban. Su armadura había visto días mejores, su capa había directamente desaparecido y su tabardo estaba hecho trizas: ni siquiera sabía dónde se había perdido su espada y escudo. La paladina se apoyó en el árbol más cercano y agradeció el poder ver a pesar de la noche, pero entonces se dio cuenta de que estaba sola y que no solo había perdido al resto, sino también a Brizaelinth.

—Maldita sea… —masculló dolorida.

Sus pasos se tornaron más pesados, caminando hacia un punto indeterminado al no saber orientarse debido al embotamiento, heridas y pensamientos de culpa. Entonces escuchó unas risas, graves y mínimamente guturales. La mujer trató de ocultarse detrás de un gran tronco para observar mejor en esa dirección y pudo ver varias cabañas de las que no se había percatado antes, quedando completamente asombrada cuando el viento meció un estandarte donde el símbolo dibujaba una gota dentro de una llama.

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Furiosa y algo impropio de ella, Fery agarró una gran rama del suelo, siendo lo único que pudo obtener como supuesta arma para atacar o defenderse, cojeando entonces en el avance de sus pasos hacia esas risas y hasta sombras que parecían moverse. Pero conforme seguía y cruzaba entre árboles y barro, el lugar parecía ir desapareciendo o perdiendo detalles, dándose cuenta al final de que no había nada. Abatida, se dejó caer para que sus rodillas aguantaran el peso para soltar la rama después, produciendo esta un chapoteo.

—¡¿Dónde estáis?! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Yo os maldigo, tribu Sangreardiente!

Se dio cuenta del lugar donde estaba entre lágrimas de impotencia, que no era más que aquel en el que había crecido de niña hasta por fin obtener el valor de escapar, pero ya desierto y abandonado. Aquellos orcos a los que estaba intentando dar caza habían sido de lo peor bajo el mando de su padre, pero en su interior sabía que había errado al no haber detenido al nuevo líder cuando tuvo la ocasión, pues tenía la certeza de que estos se habían convertido en algo más temible. Fery volvió a tomar la rama gruesa para apoyarse en ella y levantarse, caminando de nuevo a un punto indeterminado con intenciones de salir o llegar a algún lugar. Empezó a preguntarse dónde estaría Brizaelinth, lamentándose de no haberla podido proteger, donde todos sus pensamientos se iban poniendo en las peores situaciones: sentía punzadas en el corazón, pues tenía la certeza de que había fallado a su amada.

Conforme avanzaba sin rumbo, el desasosiego y el pesimismo iban anidando en su corazón, rompiendo esa faceta suya optimista y de pensamiento positivo que siempre la caracterizaba. Llevó la mano al colgante que le reposaba siempre en la parte superior de su pecho para darse cuenta de que también lo había extraviado, y con ello, se convirtió en un extraño símbolo de que había perdido la conexión con su diosa.

—No, Sune, no… —Dijo en voz baja, en un lamento.

Como una muerta viviente similar a los que siempre había combatido, sus pasos continuaban en línea recta, algunas veces tambaleantes por el dolor de las heridas, pensando en que había fallado a todos y cada uno de aquellos que siempre había jurado proteger, pues era parte de su deber: el frío y la humedad no eran nada comparado con aquella sensación. Y como no era raro, los humedales siempre se trataban de una pequeña trampa para ella con su cuerpo y su pesada armadura, por lo que cayó para probar de nuevo el barro. Sentada de lado, maldijo para sus adentros y pudo ver su reflejo en la turbia agua, donde su rostro estaba extrañamente limpio, pero era la de una Fery mucho mayor, aquella que las arrugas y el castigo del tiempo había hecho mella en su hermosura.

—¡Déjame en paz! ¡Yo no quiero envejecer!

El grito con todas sus fuerzas fue acompañado de un gesto con ambas manos que trató de borrar ese espejismo, haciendo un chapoteo en el agua que agitó estas con violencia. Aquello le dio una pequeña recarga de energía entre lágrimas de debilidad, utilizando de nuevo el trozo rudimentario de madera para ponerse en pie. La paladina siguió avanzando y avanzando, inmersa en los pensamientos más negativos que había sufrido nunca, y con ello perdiendo la noción del tiempo por completo.

Al final, y sin saber cómo y de manera totalmente inconsciente, su maltrecho cuerpo llegó hasta el extenso follaje y maleza al lado de los muros de la capital; donde, pudo discernir una figura entre estos que parecía haberse quedado rezagada de algún grupo, pues más voces se escuchaban en bastantes metros más adelante. Aunque de noche, la mestiza de orco fue capaz de identificar a la persona que tenía delante gracias a los ojos heredados de la especie de los colmillos pronunciados.

—Briz… Brizaelinth… —fue lo único que surgió de la garganta de la paladina, para, terminar de rodillas sobre el verde suelo, aunque ya por fin alejada de los humedales.

—¿Fery…? —preguntó dudosa la persona que tenía delante.
(Música)​

Aquella, que llevaba un arco en sus manos, lo dejó caer y corrió hasta la seguidora de Sune, para, hincar las rodillas y quedar completamente a su lado. Sin permiso alguno, retiró un mechón rojizo de la frente para observar el estado de la semiorco de vista ida.

—¿Talivia?

—Sí, soy yo —repuso esta, que rodeó con sus brazos a Fery emanando algo de pudor, pero y pese a todo, con una calidez inusual.

Fery no era para nada consciente de que aquella persona que siempre se había mostrado fría y cínica con los demás, ahora era la que le estaba otorgando un cobijo caluroso y reconfortante: le parecía imposible, pero por ello mismo, contuvo el momento como alguien que por fin había encontrado un acogedor fuego a tierra.

—Me quedé para salvarla, pero Brizaelinth cayó y la perdí… —su voz sonaba quebrada—. La he perdido.

—Vamos, vamos…

—¿Por qué no soy capaz de defender a los demás? —preguntó la paladina hacia la maestre de la Casa Gáldrim, mirándola entonces.

—No digáis tonterías —dijo Talivia mientras retiraba algunas lágrimas con las manos enguantadas del rostro de su compañera—. Del mismo modo que vos habéis salido, ella habrá salido: estoy convencida.

—No puedo con esto… no puedo… Ya he descubierto lo que no puedo aguantar, y no puedo aguantar esto…

Y la niebla había vencido. La paladina estaba rota, quebrada, partida. Tantos habían sido los azotes, las penurias y los castigos para ella, de tan seguidos, que aquella dichosa bruma lo había conseguido por fin.

—Esta niebla es mental, enturbia nuestro juicio y nos hacer dudar de nuestras capacidades —trató Talivia de hacer razonar a la mestiza de orco—. No son más que ilusiones, reflejos de nuestros temores: debéis ser fuerte, Fery.

Pero la guerrera sagrada negó sin mediar palabra. Sabía en el interior de su mente que la semielfa estaba tratando por todos los medios el evitar que cayera en el abismo, pero es que ya no le quedaba fuerza alguna.

—Vamos a ponernos de pie… ¿de acuerdo? —se pronunció Talivia de nuevo.

Ayudada por esta, Fery pudo alzarse a pesar de que las piernas le flaquearon.

—No sé ni cómo he llegado hasta aquí —admitió.

—Ese es uno de los efectos de esta condenada bruma —comenzó a decir Talivia para desarrollar luego—. Desorienta a los que se internan en ella, pensad que hemos reportado casos de gente que ha desaparecido en la niebla para aparecer muy lejos de lugar en el que se adentraron.

La mente de la semiorco trataba de hilar y juntar los razonamientos de la semielfa, que sumida en el agotamiento solo pudo asentir.

—Vuestra fe es fuerte, Fery —continuó Talivia—, y yo os ofrezco mi lógica: seremos imparables con la fe y la lógica de nuestra parte. Vamos, regresemos a Athkatla y cuanto antes lleguemos menos haréis esperar a Brizaelinth, pues seguro que ella sabe dónde encontraros.

La pareja avanzó a paso lento con objetivo de llegar al Hospicio de San Annur, ya en un silencio lleno de compromiso y camaradería. La cuestión sobre la bruma había cambiado, pues ya había roto a Fery, entonces la pregunta ahora era: ¿cuánto más iba a durar y a cuántos más se iba a llevar?


Offtopic :
Gracias por esa perlita de rol, Imperator, pues no esperaba encontrarme con nadie cuando iba de vuelta al Hospicio. ✌️
 

Manny_LoneWolf

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Presente XLIII - Un encargo supremo: el pisado de uvas


Habían pasado algunas decanas desde que Fery no había sido capaz de volver a sentarse frente al espejo, como siempre hacía a diario. Estaba mejor, sí, al menos podía descansar y comer de manera normal, pero la mestiza requería de algo que le diera un poco de vigor: y ahí entró el encargo supremo.

En su habitación dentro de la sede de la Casa Gáldrim, aquella que compartía con su esposa, había tenido tiempo para devolver el color rojizo a su cabello y dejarlo resplandeciente y lleno de vida otra vez. Fery ya se sentía preparada después de un buen rato escogiendo el mejor maquillaje, las mejores notas de perfume, arreglándose las uñas para que quedaran perfectas y habiendo elegido las prendas que creía óptimas para lo que tenía que hacer.

—Ah, aquí estás —dijo Brizaelinth tras cruzar el umbral después de abrir la puerta, observando a la paladina que todavía se ajustaba unos adornos de última hora.

La seguidora de Sune levantó su cuerpo para separarlo de la silla frente al tocador de gran espejo, aproximándose luego con pasos calmados mientras su batín de seda rojiza se mecía con suavidad hasta su esposa de piel oscura. Después, se inclinó para robarle un beso de reencuentro a Brizaelinth, sonriéndole con cariño tras separarse.

—Casi pareciera que vas a un ritual —tomó la palabra de nuevo la trovadora de Eilistraee, dedicándole una cálida sonrisa a la mujer de piel verdosa.

—Créeme, querida: esto es tan importante para el que ha pedido el vino como para mí —dijo Fery.

Y lo era. Para la mestiza de orco, formar parte de elaborar uno de los mejores vinos que jamás se iba a crear era una tarea titánica, importante, y que además y sobre todo: era dar forma y promover algo bello, como así el dogma de la Dama del Amor dicta que hay que hacer.

La pareja caminó cogida de la mano por los pasillos de la casa comercial hasta llegar a la bodega, donde en aquella ocasión los tacones de Fery no resonaron, pues había dispuesto sus pies sobre unas bonitas y livianas sandalias hechas a medida. Una vez abajo, un grupo de artesanos compuesto por hombres y mujeres de la Gáldrim había preparado todo lo necesario para el trabajo, habiendo dejado nada más ni nada menos que veinticinco kilos de uvas, todas dentro del recipiente para el pisado.

Brizaelinth se colocó al lado de las escaleras de entrada al gran recipiente y aguardó a que su esposa se quitara el batín de seda, revelando entonces que el cuerpo de la paladina tan solo vestía dos piezas que hacían un conjunto para moverse con facilidad, con gran similitud al que las bailarinas suelen portar. Fery se descalzó y sintió varias miradas sobre ella, sonriendo a todo aquel y aquella que apreció su figura para luego tomar la mano de su esposa que aún la esperaba y la ayudó entonces a subir los escalones, adentrándose posteriormente en el lago de uvas. Una vez en el interior, la seguidora de Sune pisó con cuidado y por aquel momento sin intención de dañar fruto alguno, girando todo su cuerpo para dirigirse a Brizaelinth.

—Necesito entrar en comunión con mi diosa a través de tu arte —dijo—, todo mientras yo tomo mi papel danzando. ¿Podrás ayudarme?

Y la elfa oscura tan solo asintió en silencio para luego llevar las manos hasta la espalda y sacar su violín, tomando la arqueta después y quedar preparada. Por su parte, Fery avanzó hasta el centro del gran recipiente y llevó una palma hasta su colgante donde sus susurros se convirtieron en una plegaria hacia su amada diosa, pidiéndole toda su atención para que juzgara aquel momento que estaba por llegar. Después, la mestiza juntó las palmas de sus manos y las frotó, cerrando los ojos y flexionando una rodilla para que el pie de esa misma pierna quedara en puntilla.
(Música)​

La seguidora de Eilistraee rasgó con delicadeza las cuerdas para iniciar la melodía y las notas llegaron a los oídos de su esposa, sintiendo esta última ese calorcillo vigorizante que siempre lograba provocarle. Y el pisado comenzó, pues Fery hincó la punta del pie de la pierna flexionada para iniciar su primer paso aplastando las primeras uvas con ello. La música continuó y la paladina inició el movimiento de su cuerpo y extremidades de manera rítmica, suave y hasta sensual, todo mientras mantenía los ojos cerrados; tal fue el nivel de abstracción que empezó a imaginar un campo verde lleno de hermosas flores al lado de un lago, donde opuestamente se originaba un bello y amplio bosque, como si fuese aquel lugar donde realmente estaba danzando. No supo bien o no llegó a determinar con certeza si de vez en cuando escuchaba la voz de su diosa que la acompañaba con frases de los textos escritos y sagrados del clero sunita, mezclado con una cálida brisa que hacía ondear su melena así como los adornos de las prendas de ropa.

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Los minutos pasaron y se convirtieron en algo que no parecía acabar, pero que ambas, violinista y bailarina, habían conseguido dejar boquiabiertos a todos los trabajadores de la sala en un magnífico espectáculo. Pero, finalmente, y visiblemente cansadas, las mujeres fueron bajando el ritmo hasta acabar, siendo entonces cuando Fery abrió los ojos para volver a la realidad, percatándose de que su faena había terminado: las uvas habían sido aplastadas por todos y cada uno de los pasos de baile. Dirigió luego su vista hasta Brizaelinth para regalarle la mejor sonrisa de felicidad, aquella que en los últimos días había tenido olvidada y luego descendió por los peldaños de la escalera de nuevo ayudada por la elfa oscura.

—¿Qué tal fue? —preguntó Fery con cierto deje inocente, como si realmente no hubiera tenido control absoluto de los hechos.

—Ha sido maravilloso —contestó Brizaelinth.

—¿De verdad?

—De verdad.

La paladina tomó a su esposa por la cintura, inclinándose entonces para buscar que sus labios se encontraran con los de ella: las dos se fundieron en un largo beso cargado de sentimiento y el vínculo que habían recuperado y renovado tras unos días tan complicados.

—No podría haberlo hecho sin tu ayuda —confesó Fery con total sinceridad.

—¿Pisar las uvas? —preguntó la trovadora de Eilistraee antes de reír un poco—. Eso es algo que puede hacer cualquiera, aunque es cierto que no podrían hacerlo como tú lo has hecho aquí y ahora.

La pareja se retiró y los trabajadores quedaron al cargo de continuar con la labor: el encargo iba a ser todo un reto para la casa comercial, pero todos los miembros parecían tener la determinación tan clara como firme para llegar al final.



Offtopic :
Aquí tienes el hilo pertinente, @DM Kapillo.
 

Manny_LoneWolf

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Presente XLII - A la caza de la tribu Sangreardiente (IV)


El grupo estaba claramente cansado. El ritmo no descendía y Fery no dejaba de azuzarles para continuar, sacando las fuerzas de cualquier rincón.

—Entender que vamos con algo de tiempo apurado, pero…. forzar marcha tanto no será bueno —dijo Zentakord.

—Harán más esclavos si llegan a la siguiente aldea —fue lo único que dijo la paladina.

El sol se ocultó para dar paso a las estrellas, limitando la visión a algunos miembros de la comitiva mientras la oscuridad empezaba a rodearles en los humedales.

—Es aquí —dijo Groomash, gruñiendo en un murmullo.

Poco era lo que se podía ver en la zona debido a la frondosidad natural del lugar, por lo que se decidió que algunos avanzaran en sigilo para averiguar lo que realmente había por las inmediaciones. Al poco, Calendil, Vraask y Brizaelinth volvieron con noticias, y es que se encontraban cerca de unos edificios abandonados muchos años atrás, pero que en la actualidad servían de cubil para un grupo de gnolls; y su objetivo no quedaba mucho más alejado, pues el grupo de orcos de los Sangreardiente con la carreta había acampado para descansar, preparándose quizá para atacar a los cabeza de perro en cuanto renovaran las fuerzas.

—¿Mucho orco? —preguntó Zyon al quedar el grupo reunido de nuevo.

—Hemos visto dos guardias y saben ocultarse bien, así que es posible que haya más —contestó Brizaelinth.

—¿Creéis que podemos llegar hasta la carreta sin llamar la atención? ¿Están bien los esclavos? —preguntó Fery.

—Parece que sí. Los orcos están alerta y vigilantes, nos verán si nos aproximamos todos.

—Ellos tienen buena vista en la oscuridad —dijo Zyon, añadiendo un detalle que no era bueno pasar por alto.

—Soy consciente —dijo Fery antes de asentir—, pues es algo que heredé.

—Todo juega en contra, pues lo de acercarse parece complicado sin ser vistos —se pronunció de nuevo el arquero.

—Estar la idea de los animales que dije antes, la de ir todos como estos —dijo Zentakord.

—Puedo intentar adentrarme y sabotear el campamento para que podáis acercaros —dijo Vraask para aportar otra idea, dirigiéndose luego a la paladina—: pero tú eliges.

Y la mestiza de orco pensó que la variedad de su grupo era algo bueno, pero de igual modo, algo que ahora jugaba en contra. Se miró a sí misma, observando las placas que hacían ruido a prácticamente todo paso que daba, pero no podía renunciar a ellas, pues tenía claro que en todo momento debía de ser aquella que estuviera en primera línea. Después, observó al resto de sus compañeros y pensó, pero, para llegar a una determinación a corto plazo.

—Ellos están tan cansados como nosotros —dijo mirando de reojo a Groommash, antes de volver la vista hacia sus compañeros—, por lo que creo que tomaremos un descanso y tan solo necesitamos ir a por ellos justo antes de que emprendan la marcha hacia el cubil de los gnolls.

—Algunos de ellos estaban en tiendas, por lo que deben de estar descansando —comentó Vraask, corroborando la idea.

—Honestamente, creo que puedo ser un buen cebo —continuó Fery—, pues, aunque ellos alerta, puedo acercarme y vosotros aprovechar.

—Es arriesgado, pero si haces de cebo, podríamos posicionarnos bien para joderles vivos —dijo Zyon.

El grupo optó por descansar unas horas mientras las elfas se turnaron para hacer guardia, aprovechando que necesitaban de menos horas para poder recuperarse. Y efectivamente, justo antes del amanecer, Brizaelinth y Calendil hicieron acto de presencia para alertar al resto de que los orcos ya empezaban a moverse.

—Están atando a los esclavos y preparándose para partir —dijo la elfina—. Llevan armaduras completas y están bien armados.

Fery asintió mientras terminaba de colocarse la armadura que se había retirado horas antes para descansar, dirigiendo luego su poderosa voz hacia los compañeros que tenía delante.

—Bien, escuchadme, pues es el momento: desplegaos y yo iré al frente, de manera directa. ¿Queda claro?

—Habrá que desplegarse con sentido, aprovechando que tenemos tiradores —dijo Zyon.

Y así fue como la paladina empezó a perder de vista a sus compañeros, sumiéndose estos en la frondosidad natural del lugar. Avanzando en línea recta, con determinación, Fery sabía que iba a tener que dar lo mejor de sí para que los esclavos y aquellos retenidos contra su voluntad no sufrieran daño alguno: estaba dispuesta a recibir todos los golpes que hicieran falta.

Los minutos pasaron y ella misma pudo empezar a ver el pequeño campamento, incluso discernir el ruido de los movimientos que se estaban efectuando dentro. Cruzó los últimos árboles, delatando su posición de manera clara e inequívoca, más cuando su cuerpo estaba rodeado por una tenue luz brillante de color rojizo, haciéndose el objetivo visual de cualquiera que pudiera dirigir su mirada hacia ella. Los orcos se movieron entonces tras que uno de los vigías diera la voz de alarma, avanzando la mayoría al trote hasta la posición más cercana a la paladina; sin embargo, un par decidieron mantenerse alerta, curiosamente hacia la posición que el resto del grupo de rescatadores había decidido esconderse.


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—Es raro que nuestra presa venga directamente hacia nosotros —dijo uno de los orcos con total suspicacia, que parecía ser el líder por su marca de la tribu Sangreardiente escarificada en la frente.

—¿Os parezco una presa? —preguntó Fery, seria, cerrando su puño alrededor de la agarradera del escudo por si le caía alguna flecha.

—Lo serás en cuanto estés dentro de la jaula, como el resto —dijo el mismo orco para después cabecear hacia los barrotes con cinco prisioneros dentro.

Y entonces Fery se percató de algo, pues, aunque sentada, dentro de la jaula había figura de alguien a quien sí conocía junto a otras cuatro personas más: el osgo Bruktang.

—Deponed las armas y soltad a los esclavos —ordenó la paladina.

El líder de los orcos miró a sus compañeros para reír todos prácticamente al unísono, dirigiéndose luego hacia la mestiza.

—¿Alguna petición más? —preguntó el orco sin evitar sonreír con malicia—. Te propongo otra cosa: depón tú las armas, dantos tu brillante armadura y métete en la celda.

Fery negó con la cabeza, meciendo levemente su melena.

—Piénsalo, así no tendremos que meterte a la fuerza y evitaremos dañar tu fea cara, aunque quizá incluso te haríamos un favor con esa nariz que tienes…

La risa de los orcos se escuchó de nuevo mientras la paladina hizo caso omiso a las provocaciones, donde esta flexionó un poco la rodilla de la pierna adelantada para atrasar la otra a la vez que levantaba algo el escudo.

—Preferiría perder la vida que ceder ante aquellos que dañan a los inocentes —dijo Fery antes de llevar su mano libre al mango de la espada para desenvainarla luego.

El orco líder hizo un gesto a dos de sus compañeros para que atacaran a la paladina, dando la espalda a esta como si tuviese la certeza de que ella no tenía nada que hacer contra esos que estaban a sus órdenes. Y las flechas de Vraask, Groomash y Zyon no tardaron en aparecer, impactando en aquellos de mandíbula pronunciada, a la vez que Calendil y Brizaelinth continuaron el asalto. Furioso, el líder se giró hacia la mestiza y alzó el hacha para hacerlo caer sobre ella, donde el combate se volvió encarnizado y la guerrera sagrada tuvo que hacer gala de todo su entrenamiento con el escudo para no ser alcanzada.

Los golpes iban y venían, siendo los cortes algo ya patente en ambos contendientes. Fery no estaba furiosa ni iracunda, pero sabía bien cómo funcionaban y combatían los orcos de aquella tribu que una vez había liderado su difunto padre, pues por desgracia, había compartido diez años de su vida con ellos. Y fue cuando decidió abrir un poco la guardia, desviando lo justo y necesario la gran hacha de su rival, que, sin evitar que la alcanzara como para partirla por la mitad, este consiguió clavárselo en una de las clavículas. Y con un gruñido de dolor, la paladina permitió que el líder acercara el rostro al suyo, dándose cuenta este último y tarde del error que había cometido cuando sintió la espada larga de la mujer atravesar su estómago, hasta el fondo, pudiendo incluso rajar varios centímetros de carne y órganos al subir un poco hacia el pecho.

El orco tosió sangre, sin gritar, pero sus ojos no tardaron en quedar estrábicos junto a la pérdida de fuerza de sus brazos, donde la mestiza se vio obligada a girar la muñeca para que el peso del caído fuese hacia un lado y no sobre ella. Este, ya tumbado en el suelo y boca arriba, había quedado con la mueca del dolor y Fery era incapaz de apartar la vista: su mente se vio inundada por sonidos y visiones de otros tantos como aquel que yacía muerto, en aquella época en la que tan solo era una niña. A su alrededor escuchaba a sus compañeros hablar, pero estaba totalmente abstraída, perdida incluso, con su cuerpo haciendo esfuerzos por recuperar la calma tras tan frenético encuentro con un rival tan visceral.

—¿Estás bien, hermana? —escuchó por fin la voz de Calendil.

—Fery, ¿estás bien? —preguntó de igual modo Brizaelinth, posando incluso una delicada mano de color oscuro sobre el hombro cubierto de metal de su esposa.

—Hay que vendar eso —dijo Zyon al señalar la sangre que se escapaba por las placas de la armadura de Fery.

Por su parte, la paladina escupió sangre a un lado para eliminar el gusto de su boca, pero para nada encima del caído. Después dejó caer la espada que quedó clavada punta hacia abajo en el suelo y deslizó esa mano libre hasta la clavícula para sanar su propia herida, con el poder que su diosa le otorgó tras el guantelete obtuviera un fulgor amarillo y blanco.

—Sí, estoy bien —respondió finalmente—. Los esclavos —añadió luego tras girar su cuerpo y mirar hacia la jaula.

Pero no había nadie allí, pues estaba completamente vacía ante el asombro de todos.

—¿Han… desaparecido? —preguntó Zyon—. ¿Qué cojones?

—Dime que esto es cosa de Zentakord… —dijo Calendil.

Y efectivamente, pues cuando ya no había peligro y al poco de acabar el combate, el druida y los prisioneros salieron de la misma tierra como si de setas se tratara hasta retomar su forma original.

—Prisioneros estar a salvo —dijo Zentakord con una sonrisa de satisfacción en su rostro—. Temía que los matasen como forma de hacerte rendir, Fery.

—Bien pensado —concedió la paladina para devolverle la simpática expresión.


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Y con ello, los esclavos fueron liberados. Fery, Brizaelinth y Vraask conocían a Bruktang de cuando Sondakur había azuzado a su tribu de osgos atacar Púrskul, para luego haber hecho un trato con el alcalde a cambio de su libertad: simplemente había tenido la mala suerte de haber sido capturado por los Sangreardiente, ofreciéndose entonces a ayudar al grupo como agradecimiento por su segunda libertad.

—Sois más fuertes de lo que parecéis, pero eso no significa que podáis con toda la tribu —dijo Groomash tras acortar distancia con el resto del grupo.

—Os va a tocar explicarnos más sobre ello —dijo Fery.

—Estos eran cinco y allí debe de haber como veinte —volvió a pronunciarse el orco tras cabecear hacia sus antiguos compañeros ahora caídos—, y está Gagh’Dam, que es más fuerte que todos ellos.

La paladina pensó en conseguir más ayuda y agradecía que Bruktang hubiera decidido por sí mismo el ayudarles, sin embargo, los cuatro humanos que habían estado presos no parecían ser capaces de manejar armas, por lo que desestimó la posibilidad de que los acompañasen.

—¿Ya me puedo ir? —preguntó el orco—. He cumplido mi parte.

—Debéis ir a Púrskul y entregaros: es lo que acordamos. Allí os daré un trabajo digno —dijo Fery como respuesta.

Groomash sostuvo la mirada sobre la mestiza durante unos instantes, quizá a modo de silencioso desafío, para finalmente pronunciarse.

—No vais a volver —dijo como si de una sentencia se tratara para luego señalar al caído líder de la escarificación en la frente—. Sin embargo, os diré que el poseedor de la marca debería tener un mapa con las aldeas marcadas, como esta y alguna más: también os servirá para llegar al campamento de los Sangreardiente.

Zyon se acercó al cuerpo del orco caído y comprobó que efectivamente, este disponía de un mapa. Por su parte, Groomash, dio media vuelta y se encaminó por la densidad de los humedales para después desaparecer, habiendo dado por zanjado su trabajo y dejar claro que no iba a tomar más parte en el conflicto.

Y en el pequeño momento de paz, el grupo decidió tomar un merecido descanso para recobrar fuerzas en el ya dispuesto campamento, donde el siguiente punto del viaje los iba a llevar directamente al cubil de los Sangreardiente, y con ello, el enfrentamiento con su líder.
 

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Presente XLIII - A la caza de la tribu Sangreardiente (V)


Las dos horas de travesía se habían hecho largas, pero finalmente, el grupo había dado con el campamento de la tribu Sangreardiente. Fery no había comentado mucho, y por su expresión, estaba claro que no dejaba de pensar en lo siguiente que les podía esperar. En parte, le preocupaba que todos los orcos con los que se habían topado hubieran incidido en Gagh'Dam, ya que, aun conociendo el poder de aquel líder, era como si en la actualidad lo remarcaran más todavía.

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Pero ahí estaban. Las tiendas de campaña, grandes, y algunas similares a como la mestiza de orco las recordaba de niña, hacían un cerco alrededor de la entrada de una cueva. La primera observación del grupo había divisado esclavos, tanto de trabajo como presos en jaulas, por lo que, era imperativo el actuar. Después de tratar de encontrar una manera que no pusiera en peligro a los inocentes y que permitiera un acercamiento mejor a los orcos, Zentakord tomó la delantera para llevar el factor sorpresa a su manera, conjurando algo potente que hizo alzar en el aire y sin control a varios de los colmillos pronunciados, que terminaron por caer y con ello, se dio la alarma a todo el campamento. No hubo más margen, por lo que, al final, el grupo atacó al adentrarse en las filas enemigas.

La lucha no dio tregua, siendo tan encarnizada que el osgo Bruktang terminó por caer tras que dos orcos hicieran gala de toda su brutalidad sobre él. El resto del grupo se mantuvo en pie, con más o menos heridas, y los segundos llenos de adrenalina dieron por finalizada la refriega cuando ya no quedó ningún orco al que abatir, pero para sorpresa de todos: Gagh'Dam no había hecho acto de presencia. Todo apuntaba a la cueva, más cuando examinada la entrada, una pequeña bruma rojiza parecía emanar del interior. Con ello, el grupo liberó a los esclavos para que estos pudieran saborear su nueva libertad.

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—Esto todavía no ha acabado —dijo Fery.

Zyon apuntó hacia la entrada de la cueva, comprendiendo a lo que la paladina se refería.

—La cueva, ¿no? —preguntó Calendil.

—Mi instinto me dice que ahí está lo peor —volvió a pronunciarse Fery.

—Esa niebla… no saber si ser mágica —dijo Zentakord a la vez que pasaba sus dedos por la barba de color púrpura—. Tener alguna protección pero no para todos —añadió luego.

Brizaelinth, haciendo gala de su oratoria acompañada por los poderes de bardo a través de la música con el violín, consiguió no solo calmar a los esclavos liberados, que pensaban que una trampa, si no también levantarles el ánimo tras tanto tiempo de reclusión y servidumbre.

—Llevan demasiado tiempo siendo esclavos —dijo Calendil.

Se pudo apreciar en todo el grupo aquella mirada misericorde, empática, al pensar en todo lo que aquellas personas habían sufrido, siendo Zentakord aquel que rompería el silencio.

—Su recuperación será larga y dolorosa para ellos…

—Les devolveremos su vida o les daremos una de nueva —dijo Fery con firmeza, para luego girar su cuerpo y centrar su vista en la entrada de la cueva.

—Está bien —dijo Brizaelinth para continuar dirigiéndose a los esclavos—, haced caso a mis palabras y por ahora apresuraros a salir de aquí para reunirnos con los demás.

—¿No os da mala espina que no hayan salido a recibirnos ya? —preguntó Zyon al grupo, a la vez que miraba con Fery hacia la obertura entre las rocas.

—Pronto lo averiguaremos —repuso la semiorco entonces.

Y tras reagruparse, todos se adentraron en la cueva. Los primeros pasos ya revelaron la poca luz que había en el interior, así como la bruma parecía hacerse algo más densa, que acompañada con el hedor de sangre esta parecía estar formada con partículas en suspensión de la misma.

—Ser posible que todo esto formar parte de rituales —dijo Zentakord.

—Esto no parece la guarida de un orco… —comentó Calendil.

—Tocará avanzar con cuidado —dijo Zyon al final.

Y los primeros cadáveres tirados de cualquier manera empezaron a aparecer conforme el camino los llevaba más al interior, que fue cuando Fery decidió dejar la cautela para pisar firme con intención de apresurar la marcha, cosa que, un grito desgarrador de dolor proveniente del final del lugar provocó no solo eso, si no que saliera corriendo hacia allí. Y cuando llegó, lo que se encontró fue una sorpresa, pues esperaba a Gagh’Dam, pero no de aquella manera: su tamaño había aumentado, sus ojos estaban rojos y tan vivos como llamas, y dos grandes alas similares a las de un murciélago pero cubiertas de fuego le salían de entre los omoplatos; además, delante tenía el cuerpo de un hombre que parecía haber sacrificado a la vez que profería un salmo impío con su gutural voz. A pocos metros de líder orco, unos barrotes improvisados hacían de cárcel para algunos esclavos en otra sala natural.

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—Hijo puta… —maldijo Zyon al ver la escena, sumada a todas las pilas de cadáveres que había en las cercanías con apariencia de haber sufrido lo mismo.

—¡Ya basta, Gagh’Dam! —exclamó Fery con los ojos vidriosos por todo lo que estaba conteniendo.

La paladina sentía un inmenso dolor en su interior. Todos esos años desde que habían pasado desde que el orco que tenía delante había acabado con su padre, no había dejado de pensar en las atrocidades que la tribu Sangreardiente podía estar cometiendo. Hasta ahora, esperaba todo lo que habían llegado a ver, pero lo que no, era que el líder hubiera entregado a un ser infernal la poca humanidad que le quedaba.

Y con ello, el líder de la tribu Sangreardiente por fin se giró hacia el grupo, donde sus rasgos similares a los seres de los planos inferiores quedaron más patentes.

—Nadie os ha invitado —dijo con desdén, aunque inmediatamente levantó sus cejas como si cayera en la cuenta de algo—. ¿O acaso sois las próximas ofrendas?

—Se acabó Gagh’Dam: no vais a hacer daño a nadie más —dijo Fery.

—Esperad, os reconozco… —volvió a tomar la palabra el orco, esta vez fijando su mirada en Fery— Al menos a algunos de vosotros: a ti, sobre todo.

—Qué fortuna para vos —dijo la paladina—, pues yo no os he podido olvidar ni un día.

—Parece que al fin te has dejado llevar por la sangre y has venido a reclamar el lugar de tu padre, ¿si no que otro motivo te podría haber traído hasta aquí?

—No estoy aquí por la muerte de mi padre: lo estoy por mi deber —contestó la mestiza como si de un mantra se tratara—. ¡Por la lucha contra el mal, en ese que os habéis convertido con esas alas y esos ojos! —exclamó finalmente.

—¿Estas alas y estos ojos? ¡Son poder! —Rio luego—. ¡Poder a cambio de unos cuantos sacrificos! ¡No intentes venderme que ahora te has convertido en un alma pura, pues llevas sangre de esclavista!

Fery cerró los ojos cuando notó que las lágrimas ya no le aguantaban, y lo que fue unos segundos para el resto, fueron minutos para ella. Sabía que aquel orco que tenía delante no tenía salvación alguna, no había trato o redención posible con él, por lo que su gesto reflejo la llevó a tomar la empuñadura de la espada con toda la fuerza posible, hasta algo iracunda. Cuando abrió los ojos, estos solo pudieron ver a Gagh’Dam, más bien en lo que se había convertido, y tenía claro el siguiente paso que debía de dar.

—Esto se acaba, aquí y ahora, pues sois una encarnación del mal —dijo firme, con las palabras medidas—: solo hay que ver este lugar y lo que habéis hecho, algo que no voy a permitir nunca más. Os diré que con vos llega el fin de la tribu Sangreardiente.

—¿Creéis que podéis derrotarme? —Volvió a reír Gagh’Dam—. Aunque hayáis llegado hasta aquí, el poder que é me ofrece es incomensurable, está por encima de vuestras posibilidades.

—¡Eres un ñordo con alas! —exclamó Zyon acompañado de un dedo acusador.

—Tus actos ser abominables ante los ojos de Padre Roble —añadió Zentakord junto a un repiqueteo de sus dedos sobre su fiel bastón.

—Cuando digas, Fery —dijo Calendil tras mostrar sus abanicos de guerra y tomar una posición de combate.

—¡Todos a la vez! —bramó la paladina justo antes de levantar la espada.

El orco tomó su gran hacha y mostró todos sus dientes, con una presencia tan intimidante como aterradora.

—¡No pienso renunciar al trabajo de tantos años! —gritó luego de manera gutural, resonando con odio por toda la cueva.

Y ya no hubo más espacio para las palabras. Las flechas precisas y mortíferas de Zyon cortaban el aire, los abanicos de Calendil danzaban en sus manos produciendo numerosos cortes, Zentakord no dejaba de sanar las heridas de sus compañeros a la vez que desataba la ira de los elementos sobre el líder, y Brizaelinth brindaba valor con el canto de su hermosa voz, todo con Fery poniendo su cuerpo delante para combatir con fiereza en la delgada línea de no dejarse llevar por las peores emociones. Y aunque el combate fue brutal y encarnizado, Gagh’Dam terminó por caer cuando el arquero del grupo consiguió clavarle una flecha en la cabeza a través de uno de los ojos.

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—Cortadlo en pedazos, asegurarse de que morir —dijo Zentakord a la vez que abrazaba su bastón para recuperar el aliento.

Calendil no dijo nada, pero sí hizo caso al druida, pues la elfina se acercó al cuerpo con intención de separar la cabeza del cuerpo del caído. Fery por su parte, parecía ida. Sus pensamientos viajaron desde ese momento hasta aquel día en que Gagh’Dam había acabado con su padre. Ella no había tenido en estima a Xunag, pues la había tratado de las peores maneras posibles, así que ya, con la muerte de uno y en aquel momento la de otro: por fin había llegado el final de la tribu Sangreardiente. Luego volvió en sí tras sentirse apartada de su abstracción con un bofetón de realidad, al ver lo que dos de sus compañeros psicópatas estaban haciendo. Después envainó para dirigirse a ellos.

—¿No podéis dejar el cuerpo en paz? —recriminó.

—Con ajenos nunca saberse —se excusó Zentakord.

—Hay que asegurarse —Zyon hizo lo mismo.

—No sería la primera vez que alguien se levanta tras la muerte —se sumó Calendil.

—Hay que… liberar a los esclavos —cayó la paladina en la cuenta, dirigiendo su mirada hasta los barrotes para darse cuenta de que su esposa ya estaba allí para otorgarles la libertad.

La elfa oscura, sin decir palabra alguna, se había centrado exclusivamente en dar con la cerradura o aquello que no permitía salir a los esclavos. Por desgracia para ella, un gran candado se lo impidió, pero Zyon llegó para solucionarlo tras haber registrado el cuerpo del orco caído, pues entre sus pertenencias este último había sido poseedor de una llave.

—¿Ya… se ha acabado todo? —preguntó dudosa una de las esclavas, que a la pobre le faltaba una mano.

—Así es, se ha acabado todo —dijo Brizaelinth, dedicándole una sonrisa cálida con el fin de darle amparo.

El grupo paseó la vista por la estancia, entre pensamientos de tratar de otorgar un descanso a los inocentes y con ello purificar algo el lugar, sin embargo, la extraña paz del final se rompió cuando una voz sonó por toda la estancia sin tener un origen claro.

—Supongo que no podía confiar durante mucho tiempo en un orco… ya que no son lo suficientemente inteligentes.

Todos se miraron para luego buscar de dónde provenían las palabras graves y guturales.

—Lo hizo bien durante un tiempo, pero se le subió a la cabeza. ¿Quizá le di demasiado poder? —volvió a pronunciarse.

—Esto es lo que me temía… —dijo Brizaelinth tras suspirar.

—¡No estaría muerto si le hubieras dado demasiado poder! —exclamó Zyon.

Fery apretó los dientes. Sabía que si Gagh’Dam había alcanzado aquel estatus era porque alguien le había brindado esa facilidad, y por unos instantes había descartado la idea de que aquel ser de los planos infernales estuviera cerca, pero la voz parecía indicar totalmente lo contrario, así que tomó aire para gritar.

—¡Salid y dad la cara! ¡MOSTRAOS!

El silencio se hizo por un instante, donde la voz del desconocido apareció luego y de nuevo, con la misma y calmada entonación.

—Venid vosotros a verme si os atrevéis —dijo.

Y aquella neblina roja que parecía dispersa, de repente tomó algo de vida. Esta hizo un pequeño remolino hasta formar una mesita con varias copas: una por cada miembro del grupo que había acabado con la vida del líder orco.

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—No me jodas —dijo Zyon tan sorprendido como el resto.

—Ya viste en qué convertirse el orco —dijo Zentakord tras acortar la distancia con el resto de sus compañeros—. Ser posible que un ajeno le estuviese dando ese poder.

—Es una invitación en toda regla, pero podemos dejarla pasar —dijo Calendil.

Pero la paladina avanzó con extraña calma hacia la mesa, donde tomó a todos por sorpresa. Sentía que había fallado aquella vez que dejó al líder escapar, por mucho que no hubiera tenido una oportunidad contra él, así que lo que tenía delante, era una gran duda, así como una decisión enorme.

—¿Y dejar que este ser haga lo mismo con otro como Gagh’Dam? —preguntó Fery a sus compañeros, sin ni siquiera mirarlos por tener la vista sobre las copas.

—Bebed, bebed de mi sangre y venid a mí… —fue lo último que dijo aquella desconocida voz, apagándose lentamente como la luz del final de una vela.

—¿En serio vais a beber de eso? —preguntó Zyon con incredulidad.

—Hay que pensarlo bien, aunque estoy de acuerdo en no dejar que se repita lo que ha pasado aquí —dijo Brizaelinth.

Fery llevó su mano hasta una de las copas, que sabedora de cómo suele ser el vino, le quedó claro que el líquido era algo más parecido a eso y para nada similar a la sangre. Acto seguido alzó el recipiente hasta la altura de su pecho, incluso algo más, quedando a escasos centímetros de sus labios pintados de rojo intenso. En su pensamiento no había miedo, hacía años que lo había perdido, y la decisión que tenía delante se presentaba como una de importante…

¿Qué iba a hacer?
 

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Presente XLIV - A la caza de la tribu Sangreardiente (VI - Final)

La copa permanecía en la mano de Fery. La mestiza miraba el líquido mientras un debate interno se producía en su mente. Alrededor de ella, el resto hablaba y opinaba, sin que de momento pudieran sacarla de su estado de abstracción.

—¿Estáis totalmente seguros de querer beber de lo que os ha dado esa voz raruna? —preguntó Zyon.

—Sé sensata, hermana —dijo Calendil, dirigiéndose a la paladina.

Zentakord hundió parte del dedo meñique en el líquido de otra de las copas para probar este, con el objetivo de detectar algún tipo de veneno.

—No parecerme venenoso —dijo tras paladear—: saber a vino y uno con buenas uvas y mucha paciencia.

Fery se giró hacia el resto, observándoles uno a uno justo antes de tomar la palabra, sosteniendo todavía el recipiente en la misma mano.

—No tenía en estima a la tribu Sangreardiente, pero si este ser ha conseguido corromper al líder… ¿qué os hace pensar que no lo hará con otras personas? —La mestiza de orco hizo una pausa antes de proseguir. —Mi deber es luchar contra el mal y la nomuerte, y lo seres de los planos inferiores son de lo primero. ¿Veis esos cuerpos? Son mi culpa: de haber detenido a Gagh’Dam en su momento, esto no habría ocurrido. —La mujer profirió un profundo suspiro antes de continuar—. Sin embargo, esta vez… no os voy a pedir que vengáis conmigo.

Unos y otros se miraron, pero todos fueron sorprendidos por el repentino quejido de Zentakord cuando se vio obligado a flexionar las rodillas por el dolor que estaba sufriendo. Y después, sin que los demás pudieran apenas reaccionar, este fue envuelto por una especie de nube roja hasta hacerlo desaparecer. Decididos o quizá más bien obligados por las circunstancias, cualquier atisbo de duda fue disipada cuando probaron el líquido, sintiendo lo mismo y llevándolos hasta otro lugar.

Y ya no estaban en la cueva donde Gagh’Dam había caído. Se encontraban en un pasillo con celdas a cada lado, donde una tenue niebla parecía envolverles, aunque no dificultaba la visión. Además, no paraban de sonar los ruidos de aquellos pobres desdichados que parecían estar sufriendo dentro de cada celda.

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—Esto parecerme a prisión —dijo Zentakord tras recomponerse, igual que poco a poco hicieron el resto.

—Es una prisión —dijo Calendil.

—Estamos en la casa de ese maldito ser y solo hay barrotes —dijo Fery tras observar el lugar, acabando por mirar las pequeñas estancias que carecían de puerta.

Y el pasillo parecía no tener final. Cuando la vista se perdía, este seguía, y sin moverse, parecía que era siempre lo mismo.

—Si no podemos abrir las puertas, no queda más que seguir y avanzar —se pronunció Fery de nuevo.

—Será mejor adentrarnos, pero llevemos cautela —comentó Brizaelinth.

—Me pregunto ese diablo qué intenciones tener al invitarnos aquí… —dijo Zentakord— En su hogar tener toda la ventaja, podría matarnos con pestañeo.

—Engañarnos, jugar con nosotros… quién sabe —dijo Fery tras suspirar con pesadez.

El grupo avanzó por el pasillo, encontrándose lo mismo una y otra vez. Vraask y Zyon no dejaban de inspeccionar con cuidado para evitar trampas, pero todos se pusieron en alerta cuando escucharon unos aullidos viniendo de lo que podría ser el final; primero en un leve eco, finalmente tan cercano como el grupo de canes que avanzaba a toda velocidad hacia los héroes.

—¡A las armas! —bramó Fery.

Ya de cerca, se dieron cuenta de que era una pequeña manada de canes del infierno, con apariencia de un perro grande de fuerte constitución, de pelo color rojo óxido, mientras que sus manchas, dientes y lenguas eran tan negras como el hollín, poseyendo además unos ojos rojizos y brillantes que parecían clavarse en sus víctimas. El grupo, que por suerte se había preparado para lo que pudiera venir, acabó alcanzando la victoria, no sin antes sufrir mordidas de dientes tan afilados como cuchillas, así como quemaduras provenientes del fuego que exhalaban los mismos canes.

—El fuego no les afecta —dijo Calendil, remarcando lo evidente.

—La electricidad tampoco, por lo que veo… —añadió Zyon.

Los cuerpos desaparecieron al poco, entre humo rojo, no dejando ni rastro de ellos.

—Poco gustarme este lugar, tan alejado de lo natural, con semejantes imitaciones a la fauna de nuestro mundo —dijo Zentakord a la vez que trataba las heridas de Fery y Brizaelinth.

—Me da que para salir vamos a tener que salir —dijo entonces la paladina.

—Solo hay un camino. Solo una opción —dijo Vraask tras fijar su mirada en el supuesto final del pasillo que no parecía acabar.

Y avanzaron, pero para encontrarse de nuevo con los canes, o más bien, otros de iguales. Los héroes pensaron que debían de continuar, pero se detuvieron a recapacitar tras el quinto combate con más canes, que parecían aparecer cada determinado lapso de distancia. Gracias a ello, Brizaelinth pudo descubrir que existía un círculo de invocación en el centro de cada tramo, pues el pasillo no tenía fin; y Zentakord que no había recluso real alguno tras los barrotes, pues pudo atravesarlos en forma de animal pequeño y cerciorarse de que no eran más que una ilusión. Entre divagaciones y conjeturas, ya teniendo claro más todavía de que aquel ser que los había traído no dejaba de jugar con ellos, empezaron a tomar otro tipo de decisiones. La primera fue probar que no se tratara un juego mental, gracias a conjuros que despejaran la mente, y la segunda, fue la de tratar de ver más allá de lo mundano con magia para mejorar la vista: según Zentakord y Calendil, todo parecía cambiar y estar en constante movimiento, todo salvo el lugar por donde habían venido, más bien, a la espalda de estos.

—Volvamos a ese muro —dijo el druida, señalando hacia el punto de llegada a ese lugar.

—¿Realmente pensáis que será así? —preguntó Vraask con cierto escepticismo.

—Si es una ilusión, es posible —repuso Zyon.

—No se me ocurre otra cosa, Vraask —dijo la mestiza de orco, claramente honesta.

Y cuando llegaron al inicio, el muro oscuro que parecía haberles bloqueado el paso cuando llegaron, seguía ahí, pero para Zentakord y Calendil, no era más que el camino a un pasillo con una puerta doble al final.

—El pasillo tras el muro no cambiar —dijo el barbapúrpura.

—Zentakord, no creo que sea una buena id… —dijo Fery, para verse cortada por completo cuando vio a su compañero a travesar el muro sin ningún tipo de impedimento.

Y el resto lo siguieron, de nuevo sin mucha más opción, llegando incluso a atravesar las puertas dobles que dejaban pasar un poco de luz radiante a través de una rendija. Y tras cruzar el umbral, se les abrió un yermo tan amplio como infinito, que no tenía nada de ver con todo lo que habían recorrido hasta el momento. Pocos segundos después, las notas musicales de un arpa atrajeron la atención del grupo, denotando la maestría de aquella persona que estaba tocando. Los héroes se limitaron a seguir el sonido, atraídos por la paz y el cobijo que este iba otorgando, para al final llegar hasta una mujer que tocaba. Aquella, una humana que parecía rondar los cincuenta años, mantenía una belleza sin igual donde su cabello pelirrojo conjuntaba con un hermoso vestido del mismo color, y sus manos pasaban las cuerdas de manera etérea y hasta hipnótica.

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Ya cerca, Fery frunció el ceño y cayó en la cuenta de que la mujer le recordaba a alguien. Por algún motivo, sus pensamientos la llevaron al pasado, donde ese rostro le parecía familiar, como si recordara a esa mujer del campamento de los Sangreardiente cuando tan solo era una cría. El rostro era lo que más tenía presente a pesar de que habían pasado muchos años, pues nunca había cruzado una palabra con ella en aquel tiempo atrás.

—¿Dama? —dijo la paladina para atraer la atención de la artista.

La desconocida, alarmada, dejó de tocar y posó su mirada en el pintoresco grupo, pero para sorpresa de todos, tan solo les dedicó una sonrisa amable justo antes de tomar la palabra.

—Ya me parecía raro que me dejase tocar. Muy pocas veces lo hace.

—Pues es un gusto oírla tocar, en mi opinión, esas manos tienen un don —dijo Zyon, que como a todos, la música había conseguido calmarlo por completo.

—¿Estáis aquí en contra de vuestra voluntad? —preguntó Fery.

La mujer desvió la mirada por algún motivo, como si varios pensamientos cruzaran por su mente hasta que su vista volvió a posarse en la mestiza de orco, con intención de responderle.

—No estoy aquí porque quiera, aunque… tampoco podría decir que esté aquí en contra de mi voluntad.

—¿Quién querría estar aquí? —volvió Fery a preguntar al no entenderla.

—Solo un loco gustaría de estar en un lugar así de desolado… —dijo Zentakord.

—El arte y la locura a veces van de la mano —se sumó Zyon.

—Alguien que considera más… valioso el estar aquí, que el estar fuera —respondió después la mujer a la pregunta de la paladina.

La mestiza de orco se acercó, pues una extraña calma la inundó, sumado a que sentía una extraña familiaridad con aquella que había tocado el arpa.

—Disculpadme —dijo tras caer en la cuenta de que no se había presentado—. Mi nombre es Fery, soy paladina bendecida por Sune. ¿Quién sois vos?

—Victoria Dawnlight es mi nombre —contestó acompañado de un asentimiento—. Aunque es cierto que hace mucho que nadie lo pronuncia.

—¿Es posible que nos hayamos visto antes? —preguntó Fery dudosa, pues recordaba que aquella persona del campamento respondía al mismo nombre, siendo parte de las esclavas que servían a su padre.

—Imagino que ella se sierva de Sune como tú, Fery: ambas portar cabello rojo y ropas rojas —dijo Zentakord.

—Eso tendría sentido, Zentakord —dijo Fery tras girarse hacia su compañero—, pero el recuerdo que tengo de esta dama es de cuando yo era una cría.

—Será por su parecido —dijo Vraask entonces y desde su posición, otorgando un dato revelador que, si bien no había pasado desapercibido para la mayoría, él fue el único en expresarlo de manera directa.

La paladina mostró su perfil entonces, observando al humano, donde su rostro mostraba más confusión todavía.

—¿Parecido? —preguntó.

—Así es —dijo la mujer vestida de rojo hacia Fery, asintiendo a la vez y atrayendo de nuevo la mirada de todos—. Nos vimos muchas veces, aunque nunca pude acercarme a ti.

—Mi padre me tenía en estricta custodia, es cierto, pues siempre tenía que estar a su servicio —dijo la paladina—. Pero… ¿cómo acabasteis aquí desde el campamento de la tribu de los Sangreardiente? No logro entenderlo. ¿Lleváis tantos años aquí?

Brizaelinth y Calendil se acercaron a Fery, siendo entonces cuando la elfa oscura posó una mano en el hombro de su esposa para mostrarle apoyo y afecto, pues como ya la mayoría, se había percatado de la verdad.

—No hace tantos, aunque sí hace muchos —respondió Victoria, acercándose lo suficiente como para alargar el brazo y ofrecer la mano—: desde algunos después de que escapases. La verdad es que has crecido mucho.

La mestiza no dejaba de sentir esa extraña familiaridad, más que eso, floreció hasta alcanzar una especie de vínculo: estaba siendo presa del misticismo más absoluto, que era de todo menos incómodo. Entonces, cuando hizo por tocar la mano de la mujer, algo se lo impidió, como si de un muro invisible se tratara; y con ello, la dama vestida de rojo trató de alcanzar algo invisible en su cuello para finalmente verse separada de repente, y a velocidad vertiginosa, del grupo.

—¡Diosa! —exclamó Fery tratando de alcanzarla, avanzando incluso.

—¡Quieta! —gritó Zentakord a su compañera, poniéndole el bastón por delante.

—¡Espera, Fery! —Vraask hizo lo mismo.

En la distancia y al lado de la mujer, un remolino de humo rojo, enorme, empezó a brotar, donde unas llamas emergieron y dieron paso al filo de una espada mucho más grande que cualquiera de los héroes.

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—La puta madre… —maldijo Zyon al ver el tamaño—. Si el arma es así, no me quiero ni imaginar…

—El dueño del lugar… —dijo Zentakord.

—Al fin se deja ver —comentó Vraask.

Entonces una criatura horrorosa se hizo presente a través del humo, de cuernos y fauces enormes. El fuego alrededor suyo parecía rivalizar con el color de su piel, mostrando unas alas de murciélago abiertas e igualmente imponentes.

—Será mejor que guardéis silencio por ahora y veamos qué quiere —sugirió Brizaelinth intentando traer calma al notar la tensión de sus compañeros.

El ser miró al grupo, con gesto de suficiencia y superioridad, como si todo lo que había ocurrido hasta el momento hubiera ido acorde con su plan. Sonrió entonces, revelando unos enromes colmillos de los que goteaba un veneno siseante, para luego girar la muñeca izquierda, como si enrollara algo, haciendo que un hilo invisible tirara más de la Victoria para arrastrarla hasta su lado.

—¡SOLTADLA! —gritó Fery con todas sus fuerzas, claramente molesta.

Y todos hicieron por detener a la paladina cuando esta trató de avanzar, donde su mirada solo reflejaba dolor, aquel mostrado cuando un ser querido es dañado.

—Qué ímpetu y qué impaciencia —dijo el ser con voz gutural, siendo aquella que habían escuchado en la cueva antes de probar el vino.

—¡Esta mujer ya sufrió como esclava en su momento! ¡No merece más! —volvió a gritar Fery.

—Está aquí por decisión propia.

—Nadie estaría aquí por decisión propia. Ya hemos presenciado vuestros juegos y lo que habéis hecho con el ÚLTIMO líder de los Sangreardiente.

La risa gutural resonó con eco en aquel amplio lugar, para luego el ser girar su enorme cabeza hacia Victoria.

—¿Aún no se lo has dicho? —preguntó con cierto retintín—. Y eso que te he dado bastante tiempo para el reencuentro…

La mujer, con las manos en el cuello como si tratara de aliviar un dolor de algo invisible, profirió una mirada de odio hacia la criatura que tenía a su lado.

—Cállate, Baelthoryx: esto no forma parte del trato —se dirigió al gran diablo.

—Precisamente por eso mismo puedo hablar de ello, ¿no? Déjame divertirme un poco más —dijo este.

Baelthoryx chasqueó los dedos y un largo pergamino apareció de la nada, mágicamente, lleno de un sinfín de texto. Su acción fue acompañada de una pérfida y enorme sonrisa.

—Un trato de eterna servidumbre a cambio de que yo no hiciese daño a una persona en concreto —volvió a pronunciarse para luego señalar a Fery con la punta del enorme espadón.

La mestiza de orco se quedó sin palabras. Tanto, que solo fue capaz de hacer una y única pregunta.

—¿Por qué?

—Por qué, por qué, por qué… —dijo el enorme ser a la vez que movía la mano libre, haciendo burla—. Dime, ¿por qué crees que fuiste la única que sobrevivió en esa mugrosa granja?

—Por el poder de mi diosa, ¿por qué iba a ser si no?

—Porque el trato me impedía que te hiciese daño. Lo otro fue… simple casualidad, pero, si el trato me lo hubiese permitido: habrías muerto incluso con esa bendición.

Fery avanzó unos pasos, para sorpresa de todos. Lejos de sentir miedo, y aunque a sabiendas de que quizá ese ser podía partirla en dos, todo la movió a acercarse.

—¿Quién crees que susurró al oído de Gagh’Dam para que, en el último momento, traicionase a tu padre y se centrara en la tribu? —tomo Baelthoryx de nuevo la palabra.

—¿De verdad esperáis que me sorprenda de que seáis algo tan repulsivamente manipulador? —preguntó la paladina de manera retórica para luego mirar hacia Victoria—. Entonces, si estoy aquí y ahora es gracias a vos, así que os lo debo.

—Y no es lo único que ha hecho por ti, pues escapaste gracias a ella: te vio correr aquella noche y distrajo a los guardias, ganándose una paliza.

—¿Es eso cierto? —preguntó Fery a Victoria tras escuchar las palabras del diablo.

—Es cierto —repuso la mujer de cabellos rojizos, sin poder mantener la mirada.

—Como dije, estoy en deuda con vos, mi señora: no hay nada de lo que avergonzaros.

—Tenía que ayudarte a escapar, pero sabía que te darían caza, siendo su hija… nuestra hija…

Y una bofetada de realidad golpeó a la mestiza de orco. Las cosas en su cabeza empezaron a cobrar sentido. Sus recuerdos sobre esa mujer se tornaron más vívidos, con más peso, recordándola más si cabía en aquel campamento de los Sangreardiente. La veía de vez en cuando, le dedicaba miradas furtivas, pero nunca le dirigió la palabra. Fery entendió entonces por qué a veces la sentía tan cerca, pero a la vez tan distante. Pero recordó las palabras de Xunag, pues le había repetido un montón de veces que había quebrado a su madre, por lo que contaba con que ella estaba muerta.

—Ahora entender por qué tener la misma nariz —dijo Zentakord.

—¡¿Es tu vieja?! —exclamó Zyon con el mismo asombro que la mayoría.

—¿Ma…? ¿Madre? —preguntó Fery, dudosa, confusa y entre una vorágine de sentimientos—. Pero Xunag me dijo que os había quebrado…

—Lo hizo, teniéndote de rehén —dijo Victoria—. No podía acercarme a ti, no podía hablarte, pero… a mí me valía con que estuvieses viva. Y me alegré mucho de que al final consiguieras escapar —la sonrisa que esbozó al final era una difícil de definir, pues tenía una mezcla de tristeza y alegría a la vez.

Un par de lágrimas recorrieron las mejillas de la paladina. Durante años había vivido con el pensamiento de que su madre, allá donde estuviese, podría descansar en paz. Pero no era así: su madre había vivido y vivía un martirio, una esclavitud de tantos años a cambio de que ella hubiera podido tener una vida normal. Pasó su mano por las mejillas, borrando esas gotas para fruncir el ceño, donde toda la mezcla de sentimientos empezaba a tomar forma dentro de su corazón.

—Si tienes ese trato no vas a poder hacer daño a Fery —dijo Calendil.

—Romper tu trato si tocarla —se sumó Zentakord.

—Sea como fuere, no podemos dejar que una criatura como esta continúe torturando a inocentes libremente, lo único que a cambiado es que ahora es algo más personal —dijo Brizaelinth.

Baelthoryx rio con ganas, generando un extraño eco por el amplio yermo, justo antes de pronunciarse.

—No puedo atacar a Krilge, es cierto, a menos que ella me ataque a mí primero. Y yo me pregunto… —Llevó la mano libre al mentón, haciendo burla como si meditara mucho las palabras—. ¿Qué hará cuando os mate a todos vosotros? ¿Se quedará mirando, escudada en un contrato que consiguió su madre? ¿O me atacará y me dará una oportunidad?

—¡Eso no es lo que acordamos! —exclamó Victoria justo antes de verse doblegada, de nuevo, por la magia invisible del ser que la tenía esclavizada.

Fery avanzó más para luego embrazar su escudo, desnudando con calma y acto seguido el acero de su espada.


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—¿Queréis que os diga algo, maldito diablo? —Se permitió el lujo de hacer una breve pausa antes de continuar—. Que el destino es muy curioso: soy lo que soy gracias a mi madre y eso significa que me vais a poder tocar, porque yo tengo un deber que cumplir.

Y con ello, pasó la palma con el pulgar hacia adentro por la hoja de la espada, haciendo que esta tomara un fulgor blanco amarillento al obtener una bendición para combatir al mal.

—Ofrécete por ella y por tus compañeros, Krilge —dijo Baelthoryx—. Renuncia a tu juramento y sírveme, para que de ese modo los deje marchar.

La paladina miró a su madre para luego girar la cabeza lo suficiente como para observar de reojo a sus compañeros, aunque finalmente posó su vista de nuevo en el ser.

—¿Cuál es vuestro nombre, criatura? —le preguntó.

—Puedes llamarme Baelthoryx. Aunque como imaginarás no es mi verdadero nombre —contestó sonriente.

—Me sirve —Asintió con respeto antes de continuar—. Bien, Baelthoryx: os hago saber que con vuestro pacto cometisteis el error, pues estamos aquí y nosotros os vamos a hacer caer.

—¿Estás segura? Creo que no eres consciente de lo que dices. Vuestras almas me pertenecerán si morís aquí, pues ahora que habéis entrado no podréis escapar. Vais a ser míos, pero tú puedes evitar que me lleve también a los demás…

—Yo no me voy sin Fery —dijo Calendil.

—De aquí nos vamos todos menos él —dijo Zyon después.

—Me temo que no haréis cambiar de opinión a nadie de este grupo —se sumó Brizaelinth—, pues todos sabíamos a lo que nos exponíamos.

—No fiarme de civilizados, no lo haré de un ajeno —dijo Zentakord.

—Nunca nos dejaría escoger si tuviera la certeza de que no podemos escapar —terminó por decir Vraask.

La mestiza de orco sonrió por primera vez entre tanta tensión, agradecida por el apoyo que le habían mostrado todos. Tomó aire, lista para pronunciarse sin dudar en ninguna de sus palabras.

—No pienso serviros. Nunca, he, estado, tan, segura. Sois grande y tenéis voluntad, pero la nuestra se equipara a la vuestra.

Baelthoryx chasqueó la lengua de manera molesta y desagradable.

—Los diablos tenemos gustos peculiares. Ver a una paladina renunciar a su juramento… Ah, eso sería un deleite que saborearía durante siglos. Mataros y obligaros a servirme es menos divertido.

Un fuego apareció de manera repentina y empezó a rodear todo el páramo. Negros muros comenzaron a alzarse por los lados, incluso detrás del diablo, todo mientras lava emergía del suelo, abriendo grietas que escupían de esta hacia el cielo. Cadenas decoraban los negros muros, enormes, y entonces los gemidos y gritos de los condenados llegaron a los oídos del grupo. Baelthoryx hizo un gesto con la mano libre y Victoria fue despedida a un montón de metros de distancia, para luego envolver su propio cuerpo en vivas llamas, acompañando a su aliento, que también despedía de estas.

Y con ello, la lucha empezó. Al enorme ser no le hacía falta sutileza, cada movimiento era poderoso, pero no por ello menos hábil, donde su espadón hacía por cortar y a la vez quemar a los héroes. El canto de Brizaelinth brindaba valor al grupo mientras Calendil se movía con una destreza sin igual, saltando y esquivando de un lado a otro a la vez que intentaba cortar la gruesa piel del diablo. Zentakord empleaba su magia natural para evitar que las heridas de los combatientes los obligaran a caer, y las flechas de Zyon y Vraask silbaban por el aire, trazando líneas rectas hasta el gran objetivo con el fin de perforar la carne roja. Fery, que se había mostrado firme en su estilo de lucha clásico, por fin entendió que iba a tener que sobre esforzarse para llegar al final de la contienda, por lo que, optó por centrar toda su energía en castigar al malvado ser.

—¡Mi diosa! ¡Es ahora o nunca! —exclamó.

La espada bendita brilló más, con un fulgor traído de las mismas fuerzas del bien, y con ello, la paladina saltó con todas sus fuerzas para clavar la hoja en el pecho de Baelthoryx, obligándolo a caer hacia un lado con un grito de dolor. Descontrolada por el esfuerzo, Fery rodó hacia un lado, quedando en el suelo también. Sorprendido, el grupo observó como el diablo empezó a convertirse en azufre entre poderosas llamas.

—¡Vuestras almas serán mías! ¡Quizá no hoy, pero volveré a por vosotros! —exclamó entre gritos, para finalmente desaparecer.

—¡NO! —gritó Fery tratando de recuperar su espada—. ¡VOLVED AQUÍ!

Sin mucho más que poder hacer, los héroes se vieron envueltos por grietas que escupían lava, así como intensos terremotos. Reunidos con Victoria, y gracias a ella, todos alcanzaron la sala donde Baelthoryx guardaba sus contratos, por lo que, y tras una ardua búsqueda, optaron por quemar todos para otorgar la libertad a todas las almas que el diablo había encadenado. Ese hecho empezó a destruir aún más el lugar, donde el techo caía resquebrajado con enormes trozos.

—Tenemos que salir de aquí cuanto antes… —dijo Calendil.

Y entonces vieron como bolas luminosas flotaban en el aire para desplazarse hacia el cielo, donde sus quejidos y gemidos se iban reduciendo conforme desaparecían de la vista. Victoria llevó la vista a sus manos, viendo como estas se tornaban translúcidas.

—Lo habéis hecho bien —dijo.

—¿Madre? —preguntó Fery, percatándose de lo que podía significar—. No. ¡No!

—Es la hora: marchaos antes de que este lugar os sepulte.

La paladina trató de tomar las manos de su madre, donde estas iban perdiendo poco a poco la tangibilidad.

—Madre, después de tanto tiempo, no… —dijo sin fuerzas para no llorar.

—No temas, pequeña. Has hecho lo que debías hacer.


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Ambas se fundieron en un abrazo, donde Victoria sonrió satisfecha.

—Su cuerpo no estar ya, su alma irá donde deidades recogerlas —dijo Zentakord justo antes de separarse un poco del grupo para preparar un conjuro.

—Irá con los dioses, ya no está atada al pacto —dijo Calendil.

—Siento estropear el momento pero igual esto nos cuesta la vida a todos… —comentó Zyon sin quitar la vista del techo que iba cayéndose a pedazos.

—Que Sune os acoja, Victoria —dijo Fery tras separarse del abrazo.

—Lliira cuidará ahora de ti, por mí. Y Sune también. Vete —dijo la mujer de cabellos rojizos, empujando a su hija en el proceso—: no hagas que esto no haya servido para nada.

Y la magia de Zentakord hizo efecto, convirtiendo a todos en pájaros, que, sin más preámbulos hicieron por volar entre los pasillos hasta dar la misma ubicación por donde habían accedido a la morada de Baelthoryx. Cruzaron entonces un remolino rojo y por fin volvieron a la cueva donde el líder Sangreardiente había caído. Los miembros, agotados, recuperaron su forma sobre el frío suelo, obligados a tomar aire por el esfuerzo que les había provocado el salir a toda prisa. Fery se puso en pie y el sonido de las placas de su armadura resonó por las paredes, no diciendo nada en absoluto cuando se encaminó hacia la salida.

—¿Cómo estás, Fery? —preguntó Calendil.

—Vamos: tenemos que llevar a los esclavos a que tengan una oportunidad —dijo la mestiza de orco sin responder.

Brizaelinth se apresuró hasta colocarse al lado de su esposa, colocando una mano en el hombro cubierto de metal de la paladina.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Ahora sí —repuso entonces, dedicándole una tenue sonrisa.

Y en el momento de paz, donde los esclavos se alegraron de volver a ver de vuelta al grupo que los había liberado, unos ruidos provenientes de una de las tiendas caídas tras la contienda en el campamento llamaron la atención de todos. Fue una grata sorpresa el ver que, bajo la tela raída, Victoria hizo acto de presencia, donde su aspecto era similar al que habían visto en la casa de aquel diablo, pero su vestido estaba sucio y desgastado, así como ella mostraba signos de malnutrición.

—¿Eh? ¿Dónde estoy…? —preguntó sorprendida y claramente confusa.

—Pensaba que solo su cuerpo haberse perdido y solo su alma prevalecer… —dijo Zentakord.

—Quizá les quitaba como el alma y los transportaba al plano… ¿No terrenal? —dijo Zyon, tratando de buscar una explicación.

—¡Estáis viva! —exclamó Fery, que no tardó apenas segundos en lograr alcanzarla para alzarla entre sus brazos, contenta de alegría.

—¿Lo… estoy? —preguntó Victoria, sin dar crédito.

Y así fue como el grupo logró acabar con la tribu Sangreardiente, rescatar a un buen puñado de esclavos para que recuperaran su vida u obtuvieran una de nueva, liberar almas encadenadas y detener los planes de un diablo, todo ello, junto al funeral de Bruktang, que había dado su vida por ayudar a los héroes.



Offtopic :
Ha tardado, pero he aquí el final. ^^ Ya os agradecí, pero vuelvo agradecer al Dm por tan ardua labor y al grupo por haberse entregado plenamente, pues fue una grata sorpresa contar con personajes ya conocidos así como establecer relaciones nuevas con otros. :)

Edit:

Añado screen, que me han dicho que la ponga ( :ROFLMAO: ):

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Presente XLV - Victoria Dawnlight (I)

Habían llegado unos días llenos de oxígeno que ayudaban a respirar a pesar de que la niebla azotaba la nación amniana. En estos, la rescatada Victoria Dawnlight había conseguido recuperarse en el templo de Sune, en Athkatla, y ya pasaba las jornadas felizmente como una ciudadana más de la capital. Fery estaba contenta de haber podido recuperar a su madre tras liberarla de la peor esclavitud, así que le había dejado su lujosa habitación para que dispusiera de esta mientras Brizaelinth y ella podían hacer vida en la sede de la Casa Gáldrim.

Un día, la mestiza de orco volvió a los Salones Espumaplateada para visitar a su madre con intención de charlar un poco, ya que, entre una cosa y otra, no habían dispuesto de tiempo para ellas. Cuando llegó a la puerta, utilizó una de sus llaves para abrirla y no tardó en cruzar el umbral, viendo entonces que Victoria estaba tumbada boca abajo en la cama mientras leía una de las novelas románticas que Fery tenía por las estanterías.

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—¿No te han enseñado a llamar antes de entrar, jovencita? —preguntó la madre tras girar la cabeza para mirar a su hija, aunque le dedicó una hermosa sonrisa llena de afecto sincero.

—Lo lamento: es la costumbre —repuso Fery, sonriéndola de igual modo.

Los pasos de la paladina la llevaron hasta el borde de la cama donde tomó asiento, dándose cuenta de que Victoria portaba uno de los batines que normalmente tenía en el armario, por lo que, este le quedaba algo grande.

—¿Te parece si vamos al Distrito de la Gema y compramos algo de ropa? —preguntó la mestiza de orco tras caer en la cuenta.

—¿Oh, por esto? —dijo la mujer tras pinzarse un poco el batín de seda. —No te preocupes, hermosa, es que no sabía qué ponerme tras sumergirme un rato en el agua de la bañera.

—No importa, madre. Pero por ello, podemos…

Un ruido proveniente del baño, la sala contigua, interrumpió a Fery. Esta elevó sus cejas en gesto de sorpresa, pero terminó por sonreír tras relajar el gesto para acto seguido ponerse en pie y caminar hacia allí.

—No sabía que Brizaelinth estaba aquí —dijo sin perder la sonrisa, avanzando con presteza para ir a saludar a su esposa.

—Hija mía, espera… —dijo Victoria sin apenas tener tiempo para reaccionar.

Pero la mestiza de orco hizo caso omiso y cuando cruzó la esquina para cambiar de estancia, su sorpresa fue no encontrarse a la elfa oscura, ya que en su lugar había un joven de melena rubia mojada donde lo único que tapaba su cuerpo probablemente esculpido por la Dama del Cabello de Fuego era una toalla a la cintura. La paladina parpadeó entre el silencio que se formó, tantas veces que creyó perder la vista, pero no, no la perdió: la conservó tanto como para darse cuenta de que aquel hombre que tenía delante era Jacques, uno de los caballeros del templo sunita.

—Vestíos y marchaos —dijo entonces Fery a la vez que fruncía el ceño, en un tono algo severo.

El joven asintió en silencio, dándose la vuelta para proceder con lo que se le había ordenado. La paladina, por su parte, volvió sobre sus pasos hasta alcanzar la mesita de noche, donde, observó que aún quedaba algo de vino de las botellas que posiblemente habían bebido su madre y su acompañante, vertiendo un poco de este líquido en la primera copa que vio libre. Con ello, cerró los ojos y llevó el recipiente hasta los labios para saborear lo que había dentro, donde infinidad de pensamientos le recorrieron la mente. Ambas mujeres aguardaron con paciencia a que el caballero apareciera, ya vestido formal y con su espada envainada atada al cinto, que sin más preámbulo dedicó una reverencia cortés hacia ellas justo de después de llevar su palma a la altura del corazón.

—Doña Dawnlight, capitana Krill —les dijo.

—Volved al templo, caballero Jacques: de seguro que tenéis faena por hacer —dijo Fery tras abrir los ojos y observarlo, aún copa en mano.

—Sí, mi señora.

—Recordad que cada día es otro movimiento de la Jácara Elísea, buen Jacques —lo despidió Victoria con una afable sonrisa, acompañada de un guiño cómplice.

Una vez solas, la paladina posó la copa sobre la mesita de noche, llevándola al centro con la ayuda de dos dedos. Después profirió un profundo suspiro y su madre decidió romper el silencio.

—Un poco empalagoso, ¿no? —dijo tras cerrar de manera sonora el libro que hasta ahora había sostenido entre las manos, mostrando luego la portada.

—Ya, bueno… —dijo Fery tras apartar la mirada justo antes de volver al borde de la cama y sentarse en esta.

Victoria estiró su cuerpo, luego dejó el libro encima de la cama y se deslizó de manera felina hasta quedar sentada al lado de su hija. Con calma, pasó luego y de manera cariñosa una mano por la melena carmesí de Fery.

—¿Qué te aflige? —le preguntó.

—No es nada, madre —contestó acompañada de un gesto con la cabeza—. Es que esperaba…

—¿Qué lo nuestro fuese diferente?

—Más o menos —respondió de manera sosegada, mirando luego a los ojos de Victoria.

La humana sonrió. Luego, tranquilamente, tomó la botella para echar vino en dos copas y ofrecer una a su hija. La mestiza tomó esta y brindó con su madre.

—Mira, Krilge… digo, Fery —Victoria hizo una pausa para beber vino. —Los orcos de la tribu Sangreardiente me capturaron cuando apenas tenía veinte años tras acabar con todos mis compañeros artistas, y después de tenerte y ayudarte a escapar, ese maldito diablo me tuvo casi dos décadas encerrada en su plano para que le tocara música.

Victoria sonrió de manera algo amarga por recordar su embarazo no deseado y todo lo que eso conllevó después, tratando en todo momento de que sus palabras no hicieran culpable a su hija.

—Entiéndeme, pues después de tantos años he conseguido la libertad y es algo que te estaré eternamente agradecida —prosiguió—. Sin embargo… no tengo claro que a estas alturas pueda ser capaz de ejercer como tu madre, querida.

Fery asintió para luego sonreír a Victoria.

—Perdonadme, madre —se disculpó—. No pretendía haceros creer que el egoísmo está dentro de mi corazón: sé por lo que habéis pasado y me alegro de que eso haya acabado y estéis recuperada.

La humana se puso en pie y dejó la copa sobre la mesita de noche, al lado de la botella de vino prácticamente vacía. Acto seguido, sus pies descalzos la llevaron frente al tocador de la mestiza de orco y allí pasó los dedos por su propio cabello para finalmente girarse hacia su hija.

—Podemos ir a comprar, a comer, a hablar sobre los problemas que puedas tener con tu esposa de piel oscura…

—¿Qué pasa con Brizaelinth? —preguntó Fery tras fruncir el ceño.

—Oh, realmente nada… —Se valió de un aspaviento con la mano para quitar hierro al asunto. —En mis tiempos nos los dejaban pasear libremente, es solo que todavía estoy algo sorprendida con eso…

Victoria se atusó el cabello al crear una pausa, para luego tomar la palabra de nuevo.

—También podemos visitar el templo de Sune, ¿uhm?

—Madre, por favor, creo que os voy a prohibir por ahora volver a pisar el templo sunita…

—Oye, querida, Jacques es un hombre hecho y derecho aunque su edad diste mucho de la mía, ¿eh? —rio.

Y la risa contagió a Fery por igual, terminando por negar con la cabeza. La humana, por su parte, tomó sus pasos hasta alcanzar a la semiorco y ayudarla a que se pusiera en pie, quedando luego ambas casi cara a cara.

—El Poder de Lliira se manifiesta a través de mis deseos sin ni tan siquiera tener que rezar, querida —dijo Victoria—. No estaré mucho tiempo parada en esta ciudad, más que nada porque debo vivir una vida de alegría y libertad: todavía queda mucha gente en la costa de la espada que debe bailar bajo el sonido de mi arpa.

La paladina sonrió ante esas palabras, no pudiendo contener un par de lágrimas que le recorrieron las mejillas. Sin poder evitarlo por la impulsividad de la emoción del momento, se dio cuenta tarde de que había abrazado a su madre sin pedirla permiso.

—Supongo que he heredado de vos el que los instrumentos de cuerda calen tanto en mi corazón, así como que me encanten las fiestas —dijo Fery.

—Oh, mi pequeña: me alegro entonces de que te haya podido otorgar esa parte tan bonita —dijo Victoria después de corresponder al afectuoso abrazo.
 

Manny_LoneWolf

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Presente XLVI - Victoria Dawnlight (II)

La bruma había desaparecido. Todo aquello que había sido estancado durante tanto tiempo por fin retomaba su cauce, así como el flujo entre idas y venidas de los viajeros.

En un pequeño respiro, más tras haber sobrevivido a tantos golpes que la niebla había dado a la paladina, Fery decidió pasear por el Distrito de la Gema para acabar en la Jarra Adamantina. Allí, entre vinos y charlas con viejos conocidos y otros de nuevos, acabó por visitar uno de los balcones de los pisos superiores para disfrutar de la fresca noche.

Sorprendida, la mestiza de orco pudo ver que allí también estaba su madre, cogida del brazo de ni más ni menos que Renaud, su maestro. Fery había sido informada días atrás y en el templo, de que el hombre había pasado por allí debido a un viaje que estaba llevando a cabo hacia el sur.

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—Vaya, qué sorpresa —dijo Victoria sonriente.

—Madre, Maestro —saludó Fery a ambos para luego abrazar al hombre durante unos instantes antes de separarse con gentileza, otorgando después un afectuoso beso en la mejilla de la mujer. —Toda una, desde luego, no esperaba veros por aquí... y juntos.

La paladina sonrió tenue, preguntándose por qué su madre estaba cogida al brazo del paladín. Un pequeño atisbo de celos recorrió su espalda, pero decidió ignorar esa sensación al recordar quienes eran las personas que tenía delante.

—Oh, querida —dijo Victoria—. Conocí a este hombre tan bien plantado hará unos días y podemos decir que hemos conectado bien.

Fery parpadeó, mirando a su madre, para luego posar la vista en su antiguo maestro, que este no pudo más que reír.

—La verdad es que no voy a poder negar que su historia me dejó fascinado —dijo Renaud sin perder la sonrisa.

—Vamos, Sir Duval, no es más interesante que lo que me habéis explicado del tiempo en que vos y mi hija estuvisteis juntos —dijo Victoria acompañada de un gesto con la mano.

La paladina entreabrió los labios y sus cejas se alzaron en sorpresa.

—¿Cómo…? —fue lo único capaz de decir.

—Tu maestro me ha explicado todo sobre vosotros.

—Espero que no… —dijo Fery sonriendo de manera apurada, riendo después algo nerviosa.

Un silencio se hizo para todos donde la mestiza de orco aprovechó para probar el vino de la copa que llevaba entre los dedos, para luego atusarse el cabello.

—Disculpadme un momento, damas: aprovecharé vuestro reencuentro para comentar un asunto pendiente con un conocido que vi abajo —cabeceó hacia las escaleras que llevaban a los pisos inferiores.

—Claro, maestro.

Los pasos del hombre lo llevaron a alejarse lo suficiente para dar privacidad a Fery y su madre tras desaparecer de la línea de visión de ambas, que no habían dejado de observarlo.

—¿Va todo bien, querida? —preguntó Victoria.

—Sí, sí… —contestó la mestiza tras girarse por completo hacia la otra mujer—. Es solo que no esperaba veros juntos.

La seguidora de Lliira rio con ganas.

—¿En serio, Fery? —Negó, aunque sin perder la sonrisa. —Sir Duval solo se ha ofrecido a ayudarme con mi viaje hacia Calimshan ahora que todo ha vuelto a la normalidad, pues él también tiene asuntos que tratar allí.

—Madre, no quise insinuar...

—¿Pensabas que hay algo entre nosotros? —preguntó sin evitar reír de nuevo—. Tu maestro es un buen hombre que tiene todo lo que una mujer podría desear, pero tan solo quiere ayudarme a que yo continue con mi labor de portar la alegría por dondequiera que pase.

Sin ninguna duda para Fery, ese altruismo descrito por su madre era el que perfectamente encajaba con Renaud.

—Además… —volvió a tomar la palabra, inclinándose esta vez hacia su hija para susurrarle—. Nunca me acostaría con alguien que ha tenido algo contigo…

La expresión de la paladina cambió a la de puro horror, quedando paralizada incluso.

—¿Os lo ha contado? —preguntó cuando se repuso.

Fery esperaba una respuesta, pero solo obtuvo la risa de su madre, qué, después de todo, era una de bien simpática y divertida. La mujer colocó una mano en el hombro de piel verde para establecer un afectuoso contacto.

—Pues claro que no, ya que Renaud es todo un caballero: pero no soy estúpida, ¿uhm?

La paladina suspiró aliviada, cayendo tarde, sin embargo, de que ella misma le había dado toda la información a su madre.

—Entonces… ¿ya marcháis? —preguntó Fery al mirar a los ojos de su madre, mostrándose valiente a pesar de la posible respuesta que pudiera obtener y que posiblemente la acongojaría un poco.

Victoria se giró para asomarse por la baranda de piedra hermosamente adornada y su vista se posó en el horizonte.

—Sir Duval me dijo que tardaría apenas unos días, así que será pronto —contestó.

—Ha pasado todo tan rápido, y poco tiempo he tenido con mis obligaciones…

Los ojos de la paladina se tornaron algo vidriosos, cargados de sentimiento, al mismo tiempo que se colocaba a la vera de Victoria.

—Ay, mi pequeña —dijo con un tono especialmente cariñoso, acompañada de una caricia en la mejilla—. Recuerda lo que fuiste, mira lo que eres y piensa en lo que podrás llegar a ser: seamos honestas en todo esto, pues no me necesitaste para seguir tu camino y tampoco me necesitarás para continuar por él.

Las palabras, el gesto y la mirada: fue la suma de todo lo que hizo que algunas lágrimas brotaran de los ojos de Fery, viéndose obligada a rodear a su madre entre sus fuertes brazos.

—Y por esto os voy a echar de menos —dijo la paladina completamente presa de los sentimientos.

Al separarse, Victoria tomó las manos verdosas de su hija.

—Vamos, vamos —Negó. —Tampoco estaré tan lejos, por si alguna vez me necesitas de verdad. ¿De acuerdo?

Fery asintió, siendo ese preciso instante en el que Renaud apareció de nuevo para sumarse a ellas.

—¿Todo bien, damas? —preguntó con tranquilidad para llevar sus manos a la espalda.

—Claro, Sir Duval. Mi hija solo quiere que la avisemos cuando vayamos a partir.

El hombre rio con simpatía.

—No me iría sin que ella lo supiera, y mucho menos sin antes ponernos al día. ¿Verdad?

—Así es, maestro —contestó la paladina sonriendo de manera genuina.

Los siguientes minutos fueron más distendidos, pero no por ello menos importantes para los tres, aquellos a los que el destino había unido durante un breve periodo de tiempo hasta que los caminos personales volvieran a separarlos.
 
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