Debido a que no todos los relatos que he ido haciendo con los años comparten hilo, muchos pueden caer fácilmente en el olvido. El objetivo de esta recopilación, es la de facilitar la navegación a través de ellos mediante un único enlace —así como de preservar las aportaciones que he ido haciendo a la Biblioteca de Candelero.
En respuestas posteriores, iré añadiendo pequeños relatos misceláneos según me sienta inspirada. No obstante, incluso si estos adoptan un formato diferente al habitual estando en primera persona, por favor no los interpretéis como material físico existente dentro del servidor al no ser que indique lo contrario.
Sin más que añadir, espero que disfrutéis la lectura.
No quiero perder el control, no quiero perder el control —y sobretodo, no quiero condenar su vida ¿Había caído en Tejarn, por mi culpa? Quizás he pensado demasiado en él, últimamente. Cada vez que me provoca, cada vez que tuerce sus labios en disgusto porque las emociones enmarañan mi corazón y nublan mis sentidos, cada vez que refunfuña por tonterías; sólo puedo tener más ganas de colarme entre las matas de pelo, que rodean su mentón, para reptar hacia sus labios ¿Se habrá dado cuenta, de que quiero que me pida ir con él a Aguasprofundas? No quiero vivir allí. No quiero hacer nada allí. Pero quiero que me lo pida.
Siento que el Padre Limacus me acepta, me acepta más de lo que ningún otro me ha aceptado jamás; porque ve belleza, en mi sufrimiento. Comprende, como lo hace Viruela, que debe dejarme marchitar si desea que marchite el mundo que nos rodea. Sintió fascinación, cuando fui libre —quizás, él no huya, cuando desnude mi alma ante él. Sin embargo, creo que huiría, si lo que retirase fuesen mis ropajes ¿Teme al contagio, quizás? No sé si quiero hacerlo, pero me gustaría tener la certeza de que puedo hacerlo; de que si quiero, puedo verter mi veneno sobre un hombre al que no emponzoñaré.
«Yo te buscaré a tí» ¡Qué bien lleva los grilletes! Jamás pensé que nadie podría lucir tan bien tomado por dos guardias, pero ahí estaba, escoltado fuera de palacio tras los continuos insultos de un elfo solar que parecía incapaz de aceptar su presencia. Maldita sea, Justias Limacus, no quiero que me regaléis un anillo ¿pero no podríais quizás, proponer un matrimonio de conveniencia? No quiero ser el complemento de ningún sacerdote, pero me encantaría ser su complemento ante ojos ajenos —tomar su brazo, y evocar más odio del que ya provoca en solitario; regalarle, aquello que tanto nutre su sonrisa.
Lo cierto es que, ahora que la lucidez me invade, no puedo evitar preguntarme; ¿quién no caería rendida ante los pies de un hombre como él? Puede que no sea el más fuerte y sus huesos dancen entre las placas como un montón de críos en una fosa común. Y también puede, quizás, que aún le guarde rencor por ciertos comentarios inapropiados —«¿cuántos años tenéis?, ¿cuarenta?» ¡Ni si quiera llego a la treintena, maldito degenerado adicto a las sandalias! No obstante, sí que intentó apaciguarme cuando llevó la diestra sobre mi hombro y me aseguró que me “conservo bien”. Claramente, sabe tratar con una dama; o al menos, a medias.
Es indudable, aún así, que pocos hombres son tan inteligentes como el Padre Limacus —y para resultar accidentalmente ofensivo en la mayoría de las cosas que dice, es un hombre que sabe tratar con quienes le rodean. Sobretodo con los elfos, dedicándoles unas miradas que harían que una servidora se desmayase sobre su faldón. Cada vez que entra en una estancia, el aire adquiere un peso diferente. Cada vez que entra en una estancia, el odio y la ira de aquellos que le desean muerto o preso se vuelve verdaderamente embriagador; y él, sabe cómo convertir este en su más favorecedora túnica. Jamás consideraría que estoy enamorada del Padre Limacus, simplemente, no entiendo por qué no lo estaría cualquiera en su sano juicio.
Cada vez que me miro al espejo, no puedo evitar pensar en ella. Cada vez que hago pedazos el cristal entre mis dedos, la maldigo, porque a pesar de jamás haber visto su rostro sólo puedo desear quebrarlo con mi garfio. Ese dominio del verbo, empleado para herir y embriagar el corazón, es uno que no debería de ser acaparado por aquellos que no necesitan más que exponer su piel para conseguir un ejército de títeres. Maldigo, aún hoy, aquella que aún morando el alcantarillado de Athkatla logró robarle a Sune sus herramientas. Maldigo, aún hoy, a aquella apabullante mujer a la que llaman Bisbiseadora —la misma que, aún fugaz, condenó mis retinas con sus curvas.
Cuando la invité a aquel despacho que a tantos hombres zafios ha pertenecido, cuando escuché como de sus labios sólo brotaban palabras propias de la más exquisita cuna, supe que podríamos haber sido grandes amigas y aún mejores enemigas. Sabía, desde aquel momento, que aún si estuviésemos a solas ella no era el tipo de dama que intentaría apuñalarme —también sabía que ella era consciente de que no puede emponzoñar un corazón que ya está pútrido y retorcido. Jamás admitiré que la envidié, pero a veces me despierto —aún hoy— agarrando los hombros de Branquias mientras fantaseo con romper su delicado cuello.
¿Por qué era ella mucho más mujer que yo, incluso después de que mis entrañas se partiesen en dos? ¿lo habían hecho las suyas también, quizás? Imposible. Su silueta es el tipo de antojo que Khauntea arrebata, colérica e incapaz de admitir que no es más que una triste parodia imperfecta de mi Diosa. Nunca pensé, sin embargo, que vería caminar por aquellas calles que consideraba mías una silueta tan perfecta que me haría dudar ante el deseo de corromperla; de despedazarla, como a todo lo que los hombres acuñan como “hermoso” ¿Quién decide eso?
No puedo evitar preguntarme qué hubiese sucedido si la hubiese logrado convertir a mi fe —si le hubiese enseñado, que el mayor placer que puede reportar la palabra, no es construir telas de araña, sino desmoronarlas. Parece el tipo de mujer que sabe distinguir entre un cubierto u otro, el tipo de mujer que comprende que el romanticismo depende más de gestos que de imágenes arrojadas con propósitos hipnóticos ¿Le gustarán a ella también, los poemas de Líre Lilta? No me cabe duda de que, también, es el tipo de mujer que comprende que el Arte debe mantenerse ajeno a las paradojas de la moralidad.
Aveces sueño, durante noches, que entramos juntas al Teatro de la Alegría. Jamás puedo ver más que sombras en su rostro, pero puedo saber que llora cuando me abalanzo sobre ella con una daga envenenada enredada en mi diestra. Curiosamente, jamás termino lo que empiezo, en esos sueños —quizás porque mi odio hacia los suyos se ha apaciguado con los años, o quizás, por los murmullos incesantes de aquel Maestro que jamás viste de blanco. Espero que no ascienda a los barrios, el día que escupa el corazón por la boca. Espero que no ascienda a los barrios, porque quizás podríamos haber sido buenas amigas; al menos, hasta el día de su muerte.
«¿Tan deseada te sientes, siendo tan tullida?», aquellas palabras se habían atascado en lo más profundo de mis tímpanos. Hablaba como una monja ilmatarí de corazón quebrado, hablaba como un crío cyrita celoso de sus hermanos —y por ello, le odio. Le odio tanto que lo único que puedo pensar cuando veo su estúpida cara es en lo mucho que disfrutaré el día que se la arranque y la lleve como máscara. Sin embargo, siempre que le observo dormir bisturí en mano, decido posponer su destino. Me gustaría regalarme un por qué, pero lo cierto es que lo desconozco; disfruto, indudablemente, de emplear su cuerpo como escudo del mío pero aún así su lengua danza más de la cuenta. Siempre.
No sabe mentir, ni negociar, ni si quiera hacerse el digno cuando decide comportarse como una triste parodia del waukinita medio. No obstante, sus palabras siempre se atascan en el mismo lugar, siempre. «Muy probablemente estarías muerta, clavada en una estaca, o hecha cenizas en una pira por tus malas artes», y el esófago, se me retorcía sediento por arrancar sus estúpidos dientes puntiagudos. «Que no te quepa la menor de las dudas, no voy a dejar dos cachos de carne de ese fulano juntos. Su madre tendrá que venir a ver mi mierda si quiere reconocer el fétido olor de su engendro», y la glándula pineal, decidía llorar anhelante de hacer realidad tal fantasía junto a él.
Normalmente, cuando son desveladas mis supuestas alucinaciones, la gente tiende a temerme más —a preocuparse, de que sus rostros y sus sueños dependan de mí. Pero Branquias no hizo eso, él se rio; con una pausa drástica que sólo podía que sólo podía encarnar una lasciva admiración. Quizás sea ese el motivo, por el que su presencia me ayuda a convertirme en una mujer mejor —la cólera flagrante que me evoca ver su hocico asomar cada noche. La misma, que me hace ansiar más que nunca demostrarle al mundo por qué mi Diosa ha de ser temida.
«Eres la víctima más potencialmente peligrosa que he visto jamás», se me atascaban esas palabras, donde no nos gusta que se atasquen las palabras. «Eres la viva imagen del Abismo», rascaban más allá de mis tímpanos, importunando tanto a Martirio que ni si quiera quería reclamar mis labios. Cuando le vi petrificado sólo podía pensar en la cálida sensación que evocaba en mi corazón, su necesidad, por mí —«Cuánto te odio, Cercenadora. Y cuánto me gusta odiarte de esta manera.» Hubiese sido un fastidio, quedarme sin ese tipo de halagos que tanto alimentan el rubor de mis mejillas. Hubiese sido un fastidio, también, quedarme sin una oportunidad para vengarme de él.
¿Cómo se le había ocurrido acusarme de desear al Padre Limacus? Y más aún, ¿cómo se le había ocurrido acusarle a él de que jamás me desearía? No dudo de mis cicatrices, ni del regalo de mi Madre —y si rompo espejos, ¡es porque están más bonitos de esa manera! Algún día, le sacaré el ojo que le queda, y con los huesos de sus piernas encargaré que le hagan un báculo al banita. Algún día, robaré uno de los mosquetes de Ponpaipa, y vaciarésetenta y cuatro disparos en su sonrisa. Algún día, cuando me canse de sus insultos de marinero y de sus exóticos halagos, quizás ¿Será una pérfida reencarnación de mi primer marido? Los números fallan, pero tampoco los considero verdaderamente dignos de confianza.
Con el paso de los años, las voces y las sombras, se habían vuelto parte de mi día a día. El sufrimiento, la agonía, las luces cegadoras que perforaban las paredes que me ofrecían cobijo —sin embargo, esto era nuevo ¿Lo era, porque ahora vivía? ¿o quizás lo era, porque ahora me sentía completa? Martirio se encuentra mal, Martirio se encuentra mal porque ahora sabe que Ella me prefiere a mí. Puedo sentir su movimiento, en mi vientre y en mi mente, girando; como una bailarina, que jamás fatiga. No quiero comer, aunque viva, no quiero comer —no quiero hacerlo, porque estoy empachada de su gracia. Las encías me supuran, a pesar de que las esquirlas no lo muestren, lo hacen.
Dicen que esta gema de abrumadora belleza, violina púrpura, perteneció antaño a una sacerdotisa de la Casa del Abrazo de la Noche. Dicen que esta pequeña pirámide invertida, de lágrimas ambarinas hechas con irtios, viene de la nación-isla de Tashalar. Los piratas del Mar Brillante, según dicen, arrancaron el hermoso amuleto de costados ornamentados, de las garras de su legítima dueña. Sin embargo, la fina correa cobriza que lo porta, se siente suave en mi piel —y no en la de ningún otro ¿Me siento así, porque me quiere? No puede ser, de ningún otro modo. No puede ser, de ninguna otra manera ¿Son suyos, los huesudos codos que ahora apresan mi esternón?
Puedo sentir el movimiento de los huesos que amparan mi corazón, cada vez que muevo la cintura, como si desgarrasen mis carnes desde dentro. Puedo sentir un cálido ardor en mi sangre, como si cada gota se hubiese convertido en dulce cristal. No hay viento, pero puedo sentirlo en mis párpados; arrebatándome las gélidas lágrimas que Ella me regala ¿Teme el Maestro, a no poder llegar a mis hombros nunca más?
Siempre quise, que aquel hombre a quien confundí con un padre durante décadas, me resguardase del frío con una opaca capucha. Siempre quise, que aquella bella mujer a la que jamás conocí, meciese mis huesos hasta que el dolor que aflige mi alma callase —al menos, por unas horas. Me siento como una niña, me siento desnuda, y por ello necesito esconderme bajo las sábanas. Me siento vulnerable, me siento débil —y eso sólo hace que me sienta más capaz, y más inmortal. Entre las heridas abiertas de mi diestra, siento más cerca que nunca su legado. Entre las heridas abiertas de mi diestra, siento cada gema como si fuesen mis tendones.
¿Debería de darle a probar, el regalo que ahora constriñe mis venas? Me siento como una mujer nueva, me siento acorazada, y por ello necesito adueñarme de cada antojo que aterre mis pestañas. Me siento débil, me siento vulnerable —y eso sólo hace que sepa que soy capaz, e inmortal. Seré Eterna, pues la marca de mi corrupción se extenderá incluso si mi corazón deja de latir mañana. Seré efímera, pues mi espalda no será segura bajo ningún manto. Entre las esquirlas desordenadas de mi espejo, ahora lo veo todo más claro que nunca.