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En Clave de Sol

Zoroaster

Vampiro que no usa azules
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A ver si se pone la quest en marcha... Os venís o Liss os arrastra de los pelos, jajajaja, el relato como siempre, muy bueno, ninguna sorpresa :) :)
 

Quetzalcoatl

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LXVII. De las tribulaciones de Greta.​

“Todos los hombres están locos...”

Son palabras de Greta que expresan a la perfección cómo se siente tras lo vivido estos últimos días con los miembros del sexo contrario. Y es para darle la razón.

¿Pero qué es lo que le ha ocurrido? Voy a comenzar contándote lo que le pasó cuando se reunió en Casa Gáldrim con el skald del Clan de los Halcones Grises.

A ver, Greta necesitaba una ballesta nueva. Antes prefería el arco para los viajes, más cómodo y ligero, pero últimamente se ha aficionado a estas armas. Parece que le gusta su facilidad de uso aunque tenga que detenerse a cada momento para colocar los virotes en el mecanismo de disparo.

Las diferentes ballestas que vendían los establecimientos a los que acudía no cumplían con sus espectativas, así que había que buscar un artesano conocedor de la madera. Con Canster lejos de Amn sólo había uno al que poder acudir, el imponente Ivax.

ivax1.jpg

Creo que ya te he contado lo interesada que se siente Greta por este bárbaro de casi dos metros de altura y frondosa melena oscura ribeteada de plata por el trascurrir de los años. No está enamorada de él, sólo es... ehm... libido. Es un hombre físicamente magnífico, no lo voy a negar, y es simpático y hasta educado, para lo que se puede pedir a un bárbaro. Pero para mi gusto es... demasiado. Demasiado grande, demasiado musculoso, demasiado creído.

Y tan creído es que, al término de su reunión con Greta para tratar el tema de la ballesta, tras las miradas y coqueteos encubiertos, Ivax soltó sin rodeos: "creía que me ibas a declarar tu amor."

Por extraño que parezca, mi querida pelirroja me confesó que se quedó muda unos momentos. Apuró de un trago su copa de preciado vino Gáldrim y, ayudada por el valor que otorga el alcohol, se atrevió a preguntarle si "eso no era cosa de hombres..." Pues para los norteños parece que no es así. Y luego Ivax se enorgulleció de no dormir sólo ni una noche.

¿Cómo te quedas al leer esto? Fíjate que primero pensé que era la manera que tenía Ivax de expresar algún tipo de sentimiento hacia mi Greta, pues sé que parte hacia un viaje del que tal vez no retorne. ¡Pero nada que ver! Hay una clara intención y no es precisamente muy romántica.

Ay... tanto decirme "hay que alegrarse la vista de vez en cuando" y mira a lo que te han llevado esas miraditas, Greta. Al menos Isandra y ella ya planean la venganza, pero de momento es un secreto.

...

Como ves, Ivax podrá pecar de ser el mayor petulante de Amn - a falta de Drago - pero sé que nunca se sobrepasaría con Greta. Por desgracia, no podemos decir lo mismo de todos los hombres.

Una deckhana más tarde, Greta vivió un desagradable suceso en el Eldat mientras recogía bayas frescas para cocinar. No es raro encontrársela allí, no hay mejor lugar que ese bosque para recolectar frutas jugosas y dulces, parece que son las tierras más fértiles bendecidas por las deidades de los bosques.

Pues bien, Greta trabajaba tranquilamente disfrutando de la paz del Eldat cuando se le apareció un siniestro anciano que no era tal, pues sorprendentemente su aspecto cambió. Se transformó en una joven y exótica mujer.

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Era un cambiaformas, alguien con una habilidad extraordinaria. Greta quedó deslumbrada por tamaña hazaña, ¿y quién no lo estaría? Así que le permitió que la siguiera en forma de perro. Después, el cuerpo del perro menguó y pasó de ser un animal atado al suelo a poder volar en forma de libélula. ¡Increíble!

Lo que no se esperaba Greta es que ese ser quisiera algo más que compañía. La libélula voló lejos y Greta fue tras ella, pero la perdió de vista. Entonces, unas enredaderas comenzaron a envolver sus piernas y a ascender por sus muslos hasta rodearla por completo.

gretaenredada.jpg

Greta gritó y forcejeó intentando liberarse, pero era inútil. Cuando ya se daba por muerta, las enredaderas mutaron adquiriendo el aspecto de un elfo semidesnudo, un elfo que la abrazaba.

No sé a ti, pero a mí esto me parece un toqueteo en toda regla y así se lo he dicho a ella. Menudo pervertido el cambiaformas éste... y menos mal que no intentó nada más. Por suerte para él, Greta no ha querido contárselo a Axel.

...

Y también por suerte no todos los elfos son así, aunque algunos gasten muy mal genio. Hablo de Jaguar, un grosero habitante de los bosques que, para desconcierto de Greta, dedicó parte de su tiempo a ayudarla con un problema en la cocina, justo cuando preparaba las bayas que había recogido en Eldat. La mayor parte del tiempo es huraño y antipático, pero un día te sorprende siendo la amabilidad en persona.

...

Así que, ¿es o no es cierto que los hombres están locos? Bueno, tal vez no, pero... ¿quién los entiende?
 

gineu

Llanero del brasero
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_olee _olee _olee _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero _mequitoelsombrero

Genial relato y las fotos como siempre es que van que ni pintás!!!
 

Zoroaster

Vampiro que no usa azules
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A donde va Greta, triunfa, estilo San Miguel :D Pobrecilla, no gana para sustos... Ah, espera, que es rica :p
 

Quetzalcoatl

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LXVIII. De una amistad que se hace más fuerte: la visita guiada.​

- ¡Ruran, aquí!

Una voz femenina llamó la atención del joven montaraz, escuchándose por encima del resto de sonidos característicos de Crimmor. Miró en torno a sí, algo confuso y desorientado, poco acostumbrado a la vida en las ciudades. La silueta de Madeleine se recortaba en el horizonte con la luz del sol del ocaso como telón de fondo.

-¡Ruran, es tarde pero creo que aún nos dejarán visitar el teatro! – la joven alzó la mano para hacerse ver mejor y caminó hacia las amplias arcadas por las que se accedía al Teatro de la Alegría. El joven la siguió.

- ¿Es que lo cierran? - Ruran pudo ver, al atravesar las arcadas, que no había rejas o forma alguna de cerrar aquellos enormes accesos. - ¿No es algo abierto?

- No, no – Madeleine negó con un suave cabeceo - Pero de noche no creo que permitan a la gente acceder al templo.

-¿Templo? - musitó el montaraz, más confuso si cabe.

La trovadora rió - Es que esto es un teatro-templo, o templo-teatro, como quieras llamarlo.

Habían llegado al graderío. El joven contempló el semicírculo de asientos de piedra y madera, a esas horas vacío y silencioso. A un centenar de metros se encontraba el escenario y junto a él se alzaba la construcción destinada al culto.


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- Bueno... si este lugar está dedicado a dioses de celebraciones... será lo suyo, claro. - Los ojos de Ruran se posaron en Madeleine - Tampoco es que la religión sea mi fuerte, lo admito – sus labios se curvaron levemente iniciando una tímida sonrisa.

- Lo mío tampoco - confesó la joven, fijando su atención en el templo - Aquí se rinde culto a Sune, a Laira y a Milil.

- Sune sé que es amor y belleza... creo - comentó Ruran, pensativo - ¿Las otras dos son.... danza y música?

- Ambas están relacionadas con el arte, cada una a su manera - respondió la bardo. Estaba feliz, no sólo por compartir tiempo con aquél que le salvó de morir cuando Bálagos destruyó Crimmor, sino también por poder mostrarle un teatro que estaba de nuevo en pie gracias a su esfuerzo y al se sus compañeras de la Eterna Melodía. - Milil, además, es la mano derecha de Oghma.

- ¿Y eso...?

- No me preguntéis tanto - Maddy rió de nuevo - No tengo un amplio conocimiento de deidades. Aunque sí puedo deciros, Ruran, que Milil aboga por la expansión de los saberes a través del boca a boca y la tradición oral.

- Me choca que me trates de vos, pero... disculpa, no preguntaré tanto. - comentó el explorador con un deje de tristeza en su voz.

- Ah... perdona - Maddy le sonríó, sin darle mayor importancia.

Los jóvenes caminaron bordeando las gradas y ascendieron hacia la tarima que se alzaba en la zona central. Desde allí, el teatro se podía contemplar en todo su esplendor.

- Como ves, la estructura se mantiene con respecto al teatro anterior.

- La reconstrucción ha sido estupenda - admitió Ruran con un ligero asentimiento - Es incluso mejor de lo que recordaba... antes no había madera en los asientos, creo.

- Alguien se quejaría de dolor de trasero - la bardo soltó una suave risa y le miró - Perdona las bromas, es que no puedo estar más contenta.

- Prefiero una visita natural a una estirada - comentó Ruran mientras contemplaba el suelo de la tarima.

- ¿Me estás llamando estirada? - Madeleine se giró hacia él con fingida indignación.

Él alzó la vista. - No, en absoluto - sonrió - Me gusta que bromees... prefiero a Maddy que a Madeleine...

- Entonces, hoy seré Maddy – le dijo ella, sincera.

La mujer continuó hablándole del teatro, de las deidades a las que estaba dedicado y de la futura obra que se representaría allí. Señaló hacia el escenario.

- Y la acústica es perfecta... ya verás, espera aquí – le dijo, descendiendo por los escalones del teatro. Cuando llegó al centro del escenario, alzó la mano, saludando - ¿Qué tal se me ve?

- ¡Estupenda!... o sea... ¡ángulo perfecto!

Tras una teatral reverencia, Madeleine improvisó unos versos.


Aquí yo me hallo,
con Ruran en el teatro,
juntos lo visitamos,
y de él estamos disfrutando...

¡Oh, deidades que lo protegéis,
que vuestra bendición nos llegue,
que todos los males aleje,
y a nuestras risas sentido deis...!
​

Ruran comtempló a la joven bardo con una mezcla de seriedad y alegría en sus verdes ojos, y una fina sonrisa en los labios.

gf1r.jpg

- ¡Me falta alguna flor que lanzar! -comentó al fin, mientras aplaudia.

- ¡Mejor flores que tomates! - dijo Maddy, invitándole a unirse con ella en el escenario.

Las sombras que anunciaban la llegada de la noche comenzaban a abarrotar el teatro. Ruran observó el graderío y se imaginó cómo sería verlo totalmente lleno frente a él.

- No sé cómo lo haces para no ponerte nerviosa, esto impone respeto.

- Siempre me pongo nerviosa, Ruran.

- Pues... ¡no lo aparentas! - el joven se mostró sorprendido de que alguien con la experiencia de Madeleine pudiera sentirse inquieta por actuar.

- ¿Tú no te pones nervioso cuando tienes que enfrentarte a algo muy importante para ti, aunque lo hayas hecho muchas veces?

Ruran meditó su respuesta, pensativo - En circunstancias normales... - tras unos momentos terminó por asentir, despacio, fijando su vista en la bardo - Sí.

- ¿Ves? Los nervios están ahí y estarán, tenga los años que tenga. - Maddy sonrió, observando el teatro ensimismada, tal vez recordando momentos similares en distintos lugares.

Ruran no dejaba de mirarla, escuchándola, asimilando cada palabra y cada gesto de su rostro.

- Esto - la bardo abrió los brazos intentando abarcar toda la construcción entre ellos - es una parte muy importante de mi vida.

- Se nota la importancia que tiene para ti... con sólo escucharte, con sólo verte...

Madeleine suspiró, volviendo a la realidad. La perpetua sonrisa dibujada en sus labios se amplió.

- Bueno, ¿pasamos al templo? - la bardo se giró hacia el edificio erigido tras ellos. - Te presentaré a la dama Esprimellantos, es la sacerdotisa encargada de...

Ruran la interrumpió, con la incredulidad reflejada en su voz - ¿Me tomas el pelo? ¿Esprimellantos?

El joven comenzó a reír, una risa franca y espontánea que quien lo conociera no se habría esperado. En los últimos años se había transformado en un hombre reservado y distante, aunque a veces demostraba que bajo la aparente oscuridad se ocultaba una luz que pocos conocían.

- ¡Eh! - Maddy le propinó un suave empujón, acompañándole en sus risas - Sé amable y no te rías en su presencia.

Las risas jóvenes y alegres continuaron escuchándose unos instantes más hasta que ambos desaparecieron en el interior del templo.


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¡Gracias por leer! :wink:
 

Quetzalcoatl

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LXIX. De la oda a Aravae.​

5j65.jpg

Oda al elfo perdido.
Por Madeleine Sweeny.


Yo era un elfo con vacío en el corazón,
asolado se encontraba mi interior,
razón no tenía mi vida,
perdida ya la alegría...

Algo importante me faltaba,
algo que no recordaba...

Mas de un laúd los acordes escuché,
eran sencillos pero los disfruté,
la sangre, rauda, fluyó por mis venas,
sentí mi respirar con más fuerza.

Y paso a paso me sumergí en las notas,
en el canto de alas de mariposa,
en la música de las sirenas,
en el croar de las ranas de Realeza.

¡Aravae, así me llamo,
y la música es lo que más amo!
Despertaré de este extraño ensueño,
para sentir de nuevo ese fuego.

Que me caliente el alma,
que devuelva el brillo a mi mirada,
que sane mis más profundas heridas,
y todo gracias a una simple melodía...
​
 

Quetzalcoatl

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LXX. De una amistad que se hace más fuerte: la propuesta.​

- Un zumo, de piña... por favor.

El amable propietario de la Pensión Madreperla no tardó en servir su bebida a la morena muchacha, a pesar de la mayor afluencia de clientela esa noche en el local. La reinauguración del famoso Teatro de las Alegrías había atraído hasta Crimmor a gentes de toda Amn, trayendo consigo no sólo su gusto por el arte y la música sino también sus necesidades y sus bolsas llenas del dorado y apreciado oro.

La joven suspiró, agradeciendo la relativa tranqulidad que le concedía aquella mesa situada en un rincón de la posada y que le permitía repasar cada momento del espectáculo buscando los errores cometidos. A su mente acudían imágenes de sus compañeros de la Eterna Melodia. Ros, Lire, Kara, Marceline, Drago... todos ellos en mayor o menor medida habían aportado su grano de arena en la empresa por recuperar el teatro. No todos habían podido estar esa noche en el escenario, pero era tal la importancia del momento para todo bardo y artista de los alrededores que se les habían unido amigos y conocidos, demostrando su apoyo y valía: Liss, Aravae, Dhaemyr...

Y Lomir.

Un gesto de enfado mezclado con resignación afloró en el rostro de la muchacha. Lomir... ¿quién si no él podría ensombrecer un momento como éste con sus payasadas? Siempre haciendo lo que quería sin pensar en las consecuencias o en el daño que inflingiría a otros...

- ¿Mucho acopio de paciencia?

La conocida voz masculina, audible a pesar de la música y del bullicio de la gente, apartó a Madeleine de sus pensamientos y sus labios se curvaron en una sonrisa antes incluso de ver al joven que se acercaba hasta ella.

- Mucho, Ruran... mucho... – dijo la trovadora girándose y sonriendo con más amplitud cuando sus ojos se posaron en aquel muchacho no mucho más mayor que ella. - Pero bueno, es imposible controlar a ese elfo.

El montaraz observó cómo la joven daba cuenta de su bebida y se ponía en pie, aún ataviada con el largo vestido de lino, pálido como la nieve, con el que había actuado esa noche y que tanto contrastaba con el tono oscuro de sus cabellos.

- No tengo ganas de volver al teatro, ¿sabes? - comentó ella, frunciendo los labios al recordar de nuevo la "Canción del perro" de Lomir.

- Pues... siempre puedo proponer irnos lejos, si quieres - el joven dibujó una ligera sonrisa en sus labios. - Eso sí, tengo que decirlo... me ha gustado verte actuar.

La diestra de Ruran, oculta hasta ese momento a su espalda, reveló con sutil gesto un modesto ramillete de flores silvestres de tonalidad azulada.

- Tenía entendido que... se hacía esto... aunque... había escuchado que eran rosas, pero... al ver que nadie... – el montaraz carraspeó, ofreciéndole el presente algo azorado – ya dudé.

Sorprendida por el regalo, la joven sostuvo el ramo entre sus manos y se deleitó con el aroma de aquellas flores azules. Eran simples flores del camino que cualquiera podría haber cortado en un rato sin mucho esfuerzo. Pero Madeleine estaba empezando a conocer a ese hombre de profundos ojos verdes como un mar de hierba, y, como el mismo mar, a veces resplandecían en calma bajo el cálido sol de verano y otras veces, la mayoría, asemejaban el revuelto océano durante una tormenta. No por temibles, sino por lo lóbregos y tenebrosos. Por los oscuros secretos que escondía.


wn6p.jpg


Esa noche, la bardo creyó advertir en esos verdes ojos la alegría y, tal vez, una pizca de ilusión.

Una brillante sonrisa de agradecimiento iluminó el rostro de la muchacha.

- Elegí esas flores porque me recordaban a tus ropas habituales... ya sabes... – sonrió – Maddy, no Madeleine.

La joven asintió, recordando la conversación que no muchas lunas atrás habían tenido ambos en el teatro y en la que ella le invitó a venir a la fiesta de reapertura. Tenía sus dudas, Ruran no era un hombre que disfrutara de las aglomeraciones. Pero allí se presentó, sentándose en la primera fila.

Maddy volvió a respirar la fragancia de las flores.

– ¿Cómo se llaman?

- Pues... si te digo la verdad... ¡no sé su nombre!

– Podemos ponerle un nombre inventado, ¡nadie nos lo impide! – la joven comenzó a reír, contagiando con sus risas al montaraz.

- ¡Ya sé! – Ruran alzó las cejas y amplió su sonrisa, bajando el tono de su voz. - ¿Qué te parece si... iniciamos camino y entonces le ponemos nombre?

Madeleine había dejado sus pertrechos y su bolsa así como sus ropajes de viaje en el interior del templo-teatro de la Alegría, al cuidado de la sacerdotisa Exprimellantos. Para evitar que alguien la retuviera y el viaje se tuviera que posponer, Ruran se ofreció a recogerlas portando un broche que la trovadora le dejó y que la clérigo reconocería.

- Exprimellantos... – el montaraz rió entre dientes, y al ver el gesto bromista de la trovadora insinuando una amenaza, alzó las manos a la defensiva. - ¡Antes de que me des con las flores en la cabeza me voy!

– Anda, ¡corre! – la joven rió, observando a Ruran mientras se alejaba a paso rápido esquivando a los parroquianos de la taberna. Gritó, esperando que la escuchara por encima del ruido de voces y de la música que animaba a cantar y bailar - ¡Nos vemos en el campamento al este de la ciudad!

Sola en aquel campamento que tantas veces había visitado, Madeleine cerró los ojos y respiró profundamente. El olor de aquellas flores que sus manos aún protegían llegó de nuevo a sus fosas nasales impregnando su ser de una cautivadora y agradable sensación. Abrió los ojos y sonrió. No muy lejos, la conocida silueta de Ruran se aproximaba y con él, las promesas de un inolvidable viaje.
 

LoboRojo

Aventurero que viajó solo y sigue vivo
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// un bonito relato :oops:
 

Anthala

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No tengo ganas de volver al teatro, ¿sabes? - comentó ella, frunciendo los labios al recordar de nuevo la "Canción del perro" de Lomir.

//jajajaja con lo bonita que es la canción :D . Muy bonito el relato _olee .
 

gineu

Llanero del brasero
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Yo sólo diré una cosa.....

[BBvideo 425,350:20m7djze]http://www.youtube.com/watch?v=cNuMY61ZeGM[/BBvideo]

jajaja por favor, míralo entero!!!!
 

Quetzalcoatl

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LXXI. De una amistad que se hace más fuerte: haciendo noche en Ímnescar.​

Un viaje inesperado.

Ésa es la explicación de por qué estoy escribiendo estas letras en una habitación pequeña y sin baño - aunque al menos es limpia - de la posada La Calavera del Ogro en Ímnescar. Ruran acaba de irse después de comprobar que la cerradura de mi cuarto estaba en perfectas condiciones y de advertirme de lo que nos espera mañana... Uf....mañana. No puedo pensar en mañana, sólo pienso en devorar esas tostadas con miel que Ruran me pidió para cenar y en echarme en la cama y no despertar en muchas, muchas horas. Estoy extenuada, ha sido una larga caminata hasta aquí y no estoy acostumbrada a viajes tan largos a pie.

Aunque he de admitir que no tuve tiempo de acordarme de mi preciado Perla durante todo el camino.

Minotauros, bandidos, gigantes... fue un viaje sin descanso, sin posibilidades de aburrirse. Peligroso, mucho más si Ruran no hubiera estado a mi lado.

No quiero ni imaginarme qué habría intentado hacer conmigo aquel murannita que se cruzó en nuestro camino - que se presentó como Sir Mordrek, servidor del que nunca duerme y siervo del Gran Murkul - si yo hubiera vagado sola por esas sendas. Cuando se retiró el casco que le protegía la cabeza pudimos ver que era un feo orco gris de aspecto horrible y aterrador. Como todos los orcos, vaya.


7unw.jpg

"Exploro estas tierras para saber a quién saquear y esclavizar cuando haya guerra de nuevo", nos dijo... ¿cómo se permite a estas bestias pasear por Amn como si fuera su hogar?

Pero entre amenaza y amenaza siempre teníamos unos minutos para conversar con tranquilidad. Incluso participó de mis bromas... lo que oyes, ¡Ruran bromeando y riendo abiertamente!

Qué divertida fue la cara que puso cuando le mencioné que uno de mis compañeros en la Arcanum Scholla pretendía recoger sangre de troll para uno de sus proyectos de magia. Era una cara de estupefacción, incredulidad y repugnancia a partes iguales ¡jajaja! Y yo que le creía hecho ya a todo.

Le hablé, tras nuestro encuentro con el murannita, de mi primera visita - y última, o eso espero - a Murann. Liss y yo estuvimos a punto de acabar en alguna celda oscura y llena de cucarachas, pero el caballero Brand nos sacó del aprieto esgrimiendo su condición de ciudadano murannita y pudimos refugiarnos en el templo erigido allí en honor a la diosa Selûne.

Me alegré de corazón cuando le oí hablar de su padre, un hombre con el que está distanciado por circunstancias de la vida. Ruran siente que Vashard no se ha comportado con él como un verdadero padre, que no ha estado a su lado en los momentos más importantes de su vida. Y, a pesar de las diferencias y rencores, intentó justificarle tímidamente ante mí.

Hablamos del templo de Oghma, de exóticos idiomas aprendidos hace mucho tiempo, de pergaminos y magia, de su conexión con la naturaleza... de tantas y tantas cosas...

Ya tengo ganas de presenciar mañana cómo su unión con el entorno natural le permite alterar la habitual quietud de las raices y atraer animales. Oh, y mañana también pondremos nombre a las flores azuladas que me regaló y partiremos hacia ese hermoso lugar que desea enseñarme y que es el destino de este inesperado viaje.


Hoy es día de celebración
¡os lo digo yo!
Pues Ruran viaja conmigo
hasta ese manantial escondido...

Me mostrará un mundo de hadas
mas antes hemos de atravesar su entrada
y sólo se conseguirá con espejos
pues son seres vanidosos y bellos...
​

Hasta mañana, querido diario. Y no temas, no puedo estar en mejores manos.

*Antes de cerrar el diario, Madeleine introduce entre varias de sus páginas algunas de las flores silvestres del ramillete que Ruran le regaló para que, al secarse y quedar prensadas entre las hojas del libro, preserven su belleza y el recuerdo del obsequio durante mucho más tiempo*


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Zoroaster

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Ooooh, love is in the air... _corazones
Qué recuerdos de aquel viaje, con el trasgo amenazando a Lissandra montado en el huargo, Madeleine en plan "Liss, vámonos para dentro, que te pierdes..." y la muy inconsciente "Bah, me meriendo dos como tú para desayunar todos los días" :D
Muy buen relato, estoy deseando saber cómo acaba esto... Aunque creo que ya sé lo que viene a continuación.
 

Quetzalcoatl

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LXXII. De una amistad que se hace más fuerte: conociéndose.​

La luz del sol de la mañana logró colarse a través de la ventana en aquella pequeña habitación, acariciando el rostro de la joven humana que aún dormitaba tendida sobre el sencillo lecho. Los cálidos rayos del astro iniciaron su recorrido por la piel de Madeleine como los delicados dedos de un amante. Rozaron la suave piel del cuello ascendiendo por el arco de su barbilla y a través de sus mejillas hasta besar sus párpados cerrados, forzando a la durmiente a abandonar su plácido viaje por el mundo de los sueños.

La trovadora entornó los ojos y observó medio dormida la sobriedad que la rodeaba. Sus ropas de aventurera reposaban ordenadas y perfectamente dobladas sobre un banco, bajo él sus botas con manchas de barro pedían a gritos una mano de limpieza. En la cama, a su lado, un diario descansaba ocultando sus vivencias, sus inquietudes, sus secretos.

Bostezó, cubriendo su boca con una mano a pesar de estar en soledad. Su mirada paseó por el resto de la habitación y la visión de las sobras de la cena del día anterior recordaron a su estómago lo hambriento que estaba. Se incorporó, finalmente, estirando los músculos agarrotados de su cuerpo, y dedicó la siguiente hora a vestirse, asearse y recoger sus pertenencias. No estaba segura de dónde dormiría las noches siguientes pero ahí estaba la gracia de los viajes inesperados.

Ruran la aguardaba pacientemente en el gran salón de la planta baja de La Calavera del Ogro, sentado en una de las mesas donde había dispuestos dos cuencos, una jarra de leche, fruta, queso y pan. El joven no parecía cansado a pesar de que estaba en pie desde antes del amanecer.

- Buenos días - saludó mientras se sentaba, dibujando una suave sonrisa en sus labios.

- Buenos sean - el montaraz correspondió a esa sonrisa con otra similar y llenó de leche un cuenco para Madeleine - He ido pidiendo el desayuno. La leche es de esta misma mañana.

- Gracias, estoy hambrienta -confesó con una nueva sonrisa y dio un largo trago.

Ruran la contemplaba sin probar nada mientras ella tomaba una rebanada de pan y la mojaba en la leche. Le miró.

- ¿Tú no desayunas?

- Bueno... ¿dónde estarían mis modales? - el joven carraspeó, asintiendo y tomando un par de frutas y algo de queso. - Son manías inculcadas.

Madeleine se quedó mirando unos instantes a aquel joven habitante de los bosques que poseía maneras y una educación propia de las mejores escuelas de modales, al menos con ella. Le abría las puertas permitiéndole entrar primero, se ofrecía a llevarle la carga pesada y ahora esto, le servía el desayuno y esperaba a que ella hubiera empezado a comer para hacerlo él.

- Y bien... ¿preparado para tu demostración?

El joven volvió a asentir.

- Preparado, pero, obviamente... aquí no.

- Claro, no queremos que te detengan por hacer crecer malas hierbas - sonrió de lado tras su intento de broma.

- ¡Je!

Dieron cuenta del desayuno y salieron de la posada y un rato después de la misma Ímnescar siguiendo las sendas orientadas hacia el oeste. Paso a paso, iban dejando detrás el paisaje salpicado de granjas y cultivos para internarse en uno más agreste. Elegantes coníferas flanqueaban el camino tendiendo sus lánguidas ramas sobre los viajeros que parecían entretenidos en una amena conversación.

- La verdad es que debe de ser duro vivir en el bosque - comentaba ella, pensativa.

- Tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como todo - el montaraz sonreía mirando de soslayo a la muchacha mientras caminaban. - La vida de ciudad tiene muchas comodidades si tienes oro, pero también tiene pegas.

- ¿Qué pegas?

El juego de luces y sombras que el sol del mediodía se traía con las hojas de los árboles dibujaba misteriosas figuras en el semblante de Ruran, efímeras mariposas de luz que volaban antes de poder apreciar sus formas y colores. Sólo el verde de los ojos del muchacho parecía eterno.

- Mucho ruido... no hay tanta calma... una chica como tú tendrá que ir apartando pesados de encima... - Ruran se detuvo, inspirando profundamente con la vista fija en la espesura - En el bosque... eres lo que eres y te vales por ti mismo, nada más cuenta. A menudo estás solo.

- No me gusta estar sola... quiero decir, - se corrigió antes de que Ruran pudiera decir nada - sola en el bosque. A saber lo que acecha en la noche... Y luego dónde dormiría, qué comería... si no sé cocinar.

Las carcajadas de Ruran hicieron sonreír a la trovadora.

- Ríete, sí, ríete. Pero es la verdad. ¿Y si me agarra algo o alguien por la noche? - su sonrisa se amplió ante el intento vano de mostrar desasosiego - ¡A mí que no me quiten una habitación con cerradura! ¿y dónde me asearía, eh?

El joven negó con la cabeza aún con la sonrisa en los labios mientras volvían a ponerse en movimiento dejando el camino e internándose en el boscaje.

- Al menos en el bosque las cosas están claras. En el bosque me veo a un animal que se agazapa y me muestra los colmillos... y sé a qué atenerme. Y en cuanto a asearte... - Ruran comenzó a reír de nuevo - ¡me dirás que no hay río!

- Pero con lo fría que suele estar el agua de los ríos... - Madeleine se quejaba como una niña pequeña sin saber bien por qué - Y desnudarte ahí en medio del bosque...

- Ya... eso lo entiendo. - el muchacho la miró con aire divertido - Pero claro... la idea es buscar un sitio más recóndito. Siempre los hay.

Las horas pasaban y, a medida que se iban adentrando en la campiña, el terreno se veía salpicado de altozanos y lomas cada vez más y más elevadas. Aquellas eran las estribaciones de los Dientecillos. Ruran guió a la trovadora por senderos desconocidos y a cada paso más inclinados. Finalmente se detuvo frente a un talud de unos doces pies de altura, con la vista fija en el borde superior.

- Subiremos por aquí - el montaraz entornó los ojos a causa de la luz del sol y señaló varios asideros en forma de raíces y mellas en la pared de la roca.

- ¿Hay que escalar? - la bardo frunció los labios con desagrado, aunque terminó por sonreír mientras negaba. - Mira que traerme de paseo y tener que colgarme de una pared de piedra...

Ruran rió mientras ascendía con la facilidad de una lagartija.

- ¿Qué esperabas? Si vienes de paseo al bosque... ¡te tocará mancharte las botas!

La joven suspiró. Él aguardaba ya en lo alto de la pared mirando hacia abajo con gesto divertido. "A ello..." se dijo, y comenzó a trepar. Una mano aquí, un pie allá, la otra mano en esa raíz, ese pie intentaré colocarlo en aquella roca, a ver si puedo agarrar ese saliente...ay, me resbalo, ay...

- ¡Cuidado!

- ¡Auch...!

Las quejas que la muchacha profirió mientras se acariciaba el trasero se diluyeron con las risas que procedían de lo alto del talud. Había sido más el susto que otra cosa.

- ¡No te atrevas a reírte! - le señaló acusadora con un dedo y se puso en pie dispuesta a intentarlo por segunda vez. Y esta vez lo consiguió, no sin esfuerzo y una última ayuda de Ruran que la aupó cuando la tuvo a su alcance.

- Uff... llegué - la trovadora se sacudió las manos enguantadas y la tela del pantalón, manchada de polvo.

- Esto era el calentamiento, de todos modos. - Ante la mirada de perplejidad de Madeleine, el montaraz cambió de tema. - Pero antes, las demostraciones.

Ruran abrió los brazos para abarcar la planicie que se extendía ante sus ojos, cubierta por una alfombra de verde hierba y hojas secas que se mecía intentando cazar la melodía de la brisa. Un arroyo fluía a lo lejos, reflejando los rayos del sol y alimentando con su arrullo el sueño de un lugar apacible y sereno. Al oeste, la explanada moría ante un talud de mayores dimensiones que el que acababan de derrotar.

Madeleine se quedó boquiabierta.

- ¿Habías estado aquí antes?

La joven negó adelantándose unos pasos que hicieron crujir las hojas secas bajo sus pies. El aire olía a musgo y a humedad. Un arco iris dibujaba un camino de colores sobre las cristalinas aguas del arroyo. Era un lugar precioso.

Cuando por fin sus ojos buscaron la figura del montaraz, éste extendió su brazo y le ofreció la mano que ella tomó sin dudar.

- Ven...

Corrieron hasta un pequeño grupo de árboles situado a la sombra de la pared de roca. Madeleine se sentó en un tocón tras limpiarlo de arena y hojas muertas y el explorador se situó delante de ella, mirándola.

- Bien... esto es complicado de explicar. No se basa en conocimientos académicos ni en estudios. - sonrió antes de girarse. - Te explico.

El joven se agachó y deslizó su mano sobre las briznas de hierba que se doblaron sin romperse. Inspiró profundamente el aroma de la tierra y posó sus ojos sobre el terreno, concentrado.

- Esto... siempre pasa por un periodo de observación, de comprensión. Viendo cómo crece la vegetación día a día... entendiendo cómo reacciona ante el sol, la lluvia, el viento... entonces...

Ruran retiró su mano y la hierba volvió a enderezarse. Madeleine no le quitaba ojo.

- Entonces es cuando puedes estrechar más los lazos con la tierra y es cuando entiendes que tu voz puede ser escuchada por el entorno...

El montaraz cerró los ojos y musitó unas palabras, una melodía distinta a la que Madeleine conocía pero igualmente dueña de la chispa de la magia. Lentamente, la trovadora contempló con asombro cómo raíces, zarcillos y enredaderas del entorno comenzaban a mecerse durante unos minutos reaccionando ante la presencia de la pareja pero sin llegar a trepar por ellos, hasta que al final su movimiento cesó y todo volvió a la normalidad.

Las sorpresas no concluyeron. Cuando Ruran musitó un susurro de agradecimiento a la madre tierra, un eco de risas joviales procedente de la espesura anunció la llegada de los traviesos hijos del bosque.

"¡Zorro del páramo, Zorro del páramo!" decían los duendecillos, riendo entre dientes mientras señalaban a Ruran con sus pequeñas manos desde las ramas de los árboles, ocultándose cuando éste o Madeleine intentaban descubrirles.

- ¿Cómo que Zorro?

Los hijos del bosque reían y reían. "¡¡El hijo del Lobo Errante siempre va hecho unos zorros!!

Ruran soportó con entereza las burlas de estos seres hasta que al final terminaron por marcharse, tal vez aburridos o tal vez por el sátiro que la magia de Madeleine convocó y que era aún peor que ellos.

Cuando recuperaron la soledad, la luz cálida del atardecer teñía ya el paisaje con un manto de colores pardos y rojizos.

- ¿Regresamos ya?

- ¿Regresar? Pero... ¿crees que hemos acabado? - el muchacho sonrió y se quitó la capa, extendiéndola sobre la hierba. Colocó allí su petate y sus pertrechos más pesados y extendió su brazo hacia Madeleine con esa suave sonrisa curvando sus labios. - Dame tu mochila, nos vamos a mojar.

Ella asintió, entregándole la bolsa que llevaba. Le siguió con la mirada mientras él envolvía sus pertenencias en la capa y trepaba ágilmente a uno de los árboles con el fardo a cuestas, ocultándolo en una zona discreta. Ruran silbó y un ave acudió rauda, posándose en una de las ramas del árbol, vigilante. Cuando el montaraz descendió, llevaba un pequeño zurrón, su cimitarra y una cuerda al hombro.

Era un hombre extraordinario.

La joven parpadeó, volviendo a la realidad.

- Tú guías.

Y juntos caminaron por aquella verde explanada hacia su próximo destino.
 

Quetzalcoatl

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LXXIII. De una amistad que se hace más fuerte: un relato en verso a buena mañana.​

*Acaba de amanecer. Una tienda se levanta junto a una pequeña arboleda. Varias hojas caen y se posan sobre ella, ejemplos de que el otoño pide paso a marchas forzadas. La mañana es fresca pero la joven que se halla en su interior no da muestras de enterarse. Tumbada sobre una piel de oso y bajo una capa vieja y gruesa, la trovadora desliza su pluma sobre un cuaderno de tapas gastadas por el tiempo*

du9v.jpg


Érase una vez
dos jóvenes muy dispares
Ruran, hijo del bosque,
Madeleine, de las ciudades,
que el destino quiso unir
en inesperado viaje.

Treparon por altas lomas
recorrieron muchas millas
guiados por el joven Ruran
conocedor de sendas perdidas
y de lugares preciosos
que enseñar a su nueva amiga.

Los caminos condujeron
hasta arroyos y cascadas
graves torrentes naturales
de altas columnas de agua
obstáculo que superaron
con valentía y mucha maña.

Casi se los llevó un río
cuando intentaron cruzarlo
ella agarrada al cuello
del moreno muchacho
la corriente tiraba de ellos
pero el reto conquistaron.

Él cuidaba de ella,
ella nunca se quejaba,
más bien todo lo contrario
la aventura le encantaba
a pesar de los peligros
y de la ropa mojada.

Y subieron y ascendieron
hasta la testa de un dragón
bañado en aguas vibrantes
preso en aquel rincón
o así decía la leyenda
que el montaraz le contó.

Las palabras fueron claras
la leyenda así decía:
"Si las aguas de este arroyo
dejan de fluir un día
el dragón despertará
de su encierro de por vida".

No despertó esa tarde
para fortuna de viajeros
que danzaron entre sátiros
y sobre un puente estrecho
bajo cuyas frías piedras
el río bullía fiero.

El joven notó enrojecer
¿por qué, os preguntaréis todos?
Una mujer les esperaba
bella, de cabellos sedosos
con más piel que tela
para cubrir su esbelto torso.

Reflejada en su espejo
apenas prestó atención
"un espíritu del agua"
Ruran la definió
"cuidado con su mirada,
caprichosa es como el amor".

Pero el día terminaba
era hora de volver
dejarían la cañada
cuando fuera a anochecer
se durmieron en un prado
y... ¡si esto ocurrió ayer!
​

*La muchacha ríe suavemente y cierra el diario, dejando la pluma en un pequeño estuche donde guarda también el tintero. Incorporándose con cuidado y con la capa sobre los hombros, aparta un poco la tela que cubre la entrada de la tienda. Afuera, los rayos del sol matutino acarician la piel morena del torso de Ruran, que parece no sentir frío mientras coloca pedazos de leña en la hoguera. Durante unos instantes, la joven espía al montaraz, en silencio. Al darse cuenta de lo que está haciendo, retira la vista con cierta inquietud. Le vienen a la mente Greta y sus comentarios, pero menea la cabeza deshaciéndose de cualquier pensamiento. Hay otras cosas más importantes en las que pensar*
 

Zoroaster

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Permiteme poner música de fondo Quetza:

[BBvideo 425,350:1mo1m0lt]http://www.youtube.com/watch?v=GVTN5o9Kgu8[/BBvideo]

*se va tarareando el mensaje superliminal*

And when I get that feeling
I want sexual healing
Sexual healing, oh baby
Makes me feel so fine... :p
 

gineu

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Baaaaaaaaabyyyyyyyyyy laralaralaaaaaaaaaaaa jijijiji _baile _amorr _achuchon

Y genial poema!!!
 

Quetzalcoatl

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LXXIV. De una amistad que se hace más fuerte: La última noche.​

Las sombras de la noche abrazaban con su caricia los bosques cercanos a Ímnescar, una espesura de oscuridad que ni la luz de las estrellas osaba penetrar. Oscuras nubes manchaban la faz plateada de la luna, borrones en el cielo nocturno cual guardianes de aquella inmensidad desconocida. El aire embravecido traía consigo aroma a humedad y a ozono, signos evidentes de que una terrible tormenta amenazaba con precipitarse con furia sobre las tierras del sur de Amn.

Ruran había decidido sabiamente buscar un lugar seguro y seco para pasar la última noche de su inesperado viaje. Y allí estaban, montaraz y trovadora, juntos en una cueva que tal vez fuera en el pasado el hogar de algún animal salvaje pero que esa noche se había convertido en el refugio de ambos jóvenes. Ruran yacía al lado de Madeleine, durmiente de largos cabellos oscuros como oscuros eran sus secretos. Ella lo miraba, despierta aún, contemplando los rasgos de aquel rostro moreno que incluso dormido parecía tenso. Y recordaba.


“Es como si me inspiraras, ¿sabes? Para... ser mejor persona de lo que soy”​

Las palabras de Ruran resonaban en su mente, una abrumadora sinceridad acompañada de cierta timidez y de esa sonrisa diáfana que brillaba aún más en su memoria por lo extraño y especial que significaba presenciarla. ¿Cuándo había pronunciado esas palabras? Fue... oh, sí, fue poco después de despertar en la tienda, esa misma mañana, cuando él recogía las ropas mojadas tras el viaje a las cascadas. Después la llevaría hasta aquel estanque oculto y mágico donde seres feéricos despedían destellos entre danzas y cánticos, agitando las diminutas alas mientras reían y miraban sus propios reflejos en el inmaculado espejo del agua, como un sueño.

“Estas aguas tienen un poder especial... ¿lo sientes?...”​

En su mente veía a Ruran, veía sus verdes ojos fijos en sus impresiones, en su curiosidad. Fijos en ella.

“La naturaleza vela por la vida, y este lugar es una prueba de ello...”​

Sin duda que así era. Los golpes y moratones que había sufrido durante el ascenso por las corrientes del Imnes el día anterior habían sanado nada más internarse en esas aguas tan singulares.

Madeleine suspiró. Aquel recóndito sitio era muy importante para Ruran, contenía partes de su pasado que no deseaba olvidar. Momentos con sus padres que no se repetirían. Recordó con una sonrisa los garabatos que el Ruran niño se había esmerado en grabar, sin mucho éxito, en unas rocas junto al estanque. Padre, madre e hijo disfrutando de la felicidad y rodeados de fatas sin preocuparse por el mañana.


bqx2.jpg

Habían bromeado mientras observaban las figuras desproporcionadas, burdas copias de la realidad cinceladas a cuchillo en roca, y para restar importancia a los errores infantiles Madeleine le había contado las hazañas de su niñez y cómo le gustaba cantar. Ella le había dicho que había tantos artistas con grandes talentos en el mundo y entonces él...

La voz grave del montaraz regresó a su mente.


“A mí me importas tú...”​

En su momento no supo qué responder ante un halago tan directo y ahora, con la perspectiva del tiempo, tampoco. Sólo se le ocurrieron unos versos que recitó entonces, sutil modo de expresarse cuando no podía de otro modo.

”No se refleja la luna,
en este estanque de aguas claras,
altas paredes cierran la gruta,
donde residen hermosas hadas...
¿Quién me permitió la entrada,
quién abrió las puertas,
a esta maravillosa estancia,
llena de magia y pureza...?
Un viaje inesperado,
la búsqueda de una luz,
juntos estamos en este lago,
y ¿esa luz no serás tú...?”
​

De repente sintió frío, hacía frío en la cueva a pesar de la hoguera que el explorador había tenido a bien encender y del manto con el que ambos cubrían sus cuerpos. Aquel manto viejo era suave y estaba curtido por el tiempo y el uso. Y olía a barro, a bosque, a hojas secas, a...

- Huele a ti...

El eco de su propia voz reverberó en las entrañas de aquella gruta, melodía inesperada que se conjugó en una sola junto al repiqueteo de la lluvia y el tronar del cielo sobre la tierra, allá en el exterior. Los pensamientos silenciosos de la trovadora habían encontrado su voz pero el joven siguió dormido, presa de sus propias pesadillas.

Ruran se removía en sueños, inquieto. La muchacha se incorporó quedando sentada a su lado, observándole. Contuvo el deseo de frotar su ceño, hondonada insondable de enigmas en aquel rostro joven, y cerró los ojos, sondeando el tejido universal que tan bien conocía. Las notas adquirieron la esencia de la magia y sus susurros recitaron los versos de una nana.


Aún no ha llegado el alba,
y la noche puede ser oscura,
pero en ella no hay amargura...
Duerme, mi vida, duerme...
Aún no ha llegado la mañana,
y esa luz que brilla allí,
te guiará hasta mí...
No dejes de buscarla,
no pierdas la esperanza,
y aunque creas que te he abandonado,
no me alejaré de tu lado...
​

Madeleine dejó que los acordes de aquel canto rozado por la magia arrullaran el descanso de Ruran y lo envolvieran, meciendo sus sueños en una cuna de tranquilidad y consiguiendo que el joven relajase su expresión. Entonces, ambos sonrieron.

¿Fue consciente el montaraz de aquella dulce voz a través de la marea que agitaba sus sueños? Quién sabe. Lo que sí supo aquel joven es que esa noche fue una de las pocas noches en las que sintió que las tinieblas de su interior se disipaban permitiéndole vislumbrar un paz que creía desterrada ya de su alma.
 

Zoroaster

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Qué bonito y qué emotivo... Se echaban de menos tus relatos _olee
 

Vashard

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LXXV. Verdades no dichas.​
Recomendación musical

El Bosque de Eldat vibraba pletórico de vida bajo el denso manto de las copas de los árboles. El cántico de aves se alzaba por doquier mientras una suave brisa hacía mecerse la hierba y danzar levemente algunas hojas secas del suelo. En la lejanía, el suave arrullo de algún riachuelo resonaba, fresco y brioso. Y mientras, sobre una plataforma natural con un acceso de madera… un trío de jóvenes acababa una jornada de trabajo y charla.

-Ufff... creo que ya he terminado por hoy- dijo finalmente Madeleine, guardando la hoz de recolección en su pequeña mochila y dedicándole una sonrisa a Ruran y Anhol- Gracias por la compañía y la protección.

-Sabes que no hay por qué darlas- replicó Ruran encaminándose hacia el puente para salir de aquella plataforma. ¿Cuánto había pasado desde que regresaran de aquél viaje? ¿Tres dekhanas? ¿Tres semanas de vagar y pensar?

-Ruran, sí- respondió rápidamente la muchacha mientras el chico se asomaba al borde del puente- He de darlas, os lo merecéis.

El joven explorador ladeó la cabeza hacia ella, con un deje de extrañeza en su gesto que trataba de camuflar. Tanto tiempo fuera le había alejado de nuevo de todo el mundo, hacía que le surgiera esa vena arisca y tosca que se esforzaba por camuflar, aunque ella pudiera encontrarla con la misma facilidad que quién buscara el sol en el firmamento en pleno mediodía, encontrarla y suavizarla.

-¿Haces flechas, Maddy?- intervino Anhol con su curiosidad e inocencia típica, haciendo que Ruran apartara la mirada de Madeleine y volviera a observar el bosque ante ellos.

-¿Flechas?- preguntó la muchacha extrañada.

-No, es decir… pregunto por las brisas. Se usan para hacer flechas.

-Oh...- Madeleine sonrió al joven Anhol y negó con la cabeza- No, no es para fabricar flechas.

Dicho eso, la muchacha comenzó a caminar, cargando con las bolsas de recolección a cuestas, con paso lento y cansado tras la jornada de trabajo. Al apreciar su gesto, Ruran extendió la mano derecha hacia ella.

-Dame alguna bolsa- dijo con gesto sobrio, el propio de cuando estaba con más gente.

-Maddy, monta en Grissom si quieres- intervino Anhol a continuación también, acariciando el cuello de su caballo.

Ruran experimentó en aquél momento una extraña sensación. Parecía como si ambos muchachos se estuvieran desviviendo por ella en una extraña competición. Un repentino sentimiento de estupidez invadió su ser y frunció muy sutilmente los labios. Sin embargo, la risa de Madeleine, dulce y melódica, le hizo volver la mirada hacia ella.

-¡Vaya!- exclamó- ¡Haré caso de ambas propuestas!

Tras esas palabras se acercó a Ruran y le entregó una de las bolsas.

-Esta vez no tardes tanto en devolvérmela, ¿eh?- le sonrió con evidente aire de broma en su voz, si bien el muchacho no respondió nada, sólo alzó la comisura de los labios y volvió a girar hacia el camino de regreso por el puente.

Ruran vio de refilón cómo Anhol sujetaba las riendas de su caballo mientras Madeleine se acercaba a él, mas luego volvió la cabeza hacia adelante y continuó caminando.

-¿Se dejará montar por mí?- llegó a escuchar a medida que se alejaba por momentos.

Al poco, la muchacha y el montaraz aparecieron por el camino mientras Ruran aguardaba al final del puente. Ella iba sentada de lado, aferrando las riendas y mirando al precipicio mientras Anhol tiraba de las riendas mansamente.

Recomendación musical

A lo largo del camino a través del bosque, avanzaron en silencio, con Ruran a la cabeza adelantado unos cuantos metros. En su interior el muchacho no podía sino sentirse un necio. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué pretendía acaso? Se preguntó a sí mismo con un claro reproche. ¿Estaban compitiendo por ella? Y si no era así… ¿por qué se ponía más a la defensiva entonces? Durante ese trayecto a través de la espesura, aunque apenas llevara una hora charlando con dos personas… ya añoraba volver a alejarse de todo aquello, volver a correr en compañía de Meornoln, libres para dar rienda suelta al fuego contenido en su interior. Todo era mucho menos complejo así. No quedaba lugar para sentimientos que nublaran su corazón, para juicios de valor, sólo la salvaje foresta y su danza de hojas, colmillos y espadas ante los obstáculos que surgieran al paso. En aquellos momentos su alma dejaba de revolverse, su cabeza dejaba de pensar y todo quedaba en blanco, una sensación que últimamente sólo había experimentado cuando…

Ni siquiera se permitió a sí mismo poner palabras a sus reflexiones internas al llegar a ese punto, sólo endureció el semblante un poco más y, sacudiendo la cabeza, siguió caminando hasta abandonar el bosque.

Una vez llegados a los Páramos, los caminos del trío se separaron. El de Madeleine hacia Athkatla mientras que el de Anhol hacia los llanos y el establo. La despedida fue sencilla y amable, la típica de quién espera verse más tarde o más temprano. Así, Ruran y Madeleine emprendieron camino hacia los muros de la ciudad, ambos cargando con los sacos de recolección.

-Es buen chico este Anhol- dijo ella, mirándole de reojo.

-Muy buen fondo- respondió Ruran asintiendo- Se le nota enseguida.

-Se esfuerza mucho en las cosas que le importan.

-Además... enseguida cae bien a la gente- añadió él, comparándose irremediablemente entre ambos. La bondad de Anhol quedaba patente al poco de hablar con él mientras que Ruran se sentía muy diferente, como si fuera una retorcida raíz lejos del sol.

-No a todos, por desgracia para él- replicó Madeleine mientras saludó al pasar a Gilenia y Edereth- Por cierto... me alegro de verte…- añadió ella con voz dulce y sincera mientras el arrullo del Álandor resonaba al pasar por el puente del oeste y el viento silbaba entre las copas de los árboles, moviendo perezosamente unas nubes que vaticinaban lluvia inminente.

Ante aquella sencilla frase, Ruran no pudo sino esbozar una fina sonrisa, puede que la primera realmente relajada hasta el momento.

-Y yo a ti…- fue su escueta respuesta, aunque no por ello carente de importancia.

Recomendación musical

Pronto comenzaron a bordear la muralla del oeste hasta llegar a la cara norte de la ciudad, el olor a mar se hizo cada vez más patente mientras a lo lejos se escuchaba el oleaje golpear contra los acantilados de la costa.

-¿Has estado todas estas dekhanas cerca de Athkatla?- preguntó ella mientras pasaban junto a uno de los altos torreones de los muros.

-En parte...- asintió el muchacho- También he ido lejos, al noreste.

-¿Más allá de Naskel?- insistió Madeleine con curiosidad.

Ante aquella pregunta, una gota cayó sobre el hombro de la muchacha, luego otra, y otra más, comenzando así una llovizna intermitente, muy característica de la zona. Esbozando una cálida sonrisa, ella extendió la mano, aferrando la capucha del joven y colocándosela mientras ella hacía lo mismo con la suya, cubriendo a ambos del aguacero.

-Hasta donde me han llevado las botas…- fue la respuesta del explorador mientras ambos franqueaban los grandes portones de la muralla norte de la ciudad, acompañados de numerosos campesinos y labriegos que regresaban a sus hogares, cubriéndose con sacos y demás lonas.

Pronto giraron al oeste, rumbo a la parte alta del Distrito de los Templos, alejándose así del gentío, encontrando a su paso calles adoquinadas repletas de charcos.

-¿Y… qué has visto que sea digno de mención?- dijo ella con renovada curiosidad. Sin duda esa faceta errante y viajera del muchacho tenía algo que despertaba su interés. Sin embargo… la respuesta del joven no fue la esperada.

-Curiosamente... lo más significativo lo vi al volver- fueron sus enigmáticas palabras.

-¿Al volver?- replicó ella extrañada, alzando una ceja mientras seguía el paso del joven. Algo en aquellas palabras le hizo pensar que no estaba segura de si estaba interpretándolas bien.

Ruran ladeó la cabeza hacia ella y asintió en respuesta, dejó caer la capucha al ver que el aguacero daba una inestable tregua, gesto correspondido por ella también, quedando los rostros de ambos al descubierto.

-Me tienes intrigada- admitió Madeleine mientras Ruran volvió a retomar camino, dejando escapar un velado suspiro con los labios apretados.

-Pues ¿sabes qué?- añadió ella mientras llegaban al Distrito de los Jardines.

-Dime…

-He echado de menos esa aventura que vivimos juntos- confesó con una sonrisa soñadora.

-Sinceramente... yo también- admitió el joven mientras apoyaba las manos en la tarima del escenario de la plaza central- Por muy lejos que iba… nada era lo mismo- tras esas palabras, hizo fuerza con los brazos y se propulsó con las piernas, ascendiendo a la tarima y atravesándola mientras Madeleine la bordeaba, acorde a su carácter más cívico.

-Por eso mi respuesta a tu pregunta de antes ha sido esa…- dijo él, retomando la anterior pregunta de la muchacha al encontrarse al otro lado- Maddy... volví ayer- añadió Ruran, mirándola por un instante antes de volver a apartar la mirada.

Madeleine alzó las cejas mirándole, con gesto dudoso.

-¿Te refieres a...?- titubeó ella un tanto confusa. Ella, que siempre sabía qué decir… en aquella ocasión se encontraba enmudecida, sin saber qué replicar a eso. En su interior su corazón se aceleraba y latía con fuerza, presa de un nerviosismo creciente.

Recomendación musical (supongo que habrá que hacerla sonar más de una vez)

-¿De verdad quieres oírlo?- preguntó el joven explorador, mirándola de reojo una vez más. En su voz había una clara advertencia que no podía negar.

-Ruran...- fue lo único que acertó ella a decir, tragando saliva mientras luchaba por poder articular algo más- No sé si quiero…- confesó con un hilo de voz trémula, avanzando un paso hacia él.

-Pues ahí tienes tu respuesta, no me hagas decirla…- dijo el joven asintiendo y bajando la mirada. En su rostro había una extraña sonrisa, cargada de un amargo aire de aceptación.

-No me retires la mirada, por favor...- susurró ella mientras la lluvia volvió a caer sobre ambos, inconscientes del renovado aguacero en aquellos momentos.

Ruran respiró hondo y, haciendo un acopio de voluntad, giró hacia ella, mirándola a los ojos. Ante él… la visión de Madeleine, con su larga cabellera, más oscurecida si cabe por la lluvia, se le antojaba dolorosamente hermosa. Su rostro enmarcado por mechones de color azabache le observaba con un semblante cargado de preocupación y tal vez, un miedo velado.

-Yo... te aprecio. Muchísimo. No sabes cuánto...- dijo finalmente ella, extendiendo una mano y tomando la del muchacho, áspera al tacto por la vida del joven.

-Y no sé si entiendo tus sentimientos hacia mí...- añadió con el pulso acelerado mientras sus ojos claros permanecían sobre los verdes del joven explorador, con la lluvia cayendo sobre ellos, empapándolos lentamente. Tenía que hacer un notorio esfuerzo de voluntad por escoger bien las palabras, por nada del mundo quería hacer daño al muchacho que tenía frente a ella, ya de por sí retraído.

-Me temo que ni yo mismo los entiendo, Maddy...- dijo él con voz sombría, negando levemente con la cabeza- Pero... bien sé lo que soy yo… y lo que eres tú.

-¿Qué crees que soy?- replicó la joven rápidamente. Algo en su interior ya le decía que eso podría llegar a ocurrir, una intuición, algo que le hacía temer ese momento.

Ruran esbozó una sonrisa afligida, por su rostro resbalaban hilos de agua de lluvia mientras mechones de su desmadejada melena caían sobre su rostro. Su voz rezumaba una sosegada amargura.

-Algo demasiado bueno para mí…- dijo finalmente en voz baja mientras hacía un esfuerzo colosal por no apartar la mirada de la suya. Los ojos claros de la muchacha no hacían sino quemar su alma en aquellos momentos- Además... ya has hablado sobre este tema anteriormente... no hace falta que digas nada, Maddy.

-No... no…- ella negó con la cabeza, convencida- No te valores tan poco. He podido disfrutar de todo lo que guardas aquí...- su mano libre se posó sobre el pecho de Ruran- Y es algo maravilloso…

No obstante, el joven negó con la cabeza. No daba indicio alguno de consuelo en aquellas palabras, de hecho no parecía buscarlo. Sólo le quedaba algo a lo que aferrarse, algo que le esperaría cuando saliera de aquellos muros, de aquella mirada que aprisionaba su alma.

-Déjalo... no quiero hacerte pasar por esto- musitó él, negando con la cabeza una vez más.

Lentamente Madeleine dejó escapar un suspiro y acabó bajando la mirada, visiblemente entristecida.

-Lo siento…- fue lo único que acertó a decir.

Ruran entrecerró levemente los ojos y esbozó una sonrisa cargada de sobria y amarga aceptación, asintiendo con gesto contenido. Sabía que aquello pasaría. Sabía que tendría que ser así. En el fondo de su ser, noche tras noche frente a la hoguera, mientras vagaba lejos, cada vez más… miraba a Meornoln e intuía que aquél sería el resultado final. Fue un estúpido por permitirse anhelar algo más. Era hora de aceptar que sólo fue un sueño. Y con ese pensamiento en su cabeza, soltó la mano de Madeleine para encararse hacia la avenida del Distrito Gubernamental.

-Anda... llevemos esto, que llegarás a medianoche a dormir a este paso- y tras aquellas palabras, el joven echó a caminar de nuevo, agradeciendo darle la espalda a Madeleine en aquellos momentos.

-No… no quiero que... esto nos cambie, por favor…- dijo ella, incapaz de moverse aún.

Ruran hizo un acopio de voluntad para hacer sonar su voz firme. No quería que escuchara su verdadera voz en aquellos momentos.

-Veremos si eso puede ser, descuida- fueron sus palabras, torpe respuesta con la que tendría que conformarse en aquellos momentos.

Madeleine suspiró lentamente y finalmente optó por seguirle, con semblante pensativo y abatido, sin decir más.

A medida que el atardecer dio paso a la noche mientras llegaban, la muchacha encendió con rigurosa puntualidad su amado farolillo, aquél que Ruran le reparara tiempo atrás. La joven no pudo sino contemplar los motivos vegetales de su lucero y mirarle de reojo una vez más. El muchacho, por su parte, caminaba en silencio, envuelto en sus pensamientos.

La llegada al Taller de los Oficios únicamente reveló estancias vacías a su paso, mientras las pisadas de ambos resonaban por los pasillos hasta llegar al almacén de materiales. Sólo les acompañaron las pétreas miradas de las estatuas que decoraban los corredores, así como la muda compañía de los numerosos volúmenes y manuscritos que dormitaban en las estanterías a su alrededor.

-Ya estamos aquí…- dijo ella finalmente, mirándole de reojo, observando su rostro sin saber bien qué decir.

-Bien, pues... aquí tienes- fue la escueta respuesta de Ruran, devolviéndole la bolsa con hierbas recolectadas. Aunque su gesto tratara de mostrarse firme… ella leía en aquellos ojos verdes mucho más de lo que su rostro manifestara.

-Gracias…- fue lo único que acertó a decir.

-Bueno... no te retires tarde, Maddy- fueron las sobrias palabras del explorador antes de girar sobre sí mismo y dirigirse hacia la salida del almacén.

Madeleine contempló el saco entre sus manos y lo arrojó sobre uno de los cajones, avanzando un par de pasos.

-¡Ruran!- exclamó, dejando que el eco de su voz se perdiera entre los pasillos.

El muchacho frenó sus pasos, sin girarse hacia la joven.

-Dime…- su voz sonó lóbrega y vacía.

-¿Nos veremos otro día?- preguntó ella, dando otro paso hacia él, en sus palabras había un aire cargado de súplica.

Por unos instantes no hubo más que silencio entre ambos, quebrado únicamente por el leve crepitar de las antorchas del taller. Ambos permanecían inmóviles, incapaces de moverse o incluso, casi de respirar. Ruran cerró los ojos por unos segundos, reflexionando en la oscuridad de su astillada alma. No sabía qué hacer o decir. En aquellos momentos… sólo quería escapar de allí, escapar y regresar a aquellos caminos salvajes, alejados de todo y todos. A falta de lo que pudiera anhelar… se conformaba con la sombría compañía que le esperaría con cruel fidelidad en la espesura.

-Supongo que sí…- asintió sin mirarla- Por mucho que quiera alejarme… acabaré volviendo.

Ruran no supo en aquél momento si dijo lo que realmente pensaba… si era lo que su corazón clamaba por gritar… o únicamente lo necesario para poder salir de allí de una vez. Mas sin darle tiempo a responder o incluso a reflexionar él mismo sus propias palabras, el muchacho alzó la mano a modo de despedida.

-A más ver, Maddy- y con aquellas palabras, echó a caminar a grandes zancadas por los corredores del taller, ondeando su grueso manto de viaje a su paso.

Y en la penumbra de aquella sala… una joven cerró los ojos, conteniendo las lágrimas…

Y más tarde en el bosque… un muchacho corrió acompañado de su sombrío lobo, rumbo a la oscura noche. Y sin embargo… una extraña canción susurraba en su interior, una de origen desconocido, con un enloquecedor mensaje de esperanza.


Aún no ha llegado el alba, y la noche puede ser oscura,
Pero en ella no hay amargura...
Duerme, mi vida, duerme...
Aún no ha llegado la mañana,
Y esa luz que brilla allí, te guiará hasta mí...
No dejes de buscarla, no pierdas la esperanza,
Y aunque creas que te he abandonado, no me alejaré de tu lado...
​
 

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